Concurso especial OU "Cambio de Pjs" -sólo relatos

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Isawa_Mitsuomi
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Concurso especial OU "Cambio de Pjs" -sólo relatos

Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Mié Sep 28, 2011 8:06 pm

EL ÁGUILA Y LA ORQUÍDEA

I
La primera estaba pintada sobre la piel de una mujer. La flor, del tamaño de una mano femenina, lucía como un extraño insecto posado a la derecha de un ombligo pequeño y oscuro que parecía depositario de deliciosas promesas. Los pétalos estaban teñidos de un violeta claro, siendo el labelo algo más oscuro. Estaba dibujada con tanta habilidad que Washi no pudo evitar acercar su rostro para oler su perfume; sin embargo, su nariz no percibía otro aroma más que el del jazmín. Aquella fragancia envolvía el cuerpo desnudo de la joven y era tal su intensidad que a veces parecía ocultarlo, como las nubes hacen con las montañas en los paisajes pintados con tinta.

Más tarde, cuando despertara al mediodía, recordaría qué intriga le había llevado a la cama de aquella Escorpión que ocultaba sus ojos bajo una cinta de seda casi transparente, pero en aquellos momentos su atención estaba completamente fijada en aquel cuerpo que se abría completamente ante él y, sobre todo, en la flor recién descubierta.

Se acercó aún más y acarició los pétalos con la punta de la lengua.

(Luego, cuando estuviera listo para abandonar la flor como una abeja saciada, dibujaría la lluvia rebosando la corola y precipitándose hacia abajo, dejando pinceladas brillantes que se confundirían con el sudor del vientre.)

- ¿Os gusta la orquídea, mi señor? –preguntó ella, casi ronroneando.

- Mucho –respondió Washi con una sonrisa, mientras se aplicaba en su tarea.

- Mordedla si queréis –ofreció ella-, degustad sus pétalos: son un bocado exquisito. Y luego, si aún no estáis satisfecho, podéis probar otras flores de mi jardín.

Washi ni siquiera alzó la vista para aceptar aquella invitación. Dio un primer mordisco pequeño y dulce. Aquel sabor… ¿No había conocido uno parecido en el pasado? Probablemente, pero no tenía intención de perder tiempo intentando recordar, pues tenía ante sí una flor que eran en sí misma un banquete y él no iba a mostrarse avaro a la hora de satisfacer su hambre. Las grandes crueldades vendrían algo después.

-oOo-

La segunda la descubrió en el doble fondo de uno de los cajones de su escritorio. Era aquel un espacio secreto, cuya existencia tan sólo él conocía, donde guardaba sus documentos más preciados, aquellos que no podían ser destruidos pero que debían ser mantenidos alejados de cualquier ojo ajeno. Aún así, allí estaba: una orquídea completamente blanca.

¿Cómo habría llegado allí aquella flor? Alguien no sólo había burlado la vigilancia de los Seppun que patrullaban cerca de sus habitaciones, sino que conocía la existencia de aquel escondite. Podría haber sido un criado, cierto, y entonces la ineficacia de los miharu se tornaba lógica, pero no comprendía como un heimin pudiera haber registrado su habitación hasta dar con aquel doble fondo tan bien disimulado.
Sacó la orquídea del cajón casi con rabia y revisó el contenido del doble fondo, pero no faltaba ninguno de los papeles que él sabía guardado allí, incluso seguían ordenados de la misma manera que él los dejara la última vez. ¿Acaso el misterioso intruso se había limitado simplemente a dejar la orquídea sin preocuparse por el contenido del doble fondo? ¿Era aquella flor algún tipo de amenaza o de advertencia? Si ese era el caso, ¿de quién y, sobre todo, por qué?

Volvió a mirar la orquídea. Resultaba imposible negar la belleza de la flor y el color de sus pétalos eran semejante al de la nieve virgen.

Nieve…

De pronto, la imagen de un jardín nevado se abrió paso dentro de su cabeza; y él estaba en ese jardín, acompañado. Una sonrisa. Y una conversación que poco a poco se convierte en susurros. Alguien había mentido. ¿Él?

Lo intentó, pero no consiguió ubicar aquel recuerdo. Las imágenes se le presentaban vagas y lejanas, como envueltas por la niebla, y los sonidos tan remotos que eran casi inaudibles. Cada vez que intentaba aclarar algún detalle era como si tratara de coger agua con las manos.

Washi sacudió la cabeza para librarse de aquel recuerdo. Sorprendentemente, lo logró al instante: el jardín y todas las otras impresiones desaparecieron casi por completo, dejando tras de sí tan sólo la frustración y el fastidio provocados por el hecho de que no haber podido identificar ningún elemento de aquella inesperada reminiscencia.

Se apresuró a hacer averiguaciones en busca de algún indicio de quién había colocado aquella orquídea. Hablo con Seppun y, por supuesto, con todos los criados que tenían acceso a sus habitaciones, pero no obtuvo ningún resultado positivo: nadie sabía nada, nadie había visto nada. Llegó un momento que ante tanta ignorancia no pudo esconder su enfado y no paró hasta que los miharu que aquel día estaban de guardia cerca de sus dependencias fueron amonestados severamente y degradados; aplicó también severos castigos a los criados.

El doble fondo dejó de existir, pues ¿de qué sirve un escondite secreto que ha dejado de serlo? La orquídea la tiró, incapaz de mirar aquella flor sin sentirse enormemente molesto.

-oOo-

Encontró la tercera al desenrollar un viejo pergamino que había acudido a consultar en la biblioteca del Palacio Imperial.

Esta vez se trataba de una flor pequeña, de un color rosado que nada más verlo le trajo a la mente la imagen de unos espléndidos cerezos en flor, no unos árboles cualquiera, sino unos que él mismo había contemplado durante una primavera pasada; y había alguien a su lado en aquel que también alzaba su vista hacia las copas llenas de flores.

