Deberes para verano 2013

Para hablar sobre temas que no tengan que ver con la corte de invierno, pedidos y similares.
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Miya Nadesiko
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Deberes para verano 2013

Mensaje por Miya Nadesiko » Mar Jul 02, 2013 10:44 am

Como todos los años, para que quien tenga tiempo y ganas no quiera desconectar voy a poneros deberes.

En esta ocasión no se trata de un concurso, se trata de deberes personalizados.

La cosa va de la siguiente manera:
Podéis escribir cuantos relatos queráis que se os darán puntos de experiencia por ellos de 1 a 5. De manera que si queréis subiros algo y os faltaban puntos podéis conseguir los que os falten haciendo relatos.
Los relatos no tiene ni límite de hojas ni de historias, podéis entregarme por ejemplo 5 historias de 5 hojas o 1 de 20, lo que sea.
Como siempre lo que se valorará es la calidad tanto narrativa como del valor de la propia historia del personaje.

La segunda opción de recompensa que voy a dar es muy especial, se trata que consigáis algo que queráis por medio de un relato que justifique y tenga el valor suficiente como para cubrir esa petición.
Ejemplo: Quiero tener X Ancestro porque cuando hice la ficha no lo conocía/quería/... y ahora por la historia lo quiero o lo que sea.
Entonces haces una historia relacionando al Pj con el Antepasado, puede que no sea una historia directa del Pj sino del antepasado y de cómo eso influirá en su linaje hasta vuestro PJ o lo que se os ocurra.
Depende de la calidad del relato y que obviamente no sea muy metajuegoso en plan "quiero ser sacrosanto" pues se os concederá. Sino se os dará peequis aunque sea por haber participado (no te llevas el premio pero si este gran aplauso del público jajajaja)
Los relatos que deseen conseguir algo específico, como un contacto, un ancestro, un objeto fetiche.... algo así más especial si que va a requerir una calidad y una extensión mayor que las otras, no implica que sean 20 páginas, pero no se admitirá menos de 5.


Y bueno, esos son los deberes, espero que me trabajéis en verano y que a la vuelta tenga cosas chulas que leer y ustedes vuestras recompensas, claro =^^=
"Oye mi voz, pues es la del Emperador"


"El arte de la guerra es la manera de conservar la paz"

Miya Nadesiko, heralda del Imperio Esmeralda

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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Sep 02, 2013 6:57 pm

Voy a colgar el relatillo que he perpetrado aquí mismo en lugar de abrir posts nuevos.
Escribir es un talento y no está entre mis ventajas, espero que al menos entretenga a quien lo lea entero...
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Sep 02, 2013 7:02 pm

LA BELLA Y LA BESTIA

Capítulo 1: Mentiras y arañas

Bayushi Daisuke siempre había sentido respeto por los ashigarus; campesinos de familias con un largo historial de servicio a un daimio, a los que se les concedía el honor de recibir una lanza de manos de sus señores.
Como el de los samuráis, ese acero también pesaba bastante y se esperaba de esos propietarios que lo honrasen permaneciendo siempre dispuestos a ser reclutados para según qué menesteres militares. Claro que sobre ellos no existía impedimento alguno para trabajar con sus manos, así que ni por asomo podían dedicar tanto tiempo como los bushis a prepararse para la guerra, pero si contaba la promesa de que si morían por su daimio éste se haría cargo de sus familias, sin que les faltara de nada, lo que normalmente mejoraba la situación media de cualquier núcleo familiar campesino.
Y eso es lo que le gustaba a Daisuke; caer en combate les suponía ventajas en esta vida y la siguiente, así que se hacían matar con bastante dignidad, la de quien no tiene ningún lugar mejor al que huir que aquel en el que muere, pensó mientras veía a otro caer con el torso cosido a saetas y esa curiosa mueca de serenidad en el rostro.

Claro que pudiendo haber elegido, habría preferido una escolta de berserkers Hida y así podrían haber salido con vida de aquel valle, cosa que ahora no parecía probable.
Uno más de los asaltantes se abrió camino hasta él. Con la catana desvió un par de golpes de aquella extraña arma a modo de garra hacia las placas de su armadura, donde rebotó dejando sólo arañazos. Como el anterior, éste también pudo esquivar su contrataque con notable agilidad, pero un bushi Bayushi sólo necesitaba ver los puntos fuertes y débiles de un enemigo una vez para adaptarse a ellos, así que su hoja sólo sirvió de finta abriendo una ventana de oportunidad para su brazo libre, que se abalanzó, rodeó su cuello y lo atrajo hacia si mismo aplastándolo contra su propia armadura antes de ensartarlo con la espada como un espetón, una vez anulado su ágil atletismo mediante la presa.
Había visto hacer aquello a los cangrejos, cuando se enfrentaban a enemigos escurridizos a los que superaban en fuerza bruta. Daisuke nunca había entrenado para estar en esa ventaja en combate, pero aquellos forajidos parecían famélicos.

Famélicos pero inasequibles al desaliento; extraña combinación, consideró, mientras observaba como otro de los ashigarus de su escolta entregaba la vida. No quedaban ya muchos de ellos y, pese a sus esfuerzos por mantenerlos en línea, comenzaban a desperdigarse, lo que convertía a cualquier lancero en un blanco fácil para un enemigo superior en número.

¿Cómo habían llegado a eso? No es que eso importase mucho en aquel momento, pero no hacía tanto viajaban tranquilamente camino de Kyuden Bayushi, aunque ahora le parecían años desde aquello. Media docena de ashigarus a pie, un bushi a caballo y un shugenja habían partido hacia el oeste, para encontrarse con la comitiva de una princesa gaijin que supuestamente solicitaba alguna clase de asilo, aunque eso sólo lo había llegado a intuir una vez en el lugar, por los escasos comentarios del Soshi cuando el sake le aligeraba la lengua antes de dormir.
En condiciones normales se habría preocupado por lo mal que olía aquello, ya que ¿desde cuándo Rokugán albergaba a princesas extranjeras que llegasen a pie por el baldío oeste?
Pero la verdad es que no se encontraba en situación de rechazar oportunidades. Las órdenes llevaban el sello oficial del daimio Bayushi y eso bastaba para Daisuke, quien no había recibido una asignación de ningún tipo desde que había tenido la mala suerte –desfachatez, había oído comentar- de regresar vivo tras dos años en tierras cangrejo, “gracias” a uno de esos acuerdos de buena voluntad entre los clanes aliados a la buena sombra del Hantei de Acero.
Mala suerte, porque nadie volvía de allí sin cicatrices, por tranquilo que estuviera según los lugareños, y si algo gustaba en Kyuden Bayushi menos que las cicatrices eran las que podían asociarse en su ignorancia con contagios de corrupción y leyendas sobre demonios parásitos.
Que los había, pero eran tan alérgicos al jade como cualquiera… Sin embargo, explicarle eso a un cortesano horrorizado era complicado, y después de haberle golpeado, más aún.


Las tierras al oeste de las provincias escorpión eran escarpadas, inhóspitas y llenas de pequeños valles calcinados por el sol, estratégicamente expuestos a emboscadas. Había supuesto que por eso el shugenja había contratado también a los lanceros, pero al acercarse hacia el fin del mundo se había dado cuenta de que ni el ladrón más desesperado acecharía allí… en caminos olvidados por donde apenas pasaría una caravana o dos cada estación, y ninguna con nada que valiese la pena.
Obviamente se había equivocado en alguna parte de ese juicio. Aunque admitió que ya no tendría tiempo de considerar en qué, ni cuándo.

La comitiva de la tal princesa había resultado componerse tan sólo de una doncella y un guardaespaldas, además de la dicha. Una dama menuda, delgada y muy hermosa. Piel blanca, pelo de un inusual rubio en el Imperio y ojos verdes. Tímida y reservada, habría pasado por rokuganí, con una pequeña sesión de tinte de cortesana.
Sólo sabía de ella que se llamaba Hanekawa, o al menos ésa era la adaptación al lenguaje imperial de su nombre. A Daisuke le habría gustado averiguar más de ella pero el guardaespaldas la custodiaba como si escondiera todo el oro de las montañas Mirumoto bajo las faldas. Cosa que la belleza de la muchacha no desmentía del todo, a saber…


El bushi se giró para gritarle ahora a ese perro guardián que le transmitiera con urgencia a su señora que se preparase para morir, ya que como prisionera nadie iba a pagar su rescate aquí. Justo en el momento en que lamentaba no haber puesto ningún empeño en recordar el nombre del individuo vio que habría sido inútil pues a su espalda yacía sobre un charco de sangre, con el cuello abierto junto a un par de enemigos tan muertos como él.

¿Cómo demonios le habían flanqueado? Se preguntó Daisuke con rabia y frustración. Para cualquier samurái, que aquel al que se le había encomendado proteger muriese antes que uno mismo resultaba del todo intolerable, así que corrió hacia la retaguardia donde habían refugiado a la dama.
Todo sucedió bastante deprisa; el instinto de batalla fluía por sus venas y no necesitaba pensar. Otro cuerpo, de mujer joven; no era la que buscaba, sólo la doncella. Parecía que se había defendido con bastante gracia pues uno de esos fantasmas famélicos que surgían de ninguna parte se arrastraba un poco más allá malherido, apuñalado en el pecho. Al pasar por su lado le cercenó la cabeza de un tajo, sin molestarse en mirarlo siquiera.
Algo más allá, la tal Hanekawa aún vivía, para su regocijo, forcejeando con otro de aquellos asaltantes mientras esquivaba una de sus inmundas garras, moviéndose con la gracia de una bailarina, se sorprendió el escorpión.
Aunque esa sorpresa no fue obstáculo alguno para que su espada siguiera tocando su canción. Cortó limpiamente el brazo del arma cuando éste volvió a levantarse amenazador, y sin dejar escapar un “ay” de aquel maldito se revolvió emitiendo un destello brillante de acero asesino. El último verso fue rojo, y después de eso quedó el silencio, verde, mirándolo desde aquellos preciosos ojos.
Le pareció gracioso al fin que el destino quisiera ahora darle un toque poético al final de su existencia, cuando ésta había sido de todo menos aquello.

Sin embargo, los dioses tenían un particular sentido del humor. Al girarse para volver a la batalla sólo llegó a ver al shugenja Soshi con dos flechas clavadas en el pecho, si es que esas saetas podían considerarse como tal, que magro consuelo le resultaría ahora al sacerdote como se llamaran. Pero, de rodillas, aún sostenía un pergamino entre las manos, y parecía leerlo, aunque Daisuke no escuchó nada… hasta que el aire que les rodeaba estalló con una violencia inusitada, se notó levantado del suelo y finalmente todo quedó en una repentinamente calmada oscuridad, cuando chocó contra la roca.






Los cangrejo solían decir que el único instante de paz para un espíritu es el que transcurría entre su muerte y el momento en que la rueda del karma lo devolvía a un útero humano, donde el dolor volvía desde el mismo renacimiento.
Daisuke consideró la sarcástica verdad de aquello cuando abrió los ojos y la claridad del amanecer se los dañó sin misericordia. Los oídos le pitaban produciéndole un dolor punzante y la cosa no mejoraba desde la parte posterior de la cabeza hacia la espalda, donde probablemente se hubiera golpeado al caer.
Desorientado, se levantó apretando los dientes sin recordar exactamente donde estaba, aunque dudaba que fuese dentro de una mujer a punto de dar a luz. En un parto habría sangre, pero no tantos cadáveres, dedujo.
Tampoco EmmaO parecía estar allí, así que aún debía de estar vivo. Poco a poco fue reviviendo el combate, mientras los recuerdos se abrían paso a través del intenso dolor de cabeza. Ahora era el único en pie.
La memoria de unos ojos verdes esmeralda le vino a la mente, y se volvió para buscar a su dueña. Hana… Hanekawa, si, eso era. Unos metros más allá, muerta como todos los demás.

¿Muerta?… No, respiraba aún… -¡Respira!- Se sorprendió Daisuke de su felicidad al comprobar que sólo permanecía inconsciente.
Todos los demás parecían muertos, ni rastro de más asaltantes, pero era mejor alejarse de aquel lugar lo antes posible, ahora que sabía que su misión de escolta aún seguía en pie. Recogió su espada y lamentó no poder hacer mucho por el cadáver del shugenja Soshi, pero ahora poseía un instinto práctico para la supervivencia y parecía obvio que cualquier criminal que siguiera por los alrededores centraría su atención en saquear aquel improvisado campo de batalla en lugar de perseguir a un par de supervivientes sin nada de valor a cuestas.

Daba igual ya. Tomó a la dama entre sus brazos, se sorprendió de lo ligero que le resultaba su peso y abandonó aquella carnicería a los cuervos.






-¿Puedes andar? –El escorpión había llevado varias horas el cuerpo inconsciente de la mujer, ignorando el dolor creciente en sus brazos, y sabía que la sangre que lo mancillaba era casi toda del miserable al que había matado mientras forcejeaba con ella, así que asumía que no estaba herida de gravedad. Al menos hasta donde él sabía, que no era poco.
-¿Hablas mi idioma? –Daisuke decidió volver a comenzar por lo más básico, pues sólo el Soshi se había entrevistado con la dama, él no había tenido esa suerte antes de que el destino decidiera dejarlos solos el uno con el otro.

Ella le miró, con ojos asustados, como si se debatiera entre el instinto de huir de aquel desconocido y permanecer al lado del único miembro vivo de su escolta. Pero no dijo nada.

-Princesa Hanekawa-sama… -pronunció sólo su nombre, mientras le tendía su recipiente de agua. No existía forma más simple de iniciar una conversación, pensó él. Y eso funcionó, pues esos ojos verdes volvieron a centrarse en él, aceptó la botella y, no sin antes olisquear curiosamente su contenido, bebió con tanta sed de ella que Daisuke tuvo que quitársela para evitar que se atragantara. Y habría podido jurar que la supuesta princesa le enseñó los colmillos al hacerlo, aunque enseguida supuso que no habría sido más que una debilitada sonrisa.

-Si… hablo vuestro idioma, señor samurái –contestó al fin.

-Mi nombre es Bayushi Daisuke. No soy un señor –esbozó una sonrisa, si que era extranjera –Sólo un guerrero al que le encomendaron la misión de proteger a una princesa, con mi propia vida si era necesario, y en ese particular me encuentro aún, Hanekawa-sama.

-Lamento la confusión, Bayushi Daisuke-sama –se disculpó apartando la vista -Los demás… ¿están todos…?

-Si, me temo que si… –replicó encogiéndose de hombros con cierta resignación. El combate aún le resultaba demasiado reciente como para dejarse conmover, rutinas de bushi, pero se esforzó por no resulta rudo. Sin embargo, la chica –ahora que la veía de cerca no tendría más de veinte años- se echó a llorar desconsoladamente.

-Daisuke-san es más que suficiente, princesa –añadió con un gesto amable, tratando de restarle importancia al resto y demostrar que aún estaba él, y que eso contaba.
Cortesía debida de samurái, qué menos se esperaría del que ahora era el único representante escorpión, decidió. Pero la reacción de la chica superó sus expectativas de éxito, pues ésta se abrazó a su cuerpo mientras aún sollozaba. Una muestra de empatía gaijin bastante alejada de los estándares rokuganíes, pero dadas las circunstancias… se limitó a devolverle el abrazo, ya que eso parecía consolarla.








-¿Cómo se llama este río? –preguntó Hanekawa asomándose peligrosamente a una de las rocas de la orilla.