Una vez más le fue imposible concretar nada de aquel recuerdo, ni la fecha exacta, ni la identidad de su acompañante, pero de alguna manera estaba seguro que se trataba de la misma persona que estaba junto a él en el jardín invernal.

¿Por qué ante la visión de aquellas inesperadas orquídeas su memoria se estaba mostrando tan frágil? Una memoria agujereada en un punto concreto, como si fuera una hoja roída por las orugas.

Y, ¿quién podía haber colocado aquella orquídea tan fresca que parecía recién cortada dentro de un pergamino tan antiguo que tan nadie sabía que él se disponía a consultar justo en aquel momento? La flor encontrada en el hueco oculto de su escritorio planteaba un problema semejante.

Pensó en una solución sobrenatural a aquel misterio. Un shugenja podría estar perfectamente detrás de todo aquello o, incluso, alguna entidad no humana, como por ejemplo un mujina o un kami. Pero, ¿por qué? De momento, los dos extraños sucesos no parecían suponer un peligro para él y era muy difícil que alguien pensara que aquellas dos flores pudieran ser interpretadas por él como un mensaje amenazante…

Un momento, ¿dos? Había habido una orquídea anterior, la que encontrara tatuada junto al ombligo de aquella chica Escorpión. También entonces había sentido una reminiscencia al percatarse de la flor, pero no le había dado demasiada importancia tratándose de circunstancias tan especiales.

Tal vez aquella fuera la respuesta y la Escorpión le hubiera hecho algo que había afectado a su memoria. ¿Algún tipo de de droga? Se contaban tantas cosas sobre las argucias de las mujeres del Clan de Bayushi…

Volvió a colocar el pergamino sin consultarlo y se guardó la flor en el interior del kimono. Iba a llegar hasta el final de todo aquello.

-oOo-

La cuarta no fue una sola.

Había conseguido atraer a la joven Escorpión que tan a fondo conociera cuando apareció la primera orquídea. Ella estaba dispuesta a prodigarle de nuevo sus más íntimas atenciones, pero él tenía otros planes para aquella velada.

En un principio optó por la sutileza. Mencionó el tatuaje de la orquídea, lo que dio pie a que la conversación se centrara en ese tipo de flores. Pero él sabía que aquel tema no podía durar, puesto que resultaba completamente inapropiado para un encuentro como aquel, por lo que al no obtener ninguna reacción especial por parte de ella, decidió cambiar de tono y de nuevo usó el tatuaje para adentrarse en temas más sensuales, especialmente en las numerosas “artes” que sin duda alguien como ella poseía para “hechizar” a los hombres.

La Escorpión se entregó con agrado a aquel giro en la conversación, pero no le ofreció a Washi nada de lo que él esperaba encontrar; su sutileza, sus indirectas, los velos tras los que ocultaba sus palabras no parecían referirse en absoluto al misterio de las orquídeas. Ella estaba inmersa en un juego de seducción a través de las palabras, de los lentos movimientos de los labios y del cuerpo, pero no parecía ocultar más secretos que los de cualquier mujer en su misma situación.

Washi en ningún momento cedió a la lujuria que ella buscaba provocar o, mejor dicho, compartir, pues actuaba incitándolo a él en la medida en la que teóricamente él la estaba incitando a ella. Nada más lejos de la realidad, pues el sentimiento que se estaba apoderando poco a poco de él, no era la lascivia, sino la ira. ¿Estaba siendo ella mucho más lista que él y esquivaba todas sus insinuaciones y trampas o realmente no sabía nada y todo aquello estaba resultando una pérdida de tiempo? No sabía cuál de las dos opciones le enfurecía más.

Finalmente, la mujer, tal vez cansada de tanta sutileza, se acercó a Washi tanto como para que él pudiera distinguir con claridad el color de sus ojos tras la cinta de gasa que a modo de velo los cubría una vez más. Los labios de ella se abrieron y su lengua asomó lentamente, como una serpiente que surge de su cesto hipnotizada por la música.

Washi la apartó con brusquedad. Su mirada estaba cargada de una frialdad que hizo que la joven se estremeciera.

- Dímelo –ordenó Washi siseando, convirtiendo la rabia que sentía en una afilada hoja de puro hielo-. Cuéntamelo todo y seré clemente. Miénteme y te aseguró que arrancaré todas tus flores con mis propias manos.

Ella se quedó mirándole boquiabierta. Hizo un par de amagos para replicar, pero de su boca no salían palabras. Había empezado a temblar.

Washi no se calmó ante aquella reacción. Se incorporó para contemplarla desde arriba. Aquella mujer le parecía tan poca cosa… Que los dioses se apiadaran de ella si había tenido algo que ver con aquellas orquídeas. En aquel momento no estaba seguro de hasta dónde estaba dispuesto a llegar, ya fuera para sonsacarle la verdad o para castigarla. La amplitud de su ira se le antojaba infinita.

De pronto, fuera de la habitación se escuchó un leve golpe, como si algo suave hubiese caído sobre el suelo de la galería exterior a la que daba aquella habitación. Le siguió otro sonido igual… y otro… y otro…

Washi abrió rápidamente las fusamas. El suelo de la galería frente a su habitación estaba lleno de flores amarillas que aún continuaban cayendo del cielo como una extraña lluvia. Las reconoció casi al instante: eran flores de vainilla. Orquídeas.

Washi se volvió hacia la mujer Escorpión y al ver su expresión estupefacta toda su furia contra ella desapareció de golpe, pues era evidente que estaba tan desconcertada como él.

II

Aquella posada parecía el lugar perfecto para pasar la noche. Era un edificio no demasiado grande, pero sí lo suficiente para revelar que se trataba de un lugar próspero y de la categoría suficiente para cubrir las necesidades de Washi. Un hermoso jardín rodeaba todo el edificio principal.

Cuando entró, una pareja de ancianos se presentó ante él como los propietarios del establecimiento y se deshicieron en atenciones para agasajarlo como su status merecía. Le condujeron a la que describieron como su mejor habitación y desde luego ésta fue del agrado de Washi. Estaba situada en la primera planta del edificio y era una estancia espaciosa, amueblada con gusto y con una gran ventana que tenía vistas a un estanque poblado por carpas doradas. Washi ordenó que le sirvieran la cena en la habitación y que le trajeran una gran botella de sake.

Sin embargo, la cena apenas la tocó y prefirió servirse una copa tras otra de sake, sentado a los pies de la ventana. La luna llena estaba en su apogeo y eclipsaba todas las estrellas de su entorno. Washi decidió que podía permitirse el lujo de bajar la guardia y entregarse a la serenidad de aquellas horas nocturnas gobernadas por la luna.

¿Cuántas habían aparecido desde la noche en que llovieron flores de vainilla fuera de su habitación? Había perdido la cuenta al pasar de la veintena. Todos los días descubría una en el sitio más improbable, siempre distintas y siempre acompañadas por un recuerdo muy vívido, pero vago en sus detalles, casi eran más sensaciones que recuerdos y siempre estaba aquella misteriosa persona que le acompañaba y que nunca conseguía identificar. Por algún motivo, ante los recuerdos que brotaban de los labelos de las orquídeas su memoria se cerraba como una ostra.

La joven Escorpión había huido de las habitaciones de Washi en cuanto vio la lluvia de flores y éste no había tenido después manera de encontrarla, pero las orquídeas no le habían dado tregua alguna. Ella no era la causa, entonces, ¿qué estaba pasando? En algunos momentos pensó que se estaba volviendo loco, que las orquídeas eran visiones de una mente enferma, pero entonces recordaba que ella también las había visto y de nuevo retornaba a la incertidumbre de la ignorancia.

Temía también que la Escorpión hubiera ido contando por ahí lo sucedido y que se difundiera el rumor de que o bien estaba loco o estaba siendo atacado por alguna fuerza sobrenatural, pero aquello no sucedió. (Meses más tarde, mucho después de que todo hubiese pasado, supo que había aparecido el cadáver de una joven semidesnuda y con una cinta trasparente de seda cubriéndole los ojos en una playa de la ciudad. Su garganta estaba llena de orquídeas marchitas cuyos pétalos parecían una multitud de lenguas delgadísimas. No le costó mucho deducir lo que había sucedido y qué mano había cometido aquel crimen.)

Una explicación sobrenatural a todo aquel misterio parecía lo más razonable. Consultó con un shugenja Seppun miembro de la Guardia Secreta y le planteó ciertas preguntas de manera sutil, pero no obtuvo nada en claro, más allá de que no había ningún tipo de espíritu conocido que obrara mediante el uso de orquídeas, y no se atrevió a indagar más a fondo por temor a descubrirse él mismo. Lo único de lo que parecía estar completamente seguro era que la Mancha parecía estar al margen de todo aquello. Se hizo con algunos conjuros y talismanes protectores, pero tampoco surtieron efecto y las orquídeas continuaron apareciendo.

Decidió entonces alejarse del Palacio Otomo. Si se daba el caso de que el fenómeno aumentara en espectacularidad, llegaría un momento en que no podía ocultarlo (bastante había sido encontrar una excusa plausible para tal cantidad de flores de vainilla amontonadas frente a su habitación) y las consecuencias de que se hiciera público podían ser imprevisibles.

Con la excusa de visitar unas haciendas que poseía su familia en tierras Grulla, preparó un viaje que le alejaría de su residencia por un tiempo indefinido. Iba a enfrentarse a aquello él solo, fuese lo que fuese.

Desde que iniciara el viaje, tres días atrás, no había encontrado ninguna orquídea.

Un leve carraspeo se escuchó del otro lado de las fusamas.

- ¿Desea mi señor que esta humilde artista le entretenga durante un rato? –preguntó una delicada voz femenina.

- ¿Tiene esa “humilde” artista alguna orquídea tatuada en su cuerpo o, ya puestos, estampada en sus ropas? –preguntó a su vez Washi, sin poder evitar que una sonrisa cínica asomara en sus labios.

- No, mi señor –respondió con seriedad la mujer con un toque de desconcierto en su voz-. Si os desagradan, tampoco habré de tocar nada que os recuerde a ellas, ni serán mis palabras un jardín para esas flores.

- Pasa entonces –invitó Washi, acomodándose sobre el tatami.

Ella entró lentamente, con la cabeza gacha., portando entre sus manos un shamisen. Era una joven atractiva a ojos de Washi, con unas facciones algo marcadas pero con una deliciosa cabellera negra que le caía por la espalda. Su kimono era sencillo pero elegante, de color ciruela con blancas flores de naranjo bordadas.

- ¿Qué deseáis que toque, mi señor? –preguntó la joven tras inclinarse profundamente ante él.

- Lo que quieras –respondió Washi-. Te permito elegir la oración con la que honrar al dios de la Luna que tan generoso se muestra esta noche.

Ella sonrió ligeramente y alzó un poco la mirada hacia él. Bajo la tenue luz de la vela, sus ojos almendrados parecían asaltados por oleadas de bronce. Washi se preguntó cómo acabaría aquella noche…

Ella desató la funda del instrumento y empezó a tocar. No era ninguna melodía que él reconociera, pero pronto se dejó envolver por la música. Las manos de la artista se movían con lentitud y las cuerdas respondían con notas graves envueltas en breves silencios que parecían agrandarlas. Washi tomó su taza de sake y lo levantó hacia la luna. Brindemos juntos, Onnotangu, por una magnífica noche sin orquídeas, pensó.