-Pues… no estoy seguro. Pero no importa demasiado –carraspeó fastidiado por no saber responder, siendo él el guía –Nos conducirá al Lago de Pétalos de Crisantemo, de eso estoy seguro, y de ahí seguiremos el Río Dorado hasta Kyuden Bayushi, dejando el Shinomen a nuestra derecha.

-¿Por qué no te gusta el bosque, escorpión-san? –dijo mirando el bosque que se levantaba espeso y frondoso en el horizonte, tan cerca de ellos que se escuchaba el viento entre las ramas.

-No es que no me guste, es que… bueno, no es seguro. Es salvaje y no hay caminos fiables ahí dentro; fácil perderse. El río no tiene pérdida –y seguramente los criminales que les habían asaltado se esconderían allí, para esquivar las escasas patrullas que los escorpiones enviaban a este confín del Imperio. Aunque no lo dijo, por no recordarle aquel trago.
Lo cierto es que la mujer se había recuperado sorprendentemente bien. Aunque no quisiera reconocerlo, muchas damas samuraiko se habrían encerrado en torreones durante años tras algo así, pero la princesa extranjera había recuperado cierto ánimo de espíritu tras un sueño reparador, y cada vez se mostraba más jovial y confiada.
-Además, se que en la orilla norte del lago hay asentamientos donde podremos refugiarnos y reponer provisiones; quizás hasta conseguir un caballo.

-¿Provisiones? –repitió, como si no comprendiera del todo aquella palabra.

-Ehm… arroz. Son aldeas de campesinos.

-Yo no como arroz.

-¿Que no…?
-No como arroz. Ni nada hecho de arroz. No… no puedo.

-¿Pero… cómo no vas a poder…? –para un rokuganí aquello resultaba escandaloso, pues era la base de cualquier alimentación, pobre o rica. Incluso era la medida de la riqueza de un territorio. El samurái tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que ella no era de aquella tierra y cualquier… disparate como ése entraba en lo posible. Bárbaros, ya se sabía… -¿Y qué propones que comamos?

-Pues esto es un río. Podemos pescar –respondió con una calma inusitada, como si resultara una opción tan evidente que no hubiese debido hacer falta ni decirla, mientras se sentaba en lo alto de una roca que dominaba la orilla y comenzaba a mirar ésta.

-¿Pescar? Bueno, si tuviera una caña… -la primera intención había sido ser irónico, pero la dama no parecía captarlo, así que resopló –Con una rama larga y afilada podría intentarlo, pero quizás me llevase todo el día ensartar un solo pez –comenzó a calcular, no dando crédito al hecho de estar planteándoselo seriamente, cuando escuchó un sonoro “plaff”, el ruido de un cuerpo cayendo al agua.
Giró la cabeza enseguida, pero Hanekawa ya no estaba sobre la roca. Ruido más allá, y sólo alcanzó a verla levantando el brazo triunfante sobre el nivel del río al que acababa de arrojarse, sosteniendo un respetable pez en la mano desnuda, con las uñas clavadas en su carne, que se sacudía inútilmente. Sonreía como una chiquilla. Empapada.



-¿Dónde aprendió a hacer eso, princesa? –murmuró incrédulo el bushi, venciendo finalmente la curiosidad a la cortesía de no hacer preguntas potencialmente incómodas. De todas las princesas que podía imaginar, ninguna jamás tocaría siquiera un pescado con las manos, menos capturar uno vivo de aquella manera.
Habló de espaldas al fuego, y a la propia mujer, obligado por el hecho de que la ropa de aquella estaba colgada de un par de ramas entrelazadas para secarse al calor de la hoguera. Al menos encenderla había sido obra suya, para alivio de su “hombría” En aquella zona los días eran extremadamente calurosos en la estación en la que estaban, pero por la noche la temperatura descendía bastante y era mejor que Lord Onnotangu te encontrase con suficiente ropa seca encima.

-Hum, de niña… vivía cerca de un gran río, repleto de peces.

-¿Y los pescaban con las manos? –insistió. Escuchó tras él como la dama, así la seguía considerando pese a todo, se levantaba, cogía el improvisado espeto y caminaba un par de pasos hasta donde estaba él. El bushi se sorprendió cuando notó que al volver a sentarse lo hacía apoyando su espalda contra la de él, aunque a aquellas alturas ya no sabía por qué le sorprendía nada de ella.
Por encima de sus hombros, le tendió medio pez asado. Al girarse para tomarlo pudo ver la blanca y perfecta piel de porcelana que formaba sus manos, y hasta el comienzo de su cuello, apenas por el rabillo del ojo pero lo suficiente como para descartar una cuna que no fuese noble, ya fuera en Rokugán o en cualquier otra parte del mundo.
Volvió a sorprenderse, para su fastidio, esta vez por notar la aceleración de su pulso. Afortunadamente era imposible que Hanekawa lo sintiera espalda contra espalda, aunque le pareció escuchar una risilla sospechosa al otro lado… Una imaginación suya, sin duda. Mejor pensar eso.

-Era… un juego. Pescar no, me refiero a lanzarse al agua. Ese río estaba… bueno, está, repleto de cocodrilos, y el juego consistía en arrojarse y salir de él lo suficientemente rápido.
Una vez que aprendes a sortear a esas bestias, sorprender a un pez resulta bastante sencillo –explicó la muchacha como si no tuviera excesiva importancia. Pero Daisuke se había quedado de piedra.

Al poco comenzó a reírse, dejando salir toda la influencia que le habían contagiado los cangrejo en aquellos años y que tanta molestia le producía reprimir de vuelta en tierras de su clan. –No tengo ni idea de donde sois, princesa, pero le aseguro que me gustaría conocerlo –rió honestamente. La dama sonrió a su espalda ante aquella idea, y ahogó un ronroneo inoportuno.




Desde que habían sido atacados, las noches eran largas y frías. Más de las que había previsto, pues el viaje se hacía largo a pie por aquel terreno escaso de caminos pero rico en un sol desolador y salvaje, que les impedía avanzar durante las horas medias del día. A instancias de Hanekawa, dormían a refugio de Dama Amaterasu durante esos momentos y mantenían el paso a cambio durante bastantes horas de la noche.
En cualquier caso la princesa seguía mostrando a cada paso cualidades que el bushi admiraba cada vez más, para la sorpresa de quien había temido vérselas con una damisela de seda. Sólo sus extrañas reticencias a comer arroz habían supuesto alguna dificultad, pero lo compensaba con creces con aquel don innato para la pesca, toda una suerte cuando se sigue el cauce de un río. Al escorpión aún le maravillaba que alguien fuera capaz de sacar peces con las manos desnudas, pero sabía de primera mano que los exploradores Hiruma eran capaces de eso y más, así que no lo daba por imposible, sólo lo admiraba.


El cambio de ciclo entre día y noche le había sentado como un guante a la dama, que dormía sin problema con la luz diurna y se mostraba repleta de energía de noche, pero el samurái se obligaba a mantenerse vigilante mientras su ahora protegida descansaba, así que agradecía realmente las horas nocturnas en las que el Señor Onnotangu decidía privarles de su escasa luz y se veían obligados a detenerse. Sólo entonces se permitía dormir profundamente, para descubrir al alba que Hanekawa había ahogado el fuego y se refugiaba casi enroscada junto a su cuerpo para mantener el calor.
¿Y qué podía hacer el bushi cuando se despertaba en aquella situación? No podía culpar a la mujer por no fiarse de que los atacantes del otro día vieran el fuego, aunque a él aquello le parecía tremendamente improbable, y llegados a ese punto era mejor permanecer juntos. Cuando le pasaba el brazo por encima mientras escuchaba su respiración se conformaba pensando que sería igual de razonable si su compañero de viaje fuese un Hida… Aunque no era tan bueno mintiendo como para tragarse aquello, o quizás era demasiado bueno detectando mentiras, lo cierto es que había algo salvaje en el aura que respiraba cuando ella estaba cerca que le resultaba extraordinariamente atractivo. Y dormida no era una excepción.

Le habría gustado que alguna de aquellas noches no acabase nunca… pero siempre había que ser cuidadoso con lo que se deseaba, pues a punto estuvo de cumplirse finalmente…
-Daisuke-san… Daisuke-san… -escuchó entre sueños. La voz parecía preciosa, susurrada como la de una amante. Al menos eso le pareció al principio; conforme se despegaba de los brazos de Yume do reconoció algo de temor en ella. –Tenemos que irnos… Nos han encontrado.

-¿Qué…? ¿Hanekawa-sama? ¿Quién… Quien nos ha encontrado? –repitió algo confuso. Sería una patrulla escorpión, acabó rumiando.

-Los asesinos de la otra vez… Están aquí de nuevo, señor samurái –susurró de nuevo la voz femenina.
Daisuke se habría puesto de pie en un salto, pero unas manos se lo impidieron –No haga ruido, aún no nos han localizado… el viento viene hacia nosotros, yo puedo olerlos.
-¿El viento…? ¿Pero qué…?

-No hay tiempo, Daisuke-san, estarán aquí enseguida, debemos irnos. No hay otra salida, debe usted acompañarme al bosque… se lo ruego.

La adrenalina hizo que la mente del bushi comenzase a funcionar a pleno rendimiento, aunque si se hubiera detenido a pensarlo se habría dado cuenta de que había algo más que eso -¿El Bosque Shinomen? Allí no estaremos seguros, le aseguro a usted que…

-Por favor, conozco bien el bosque. Pensé que podía huir pero sólo conseguiré que nos maten a los dos… Allí acabará todo, pero debe acompañarme, no puedo ir sola. No puedo –sollozó una lágrima. Más que pena parecía impotencia o rabia; quizás algo de ambas.

A punto estuvo el hombre de soltar alguna machada samurai digna del mejor león, como que él se quedaría luchando para que ella huyera, pero tanto su naturaleza escorpión como su experiencia entre los cangrejo dictaban que aquello era una estupidez. Quien sobrevive puede volver a luchar, era un principio mucho más inteligente. Así que se levantó despacio, y antes de que pudiera coger algo más que su catana, una pequeña y suave mano tiró de su muñeca guiándolo a través de la negrura de la noche más cerrada, y se temía que hacia una negrura aún mayor, la del Bosque. En el fondo era cierto, seguir la orilla del río resultaba arduo, poco apropiado para huir, y el Shinomen sería tan peligroso para ellos como para esos perseguidores que Hanekawa había olido, al menos eso esperab… ¿¿olido??



Horas más tarde, habría sido imposible determinar cuántas pues el Sol quedaba ocultado por las copas de los árboles más altos, y algunos eran los más altos que jamás había visto el bushi, ambos estaban exhaustos.
Bayushi Daisuke se sentó en un tronco caído, medio podrido; daba igual, demasiadas cuestiones asaltaban su mente. Estaban perdidos, seguro. Hanekawa corría con una seguridad sorprendente, pero nadie habría sido capaz de orientarse en el Shinomen a oscuras, y menos a la carrera. Y eso aunque conociera el bosque como la palma de su mano, cosa que una princesa extranjera no podía.
Al menos sus perseguidores debían estar tan desorientados como ellos, si es que habían sido tan necios como para seguirlos allí.

-¿Realmente oliste a aquellos hombres?

La mujer lo miró de un modo indescifrable, quizás ahora si había algo de pena en su rostro, pero no dijo nada. Al menos ninguna contestación –Es aquí.

-¿Aquí? ¿Qué “es” aquí? –el bushi miró a su alrededor. Él sólo veía troncos, unos verticales, otros caidos… Parecía que uno se había desplomado sobre otros tres, formando una curiosa estructura, como un pórtico. –Cuidado, eso podría caerte encima… -acertó a decir al ver que su protegida permanecía justo bajo aquello.

-“Eso” lleva así miles de años, no creo que se caiga ahora –sonrió débilmente, señalando una hilera de esos mismos pórticos caídos aparentemente al azar, que el escorpión se dio cuenta formaban una especie de túnel natural. –Debemos separarnos, Daisuke-san. No puedo huir de ellos, sólo conseguiré que te maten también a ti, y… no quiero eso –dijo bajando la cabeza al final, con un ligero toque de timidez femenina.

-No lo comprendéis, princesa. Soy un samurái, estoy preparado para morir y no lo temo. Mi misión era protegeros y la cumpliré hasta la muerte, así que… -las palabras se le quedaron en la boca, porque de repente la mujer se le acercó y le besó, suavemente pero con el regusto amargo de quien sabe que es una despedida.
Daisuke se quedó congelado por lo inesperado y la mujer simplemente se alejó, dijo unas palabras en un idioma extraño y gutural y comenzó a caminar bajo los pórticos, que destellaban una luz blanca al pasar ella, evidentemente mágica –Adiós, mi querido samurái –dijo como último adiós mientras se desvanecía a cada paso… justo cuando notó que algo le aferraba la mano… y una luz blanca lo bañó todo.


Fin del primer capítulo.
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Mar Sep 03, 2013 12:09 pm

Capítulo 2: El Largo Viaje[/b



-Daisuke-san… ¿Qué has hecho? –preguntó una voz femenina. El bushi reconoció a Hanekawa, pese a que ahora poseía un tono aterciopelado, sutilmente distinto.

Aunque no es que pudiera pensar demasiado en aquello en ese momento, nada elegante, arrodillado mientras su cabeza y estómago daban vueltas alrededor del resto de su cuerpo.
-¿Hacer…? Pues… ahora creo que… ¡uaaargh! –no tuvo que decirlo, el vómito ya era bastante explícito en si mismo. –Por Bayushi-kami… ¿qué has hecho…? ¿Qué demonios ha pasado?

-Pues… esto no debería haber sucedido así, pero has… cruzado el umbral, el pasadizo… o como queráis llamarlo vosotros.
“Hemos” cruzado, en realidad. Aunque para ti es la primera vez, por eso te sientes mareado y desorientado. Algunos añaden una pequeña sensación de euforia a todo eso… pero parece que no es tu caso. Lo lamento.
En fin. No hace demasiado dijiste que te gustaría conocer el lugar de donde yo procedía, mi tierra… mi mundo. ¿Lo recuerdas? Bueno pues… ahora estamos allí… Aquí.

-¿Aquí…? ¿En el Shinomen-mori? –el samurái levantó la vista pero la luz le cegó. Era intensa y brillante, descarnada. -¿Eres una Kitsune?

-¿Kitsune? –repitió con extrañeza –Ah, te refieres al clan Kitsune… No, como os dije no soy una samuraiko, ni siquiera rokuganí. Y esto tampoco es exactamente el Shinomen-mori. Al menos no el que tú conoces.
Pero ya que hablamos de kitsunes… Tienes razón en una cosa; éste es su territorio y no son demasiado amistosos… con los “forasteros” Deberíamos irnos, ¿puedes ponerte en pie, Daisuke-san?- añadió la mujer con una cierta urgencia en el tono de voz.

El bushi recurrió a su orgullo, dolido –Me da igual de donde seas, princesa. Forastera o no, quien no sea amistoso con vos se las verá con mi espada.

-Eres adorable, señor samurái –la voz aterciopelada pareció emitir un tono cercano al maullido, como una risilla –Pero lo de forastero… lo dije por ti.
Bayushi Daisuke frunció el ceño y se protegió los ojos de la luz con la mano a modo de visera, dándoles tiempo para que se acostumbraran. Poco a poco todo fue tomando forma; árboles sobre todo, allí no había mucho más que eso, a su espalda los extraños pórticos, como si los hubiera atravesado caminando, y sólo una figura femenina de donde provenían las palabras, semioculta tras un tronco, unos pasos más allá.
¿De dónde salía esa repentina timidez? Era Hanekawa, sin duda. Su kimono, su piel blanca y suave tan deseable de acariciar, sus ojos verdes… Un momento. No, no eran verdes. Algo más claros aún, dorados… El bushi también pudo ver la mitad de su cabellera, blanca, casi plateada de brillante donde antes había negro azabache. Pero ni siquiera eso era lo más extraño, el detalle que más llamaba la atención en ella era la abultada oreja felina que sobresalía de entre ese cabello a un lado de su cabeza.
Con todo, quizás aún conmocionado por lo que sea que le hubiera golpeado, Daisuke no se escandalizó. Seguía reconociendo claramente a su princesa, aunque no hubiese sido capaz de explicar exactamente porqué, habría dicho que se trataba sin duda del mismo espíritu.


Imagen


-¿Estoy soñando…? –murmuró, incrédulo pese a todo, no notaba amenaza alguna en la dama.

-Mmm, no. Me temo que Yume Do queda muy lejos de aquí.

-Ahm… Era una pregunta retórica… creo. Además las otras veces que he soñado no tenías esas orejas… al menos creo que no –La mujer ahogó una risilla, tapándose la boca con su mano, repentinamente sonrojada y a la vez halagada. Ahora si que era la misma, no había ninguna duda, dulce y salvaje a la vez –Lo siento… No quería decir eso… La cabeza aún me da vueltas. Entonces supongo que estoy muerto, ¿no?

-Oh no, vuestro Yomi está aún más lejos que el Reino de los Sueños. Estás en… Chikusô-kai. Vosotros lo llamáis “Chikushudo”.

-¿Qué…? ¿Es una broma? –miró a su alrededor -¿El mundo… de las bestias? –preguntó con más incredulidad aún. A los niños samurái se les enseñaba cierta doctrina religiosa, a los futuros bushi sólo lo básico así que conocía todos los reinos de los que supuestamente constaba el mundo espiritual además del de los humanos, pero la doctrina por lógica se centraba en Tengoku, el de los dioses, y Yomi, donde moraban los ancestros bendecidos. Por su experiencia había aprendido más de lo deseable sobre Jigoku, pero ahí terminaba todo; del resto sólo sabía que existían y una somera descripción.

-El Reino de los animales, de la vida salvaje. También es conocido a veces como el de la lucha eterna por la supervivencia… Aunque eso es una descripción, más que un nombre; como también lo es la de que la única ley que rige en Chikusô-kai es la del más fuerte, así que sólo esos sobreviven: el cazador hoy es la presa mañana. Bienvenido al lugar donde nací, samurái-san.

-¿Tú no eres… no eres humana?

-La respuesta corta es… no. Soy de la raza de los bakemono.

-¿Un... gato…? –al hombre se le agolpaban las dudas en la cabeza –Espera, ¿hay una respuesta larga? Dímela, por favor, sin duda creo que la prefiero.

-Aquí no. Como bien has adivinado, estamos en el territorio de los kitsunes, pero no me refiero al clan que conoces con ese nombre en tu mundo, sino a los auténticos espíritus kitsune. A ellos les encanta viajar a tu reino, pero detestan que otros invadan el suyo… No son demasiado hospitalarios, y los salvajes lo son menos aún. Y es cuestión de tiempo que huelan tu rastro.

¿Mi…?

-Aquí hueles a mortalidad a kilómetros.

-¿A…? Bueno, no… no comprendo lo que dices. Pero quiero la respuesta larga antes de dar un paso –requirió con la determinación humana que tan característicamente cabezotas hacía a los individuos de esta raza.

-Tsk, de acuerdo. Veamos, como explicarlo… Bien, digamos que decir que soy un gato es como decir que tú eres un chimpancé, no te ofendas. No todos los habitantes de este reino somos iguales, aunque algunos nos parezcamos más a unos que a otros. Los gatos, por ejemplo, o los leones o tigres que tú conoces viven aquí también, y como en ningen do son bestias irracionales que sólo se guían por sus instintos más primarios, el escalón más bajo, sin atisbo de alma. Sin embargo en la parte más alta de esa escala estamos nosotros, los que son como yo, bakemonos.
Somos felinos, si… al menos tú lo entenderías así, y también tenemos instintos, pero no nos dejamos dominar por ellos, no como las bestias. Al igual que los humanos, tenemos raciocinio, y espíritu, aunque quizás ésa no sea la traducción apropiada de la palabra –añadió encogiéndose de hombros –Pero lo cierto es que eso nos diferencia del resto, y nos da un aspecto… similar al de los dioses. Como a vosotros.
¿No crees que me parezca más a ti que a un gato, Daisuke-san? –preguntó finalmente con una vocecilla tímida y desvalida, saliendo de detrás del tronco por completo. Caminando de un modo sinuoso, casi hipnótico, llegó hasta el hombre, posando delicadamente su mano diestra sobre su hombro izquierdo. El peso era ligero y cálido y el corazón se aceleró por su cuenta.

-Ehm… Yo, bueno… si, desde luego… princesa Hanekawa-sama. Así que… los gatos salvajes son los… ¿etas de este mundo?.

-No estoy segura; también hay gatos salvajes allí de donde vienes. Quizás si, aunque en todo caso para hacer una distinción aquí sería más apropiado hablar de las bestias que sólo se guían por su brutalidad. Porque salvaje… en realidad todo es salvaje en Chikusô-kai, de un modo o de otro.

-Ya veo. ¿Entonces… las bestias están a vuestro servicio, como las castas inferiores al de los samuráis?

-Ju, ju… qué inocente. Verás, con esfuerzo se pueden amaestrar a algunas, pero a este Reino no le gusta demasiado eso, por lo que ese tipo de “relación” no dura demasiado, así que la respuesta sería no. Que sean bestias sin alma alguna, la escala más baja desde el punto de vista espiritual, no implica que sean débiles físicamente, ni mucho menos, así que suponen una amenaza constante para cualquiera que se cruce en su camino, superior o no, ya que su lucha por la supervivencia es brutal, y es todo cuanto comprenden.
En tu mundo, la civilización que llevaron los dioses hizo que las castas se ordenasen y las inferiores sirvieran a las superiores como medio de ascensión. Pero aquí, esa clase de civilización a gran escala es… ajena a la naturaleza del Reino, digámoslo de ese modo.
Así que deberíamos irnos. Ya.

El escorpión aún tenía muchas preguntas por formular, pero de algún modo la mujer gato… bakemono, parecía contar con la promesa implícita de que se pondría en marcha tras haber contestado aquella. Y habían sido bastantes, toda esa información se le agolpaba en la cabeza al bushi martilleándola sin compasión.
Volvió a mirar a su alrededor, las copas de los árboles altos brillaban con la intensa luz del sol, que supuso seguiría siendo Amaterasu, aunque algo más virulenta, pero la frondosidad del bosque creaba espesas barreras y sombras a corta distancia, por lo que tuvo que admitir que no era el lugar adecuado para todo lo que quería saber. Tiempo habría, o eso esperaba, pensó mientras se levantaba. Hanekawa sonrió al verlo; los colmillos destacaban bastante más que antes entre el resto de sus blancos dientes.





El bushi se vió obligado a forzar el paso desde el principio. La bakemono… ¿esa palabra tendría femenino? Daba igual, la dama se movía con una agilidad pasmosa en aquel terreno tan complicado, y al samurái le costaba seguirla, aunque antes habría caído muerto sin respiración que reconocerlo.
Repentinamente comenzó a llover, sin transición aparente. La vida animal no era lo único salvaje allí, consideró Daisuke, incluso el clima respondería a ese adjetivo.
-Ahí. Esa cueva –la princesa señaló una abertura en una pared rocosa cercana. Y qué a tiempo, la senda por donde ahora caminaban parecía inundarse por momentos. –Espera aquí –añadió sin dar tiempo a réplica, mientras parecía olisquear el aire a su alrededor. Se acercó un poco por su cuenta, comprobó los dioses sabrían qué, si es que los dioses se preocupaban de aquel lugar, y acabó por hacer una seña a Daisuke para que se acercara.

Entraron juntos en la cueva. El interior era oscuro y nada acogedor, aunque parecía seco, pero el hombre sólo intuía aquello ya que tras haberse adaptado su vista al exterior, ahora apenas llegaba a ver sus manos. A tientas buscó un lugar donde sentarse, mientras trataba de situar a su compañera del viaje más extraño de su vida por el oído, sólo para comprobar que no era capaz de percibir ni el más mínimo sonido de ella, si no hablaba o hacía algo deliberadamente cerca de él. –Deberías quitarte esa ropa de seda mojada, samurái-san. Las noches son frías y, aunque estas rocas retienen el calor del día de Amateru-omikami, te enfriarás pronto.

-¿Realmente eres una princesa gata? –preguntó con una media sonrisa, repitiendo lo de gata sólo por fastidiarla por seguir llamándolo “samurái-san” después de todo aquello que habían pasado, que de pronto parecían siglos.

-Soy una princesa bakemono… Daisuke-san –replicó con un tono que insinuaba que también sonreía, mientras apoyaba el rostro en su hombro, como solía hacer sin reparo cuando se sentaban juntos. Los gatos nunca piden permiso, pensó el Bayushi ahogando una carcajada.

-Así que tendrás un reino, entonces. Un reino bakemono. ¿Cómo se llama?

-El reino en si no tiene un nombre, como tu Imperio Esmeralda. Pero se extendía por ambas orillas del Gran Nilus, hasta su desembocadura.
Verás, en algunas cosas nuestra sociedad no es tan distinta de la vuestra; vosotros tenéis clanes, y nosotros tribus. Aunque las nuestras son más pequeñas e… independientes unas de otras, aun siendo de la misma raza. Mi padre era el… “rey”, de la tribu bakemono donde yo nací.
Aunque existen otras tribus de bakemonos, con otros territorios de caza y otros reyes. Casi todos al norte, hacia donde vamos. Las demás razas también tienen sus asentamientos… Los kitsune, en los bosques de donde venimos, Tsurus y Koumoris en los acantilados y las tierras altas del este, alrededor de los Grandes Lagos. Los odiosos Kumo en los oscuros pantanos del oeste, Sarus con su impertinente sentido del humor en las selvas bajas del Corazón de Chikusô-kai, y los Inus, Usagis y Tanukis comparten el norte con nosotros, aunque a muchos de ellos les gustan más las sabanas y los fríos bosques septentrionales.
Al sur viven los Ryu, altivos y egocéntricos, sólo los Tsurus los soportan porque son casi tan ególatras como ellos. Y los Fushicho nunca salen de su isla santuario, al sudeste, ni dejan entrar a nadie más allí.

-Ju, los “tsurus” también son así en mi mundo –rió el escorpión, refiriéndose a los samurái del clan grulla. Al final, sabía de sobra que era mejor tomarse con cierta filosofía los imprevistos del universo, en eso los compañeros de armas que había dejado en el clan de Hida eran auténticos expertos –Bueno, no parece un mundo tan salvaje así dicho. Casi me recuerda a las provincias de los clanes rokuganíes. ¿También tenéis un emperador aquí?

-No, ni nada que se le parezca. En ese sentido existen dos diferencias fundamentales con Rokugán, tu mundo; la primera es que los territorios de las tribus no completan todo el continente, existen muchas extensiones de tierras salvajes, sin “dueños”, donde las bestias campan a sus anchas. La segunda, como dije, es que no hay ninguna clase de autoridad superior que ordene a las tribus, así que éstas a veces conviven en paz y comercian, otras se dan la espalda durante siglos o incluso pueden luchar y aniquilarse unas a otras por generaciones.
Al final, la única ley que Chikushudo permite es la suya, la del más fuerte. Nuestro espíritu trata de superar eso, de evolucionar, pero… el final de ese viaje no está en este mundo, ¿comprendes?

-Ah, eso tiene lógica desde el punto de vista samurai… -por fin algo la tenía -En realidad el mundo mortal también es una etapa para el alma… Simplemente la rueda del karma es mucho mayor de lo que pensaba, entonces.
En fin, me pareció que, ¿cómo lo llamaste, Corazón del Reino? pensé que tal vez fuese como la Ciudad Prohibida…

-Si y… no. El Corazón de Chikusô-kai es el lugar más sagrado del mundo, donde la energía del Reino es más intensa, a la que llamamos “hitsu”, por eso también es la zona más salvaje y peligrosa de todo el continente, la más brutal.
El Corazón es una montaña, la más alta de todo el continente. Se puede ver desde cualquier punto a cierta distancia, y eso, claro, es recíproco. Este mundo tiene una particular manera de influir en los que habitan en él, la belleza de sus paisajes y de su naturaleza virgen, salvaje e indomable, despiertan los instintos de quienes la contemplan, de quienes viven allí, incitándolos a unirse a esa naturaleza y formar parte de ella, nunca a intentar transformarla o someterla.
Tú llevas poco tiempo aquí, y la oscuridad de esta cueva actuará a modo de bálsamo, pero quizás ya lo hayas notado a través del bosque… ¿Lo has hecho?

-¿Notarme más salvaje?

-Más instintivo. Con una tendencia sutilmente creciente a seguir tus instintos, a actuar más allá de tu pensamiento.

-… no sabría… qué decirte –mintió el escorpión, desviando la mirada en un gesto fútil, porque seguía percibiendo por el resto de sus sentidos a la mujer a su lado, de un modo extraño, ardiente.

-No importa, sucede realmente de ese modo. En lo alto de la montaña Corazón existe la única construcción que resiste implacable a la naturaleza, el Templo de Inari. Nadie sabe a ciencia cierta quien lo construyó, ni cómo. Los ryu se adjudican el hecho, cómo no, pero todas las razas se lo han adjudicado en algún momento de su historia. Lo único cierto es que se sabe que desde allí arriba se puede ver, en un día claro, casi desde un confín a otro del continente, y hasta las Tierras al Otro Lado del Mar.
¿Comprendes la enorme cantidad de hitsu que recorrería el cuerpo de cualquiera que se quedara allí demasiado tiempo?

-Ehm… ¿no hay monjes en ese templo?

-No. No de un modo permanente al menos. Casi nadie vuelve de allá arriba; hay una orden religiosa que asegura que es porque se alcanza la ascensión; otros sin embargo defienden que los que contemplan de golpe todo Chikushudo por demasiado tiempo, y demasiado pueden ser apenas unos minutos allí, sucumben a la bestialidad más primitiva, convirtiéndose en los enormes, temibles depredadores que viven en las laderas selváticas del Corazón.
Oh, pese a todo algunas tribus consideran a esos feroces cazadores bestiales seres sagrados, aunque para otras sólo son presas mayores que cazar y exhibir para demostrar la fuerza de su estirpe. Nadie se pone de acuerdo, claro, y para la mayoría al final sólo son peligros que evitar, por eso subir al Corazón es toda una hazaña en si misma; Los viejos reyes lo hacían como ritual para ascender al trono, pero hace mucho que aquellos reinos ya no existen.

-Increíble… En mi mundo también hay lugares sagrados cuyo acceso se niega, aunque son unos pocos hombres los que matan a quienes incumplen esas leyes, también escritas por los hombres. Eso es lo que llamamos civilización –se rió con ironía. Aunque después pensó que la mujer gato no la comprendería. -¿Qué son las tierras al otro lado…?