Entonces, ella empezó a cantar.

En el norte hay una belleza sin par en todo el mundo…

Su voz, llena de tristeza, se apoyaba en las notas del samisén para alzarse por encima de ambos, hasta el techo de la habitación. Una vez allí, como la lluvia, caía lentamente, modulando.

…de una mirada, derriba murallas…

Washi estaba fascinado por la pericia de aquella joven. Si cuando la desnudara, sobre su cuerpo encontrara tatuado un jardín entero de orquídeas no cedería ni un ápice en sus deseos; luego, la mataría.

…de otra, derriba estados…

- ¿Cómo te llamas? –preguntó mirándola fijamente.

- Alguien de mi condición no debería pronunciar su propio nombre delante de alguien tan encumbrado como vos –respondió ella bajando completamente la mirada pero sin dejar de tocar.

- Dímelo –insistió él.

Ella parecía acosada por las dudas. Washi frunció el ceño. ¿Qué la retenía a decirle su nombre, sabiendo que si se negaba él podría castigarla severamente? Intrigado, se acercó a ella y le levantó la cabeza.

- ¿Cómo te llamas? –preguntó de nuevo con un tono que no admitía negativa alguna.

- Ran –respondió ella con un hilo de voz.

Fue como si le hubiesen dado un puñetazo en la cara. Washi retrocedió un par de pasos tambaleándose, sin dejar de mirarla con los ojos muy abiertos. Ella volvió a bajar la cabeza y su expresión se llenó de miedo.

- Di… dijisteis que no queríais saber nada de orquídeas, mi señor –balbució ella.

Ran… su nombre… Orquídea…

- ¿Y por qué no me has mentido? –estalló él furioso-. Podrías haberte inventado cualquier otro nombre. Uno vulgar y tópico, cualquier otra flor o uno de esos que acaba en “ko”… Siendo una heimin insignificante me lo hubiera creído.

- Pero si os mentía, mi señor, y me hubierais descubierto habría sido mucho peor.

Washi no pudo negar la lógica de aquel argumento, por lo que su furia se aplacó ligeramente, siendo reemplazada, sin embargo, por una frialdad aún más peligrosa.

- ¿Y qué tienes que ver tu con todo esto? –siseó casi en un susurro, clavando su mirada en ella como un reptil ante su presa-. ¿Quién te contrató? ¡Dímelo!

- Fue.. una mujer, mi señor –respondió ella entre sollozos.

- ¿Una mujer? ¿Cuándo?

- Esta misma tarde, mi señor. Yo me encontraba en la posada, haciendo un alto en mi camino hacia tierras Fénix. Había acordado pagar mi alojamiento entreteniendo a los clientes. Mientras me arreglaba para iniciar mis primeras actuaciones, apareció una mujer junto a mi puerta y me ofreció una gran suma de dinero por tocar durante la noche para el caballero Otomo que llegaría a la posada más tarde.

- ¿Y cómo sabía esa mujer que yo llegaría?

- No lo dijo, mi señor, tan sólo me informó de vuestra llegada; me reveló vuestro nombre y os describió con todo lujo de detalles, aunque reconozco que por su descripción pensaba que erais más joven de lo que sois.

Ran se dio cuenta de que lo que acababa de decir bien podía parecer un insulto y su expresión se alteró todavía más, pero Washi tenía la cabeza en otras cosas y pasó por alto aquella falta.

- ¿Qué aspecto tenía? Descríbemela tan bien como ella hizo conmigo –ordenó.

- No sabría deciros, mi señor.

- ¿Cómo?

- Es que… no… llegué a verla… del todo… Me habló desde el otro de las fusamas de la habitación y cuando la invité a entrar rechazó mi proposición con algo de brusquedad. Por su tono de voz puedo deciros que era joven y por su lenguaje se notaba que era una persona de calidad. No puedo deciros más… lo siento… Si os he causado algún perjuicio… lo siento… de verdad… mi señor, no era mi intención, os lo…

- ¡Calla! –la voz de Washi restalló como un látigo y Ran se encogió como si de verdad le hubieran azotado.

Washi guardó silencio durante unos instantes, pensativo. ¿Quién era aquella mujer? Estaba al tanto de todo el asunto de las orquídeas, eso seguro, si no, no le hubiera enviado a aquella artista llamada, precisamente, “orquídea”. Un nuevo mensaje al parecer, aunque esta vez no parecía haber ningún recuerdo asociado. Por un momento se le pasó por la cabeza de que la misteriosa patrona de Ran fuera la chica Escorpión que intentaba vengarse por el trato recibido de manos de Washi.

- ¿Sigue ella en la posada? –preguntó él.

- No lo sé, sama –respondió Ran. La artista mostraba una imagen patética, completamente olvidada la elegancia de minutos antes, cuando deleitaba a Washi con su voz y su música. Ahora, temblaba sin poder controlarse y en su rostro, las lágrimas habían trazado sucios caminos sobre el maquillaje blanco de las mejillas. No osaba levantar la vista de las líneas del tatami.

- No sabes nada de nada –dijo Washi con desprecio, casi con repugnancia-. Eres poco más que inútil. Iré a buscarla yo mismo. Tú quédate aquí y ni se te ocurra pensar tan siquiera en escapar. Tal vez necesite de ti más tarde.

Ran se apresuró a asentir a las órdenes de Washi y se plegó aún más si cabe, como el árbol que al tocarlo pliega sus ojos y parece mustiarse en cuestión de segundos. El Otomo se apresuró hacia las fusamas para iniciar su búsqueda de la misteriosa mujer.

- Eso es lo que son para ti las mujeres, ¿verdad?

Washi se detuvo al escuchar de pronto aquellas palabras. Se volvió y se encontró con la mirada de Ran clavada fijamente en él. La cantante se había levantado. Todo rastro de la miserable criatura que fuera segundos antes había desaparecido. Su expresión era altiva, desafiante y su cuerpo trasmitía una seguridad agresiva, como la de un guerrero antes de la batalla.

- ¿Qué coño has dicho? –preguntó Washi con la voz cargada de furia aunque también de algo de desconcierto por el cambio tan brusco y radical de Ran.

- Marionetas prescindibles. Instrumentos desechables. Juguetes que al romperse se pueden tirar a la basura sin remordimientos. ¿Me equivoco?

Washi no respondió a aquella pregunta. La voz de Ran no era la misma. No se trataba únicamente de que el tono hubiera cambiado de sumiso a desafiante, sino que el timbre mismo se había alterado. Una voz distinta. ¿Una persona distinta?

- ¿El poderoso Otomo se ha quedado mudo? –preguntó Ran con una sonrisa ladina-. ¿Quieres que conjure otra orquídea para ti? ¿No las echas de menos?

- ¿Quién eres? –preguntó Washi al tiempo que calibraba mentalmente todos los peligros que aquella situación entrañaba. Las fusamas estaban justo a su espalda. Se preparó para salir corriendo en cuanto viera algún indicio claro de peligro. De momento, su curiosidad era más fuerte que su miedo.

El rostro de Ran se ensombreció.

- Ni siquiera recuerdas mi nombre –dijo con tristeza-. He intentado que recordaras todos los maravillosos momentos que pasamos juntos, pero tu mente se ha negado a recodar a alguien tan… efímera como yo. No fui más que otro medio para alcanzar tus objetivos, ¿verdad? Me usaste… y cuando dejé de serte de utilidad me abandonaste. Una muñeca rota en un rincón… olvidada…

La mujer levantó la mano derecha. En ella, de pronto, apareció una orquídea azulada.

- Estas son las promesas que me hiciste –dijo al tiempo que le tendía la flor a Washi-. ¿Quieres recordarlas?

Una voz en su interior le decía a Washi que diera un paso adelante y tomara la orquídea, que aquel proceder era el más sensato, pero otras dos hablaban al mismo tiempo, oponiéndose: una era la voz del miedo que paralizaba su cuerpo, la segunda pertenecía a la familia Otomo que le recordaba los méritos de su ascendencia y el orgullo que debía guiar cada una de las acciones de su vida; aquella segunda voz le exigía rechazar nada de lo que pudiera decir aquella criatura insignificante por mi poderosa que pudiera ser.

Al ver que Washi no se movía, la mujer se mordió los labios.

- Incluso ahora me rechazas –dijo mientras aplastaba la flor entre sus dedos. Sus ojos refulgían de rabia, pero casi inmediatamente volvieron a apagarse-. El amor es magia, la magia es amor –dijo con un tono abstraído. Dejó caer la flor aplastada al suelo y contempló durante unos segundos aquel despojo en silencio-. Muchos son los poderes de este mundo y el más grande de todos ellos es el amor. ¿Acaso no es eso lo que dicen? ¿Quién? ¿Quién dice eso? ¡Dímelo, Otomo Washi! –demandó con la voz enloquecida y los ojos llenos de lágrimas-. La fuerza de mi amor ha obrado milagros creando orquídeas de la nada cuando y donde he querido, pero, ¿de qué me ha servido si todavía te niegas a recordarme? Mírame: estoy sola entre ruinas, mi pelo está tan sucio que ni los piojos anidarían en él y mi cuerpo no es más que un esqueleto andante con algo de piel. Deberías desearme incluso así. Mi mansión polvorienta debería ser para ti un palacio y mi jardín salvaje un reino de delicias. Porque el amor es magia y todo lo puede. ¿Acaso no es eso lo que dicen? ¡Responde! ¡Responde, miserable!

Ikiryô

Por fin Washi empezaba a comprender lo que estaba sucediendo. Un fantasma viviente. Era un fenómeno que había oído mencionar: en ocasiones, una persona viva era presa de una emoción tan fuerte que su existencia se dividí en dos y convertida en espíritu furioso, acosaba a otros sin que la persona fuera consciente verdaderamente de ello. Aquella mujer que había tomado el cuerpo de la artista debía ser presa de aquel estado. La fuerza de su desesperación le había otorgado el poder necesario para acosar a Washi con las orquídeas y los recuerdos y ahora había tomado posesión de un cuerpo ajeno. Ella estaba viva y en otro lugar, pero su odio y su amor hacia Washi estaban allí, hablándole a través de una boca ajena.

- No hay poder más grande… -murmuró la mujer como si hablara consigo misma. En sus ojos había una expresión de desconcierto, como si todo lo que estaba le asombrara-. Mi mundo cambió… tan hermoso que dolía… porque tú estabas conmigo, porque me hablabas, porque me sonreías… Pero… ¡quién verdaderamente te importaba era mi padre, su ruina! Cometió seppukku… tu triunfo… Pero yo no te odié… odié a mi padre por no haber tenido la entereza suficiente para resistirse a tus maquinaciones, por no haberte obligado a permanecer más tiempo a mi lado. A ti no podía hacer otra cosa que amarte… y lo seguí haciendo… mientras pasaban los años… mientras esperaba… y esperaba… perdiéndolo todo… ¡Pero ahora estás junto a mí de nuevo! –la joven miró de nuevo a Washi, con el rostro iluminado por una sonrisa enloquecida y los ojos brillantes a causa de la fiebre y de las lágrimas-. Ven, amor mío… ven…

La mujer tendió los brazos hacia Washi, buscando tal vez un abrazo, tal vez ahogarle. El Otomo inició un paso hacia atrás, pero entonces el cuerpo de ella se retorció como si lo hubieran quebrado todos los huesos del cuerpo a la vez.