-Al Otro Lado del Mar. De ellas se sabe aún menos que de la cumbre del Corazón, ji, ji. El continente en el que estamos se llama Ulaya, en mi lengua. Pero hay otro, al menos, que se conoce como Marekani, Tierra al Otro Lado del Mar o también Tierras Arcanas.
Nadie viaja allí, que se sepa. A ninguna de las razas de Ulaya nos gusta navegar, y menos por aguas abiertas, donde acechan todo tipo de amenazas bajo la inmensidad del mar –el hombre notó como un escalofrío recorrió a la mujer sólo al decir aquello –Pero está escrito por los que llegaron al Gran Templo de Inari y volvieron, que existe. A partir de aquí todo son mitos y leyendas, pero éstas afirman que Marekani está poblado por monstruos ancestrales, altos como árboles, que se devoran mutuamente con unas mandíbulas capaces de tragarnos a nosotros dos de un sólo mordisco, o brazos que podrían derruir una montaña a golpes; patas que hacen temblar la tierra al caminar y… todo otro tipo de historias aterradoras-.
Daisuke pensó en las fauces que “decoraban” el acceso a Kyuden Hida, y ahora fue él el que notó ese escalofrío. Aunque aquel demonio había venido de otro mundo, significaba que ese tipo de monstruosidades no eran ajenas al resto del universo. Por algún motivo inexplicable, también podría haberlas nativas de este Reino… Aunque si se quedaban al otro lado del mar y se conformaban con matarse entre ellas, no parecían de la misma naturaleza odiosa que las de Jigoku.
Pero no era un experto en interpretar mitos y leyendas contadas por una mujer gato habitante de un mundo que hasta hacía poco tiempo él mismo consideraba casi un mito, claro. –Te has quedado muy callado… ¿Qué piensas, Daisuke-san? –preguntó curiosa la princesa.

-Pues pienso en… verás, no te ofendas, pero en cómo debería considerarte. ¿Una mujer, un animal, una hembra de otra especie…?
Se que eres una bakemono, aunque no se muy bien los detalles que eso implica. Sólo se que cruzas de un mundo a otro por medio de una magia extraña, y que cambias de aspecto… Eso genera más dudas de las que responde.

-Soy una hengoyokai –replicó suspirando, evidenciando que se esperaba esa pregunta en un momento u otro –Sólo unos pocos de entre los nacidos en las razas superiores es bendecido con el don de ser un hengoyokai. Podemos viajar entre ciertos Reinos Espirituales y cambiar de forma al pasar de uno a otro.
Soy tan animal como tú, y por lo demás soy una mujer en tu mundo, y una hembra bakemono aquí, si quieres verlo de ese modo. Ninguna imagen es falsa, sólo circunstancial. Sigo siendo “Hanekawa”

-Así que eres una especie de shugenja… ahora entiendo por qué aquel Soshi tenía tanto interés en encontrarse contigo. ¿Y qué se supone que soy yo aquí, en Chikushudo, Hanekawa-sama?

-Pues… eso depende de ti. No tanto de lo que pienses, sino de lo que sientas que eres. Es lo que hace este Reino, saca el “animal” que llevamos dentro. Escúchalo.
Si eso es lo que te preocupa, escucha lo que él, la conciencia de tus instintos, te dice sobre mi, y sabrás lo que soy yo… y lo que eres tú, Daisuke-san.

-¿Y… después?

-Déjate llevar… Puede que todo esto tuviera un sentido después de todo. Un destino que cumplir.


Bayushi Daisuke cerró los ojos inmerso en la oscuridad, sin añadir nada más. Cuando los abrió, sabía lo que le decía su animal interior, lo había sabido desde antes de entrar en el Shinomen Mori. Se dio la vuelta y pudo ver destellos de la silueta acurrucada de Hanekawa, como si su vista se hubiera acostumbrado de golpe a la escasez de luz, pero sobre todo le sorprendió lo nítidamente que podía olerla, situar con precisión su piel tal como si la estuviera viendo nítidamente desnuda, y hasta sentir a través del olfato las emociones de ella… Y no le costó considerar que pocas cosas había sentido tan atractivas y hermosas hasta aquel momento.
Después se preguntaría si había sido capaz de sentirlo siempre, y sólo la negación de la vista en aquella cueva le había permitido darse cuenta, o por algún motivo ese instinto se había despertado en aquel momento. Pero eso sería más tarde, a la mañana siguiente…






-Despierta, despierta, samurái dormilón –Daisuke escuchó algo parecido a eso en sueños, pero trató de ignorarlo. Cuando notó a algo afilarse las uñas en la carne de su espalda, le costó algo más. –No te preocupes, estás agotado, lo se –rió –Pero, antes de que digas nada, debo añadir que es un efecto secundario normal tras tu primer viaje entre reinos espirituales, ju, ju.
He recolectado frutas para el desayuno.

Con la luz del alba entrando desde el exterior, era extraño como las transiciones entre pleno día y noche cerrada duraban apenas unos minutos, Daisuke pudo ver bastante mejor que anoche la silueta de la mujer. Porque era una mujer, sin más, ya no le daba vueltas a eso. Aunque ahora no percibía ni la mitad del aroma de anoche.
Al principio le costó darse cuenta, pero había cambiado el kimono por una especie de vestido de piel y cuero tejido con hilo grueso, que dejaba bastante menos a la imaginación que la tradicional vestimenta femenina a la que estaba acostumbrado. –Ya se que esto no os gusta a los samuráis –vestirse con pieles, claro –Pero aquí la seda resulta tan extraña como sería esta ropa en tu mundo.

El Bayushi hizo de tripas corazón, y entornando los ojos aspiró profundamente. Las pieles no olían a animal muerto, como siempre había sospechado, sino que estaban impregnadas del de su dueña, así que no las estrenaba. Se percató de que él mismo olía a ella, y abrió los ojos para no perderse.

-No son nuevas. Ya te las habías puesto antes, pero no en Rokugán, de eso estoy seguro. ¿De dónde las has sacado? –preguntó masticando una de las frutas, que parecía apetitosa aunque no había visto en su vida.

-De ahí dentro –la chica, cuando sonreía parecía todo lo joven que era en realidad, señaló con un ademán lánguido hacia el interior de la cueva, cuya profundidad el samurái desconocía por completo –No vinimos aquí por casualidad –concluyó llevándose hambrienta a los labios un racimo de pequeñas bolitas de color rojizo que Daisuke tampoco supo identificar.
-Verás, te traje aquí deliberadamente. Esta cueva posee magia, es una entrada a otros mundos que conocemos unos pocos, y solemos dejar algunas pertenencias en ella para cuando… cruzamos. Lo dejé preparado antes de exiliarme, por si lo necesitaba.

-¿Exiliarte? ¿Te exiliaste de Chikushudo, por eso acudiste a nosotros?

-Así es. No te mentí, como te dije mi padre era el rey de un feudo tribal, pero… Chikusô-kai puede ser muy cruel a veces. Su hermano, mi tío, que había sido expulsado años antes de que yo naciera, regresó aliado con una manada de inus salvajes del desierto, asesinó a mi padre y a todos mis hermanos y se autoproclamó rey por la fuerza. Después tomó a todas las esposas de mi padre que habían sobrevivido y robó todo lo que había sido suyo, pero para apaciguar a la tribu necesitaba desposar también a su última heredera con vida… o matarla. Yo.
Por eso hui. Había estado otras veces en Kyuden Bayushi y conocía a algunos samurái, así que hice un trato con uno de ellos, yo le enseñaría la magia de los hengoyokai a cambio de la protección de tu clan… Aquel Soshi siempre había estado muy interesado en los cambiaformas y sus tabúes, que es como nos llaman en tu mundo, así que fue fácil convencerle. Pero me temo que subestimó la capacidad de combate de los asesinos que mi tío envió tras de mi.

-Bueno… supongo que podría haberlo hecho mejor, eso es obvio, pero no nos derrotaron. Tú sigues viva, y yo también. Estamos aquí.

-Si, y tú no deberías –dijo con una peculiar emoción preocupada en su voz aterciopelada –Te matarán por mi culpa… No quiero eso.


Como te he dicho, esta cueva es un pasadizo entre mundos. Los hay de entrada y de salida, nunca ambas cosas, y éste te devolverá donde perteneces.

-¿Y tú, Hanekawa-sama? –replicó enarcando una ceja, anticipando una respuesta que no deseaba escuchar.

-Yo… afrontaré mi destino, sin arrastrar a nadie más. Chikusô-kai me ha demostrado que no puedo huir de él, que no puedo esconderme –suspiró ocultando su rostro.

-Ju, ju… Palabras de princesa, sin duda. Pero si habéis soñado por un momento que os abandonaré es que por muy viajera que seáis nunca habéis llegado a conocer realmente la naturaleza de los auténticos samurái. He jurado protegeros, y nunca se me dijo que eso quedara limitado a un único Reino, por extraño que resulte; los escorpiones siempre cumplimos nuestra parte de los tratos… en una vida, o en la siguiente, tanto da.
Si queréis que cruce ese pasadizo, portal o como quiera que lo llaméis, caminad vos primero y yo os seguiré, mi princesa, porque no iré a ninguna parte sin vos –sentenció sonriendo con la terquedad y arrogancia tan característicamente humana que Hanekawa siempre había encontrado.

La mujer levantó la cara, trazada de lágrimas, mirando con una mezcla de estupor y esperanza al hombre –No… no puedo volver. En tu mundo, un hengoyokai puede detectar a otro a mucha distancia… Aquí puedo pasar desapercibida, pero allí volverán a encontrarme; no me di cuenta de eso hasta que fue demasiado tarde.

-Entonces no os esperan aquí, así que la sorpresa está de nuestro lado, princesa Hanekawa. Y eso para un bushi Bayushi es mucha ventaja –sonrió con malicia, de nuevo volvía a sentirse cómodo, escuchando de lejos los tambores de guerra a los que tanto se había acostumbrado. -Decís que vuestro tío os necesita para apaciguar a los que aún recuerdan a vuestro padre, ¿no es así?

-Pues… si. Tendría que hacerme su esposa, de lo contrario cualquier hijo mío podría optar al trono y dividir a la tribu otra vez.

-Lo que pensaba. Entonces debemos acudir al encuentro de ese falso rey. Si llegamos a confrontarlo públicamente, tendremos una oportunidad –afiló su sonrisa. Daisuke se daba cuenta de que era una opción arriesgada, adecuada para un bushi pero no para aquella a quien debía proteger. Pero ese animal interior del que Hanekawa le había hablado andaba sediento de sangre, lo notaba, desde que había oído que ese “quien fuera” quería desposar por la fuerza a su… a la princesa.

-No, ni hablar. Es muy peligroso; aquí no hay un “honor” como el que conoces… Si sus guerreros nos encontrasen antes de llegar hasta mi tío, te matarían.

-No sabes cuál es el honor que yo conozco… Si tenemos que escabullirnos ante sus hocicos, lo haremos. Si no volvemos a Rokugán, no hay otra posibilidad que garantice vuestra supervivencia y bienestar, mi princesa- ni las princesas salvajes ni los bushis huían de sus enemigos, de eso estaba seguro aquí y en cualquier parte del universo.

-Es… es una locura… Pero… pero… tenéis razón, es nuestra mejor… oportunidad. De acuerdo. Lo haremos, Daisuke-san –sonrió finalmente, uniendo sus manos sobre su pecho. –Aunque necesitarás pasar desapercibido…







-Eso… es carne. Carne muerta. No puedo ponerme eso.

-Es piel, y curtida. ¿Qué es eso de “muerta”? Nagotai la dejó aquí preparada; era el otro nativo que me protegía en tu mundo, tenéis un tamaño parecido, te quedará bien. –Al samurái no le preocupaba lo bien o mal que le quedaría, sino el hecho de que eran los despojos de un cadáver, cuero. Algo que sólo usaban los etas en Rokugan –Vamos, no seas melindroso, Daisuke-san. Sin algo de vestimenta adecuada, la máscara no hará el efecto deseado.

-¿Con esto pareceré un nativo de chikushudo? A mi me parece simple madera.

-No un nativo cualquiera, sino un bakemono, que es la única manera en la que el plan pueda funcionar. Y si, es madera, pero no tiene nada de simple. Es un objeto que posee una poderosa magia, se llama “La Máscara del Hengoyokai” o lo que es lo mismo, un fetiche imbuido de los poderes de cambiaformas de quien la talló.

-¿Tú?

-No, ju; yo no. Es un objeto muy antiguo. Reliquia de uno de mis antepasados. Lleva mucho tiempo en mi familia, y sólo alguien con nuestra sangre puede activarla. Básicamente, puede cambiar la forma de su portador una vez activada, aunque él no tenga ese poder. Tú en este caso, todos te verán como un auténtico bakemono.

-Creí que habías dicho que un cambiaformas podía detectar a otro a simple vista, incluso seguir su rastro –argumentó sosteniendo aún el objeto entre las manos, extrañado de que pareciese ligeramente blanda y cálida al tacto, así que no supo identificar qué clase de madera era.

-Bueno… fuera de este Reino, si. En el tuyo, se puede rastrear la naturaleza de chikusô-kai, pero aquí no hay rastro alguno sino que lo cubre todo, ¿comprendes? Puedes seguir a un pez fuera del agua siguiendo las gotas de ésta, pero eso no sirve en el mar.
Además en todo caso hablaba de hengoyokais, que no somos más que uno de cada mil habitantes de cada tribu. Pero un solo experto en esta magia puede mantener uno de los portales espirituales abiertos para que crucen más individuos sin el don, por eso nos atacó un grupo tan numeroso. De hecho en aquel grupo sólo había uno… mi fiel Nagotai sacrificó su vida para matarlo, y que de esa manera el resto no pudiera seguirme aquí de vuelta –relató con una tímida expresión de tristeza en su cara.

-Así que tenías previsto volver aquí, aún antes de irte –sonrió el escorpión de medio lado.

La mujer pareció ofuscarse levemente –No, yo… Llevo huyendo mucho tiempo, siempre tengo… un plan “B” preparado. –Daisuke asintió, dándole la razón en aquella precaución lógica para una princesa exiliada, sin aparentarle darle más vueltas, aunque se preguntó si ese plan sería él, o su orgullo tendría que conformarse con una “C” o más.
Daba lo mismo, de no haber pasado ese tiempo con los cangrejos no habría aceptado tan fácilmente, pero se había acostumbrado a las ventajas de la adaptación, y de todos modos no se veía rondando de nuevo la corte del daimio Bayushi para cortejar alguna dama estirada y llevar una vida larga y anodina, así que se echó aquella especie de abrigo peludo por los hombros, por encima de su armadura, y se colocó la máscara de madera sobre el rostro. Comprobó que no comprometía en exceso la visión, así que no le estorbaría, y aparte de eso apenas notó un cosquilleo agradable. –Mírate en el río –sugirió alegre Hanekawa.
El lecho por donde habían caminado ayer era ahora el cauce de un riachuelo que corría ruidoso, a causa de las lluvias de anoche. El agua era transparente y el samurái pudo intuir su reflejo. No era él. Quien fuese que estaba al otro lado del espejo tenía una melena desordenada y dorada, surcada de mechones negros. Los ojos más redondos y oscuros y los pómulos pronunciados le daban un aspecto felino, aunque más parecido a un gran depredador que no la grácil y preciosa pantera, mejor no hablarle de gatas, que asemejaba Hanekawa.
Sonrió, y vio un par de colmillos. Levantó la mano para buscarlos en su boca y no los encontró, pero si de nuevo las marcas negras y doradas en la piel de su brazo, como un tatuaje.
-La máscara engaña a todos los sentidos, incluidos los tuyos, menos al tacto –explicó la princesa cuando le observó tanteando sus dientes.

-¿Por qué no tengo tu aspecto? Parezco un… tigre… de mi mundo.