- ¡No! –gritó- ¡Déjame! ¡Tengo que llevármelo, estúpida, insecto insignificante!... ¡Sama, ayudadme, os lo ruego!

Aquellas últimas palabras habían sido dichas por Ran y Washi comprendió que la artista se estaba resistiendo a la posesión. Pero Washi no sabía cómo ayudarla, ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo. Si clavaba su wakizashi en el corazón de aquella mujer tal vez matara a los dos espíritus que la habitaban y eso le libraría de quien le había estado perturbando durante tanto tiempo y de un testigo incómodo. Aunque, por otra parte, tal vez fuera más sensato salir corriendo.

Mientras dudaba qué acción tomar, aquel cuerpo se movía enloquecido por la habitación, como un pez fuera del agua, mientras de su boca surgían dos voces: una le insultaba y le rogaba que le amara al mismo tiempo, mientras la otra simplemente le imploraba ayuda. Llegó un momento en el que las palabras se volvieron directamente ininteligibles y Washi ya no pudo diferenciar ni siquiera las voces.

Entonces, los acontecimientos se precipitaron y todo sucedió a una velocidad de vértigo, pero, curiosamente, el tiempo pareció detenerse y todos los movimientos se realizaron a cámara lenta, volviéndose de una claridad diáfana.

En su danza demente, el cuerpo de mujer golpeó el candelero que iluminaba la habitación con tanta fuerza, que la vela salió despedida hacia Washi que logró esquivarla haciéndose a un lado. La vela golpeó contra las fusamas que inmediatamente se prendieron.

En cuestión de segundos, los shogis y las fusamas estaban cubiertos de llamas que se propagaron a los muebles y empezaron a devorar el tatami. Washi nunca había visto un fuego fluir de una manera tan veloz y comprendió que no se trataba de un proceso natural. Ella estaba alimentando el fuego. Una noche de bodas en el corazón de un incendio.

La mujer era ella misma toda llama. Ya no se oía ninguna voz, pues de su garganta tan sólo surgía fuego. También había dejado de moverse y permanecía inmóvil, consumiéndose en medio de la habitación. Aunque sus brazos permanecían caídos, Washi supo con certeza que ella se estaba abrazando al fuego, que le daba la bienvenida a su interior. Era una visión tan horrible y la vez tan fascinante que Washi por un momento se olvidó de lo que estaba ocurriendo y permaneció quieto contemplando aquella estatua ardiente.

Los gritos le sacaron de su ensimismamiento. El incendio debía de haberse propagado por toda la posada y, sin duda, había atrapado a numerosos huéspedes y criados. No iba a pasar lo mismo con él.

Tan sólo había una salida posible. Washi no lo pensó dos veces y corrió para saltar por la ventana abierta. Afortunadamente, el estanque era lo suficientemente profundo para amortiguar la caída y prevenir cualquier daño demasiado grave. Cuando se recuperó un poco de la conmoción, comprendió que lo mejor era quedarse dentro del estanque, el único refugio seguro contra el fuego que estaba devorando completamente la posada y que tampoco estaba respetando el hermoso jardín. Tan sólo el agua y la buena suerte tradicional de las carpas podían salvarle ahora.

Alzó la mirada a la ventana por la que había saltado y su corazón se estremeció. Rodeada por un marco de llamas, ella le observaba. El cuerpo estaba completamente calcinado, totalmente ennegrecido salvo por vetas rojas y brillantes que revelaban los lugares por donde el fuego todavía continuaba su banquete. Los ojos, sin embargo, estaban intactos y le miraban fijamente. Y una sonrisa malsana le llenaba la boca.

Moviendo tan sólo sus labios, sin emitir sonido alguno, ella le dijo su nombre.

Rodeándola, lo que minutos antes fuera una próspera posada se había convertido en una gigantesca orquídea de fuego.

III
Sin cuidados, el jardín había crecido salvaje, convirtiéndose en una selva casi infranqueable. La maleza había borrado prácticamente por completo el sendero de grava que conducía a la casa, por lo que tuvo que abrirse paso penosamente hasta la puerta principal, envuelto por el zumbido de los insectos y tratando constantemente de esquivar los enormes zarzales que crecían por doquier.

Si el jardín estaba dominado por una agresiva exuberancia, la mansión era una ruina, un esqueleto polvoriento que apenas podía mantenerse en pie. Las fusamas y los shogis estaban rasgados y sucios, permitiendo que el viento entrase en las habitaciones y pasillos a través de los numerosos agujeros. Los escasos muebles que se veían mostraban signos evidentes de carcoma y ninguno se libraba de estar cubierto por una gruesa capa de polvo, como si las cenizas de algún incendio cercano hubieran terminado por aposentarse sobre ellos, deshaciéndose poco a poco con el paso del tiempo.

No había ni rastro de los antiguos habitantes de aquella mansión. Pero él sabía que al menos uno quedaba, tal vez agazapado en la oscuridad de las habitaciones interiores. No le preocupaba ser oído, por lo que no se molestó en acallar sus pasos ni en evitar apartar con brusquedad algún escombro que le dificultaba el paso.

La encontró rodeada por una penumbra gris. Estaba tumbada en el centro de una habitación pequeña, cuyo único mobiliario era un candelero de bronce cubierto de cera sucia y fría. Su kimono, de colores desvaídos y lleno de manchas, parecía el de una muñeca largo tiempo olvidada en un rincón.