-Tal vez. Existen muchas especies de bakemono; mi magia puede forzar a la máscara a mostrarte como uno, pero dentro de eso el tipo dependerá de tu propia naturaleza. La máscara “dice” que tienes alma de tigre… Aquí los llamamos “bakemonos del oeste”, pues viven cerca de los pantanos kumo, en la selva que los rodea. Pero no te engañes, se cazan mutuamente sin piedad, así que no muestran ningún aprecio los unos por los otros.

-Bueno, es lógico que sea distinto a ti… Después de todo me has conocido durante tu exilio. Y si, mi naturaleza es más cercana a los arácnidos, aunque tampoco los invitaría a mi mesa –rio el escorpión. La dama felina no pareció comprender todas las implicaciones de la broma, cosa de rokuganíes, pero sonrió de todos modos por el buen humor del samurái. Quizás si que pudiera acabar con todo aquello de una vez por todas, suspiró…






Viajaron durante al menos una semana, aunque Daisuke se llegó a preguntar si el tiempo transcurría aquí a la misma velocidad que en su mundo, ya que las violentas transiciones entre la noche y el día desconcertaban a quien estaba acostumbrado a ver atardecer y amanecer de forma normal. Aunque lo que más le sorprendió fue observar que en aquel mundo el sol salía por el oeste y se escondía por el este. Dado que estaba bastante convencido por las explicaciones “místicas” de Hanekawa de que los astros eran los mismos Onnotangu y Amaterasu, concluyó que cada reino debía de estar situado en un punto del universo distinto, lo que cambiaba la perspectiva. Aunque eso dejaba abierta la duda de si la Dama Sol, responsable de la pureza del jade según la filosofía rokuganí, iluminaba jigoku también.
Pero conforme se sucedían los días esas cuestiones filosóficas le importaban cada vez menos, y su atención se iba centrando casi en exclusiva en su entorno físico. La adictiva belleza de los paisajes lejanos, la peligrosidad de los parajes próximos y la atracción que ejercía Hanekawa sobre esa naturaleza animal que el hitsu se encargaba de ir sacando poco a poco de su alma a la superficie.
Afortunadamente para él, ya había aprendido algo junto a los Hida que aquí se repetía; enfrentarse a un enemigo superior y morir por orgullo era un crimen, sobrevivir era el auténtico éxito. Y eso podía decirse tanto de un oni emplumado como de un cocodrilo de quince metros ante el cual era mejor subirse a un árbol y esperar que se marchara con una buena pedrada en el cráneo, que no enfrentarse clamando necedades antes de ser masticado.
Aunque a veces había que combatir, claro. Como cuando decapitó a un enorme oso negro al que Hanekawa había provocado para salir de su cueva… Tres profundas cicatrices en el peto metálico de la armadura a cambio de un buen refugio para pasar una noche y una suculenta cena de carne asada. Muerta, si, pero deliciosa. Un buen trato, y la adrenalina resultaba poco a poco tan vigorizante como el propio alimento.

Por lo demás, la princesa pantera se sabía manejar por aquel territorio. Seguía un río ahora tan ancho que tardaría una hora en cruzarlo a nado, y eso asumiendo que saliera vivo, pero ella conocía perfectamente cuando guiarse por la orilla, cuando alejarse de ella o directamente deslizarse por su caudal sobre una improvisada balsa.

Así precisamente fue como alcanzaron por fin la ciudad que buscaban, la tierra natal de Hanekawa y donde ahora supuestamente reinaba su tío. Daisuke ni siquiera recordaba cómo se llamaba, pero iba a matarlo. Y no descartaba asarlo después, como al oso.

-La ciudad de Khaisao –explicó la mujer, mirando con recelo las orillas donde comenzaban a verse algunos de sus habitantes. –El abuelo de mi padre conquistó esta plaza hace más de cien años, exterminó a los moradores salvajes que ocupaban las orillas y se asentó con su tribu.

-¿Cien años? –repitió el samurái, mirando una estructura semihundida en el río, derrumbada hacía mucho más de ese tiempo. Parecía que en el fondo del lecho se intuyese una figura de piedra, que habría decorado una gran puerta de entrada. Un guerrero, con armadura metálica, consideró Daisuke, aunque las ondas de su balsa hacían difícil asegurarlo. Desde luego no se parecía en nada a los bakemonos que ahora vivían allí.
Algo más allá una enorme escalinata de piedra surgía del agua, para no llegar a ninguna parte más que a unos cimientos en ruinas que por su tamaño debieron sostener un palacio alguna vez. Era imposible decir si el río se lo tragó o se desmoronó hacia él. –Parece que todo esto tiene mucho más de cien años… ¿Quién fundó esta ciudad?

-Los Antiguos –se encogió de hombros, como si ésa fuese toda la precisión que pudiera ofrecer a la curiosidad de su acompañante –Khaisao era la capital de uno de los Antiguos Reinos; la leyenda dice que se extendía hasta el nacimiento de este río, y más allá a largo de la costa. Hay varias construcciones de este estilo particular en esa extensión, pero todas en ruinas. De eso hace decenas de miles de años… por lo menos.
Mi abuelo mandó recopilar algunos legajos esparcidos por la ciudad, archivos que milagrosamente aún existían tras milenios de abandono y saqueo, pero están escritos en un idioma que nadie conoce, así que se guardaron sin más. –


Algunos edificios aún en pie hablaban de una gloria pasada que fácilmente habría podido rivalizar con Ryoko Owari o Kyuden Bayushi en tamaño y riqueza, pero ahora sólo eran estructuras perdidas que habían sido adaptadas con troncos y ladrillos de tierra para servir de primitivas estancias y refugios.
A los bakemonos no parecía importarles un comino la historia de aquella gloria pasada que habían ocupado. Aunque Daisuke supuso que su punto de vista rokuganí era muy diferente al de cualquiera de ellos, nacidos aquí y acostumbrados a ver figuras hundidas en el agua como algo “normal” Nadie se cuestiona lo que se asume como cotidiano.

-¿Cuenta la leyenda como acabó el Reino de Khaisao? –se interesó un poco más, aunque sabía que ahora entraba en territorio de la mitología poco fundamentada.

-Si. Chikusô-kai se lo tragó. A éste a y a todos los demás reinos de la antigüedad. Porque sus reyes se rebelaron contra su naturaleza y trataron de “civilizar” el mundo, como si esa decisión estuviera en sus manos… Ordenándolo a su antojo y repartiéndoselo como a una presa abatida. Y Chikusô-kai se enfadó.
Al menos eso dicen los chamanes de nuestra tribu. Los Tsuru, por ejemplo, defienden que muchos reinos antiguos no fueron contemporáneos, sino que había miles de años de distancia entre ellos… así que si el Reino Espiritual se enfadó, lo hizo muchas veces.
Pero los tsuru siempre creen que llevan razón en todo, así que… Quién sabe. Ninguna raza se adjudica directamente ser descendientes de los antiguos, porque eso implicaría haber caído, y ningún jefe hoy quiere que su tribu parezca débil. Pero, en voz baja, todos se atribuyen alguna vez la antigua gloria.

-Como con el Gran Templo de Inari –sonrió el escorpión.

-Si, sólo que en ese caso lo hacen en voz alta –replicó Hanekawa, frunciendo el ceño pensativa.


La conversación quedo ahí; Daisuke se dio cuenta de que los actuales habitantes de esta ciudad no eran demasiado incisivos a la hora de cuestionarse su pasado, como si para ellos lo único realmente valioso fuese el hoy y el mañana, vivir día a día. Siempre le había gustado eso de los cangrejo.





Hanekawa usó la rama improvisada como pértiga para acercarse a la orilla. Según explicó, los restos hundidos hacían traicionero el lecho del río algo más adelante, incluso para una balsa como la suya a causa de los cambios en el caudal y por tanto el nivel del agua, que en ciertas estaciones hacía emerger fantasmagóricas esculturas que como si de hambrientos gaki se trataran se llevaban al fondo del río a los navegantes despistados, destrozando sus embarcaciones contra la piedra.
Una metáfora de los peligros de ignorar el pasado, consideró el samurái, pero a eso se añadía que a ningún gato le gustaba demasiado el agua. –Lo bueno es que a los cocodrilos más grandes no les gustan esas piedras del fondo tampoco. Sólo los pequeños llegan aquí, para cazar serpientes venenosas, a las que si les encantan esas ruinas sumergidas. –añadió varando la balsa, como si tal cosa. La muerte, el peligro constante, formaba parte de sus vidas, de eso no había duda.



-Ve, y entrégate. Supongo que te reconocerán –dijo Daisuke apenas en tierra firme.

-¿Q…Qué? ¿Quieres que me entregue a mi tío? ¿Ése es tu plan? –respondió la princesa, abriendo los ojos como platos, asustada incluso de la posibilidad de haber sido traicionada de algún modo.

-Tu tío no te matará, quiere hacerte su esposa. Eso es lo que dijiste. Entrégate y lo lógico es que ponga en marcha el rito que sea que uséis para establecer el matrimonio, ante toda la tribu, para que todos sepan que a partir de ese momento eres suya.
En ese momento, le retaré por el derecho a poseerte. Digamos que… te reclamaré. Por lo que me has contado de tu pueblo, ni siquiera me extrañaría que en las bodas hubiese un momento simbólico para que nadie más te reclame, o se oponga al enlace de algún modo.

-A veces sucede... pero estarán sus aliados presentes, sus hombres armados. Puede ordenarles…

-Si, pero también estarán los antiguos aliados de tu padre. Precisamente para acallarlos sería esta ceremonia, ¿no es así? ¿En un mundo salvaje como éste respetarán al usurpador que ni siquiera lucha por defenderse de retos personales?

La muchacha se frotó las manos, y Daisuke las vio más nerviosas y frágiles que nunca –No… no lo respetarían. En un momento como ése, tendría que aceptarlo o no le respetarían nunca como rey.
Pero es un gran guerrero. Todos los jefes lo son.

-Yo también soy un guerrero –sonrió el samurái bajo la máscara de madera. Él no sabía mucho de reyes ni de reinos, espirituales o bakemonos; pero de luchar y matar era otra cosa, a lo que había dedicado cada instante de su vida desde que había podido considerarse un adulto.
Hanekawa asintió finalmente, sin decir nada más le tomó de la mano y lo llevó hacia la parte trasera de una gran residencia algo apartada de la orilla, ahora arruinada por obra y gracia de un árbol que a lo largo de siglos había crecido en su interior, derruyendo techo y paredes a su paso y convirtiendo lo poco que quedaba en pie en inhabitable incluso para los nuevos moradores de aquel lugar.
El Bayushi pensó que añadiría algunas palabras de despedida, pero la mujer bakemono sólo se le abrazó, y en su pecho al respirar se notaba un ligero sollozo. Daisuke pasó las manos a su alrededor y le acarició suavemente el cabello plateado. Si, las palabras estaban de más a veces, eso también le había enamorado del clan cangrejo.






Dos inacabables días a la sombra de aquel árbol después, finalmente se extendió la noticia de la boda real para aquella misma noche. Había alivio en aquello para el escorpión, las cosas sucedían como las había previsto. Eso si era auténticamente muy Bayushi; lo mejor de ambos mundos.
Para esas alturas, Daisuke ya se había percatado de que cada bakemono tenía un aspecto distinto, como si cada uno fuera una evolución más o menos separada de cada rama de los felinos primitivos, pero tenían en común ciertos rasgos que los alejaban bastante de los humanos. Y de la propia Hanekawa.
Se fijó en una mujer, aunque tanto habría podido decir hembra. Su piel estaba cubierta de pelo anaranjado moteado de manchas negras, llevaba un cinturón de conchas y huesos del que colgaban, como toda vestimenta, dos piezas de tela que cubrían sus caderas y otra más sosteniendo el pecho. Collares, muñequeras y abalorios de otro tipo parecían más adorno que otra cosa, aunque seguramente tuviesen alguna función que desconocía. Sin duda poseía silueta humanoide, caminando erguida y con las mismas proporciones que una mujer, incluyendo dos abultados senos, no ocho como las gatas, así que aparte de todo el pelaje pasaría por humana, salvo por la cabeza, que era casi idéntica a la de un leopardo, aunque con una expresión inteligente y capacitada para mostrar gestos con los músculos del rostro. Era hermosa, a su manera animal. Pero apenas se parecía en nada a Hanekawa.


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Su princesa tenía rostro humano, piel desnuda de pelaje y sólo las orejas, el color de los ojos, las uñas y otros detalles circunstanciales la hacían diferenciarse de una mujer normal. Normal para él, al menos. La actitud y todo lo demás era otra cosa, claro.
Un par de los días pasados se había acercado al centro de la ciudad a husmear, y casi todos sus habitantes, salvo uno o dos entre cientos, se parecían a aquella hembra, no a la princesa ni a su propio reflejo en el agua. Pero lo más extraño es que nadie parecía percatarse de la diferencia, o a nadie parecía importarle al menos.
Al final terminó concluyendo, no sin muchas dudas, que su naturaleza humana le hacía ver a los hengoyokais de un modo más cercano, como si la parte de ellos que más fácilmente captasen sus sentidos fuese la que tenían en común con él, lo que explicaría que el resto de bakemonos los vieran, a su vez, de un modo distinto, como iguales.
Los cambiaformas, o cualquiera bajo los efectos de su magia, eran percibidos fácilmente como semejantes, o casi, por cualquier raza espiritual, incluso aunque no mostraran más que su verdadero aspecto. Ésa era la mejor explicación que se le ocurrió, por lagunas que tuviera a simple vista.
Tanto daba, ahora tenía la impresión de estar flotando en una gran laguna imposible de razonar, mientras observaba como los bakemonos canjeaban por medio de primitivos trueques comida y objetos en una especie de plaza del mercado.







Aquella noche, los acontecimientos se desarrollaron como el escorpión había previsto. Una cosa que los hijos de Bayushi habían aprendido de convivir siglos con los leones, el clan, en Rokugán era que las fieras resultaban peligrosas si, pero también bastante predecibles.
La oratoria de cualquier bushi era buena cuando se trataba de resultar arrogante y retador, cuando se pretendía incitar a un rival a la violencia y no dejarle más salida que la confrontación o la humillación. Algunos querían pensar que era un talento de la manipulación escorpión y la vanidad grulla, pero lo cierto es que provenía de la naturaleza misma de la senda de la espada. Así que no le costó demasiado provocar la furia del novio de aquella ceremonia, tras irrumpir en la misma en el momento oportuno.
Según le había contado Hanekawa, las bodas de Chikusô-kai no eran exactamente como las que él conocía, aunque la parte más salvaje venía después, en la celebración, cuando los invitados bebían licores de frutas destiladas sin medida, se mataban unos a otros por cualquier trozo de comida o hembras y las poseían sin ir demasiado lejos, para diversión del resto de comensales, hasta que la sangre volvía a correr. Eso sucedía porque a estos enlaces de alto estatus sólo acudían los y las cazadoras de la tribu, además de los chamanes, por lo que los ánimos siempre resultaban muy temperamentales. Por supuesto sólo al novio y la novia se los dejaba al margen, aunque eso simplemente era una cortesía, ni siquiera una tradición y mucho menos una ley, que allí escaseaban. Retar al marido por la mujer no era tan extraño, aunque se consideraba de poco gusto no haberlo hecho antes de la ceremonia, precaución que Daisuke si tuvo en cuenta.


El tío de Hanekawa era la bestia más grande de todos los allí presentes. Con evidentes rasgos león, una melena dorada cubría toda su cabeza excepto los ojos pequeños, la nariz felina y la boca, donde se unía a una espesa barba del mismo tono de la que ya no se diferenciaba. Una profunda cicatriz surcaba su ojo derecho, aunque éste parecía haber sobrevivido al envite. Vestía una especie de túnica fabricada con pieles de muchos animales, que debía ser lo más parecido a la etiqueta que se conocía allí, y a diferencia del resto portaba un trozo de armadura metálica, una hombrera, un cinturón de medallones gruesos y muñequeras, de lo que Daisuke juzgó bronce. El enorme hacha que agarró con un rugido de furia incluso antes de que el samurái concluyera su provocación por poseer a aquella mujer, era de piedra tallada, y debía de pesar una tonelada.

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La bestia había movido aquella monstruosidad de arma con una rapidez inusitada, pero ni mucho menos tenía la precisión de las catanas contra las que los samurái estaban adiestrados para combatir, así que Daisuke aprendió a esquivarla con fingida facilidad. Más arriesgado resultaba apartarse de los zarpazos que aquel usurpador comenzó a lanzar con la mano desnuda, encadenando embestidas de uno y otro brazo cuando su rabia por fallar con el hacha se incrementó, aunque la armadura del Bayushi podría contenerlos un par de veces antes de ceder a su furia, que era todo lo que el samurái necesitaba.
Hasta aquel momento ni siquiera había desenvainado, sabedor de que hacer chocar su espada contra aquello la haría añicos, pero el iai de los Bayushi no era nada desdeñable, y al final alcanzó el objetivo que estaba buscando, trazando un antinatural arco corto al desenvainar para que la garra desprotegida de su enemigo prácticamente chocase contra el filo por su propia inercia, lanzando por los aires una delgada línea roja de sangre y un par de dedos perdidos.



Para respeto del guerrero bakemono, ni siquiera se quejó. Se miró la herida, rió y volvió a la carga con un rugido aún más poderoso. Pero, aunque no lo supiera, ya estaba muerto.
Unos minutos más tarde, Daisuke limpió la espada en las pieles del cuerpo yaciente, tras haber decapitado al agonizante guerrero, y la envainó despacio, con reverencial agradecimiento a sus ancestros por haberlo sacado de una más.
Aprovechando su supuesto origen de las tribus de los pantanos, Daisuke clamó que aquella espada era “El Colmillo del Kumo” y que sólo necesitaba rozar a cualquier ser vivo para causarle la muerte al poco tiempo. Algunos guerreros de aspecto brutal se adelantaron, pese a la amenaza, pero el chamán que parecía más viejo de todos pronunció unas palabras solemnes, y entre rugidos y aullidos se desató una cacería sin compasión contra todos los antiguos valedores del rey muerto.
Daisuke notó una mano en el hombro cuando su ansia de sangre interior estaba a punto de incitarlo a unirse a la refriega, aunque no tuviera ni idea de quien era cada cual. Sólo entonces vio a Hanekawa, sonriendo de un modo sibilino, y vestida con pieles y cuero ceñido, joyas de hueso y oro y una diadema de piedras preciosas de la que no se habría avergonzado ningún daimio de Rokugán.







-Así que “el colmillo del kumo” –sonrió Hanekawa, ya a solas en sus aposentos, una sala despejada de un gran palacio a medio invadir por la naturaleza que le daba un aspecto salvaje y hermoso a la vez, como a ella. La masacre había durado algunas horas, hasta dar con el último rezagado huidizo, y fuera la celebración había seguido su curso igualmente como si la boda hubiera llegado a buen puerto, aunque Daisuke no quería saber qué sería la nueva provisión del festín que estaban asando en enormes hogueras donde los cocineros hacían girar retorcidos espetones de metal, pero parecía que a todos les gustaba casi crudo, a juzgar por las manchas de sangre en las improvisadas mesas. La mujer pantera sonrió un poco más al notar la curiosidad del humano por el exterior, encogiendo los hombros sin decir nada, aunque insinuando de un modo muy expresivo que en Chikusô-kai no se dejaba a los carroñeros nada que los cazadores pudieran comerse antes. -¿Cómo sabías que tu veneno rokuganí afectaría a mi tío? –Daisuke se dio cuenta de que ni siquiera sabía el nombre de aquel a quien acababa de matar y arrebatar su reino.

-Supuse que si en este mundo también sobrevivían las arañas, los nativos no podían ser inmunes a sus venenos. Los Hiruma siempre dicen, “espera lo inesperado”, así que suelo llevar un par de dosis de veneno de Viuda Negra cuando salgo en armadura para escoltar comitivas de princesas extranjeras –replicó con sorna, ignorando la fiesta y centrándose en la mujer.

-Ahora soy una Reina –puntualizó ésta, sentándose de medio lado sobre un trono forrado de pieles de decenas de bestias que aún transmitían parte del terror que habían poseído cuando eran un ser vivo. El armazón crujía como si fueran huesos, y Daisuke supuso que realmente lo serían. –Pero estoy en deuda contigo –susurró, tentadora.

-¿Entonces yo soy el Rey del Río? ¿Rey consorte? ¿Cómo funciona esto aquí? –la reina pareció sorprenderse, al final enseñó los colmillos amenazante pero acabó convirtiéndolo en una sonrisa precavida. –No olvides que ahora estamos casados, Reina Gata –sonrió burlón.

-Reina Bakemono. ¿Y qué te hace pensar que estamos casados, samurai-san?

-Hum, bueno… no soy un experto en las costumbres de tu pueblo, pero esto era una boda, ¿no es cierto? Reté al novio por el derecho a casarse con la novia, que eras tú y le maté, y después de eso nadie se atrevió a discutir mi proclama sobre ti. Y todo sucedió delante de tu tribu, aliados y chamanes incluidos, si no me equivoco. Variando pequeños detalles, eso es una boda incluso en mi mundo, querida.

La mujer pantera rio, aunque pareció un rugido, caminó alrededor del bushi y desde su espalda le pasó los brazos alrededor, acercando su boca y dientes a la nuca del samurái -¿Pretendes robarme lo que es mío? Mañana venderé como esclavos a todas las esposas e hijos de mi tío a tribus de inus nómadas del desierto. No me costaría nada incluir a un bakemono de los pantanos… Puede que incluso por un humano de ningen-do me dieran aún más.

-Tal vez –Daisuke se dejó hociquear el cuello mansamente, hasta que se dio la vuelta, enfrentando el rostro de ella con el suyo, abrazándola por la cintura -¿Y qué ganarías con eso, además de quebrantar las leyes de Chikushudo que ya una vez se tragaron a esta ciudad? Los chamanes estaban allí, así que el enlace está atestiguado por el Reino Espiritual que favorece a los fuertes… Y yo he vencido. –añadió acercándola a su cuerpo. Hanekawa comenzó a ronronear al poco de sentir el contacto, sonriendo de un modo misterioso.

-Dime… ¿Cuándo te diste cuenta de que estabas siendo manipulado, escorpión-san?

-Ju, nunca lo dudé. ¿Y vos, princesa? –replicó con un tono insolente, arrogantemente masculino.

La mujer siseó a su oído –Reina –Corrigió enseñando los colmillos felinos, y por un momento pareció que estaba a punto de morder con ellos el cuello del samurái, desgarrando piel y músculo hasta el hueso… Pero pasó de largo la arteria, deslizando el suave roce por su mandíbula hasta que finalmente escogió morder de un modo sutilmente diferente, besando a su marido de un modo… salvaje, como casi todo lo sucedido y que aún sucedería aquella noche.
Última edición por Kakita Koji el Mar Sep 03, 2013 12:36 pm, editado 5 veces en total.
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Mar Sep 03, 2013 12:24 pm

EPÍLOGO: Flores de Cerezo Salvaje


A su regreso a Kyuden Bayushi, Daisuke descubrió que las únicas noticias que habían llegado aquí eran las de un ataque de bandidos muy al oeste. Nada de princesas, ni mucho menos viajes entre reinos espirituales. El samurai supuso que el Soshi había hecho el trato por su cuenta, pretendiendo quedarse con la bakemono y su magia para sus propias intenciones, llevadas con él a la tumba.

No podía reprochárselo, en realidad. A diferencia del shugenja, el bushi no tenía demasiado interés en las artes mágicas, pero por lo demás Hanekawa era su esposa, y los detalles “atípicos” de su naturaleza eran algo de lo que un auténtico caballero samurái nunca hablaría indiscretamente con nadie ajeno a su propia casa.

Volvió solo la primera vez. Tras unos días en los que le costó horrores acostumbrarse al ritmo pausado y civilizado de la sociedad samurái acabó consiguiendo lo que buscaba, un destino de poca monta como guardián samurái de una aldea remota del daimio Bayushi, cerca de la frontera con el clan cangrejo. Todos en su clan pensaron que no eran más que los estragos de haber estado destinado en las tierras del sur del Imperio, un efecto colateral de pérdida de civismo que sufrían todos los que pasaban demasiado tiempo entre Hidas. Para la corte, no era nadie y mucho mejor si asumía por si mismo que lo mejor para todos era un destino lejos de todo.


Pero para Bayushi Daisuke era el paraíso. Una aldea tranquila, rodeada de naturaleza y bosques salvajes… donde podía llevarse a su joven esposa de rasgos extranjeros sin que nadie se preguntara siquiera cuando se habían casado, o donde pasaban temporadas completas en las que los dos se ausentaban de su residencia, aunque en el fondo a ningún campesino le importaba ni los ashigaru que adiestró a su servicio le preguntaron nunca.
Toda la aldea, eso si, celebró por todo lo alto el nacimiento de la primera hija del oficial samurái y su hermosa y querida esposa. Aquella noche, todos rezaron y ofrendaron a los dioses por el buen futuro y la salud de la pequeña Sakura.
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Mar Sep 03, 2013 7:07 pm

El Cantar de los Héroes

Prólogo
Rokugán, siglo 3º de la era Hantei.

Tras la destrucción causada por la Guerra contra el Hermano Oscuro, el reinado del primogénito del Kami Emperador, Hantei Genji, trajo una nueva era de prosperidad y paz al Imperio. Imponentes castillos feudales se levantaban a lo largo de las provincias de los clanes, y la capital se extendía a través de nuevos barrios y lujosos palacios.

Los dojos apenas habían comenzado a sentar las bases de lo que serían las tradiciones de cada familia, por lo que los samurái eran aún guerreros ávidos de batallar, rescoldos de una era que agonizaba lentamente.
En las grandes ciudades las artes florecían y el comercio extendía rutas comerciales de un confín a otro. La celebrada salud del joven Rokugán generó un amplio crecimiento demográfico, aumentando drásticamente la presión poblacional sobre los territorios que hacía dos siglos los Kamis se habían repartido al fundar el Imperio.

Ante tales circunstancias, la corte de Hantei III emitió un edicto por el que autorizaba a los daimios a colonizar las tierras al oeste, incluso más allá del Rio del Oro. Cangrejos, Escorpiones, Grullas y Leones se lanzaron a cumplir el mandato, sus señores ávidos de riquezas y sus samuráis ansiosos de gloria y batallas, a lo largo de unas tierras sin dueños ni ley hasta que cada conquista no fuera sancionada oficialmente por el Emperador. Aún con los clanes en paz en el viejo Rokugán, los conflictos no tardaron en llegar a las nuevas fronteras, donde unos héroes se forjaban y otros caían tras cada batalla.

Esta es la historia de uno de esos héroes, Kakita Rensei. Un samurái del que los bardos llegaron a cantar era invulnerable en combate, acogido bajo el estandarte del daimio fronterizo Doji Ryunosuke.

Acto 1
Año 219, Llanuras al oeste del Lago de la Flor de Cerezo entre la Nieve. Kakita Rensei observa desde su caballo de guerra cómo el ejército Akodo se ha desplegado al otro lado de la planicie desde primera hora de la mañana. La infantería de élite león ocupa el centro, como de costumbre. Armaduras pesadas y lanzas largas. Tropa ligera cubriendo sus flancos y retaguardia, dispuestos a servir como elementos de reemplazo en caso de necesidad.
Apenas hay arqueros, su general no tiene demasiado aprecio a ninguna forma de combate que impida el combate cara a cara. Tácticas anticuadas, su seña de identidad. Sólo el flanco izquierdo de caballería llama la atención, mercenarios ronin.

Ningún león los aprecia, pero hoy no tienen otro remedio. La avanzadilla Akodo fue la primera en llegar a estas llanuras y reclamarlas, pero los cortesanos grulla y escorpión demoraron la solicitud oficial entre la burocracia de Otosan Uchi mientras sus ejércitos avanzaban por las orillas del Lago de los Pesares y la Llanura de la Hierba Alta, respectivamente, aislando a los leones. Con sus líneas de suministro ahogadas por los Bayushi, a la campaña León en la zona sólo le queda el orgullo, y hasta eso habían tenido que tragarse para aceptar el precio de los ronin por combatir a su lado.

Son buenos tiempos para los mercenarios. Morir con acero o vivir con oro, ambos son destinos afortunados, según el punto de vista, para un ronin.


Kakita Rensei se coloca el mempo sobre el rostro, sonriendo. Levanta su naginata y lanza un grito de guerra, espoleando a su montura al frente de su caballería de élite, que lo sigue en ambas cosas.
Las fértiles praderas se sacuden al paso al galope de los caballos. Rensei y sus doscientos jinetes, algunos menos tras las últimas escaramuzas, rodean el campo de batalla para atacar la formación Akodo por su retaguardia, mientras que la infantería grulla avanza lentamente, a la sombra de una lluvia de flechas de arco largo que surgen desde su retaguardia hacia la vanguardia león.

Los mercenarios ronin como era de esperar imitan cada movimiento, cubriendo a sus aliados cortando el paso de los grullas.
El choque de ambos escuadrones es inevitable, pero cuando se cruzan no se escucha la canción del acero. En el último momento los ronin se abren y maniobran, uniéndose a la carga del propio Rensei sin ninguna resistencia.
Todo lo que un general león aislado pueda pagar a un capitán mercenario, un daimio grulla puede doblarlo.


La canción resuena finalmente, cuando los jinetes alcanzan la infantería ligera de reserva y los arqueros del ejército enemigo. Ashigarus en su mayoría, se desbandan rápidamente. Sólo los samurái aguantan la embestida, haciéndose matar con la honra de quien no tiene nada que perder en la vida, porque ya la ha entregado al nacer.

“¡Rensei-sama, ya son nuestros…!” exclama Doji Goro, el comisario de la voluntad del daimio Doji Ryunosuke, y a la postre uno de los lugartenientes de Rensei.
Pero éste no atiende a estrategias. Daimio y comisario han ganado la batalla con oro, pero él busca la gloria. El Kakita carga directamente contra el escuadrón de mando del general Akodo. Como los héroes de los albores del Imperio, su enemigo logra reaccionar con una habilidad incuestionable y abate al caballo con su lanza; jinete y bestia caen con estrépito, pero el hombre se levanta, retira el mempo de su rostro y clama su nombre como retador contra el samurái enemigo por el derecho a reclamar aquellas tierras en nombre de sus daimios. El resto de la batalla es una minucia sin importancia, un requisito para llegar a este punto, a la pureza del combate frente a frente, del duelo.
El Akodo así lo entiende, y ataca con fiereza, como si aquello pudiera resolverlo todo pese a la derrota a su alrededor. Su espada corta el aire una vez, dos, mientras Rensei la esquiva y espera el momento idóneo… para desenvainar la suya, trazar un arco perfecto y seccionar acero, madera, carne y huesos. Un estertor sanguinolento y sin apenas esperar a la muerte, el golpe de gracia, separando la cabeza del cuerpo con la naturalidad de quien ha sido creado por los dioses justo para esos instantes.