Al escucharle entrar, la joven alzó la cabeza con lentitud, como si le costara un enorme esfuerzo levantar el peso de su larguísima cabellera. El rostro que le mostró estaba consumido completamente. La piel no era más que una tela cubriendo los huesos del cráneo y poseía una blancura casi transparente, aunque sucia, translúcida, como si el polvo que cubría los tatamis y los muebles hubiera levantado sus moradas también en aquel rostro. Las penurias y las privaciones habían empequeñecido sus ojos, desluciéndolos, cegándolos hasta el punto de haber convertido su mundo en una masa amorfa de distintas tonalidades de gris.

- Sabía que vendrías –dijo con una voz apenas audible pero llena de tal cantidad de alegría que casi parecía tener un tono malsano-. He estado mucho tiempo esperándote… He perdido tantas cosas… Pero ahora estás aquí… estás aquí… estás aquí… ¡Estás aquí!

El ajado rostro de la joven se iluminó por completo y sus ojos se abrieron, llenos de una luz febril que acentuaba todavía más la malicienta blancura de aquellas facciones angulosas y marchitas.

- Espera un poco –dijo algo más tranquila, con un tono resuelto que contrastaba enormemente con su estado-. Déjame que me levante y te prepararé algo. Todos los criados se han ido, pero creo que habrá comida en algún lado. Yo he estado comiendo cosas que encontraba por el jardín, pero no sería correcto ofrecerte algo así. Tú te mereces mucho más… Sí, dame un poco de tiempo para levantarme… Tengo que arreglar la casa… Seré una buena esposa… ya lo verás… No tendrás queja de mí, te lo aseguro… Espera… espera…

Él interrumpió los patéticos esfuerzos de la chica por incorporarse dado un par de pasos y situándose justo frente a ella. La joven le miró expectante, con una ilusión demente iluminando su mirada.

- ¿Qué?... –balbució- ¿Vas a besarme? ¿Es eso? Sí, sí, vas a besarme… Hazlo… hazlo, por favor…

- Cierra los ojos –dijo él con suavidad.

Ella se apresuró a cumplir la orden. Su cuerpo empezó a temblar ligeramente de excitación. Un insecto salió volando de entre los pliegues de su kimono.

Él desenvainó el wakizashi.

La última orquídea fue roja.
Última edición por Isawa_Mitsuomi el Vie Oct 07, 2011 5:52 pm, editado 1 vez en total.

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Seppun Daisetsu
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Mensaje por Seppun Daisetsu » Vie Sep 30, 2011 6:26 pm

Duelo de Maestros

“Antes de cualquier partida…”, dijo el más anciano de los dos.

“Mira el tablero.”, respondió instintivamente.

“Junta todas las piezas…”, continuó el primero.

“Y sepáralas una por una.”, y tras ello, dejó vacío el tablero de shogi y comenzó a acomodar las piezas una tras otra, hasta que todo quedase listo para iniciar la partida.

Hacía tiempo que no jugaba. Le servía para reflexionar, para poder ver todo desde un punto de vista diferente, cual observador ajeno a la situación pero a su vez, inmerso en la misma.

“La forma más directa de terminar una batalla, es matar al general enemigo.”, comentó quien dio la primera movida.

“Sabias palabras. Liderazgo de Akodo.”, agregó el más joven de los dos.

“Sí…”, sonrió el otro. “Pero…”, agregó.

“Esta no es una batalla cualquiera.”, dijo con pesar. El otro asintió ante la reflexión.

“Cada batalla tiene su táctica adecuada. La rigidez nos conduce a la muerte. Debes adaptarte como el agua. Tu honor te dará fuerzas, pero tu astucia será quien acabe con tus enemigos.”, comentó el más experto de los dos.

Hubo varias movidas y un silencio entre ambos. La partida continuaba tranquila, ninguna parecía tomar una ofensiva bien clara, sino más bien, cada uno parecía estar midiéndose con cada movida.

“Has sacudido la maleza y las víboras empezarán a salir, lamentablemente, te has puesto en el ojo de la tormenta. Ahora debes cargar con eso. Sí, ellos vendrán por ti. Sí, solo necesitas atrapar a uno de ellos para comenzar el recorrido hacia el resto. Sin embargo… ¿Sobrevivirás a su primer embestida?”, preguntó sin sentimiento alguno, dando la primer jugaba ofensiva.

“No estoy sólo.”, respondió con un contraataque.

“Una sabia decisión. Ellos tampoco lo están y su ejército os supera en números.”, esquivó su ataque con una ofensiva lateral.

Raigi meditó su jugaba a continuación.

“Necesito más aliados.” Y movió su defensa para cubrir el ataque por aquel flanco.

“Necesitas abrir los ojos.”, destrozando la defensa que habían puesto ante su arremetida.

Aquellas palabras como aquella jugada lo tomaron por sorpresa. Lo había desestabilizado con ambos golpes.

“Golpea su cuerpo y su espíritu. Podrán detener un ataque, pero no ambos.”, sonrió su adversario. “Al menos, no todos entre ellos. Y tan solo necesitas una abertura.”, y movió su pieza por encima de una de las suyas, llevándosela para su lado. “Caza uno por uno. Uno por uno son débiles. No busques atrapar a una bandada de pájaros con una flecha.”, llevando su mano a un bolsillo de su kimono opaco.

El Kitsu frotó su mentón, meditando tanto en su próxima jugada como en la respuesta ante aquel enigma. Como su antepasado, su misión era cazar al Gozoku y defender al Imperio de cualquier amenaza interna o externa. Pelear contra las Tierras Sombrías era, quizás no más fácil, pero si más simple. Este era un campo de batalla en el cual las reglas de juego eran ajenas totalmente a todo aquello que conocía.

“Conoce a tu enemigo.”, respondió el joven sentaku intercambiando una pieza por otra, algo que su adversario no dejó pasar, para equilibrar el tablero otra vez a su favor.

“Bien.”, respondió su oponente, mientras la partida se detenía por unos momentos.

“Ikoma Toushi mencionó ayer que Bayushi Jubei era parte de la conspiración y que a su vez, lo de la Grulla era una fachada.”, recordó las palabras del Embajador León durante la cena.

“¿Entonces?”, preguntó en un tono casi jocoso su contrincante.
“Doji Aki es también parte de la conspiración.”, no hubo expresión alguna en su oponente. Su rostro siempre le había sido más difícil de leer que cualquiera de las partidas que habían tenido juntos. Nunca le había ganado. Hoy no sería diferente.

“Hay un patrón.”, afirmó su oponente, mientras llenaba su pipa de tabaco.
“Sí, siempre lo hay.”, el olor de la hierba quemándose llenó sus sentidos. Nunca le había ofrecido probar. Tampoco quería hacerlo. La bocanada de humo impregnó el aire de un aroma especial.

“No creo que todos los Embajadores estén implicados. Mas la historia tiende a repetirse. Grulla, Escorpión…”, hizo una pausa y cerró su puño, “y Fénix.”, dijo seguro.

“Hay un problema. Hay dos Embajadores Fénix.”, su oponente levantó su ceja. “Sí, es extraño, también existen candidatos para maestros elementales cuando esos puestos ya están ocupados.”, comentó meditando al respecto.

“Lo que significa…”, preguntó el otro con malicia.

“El Fénix está dividido.”, sonrió Raigi mientras una estratagema comenzaba a formularse en su cabeza. “Divide y vencerás.”, citó él, esta vez, las palabras de Akodo-un-ojo.

“Debes elegir un enemigo y un aliado entonces.”, sugirió el otro.
“El asesinato…”, se quedó pensativo. La otra figura lo miró expectante.
“El asistente de Asako Emi murió por algo que descubrió sin tiempo para contarlo o algo que no sabía a quien contarlo, mejor dicho, en quien confiar…”, una posibilidad surgió en su mente. “Las visitas Grulla y Escorpión de esa mañana quizás fueron casualidades o quizás tuvieron algo que ver…”, otra vez el patrón volvía a surgir. “Si tuviera que apostar, esa persona descubrió que uno de los Embajadores era un traidor… Pero… ¿Si no sabía cuál de los dos era? ”, otra vez se sumió en el silencio.
“Tendrás que apostar por alguno de los dos. A menos que claro, que mates a los dos para estar seguro.”, rió la otra figura. Su pensamiento, quizás mucho más práctico y más frío.

“Uno por uno caerán.”, dijo con firmeza en su voz.

“Como tus piezas.”, sonrió su oponente y retiró otra pieza de Raigi del tablero tras una magistral jugada.

Se había distraído demasiado con la conversación. Su mente no lograba estar en ambos lugares a la vez. No lograba ver la gran imagen. No podría derrotar al gozoku si no lograba entenderlo. ¿Por qué quería una Emperatriz un gozoku? Si ella ya gobernaba este Imperio. ¿Eran sus intenciones mantenerse en el poder a pesar del reinado de su hijo? Si a pesar de todo, era un niño de mama, o eso decían los rumores. Por algo, la había nombrado aquella mañana como Canciller Imperial. Y encima, esa mujer ahora se casaría con el quizás futuro Campeón León.

Recordó una conversación durante la cena. “Una araña sin patas, no puede a morder a nadie.”, le había dicho aquel sujeto. Quizás no podría destronar a la Emperatriz, pero si mermar su poder, a través de sus secuaces.

¿Por cuál debía empezar? ¿Bayushi Jubei o Doji Aki? ¿Debería avisar a sus aliados Grulla sobre la información que Toushi había compartido con él?
Se contentó con la idea de que al menos, el Escorpión lo había declarado persona no grata. Quizás debería darles una buena razón para hacerlo. Sonrió con malicia.

“Cuando te sumes tanto en tus pensamientos, las partidas no son tan divertidas.”, dijo molesto su contrincante. Raigi miró el tablero y abrió sus ojos de par en par. Estaba totalmente acorralado, solo con su general para defender y otras pocas piezas. Como estaba en Otosan Uchi, sólo y con pocos aliados.

“Sakenayo.”, exclamó para sí mismo. Una vieja costumbre de su paso por tierras Cangrejo.

Miró el tablero y debía cambiar su estrategia, como también debía hacerlo en su guerra contra el gozoku. Su objetivo ya no era la Emperatriz. Por primera vez, la estrategia estaba clara en su mente.

Empezó a hacer jugadas arriesgadas, tomando piezas y posiciones.
“Si continuas así, te quedarás sin piezas, Raigi-san.” y cuando estaba por realizar su siguiente movida, se detuvo con su mano en el aire. El partido ya estaba definido.

“No importa si me quedo sin piezas.”, contestó Raigi con convicción.
“Si continuas así, morirás.”, dijo señalando hacia el general.

“No necesito ganar. A diferencia de mis adversarios, yo estoy dispuesto a dar mi vida por el Imperio.”, dijo con orgullo.

“Entonces no tengo nada más que enseñarte por hoy, Raigi-san.” El espíritu sonrió y comenzó a difumarse lentamente con una suave brisa surgida de ningún lugar.

“Sayonara, Ikoma-sensei.”, y apoyó su cabeza contra el suelo en señal de respeto y agradecimiento. Acomodó su kimono y se alzó con ímpetu.

Partiendo hacia su nuevo objetivo.

Sabía como derrotar al gozoku.

Atrás quedaban viejas estrategias y un tablero de shogi en tablas.
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