Al otro lado del mundo, todo ha acabado. Los pocos enemigos que aún quedan en pie huyen o se rinden. Y tan rápido como comenzó, concluye.


“Arriesgarse era innecesario” alega Goro, que ayuda a Rensei a desprenderse de las piezas de la armadura, de una manera ritual y ya conocida, desde que se las arreglara para deshacerse del anterior ayudante de cámara del Kakita.

“Vivir por la espada es un riesgo en si mismo. El resto es futilidad” replica el otro, con un imperceptible tono de aburrimiento. El comisario del daimio se muerde la lengua; sabe que tiene razón, y lo odia, y odia aún más esa sensación de temor por perder al comandante de su lado.
Rensei termina de desnudarse y se abrocha un kimono impoluto, elegante como él, bajo la atenta mirada del Doji. Nadie diría que acaba de caerse de un caballo al galope, las fortunas lo favorecen.



Dos capitanes quieren ver a su nuevo señor. Saburo, el capitán de la caballería ronin que negoció el cambio de bando y un sargento de los lanceros ashigaru del general Akodo, el oficial de mayor rango que ha sobrevivido y aceptado rendir pleitesía al ganador a cambio de su vida y las de sus hombres. Para un lancero no hay mucha diferencia entre un estandarte y otro, la mayoría no puede ni distinguirlos, pero los ronin le causan un desagrado al Kakita que se pregunta hasta qué punto necesita disimular mientras se sirve una copa de vino de arroz aligerado; molestias de las campañas.

El lancero es hombre veterano, que en esta época de batallas fáciles y cambios de lealtad ya ha entregado la suya unas cuantas veces, convencido finalmente de que al universo le importa muy poco a qué daimio le entregue su sangre un campesino, mientras lo haga. Para desprecio del ronin, Rensei le permite hablar a él primero, y se arrodilla con mucha flema, después del juramento de servir a su nuevo comandante… mientras éste viva. A cambio, por supuesto la misma promesa de que cuando aquellas tierras sean oficialmente grulla, ellos podrán instalarse en ellas antes que ningún otro heimin.

El ronin se ha presentado con una cualquiera, de la que asegura con una sonrisilla aceitosa tener votos maritales aunque al Kakita le parece una más de las muchas y muchos oportunistas que siguen a cualquier ejército en campaña con el objetivo de ofrecer a los soldados todo tipo de oportunidades para gastar la paga antes de morir al día siguiente.
Pero es hermosa, aunque sin exceso, y la cortesía es sagrada, así que Rensei la saluda con la media sonrisa que le niega al samurái de la ola.

“Así que vos sois el famoso Kakita Rensei, el mayor guerrero de nuestra época” saluda Saburo con cínica pompa, como si insinuara ponerlo en duda.

“Eso dicen los bardos” ríe el otro bebiendo de la copa, encogiéndose de hombros.

“Y ésa debe de ser “Kashin”… la espada que fue forjada en el propio Meido” añade, mesándose el bigote, señalando con el mentón hacia el otro lado de la estancia, lujosa para ser una tienda de campaña militar, donde una catana descansa en un ornamentado soporte.

“Eso también dicen los bardos” repite el otro, divertido por la incipiente irritación del jinete traidor.

“¿Y qué más dicen los bardos, mi señor?” pregunta finalmente, entrecerrando los ojos. Siempre le ha parecido que así genera sensación de peligro, y el grulla está muy lejos de su arma, fuera quien fuera la puta que la forjó, piensa.

“Que la propia Fortuna Emma-O mandó fabricarla, y que cada vida extinguida con ella conduce a esa alma directamente a Meido, independientemente de cual fuera su destino antes de eso. También dicen que hace a su portador inmune a cualquier influencia externa, mágica o física…
Pero son sólo cantares de bardos” insistió en su risa.

“Estaría encantado de arrodillarme ante quien poseyera un objeto así, mi señor… ¿Pero es un cantar suficiente para obtener la lealtad?
No puedo evitar preguntarme, según los bardos… ¿por qué la fortuna de la Muerte os entregaría tal arma?”

“Porque… dicen que soy su hijo, ju, ju. Y hasta que habla conmigo, porque la muerte siempre está a mi alrededor”

“¿Y qué os dice ahora?” pregunta el ronin, dubitativo sobre si el grulla se está burlando de él o simplemente está borracho. Podría matarlo con facilidad, desarmado y sin armadura, y sería él de quien se cantaría: el samurái que mató al hijo de la maldita muerte.

“Dice que habéis venido a matarme…”

Los ojos del ronin se abren como platos, pero antes de que pueda articular palabra alguna un destello reflejado surge a su espalda. La cualquiera con la que comparte lecho y confidencias desde hace un par de semanas ha desenvainado una hoja negra como el tizón, imposible saber de dónde. Rodea al sorprendido capitán con la rapidez de una centella y se lanza contra el desprotegido grulla.
Sonidos de un acero cortando carne, ninguna voz humana. Las sandalias al desplazarse por la alfombra de bambú entrelazado y el inconfundible chasquido de un hueso roto, y después otro, más grande.


La prostituta yace muerta en el suelo, brazo y cuello rotos. Rensei tiene un profundo corte en el pecho del que mana sangre, pero sigue sonriendo. Se da la vuelta y rellena la copa, que ni siquiera ha soltado.
“Los bardos también dicen que soy invulnerable… Aunque, si lo fuera, ¿por qué iba a llevar esa elegante armadura a la batalla, Saburo-san?” sigue riendo, de modo peligroso, ahora. El ronin se lanza sobre sus rodillas, pegando la frente al suelo. Ni el lancero ni Doji Goro han sido capaces de reaccionar, hasta que éste último solicita al exterior la presencia del sanador shugenja en la tienda del comandante. “Goro-san” retoma la palabra ignorando al aterrado jinete arrodillado “Envía también al señor Doji Ryunosuke-sama la cabeza de ésta junto a la del general Akodo. Cada samurái enemigo de valía abatido bajo su servicio debe ser recompensado, y seguro que los Bayushi tardaron muchos años para entrenar a ésta; merece el mismo respeto…”
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Mié Sep 04, 2013 2:58 pm

Acto 2.

Invierno del año 219. Corte de Doji Ryunosuke. Tras haber pasado la temporada de guerras en la corte imperial, la doncella Doji Mizuki, hermana menor de Ryunosuke, se reúne con éste y con sus favoritos en su castillo. Apenas superada la mayoría de edad, la belleza de la dama ya es objeto de poesías que llenan las calles de la ciudad, pero su señor hermano la mantiene alejada de cualquier pretendiente, como la más valiosa flor de un invernadero.

Recién llegado de las nuevas tierras del daimio, Kakita Rensei contempla la puesta en sociedad de la Doji.
“Vidas cruzadas, como copos de hielo, cuando se vieron” dirán luego los cantares que fue lo primero que el héroe dijo al ver a la doncella, al oído de Goro, haciendo alusión a la historia sobre la Dama Doji y sus copos de nieve de belleza irrepetible.
“Siempre la nieve, aparece en tu alma, sin ser llamada. Viene despacio, cubre con su manto el mundo, torrentes crea” añade el Kakita, a sabiendas de que su confidente lo es también del dueño de la flor. Doji Goro mira a la mujer… y frunce el ceño.


Ryunosuke ha encerrado a la doncella. Sabedor ya de que Rensei ha decidido tomar su corte como su nuevo campo de batalla, aunque no es gloria ni oro lo que busca esta vez, si su sangre. Pero el daimio planea concertar el matrimonio de su hermana con un príncipe sobrino del Hantei, y ahora se siente como aquellos otros señores a los que su comandante asedió y rindió en su nombre.

Pero la Fortuna de esta nueva lid, Benten, ha puesto sus ojos en todo aquello. Y comienza a nevar con fuerza.
Con la complicidad de sus sirvientas de cámara, Mizuki recibe cartas de Rensei, flores y poemas, y tras varias misivas acaba sucumbiendo al deseo de corresponderlo.
“Si mi señor hermano sabe de vuestro atrevimiento, Kakita-san, no habrá fama que os proteja” caligrafía con una sonrisilla, en su meditada respuesta; su letra es tan preciosa como ella y el papel ha sido rociado con su propio perfume. “Su humor es pésimo desde que Daidoji Nanami rechazó su propuesta de matrimonio” Firma sin más, los sentimientos no se escriben, lo impregnan todo alrededor de las palabras nunca dichas. Pero éstas tienen un propósito deliberado.

Rensei invita a Goro a beber, y éste se emborracha confiado. Al Kakita, no menos letal con la etiqueta que con la espada, no le cuesta demasiado introducir en la conversación el nombre de la tal Daidoji mencionada en la carta de Mizuki.
La señora daimio de una provincia cercana, explica el comisario Doji. Esa mujer es un diablo en combate, nacida del matrimonio entre un Daidoji y una Hida que poco tuvo de conveniencia y mucho de amoríos y rumores. Posee una belleza salvaje, brava y vigorosa, fruto de la exótica mezcla de la sangre de ambos kamis, Hida y Doji, de quien sus antepasados aseguraban descender directamente.
A Goro no le agrada, Rensei duda de que ninguna mujer le agrade, pero Ryunosuke está enamorado en secreto, confiesa con la claridad de palabra pero no de mente que confiere el sake. Sin embargo la Daidoji ha jurado que el hombre que quiera casarse con ella primero debe vencerla en combate individual, y no pocos han caído ya humillados a sus pies. Nuestro señor daimio no tiene ninguna posibilidad, concluye apurando una copa más.


Días más tarde, el Kakita lanza su órdago. Con la confianza de ser su mayor guerrero, entabla una conversación discreta con Ryunosuke. Culpando a rumores de su supuesto interés por su hermana, Rensei le confiesa haber posado sus ojos azules sin embargo en la dama guerrera Daidoji Nanami y su reto de casamiento.
Horrorizado por la noticia, el señor no sabe cómo apaciguar sus celos, sabedor de que el héroe podría derrotar finalmente a su amor imposible y desposarla. Asumiendo con flema de cortesano el nuevo escenario, acostumbrado a jugar siempre partidas contra el destino sobre el tablero del mundo, Ryunosuke propone finalmente a Rensei un pacto; si el Kakita le ayuda a conquistar a Nanami, le entregará la mano de su hermana.
El grulla sonríe, como siempre que la batalla se le pone de cara. De nuevo el estandarte rival, el botín y la gloria, están al alcance de su arrojo.


Oficialmente, el señor Ryunosuke invita a Daidoji Nanami a visitar su corte, y añade un reto de duelo personal. Incapaz de rechazar un combate, la dama guerrera accede.
El día señalado, ambos se presentan en liza con su armadura familiar, heredada, según las tradiciones de las grandes casas samurái, de los propios antepasados que vivieron y combatieron junto a los Kamis. Para honra de los presentes, a instancias del Doji han decidido usar armas de acero, así que se revisten con yelmo, mempo y todas las guardas necesarias.
Tras todos los rituales requeridos para colocarse un daimio su armadura completa, los contendientes se encuentran finalmente en la arena. Cada uno ve del otro poco más que los ojos, ambos azules. Eso poco importa ya que sólo las espadas van a contar. Un impacto de lleno, o un derribo será considerado una victoria.

Nanami se desplaza alrededor del Doji con su katana desenfundada, al estilo Hida. Su rival espera aún con la hoja guardada, como los Kakita.
Su iaijutsu relampaguea, pero la señora mestiza lo esquiva. Parece que sólo haya sido una tentativa y ambos acepten decidirlo todo al kenjutsu de los guerreros.
Doji Ryunosuke no tenía fama de espadachín, así que Nanami había llegado muy confiada en que tampoco esta vez podrían demostrarle que había llegado la hora de contraer nupcias, pero la realidad va tornándose distinta estocada tras estocada, mientras la dama va creciendo en la consciencia de que el supuesto cortesano esquiva sus envites con la misma facilidad que al principio, cuando a ella le cuesta cada vez más mantener el ritmo del combate. Jadea bajo el mempo de demonio burlón; ¿acaso está jugando con ella? ¿Es posible que su oponente sólo tenga talento para las fintas y los reflejos? No encuentra otra explicación, no sería tan extraño para el espadachín de salón que debe de ser un daimio que manda a otros a la guerra en su lugar.
Decidida a poner fin a aquello, ataca bajando la guardia…

…Y todo termina.

Dolorida, la señora Daidoji se incorpora con el orgullo quebrado mientras su retador permanece al otro lado, esperando impasible, respetuoso pero altivo. Ha perdido. El Doji pedirá su mano, y no podrá negarse por el honor de su palabra.
Ambos se inclinan, siguiendo el protocolo de un duelo grulla. Después se retiran, cada cual a su refugio; uno a lamer sus heridas, el otro a disfrutar de su victoria. Así es la espada.


En los aposentos de Ryunosuke, su comisario Goro y un ayudante encapuchado le ayudan a quitarse las distintas piezas de la armadura. Pero el rostro que sonríe bajo el mempo no es el del señor, sino el de Rensei.

“La victoria es vuestra, mi señor Ryunosuke-sama” expone Rensei, como tantas veces ha entregado a su daimio, esperando una contestación conocida, prevista de antemano.

“Entonces la mano de mi señora hermana Doji Mizuki-san es vuestra, Rensei-san” sonríe el Doji retirando de su rostro la capucha bajo la que había asistido al duelo, como un curioso más.



Dos años más tarde, la enemistad entre Mizuki y la ahora Doji Nanami es palpable. La treta de Rensei ha sido descubierta por la guerrera y su orgullo le ciega. Las indiscreciones de su señor esposo en el lecho han tenido la culpa, como de tantas desgracias en el mundo samurái. Eso es lo que argumenta Goro, el otro testigo de la artimaña de Ryunosuke.

Kakita Rensei, de naturaleza despreocupada por los asuntos internos de la corte de su señor, ignora los sentimientos de la esposa de éste, pues solicitar su perdón sería lo mismo que testificar en contra de su daimio. Del mismo modo, Nanami tampoco puede comprometer a su esposo, pero su odio es creciente. Incapaz de reconocerlo, detesta haber sido derrotada, no engañada, y culpa al Kakita por no haber sido él quien hubiese reclamado su mano.

Por otro lado, Mizuki ha dado a luz a un hijo de Rensei, ahora de un año de edad, y se apoya en Doji Goro, en quien confía como consejero, para defender a su marido de Nanami.
“¿Qué importa lo que Doji Nanami-sama pueda tramar, Mizuki-san? Yo mismo he escuchado la leyenda de labios de vuestro esposo, confirmando que es hijo de Emma-O, y le hizo invulnerable. Le avisa en susurros cuando alguien va a atentar contra su vida, lo he visto con mis propios ojos” asegura el comisario.

“Rensei-san es arrogante en la batalla, mi fiel Goro-san, pero os aseguro que no es un necio. Esa leyenda infunde temor en sus enemigos, y si los bardos gustan de cantarla, ¿por qué pronunciarse sobre ella?”

“Pero yo le vi desenmascarar a una asesina enviada por el escorpión, a quien no había visto nunca…” insiste el Doji, sorprendido.

“Conozco esa historia, Rensei-san me la contó una vez. Él sabía que los Bayushi tratarían de eliminarle, pero no antes de que hubiese acabado con la campaña del león en aquellas tierras. Supuso cual era la mejor ocasión para la intentona y se adelantó citando a las dos personas más probables para haber sido contratadas para matarle.
Creo que él ni siquiera contaba con la meretriz antes de verla, pero lanzó su órdago al aire y ésta se descubrió precipitándose, temerosa de su supuesta leyenda…

La fortuna recompensa a los hombres preparados, Goro-san, y temo que Rensei-san no tiene la suficiente precaución cuando está en la corte, al contrario que en el campo de batalla. Por eso cuento con vos para cubrir su espalda, en caso de necesidad” suplicó, con un gesto medidamente desvalido y frágil, del que sabía que ningún hombre era capaz de resistir sin ofrecer su espada para protegerla.
Y así lo prometió Doji Goro, bajando su vista al suelo avergonzado.



Tres meses después comienza por fin la primavera, la corte ha sido tensa pero Nanami parece haber cedido por alguna razón. La nieve está derritiéndose y los guerreros afilan sus armas para ocupar una temporada más los campos de batalla del oeste, cuando aún quedan tierras en disputa en esta segunda expansión del Imperio Esmeralda.
Doji Ryunosuke ha organizado a expensas de su esposa una cacería para celebrar el deshielo con sus guerreros, y Rensei y Goro participan de la invitación.

Un jabalí es la pieza buscada. El Kakita porta una lanza para matarlo en combate de hombre contra bestia, usar la katana para tales actos es impuro, y Doji Goro cubre su espalda.

Rensei escucha un gruñido, y vislumbra la silueta entre los arbustos de lo que estaba persiguiendo desde la mañana, un imponente macho. Seguramente no demasiado tierno, pero todo un trofeo. Sus colmillos son más grandes que un tanto de samurái, y probablemente mucho más peligrosos.
El guerrero nota la tensión cuando la bestia lo mira, amenazador, y sonríe como siempre antes de entrar en combate. Aprieta las manos alrededor del asta de la lanza, corrigiendo su paso con veteranía.

Una nota musical dulce revela que su lugarteniente ha desenvainado a su espalda. Y el mundo se torna oscuro cuando siente que algo le empuja…
Desconcertado, baja la vista y ve dos cuartas de una espada asomar de su su pecho, roja, goteando vida a borbotones. Ante sus ojos se retuerce y desaparece con un chasquido. El mayor héroe de su tiempo cae al suelo, de rodillas.
Haciendo un esfuerzo se sostiene en pie apoyado contra la lanza, pero al intentar empuñarla sus pulmones arden.

“Rensei… mi admirado y amado Rensei… Lo siento… Podríamos haber conquistado el mundo juntos…” llora Doji Goro, mientras rodea al Kakita. Su katana está teñida de sangre cuando la levanta frente a él. “Pero la preferiste a ella” sentencia antes de infringir el último golpe
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Mié Sep 04, 2013 3:02 pm

Acto 3

Trece años después de la última primavera, quince desde que se casó con el amor de su vida, la heroína Doji Mizuki cabalga por los valles de la cadena montañosa conocida como la “Espina del Mundo”
Hace mucho que abandonó la corte de su hermano, y su vida como dama cortesana. Kashin, la katana de su antiguo esposo, descansa atada a su cintura. Y ha aprendido a usarla, a la fuerza ahorcan.

Su compañía es ahora un ejército de ronins y buscadores de fortuna. Tras años de guerras en aquellas tierras, los tratados y los decretos imperiales llevaron la paz a los clanes, pero muchos veteranos quedaron abandonados por los daimios, incapaces de mantener a tantos guerreros en época de paz. En semejantes circunstancias, un ronin norteño, líder mercenario de un escuadrón de caballería famoso por su brutalidad en combate y sus heterodoxas tácticas, ha reunido a muchos de esos antiguos soldados bajo su estandarte, llegando a autoproclamarse daimio de cuantas tierras dominaba su fortaleza, Kyuden Beiden, apenas una atalaya en un paso de montaña al comienzo de las guerras y ahora un castillo inexpugnable, que el líder ronin, Tsubasa, hizo suyo en un inesperado golpe de mano.

Mientras el Imperio al otro lado de las montañas se toma en serio qué hacer con el Rey de los Caballos, o el Rey Salvaje, como vulgarmente se le conoce, los señores más oportunistas y visionarios han comenzado a negociar con él, usando el paso Beiden como parte de las nuevas rutas comerciales abiertas ahora hacia las recién incorporadas tierras del oeste.
El oro fluye por Beiden, y Tsubasa es cada vez más poderoso, asentando una posición de privilegio pese a su origen.


Doji Mizuki se unió al “Rey” deseosa de vengarse de los asesinos de Rensei. Tras conocerse su muerte, Goro sólo argumentó haberse enfrentado en duelo con el Kakita, y sin otra palabra que lo negara, y con el apoyo público de Doji Nanami, Ryunosuke decretó la voluntad de los dioses en aquel desenlace.
Mizuki nunca lo creyó, pero el dolor la compungía y se veía impotente. Sin embargo, cuando la espada de su esposo llegó hasta sus manos, pretendidamente para que la enviara a Kyuden Kakita de vuelta con el hijo de Rensei, una voz oscura comenzó a resonar en su cabeza, hablándole de traición, muerte y venganza. La voz de Emma-O.

Sabedora de los intentos del usurpador Tsubasa por asentar su posición desposándose con una noble, Mizuki viajó hasta Kyuden Beiden exiliándose de la corte de su hermano junto con los samurái más leales a Rensei, los que habían llegado con él desde el corazón del Imperio en busca de honor y gloria, hacía ya tantos años.
La dama Doji enseguida se convirtió en la amante oficial del Rey de los Caballos, al que incluso dio un hijo varón, Ichiro, pero negándose a contraer matrimonio un año tras otro…

Hasta que finalmente accede. A cambio, la promesa de que Tsubasa invitará a Doji Ryunosuke y todo su séquito a la boda. Un regalo de compromiso muy especial para su ánimo.



El daimio grulla discute con su primer consejero, Doji Goro, la oportunidad o no de respaldar con su presencia las aspiraciones del Rey Salvaje.

“Pagar ese impuesto infame, un robo más bien, por cruzar el paso es una cosa, mi señor, pero entregar a ese ronin vuestra hermana…” Goro argumenta decididamente en contra de la idea de acudir a la ceremonia.

“Esa tasa es menos de lo que nos costaría que las caravanas tuvieran que rodear la Espina del Mundo por el norte, o por el sur, en saqueos o tiempo.
Me gusta tan poco como a ti la idea de que Mizuki-san se case con ese impostor, pero sabes sobradamente que hace mucho que nos abandonó, a nosotros su verdadera familia, y que no podría impedir la boda aunque quisiera.
No responder a la invitación sólo serviría para airar a ese falso daimio, y que nos negara la ruta en favor de nuestros rivales comerciales”

“Mi señor, reflexionad…” el consejero tiene motivos para desconfiar, que no se atreve a decir explícitamente. El daimio sancionó que el duelo con Rensei había sido justo, aunque nunca diese los motivos para llegar a las armas con su lugarteniente, sin embargo Mizuki nunca admitió esa versión, y al poco tiempo dio por hecho que Nanami y él conspiraron.

“Lo estoy haciendo, Goro-san. Lo de Rensei-san sucedió hace demasiado tiempo, dioses… Y soy su hermano mayor. Su daimio.
Precisamente por eso, si se casa sin mi presencia evidenciará ante el Imperio que no tengo autoridad en mi propia casa, y nuestros enemigos llevan mucho tiempo esperando una muestra de debilidad para discutirnos lo que es de mi familia por derecho. Por otro lado, la “Caballería Atronadora” de Tsubasa cuenta con ochocientos jinetes curtidos en combate… Una alianza de esta clase quizás no sería demasiado elegante, pero nadie se atrevería a atacarnos tras ella.
Los beneficios superan a los perjuicios. Está decidido, acudiré con mi séquito a la ceremonia y entregaré a mi hermana, si es lo que quiere” Goro no dijo nada, preocupado con una expresión sombría “Da las órdenes, partiremos con mil guerreros, mi familia y mis cortesanos”

“Dejad en el castillo a vuestro heredero y vuestra esposa, Doji Nanami-sama, os lo ruego” insiste el consejero.

“Bueno, mi hijo… podría permanecer con una escolta y un hatamoto en mi ausencia. Pero si mi señora esposa se queda, su guardia Daidoji también se quedará y pareceré débil ante los ojos de ese ronin. Les conozco de las guerras; son como lobos, no puedes mostrar debilidad alguna o te atacarán por instinto.
Y ya está todo dicho.” Dicta con voz potente, zanjando cualquier intento de réplica del consejero.
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Lun Sep 09, 2013 7:26 pm

Acto 4

Ryunosuke y su esposa Nanami parten hacia el valle Beiden. Goro encabeza un séquito formado por casi mil guerreros entre samuráis a caballo e infantería.
El número es excesivo pero no tan inusual en las nuevas provincias como para suponer una amenaza explícita para el Rey de los Caballos. Al contrario, puede explicarse como una muestra de respeto para la boda de un daimio, y los Doji siempre son buenos explicando las cosas como más les interesa.

El viaje es largo y arduo, bordeando todo el tiempo la Espina del Mundo, la cordillera montañosa que antaño separaba el Imperio Esmeralda del salvaje oeste, y ahora es sólo una barrera natural dentro de la nación para fortuna de oportunistas como los del Paso Beiden, o los puertos grulla de la costa sur.
Pero incluso tras la conquista, estos caminos eran coto privado no hace tanto de salteadores sin escrúpulos, mientras que ahora, bajo la autoridad de Tsubasa son civilizadamente transitables, vigilados por pequeñas atalayas en las alturas de los que ondea su estandarte.
No es que los criminales hayan desaparecido, explica Doji Goro, con mucha sorna, aunque también cierta admiración, sino que el tal daimio los reclutó para su causa, dejando que se cobraran en tasas comerciales y aranceles lo que antes tomaban por saqueo. El daimio Doji no disimula una mueca de desprecio, pero la antigua Daidoji, Nanami, ve las cosas de un modo distinto, como casi siempre esa peculiar familia, considerando esa solución una muestra apreciable de la creciente civilización de la zona.

Las tierras al oeste del paso estaban ahora bajo control escorpión, que finalmente había cedido a la presión león al otro lado de la Espina, y ahora concentraba todos sus territorios aquí. En el norte, al otro lado del estratégico valle, se encontraban los ejércitos de la Mano Derecha del Emperador, y los Daidoji habían utilizado sus buenas relaciones con el clan cangrejo para emplear ingenieros Kaiu en construir fortalezas al sur, pero el propio valle era prácticamente inexpugnable dominado por un gran Kyuden levantado a la sorda mientras los grandes daimios batallaban a un lado y otro, y el tal Tsubasa se las había arreglado para extender su influencia a las suficientes tierras de cultivo como para mantener a su ejército, aunque lo cierto es que casi toda su riqueza provenía ya de las rutas comerciales que cruzaban el paso.
En realidad cada clan temía que el Rey Salvaje se aliase con sus enemigos al “otro lado” y permitiera el paso de un gran ejército que desequilibrase de nuevo la balanza de poder en la zona, por lo que todos habían aceptado su presencia como un mal menor, así que Goro no se sorprendió demasiado al comenzar a ver pequeñas extensiones de tierras cultivadas con el agua dulce de los grandes lagos a la sombra de las montañas, que los campesinos de Tsubasa habían ocupado antes que los del daimio Bayushi, igual que sabía que habían hecho al otro lado, en zona Grulla.

Los rumores incluso aseguraban que en más de una ocasión el autoproclamado Rey se había jactado de que ni siquiera el Hantei era capaz de poner de “acuerdo” a las tres “Manos” a la vez como él había logrado.

Con el pensamiento de que si los tiempos difíciles favorecían a los oportunistas, éste debía de ser el más complicado que había vivido jamás la región, Doji Goro fue finalmente informado de que la vanguardia había alcanzado la entrada al valle del Paso Beiden.
Cuando Ryunosuke y su corte alcanzó el punto de encuentro se sorprendió de ver lo que parecía ser una pequeña ciudad formada por tiendas de tela de un diseño que jamás habían visto en Rokugan, ordenadas alrededor de dos ejes principales y rodeadas de empalizada. El capitán que se presentó ante ellos les explicó, con una rudeza norteña casi escandalosa, que aquel era el campamento “Gon Nasyr”, donde se habían instalado los jinetes de la famosa Caballería Atronadora de Tsubasa y sus familias, la fuerza de élite que le había permitido al mercenario ronin hacer su fortuna durante las guerras de los años pasados y conquistar para su propia gloria el valle. El curioso nombre proviene no de shugenjas entre los jinetes, sino de su costumbre de hacer sonar cuernos de un sonido “atronador” cuando entran en combate.

El propio capitán, cuyo nombre Goro no habría sido capaz de repetir, pertenecía a aquel escuadrón, y norteño era un término eufemístico, pues más parecían gaijines a juzgar por su estatura, su tez morena, sus rasgos y costumbres, como la de vivir en aquellas tiendas, su acento o sus ropas. Y por si eso fuera poco, las espadas anchas y curvas que portaban al cinto, además de las rodillas ligeramente arqueadas al caminar, señal inequívoca de que probablemente hubiesen pasado la mayor parte de su vida sobre la grupa de un caballo.

“Los daimios debieron de estar ciegos de avaricia para permitir y apadrinar la presencia de semejante horda en Rokugan” consideró el consejero para sus adentros.

Sin esperar excesiva cortesía, el capitán prosiguió explicando que el señor daimio Doji y su séquito personal sería conducido al Kyuden dentro del valle, donde se hospedarían con todas las comodidades como invitados de su señor daimio, mientras que sus guerreros, perfectamente contabilizados observó Goro, tendrían que acampar aquí, junto al Gon Nasyr… lo que era toda una muestra de hospitalidad… Aunque cualquier Doji podría haber refutado eso con facilidad, el jinete no parecía estar interesado lo más mínimo en la etiqueta samurái, así que de todos modos le importaba menos que nada lo que aquellos invitados opinaran al respecto de las instrucciones de su señor Tsubasa, cosa que insinuó solo con “moderada” crudeza, para su crédito.

Acostumbrada a tratar con soldados mejor que su marido, Nanami argumenta que los samurái de cuna noble que les acompañan, unos cincuenta, forman parte de su séquito, no de su escolta de gala, así que deberán acompañarles al valle y alojarse en el Kyuden.
El capitán parece dudar y Goro advierte de su duda entre cumplir a rajatabla las instrucciones de alojamiento o arriesgarse a ofender a los invitados de su señor, y sólo cuando aparece un grupo de samuráis a caballo vestidos en los colores azules de la familia Kakita parece respirar, aliviado de dejar las ridiculeces de samuráis en manos de samuráis.
El líder de los recién llegados se presenta como Kakita Akira, realizando una reverencia de etiqueta perfecta y hablando con el tono al que Ryunosuke y los demás están acostumbrados explica pertenecer a la escolta que siguió a Kakita Mizuki en su travesía, evitando usar deliberadamente la palabra exilio, y con una sonrisa cortés acepta por supuesto el acompañamiento de los samurái nobles del ejército de Doji Ryunosuke-sama; para esa palabra no usa eufemismos, aunque el tono sigue siendo el preciso para azotar sin ofender, típico de los bushis de su familia.


Así, el grueso de las fuerzas de escolta del hermano mayor de la prometida comienzan a instalar su campamento en la ladera de la montaña, mientras que el propio daimio, su corte y sus oficiales de mayor rango siguen al yojimbo de Mizuki al interior del valle.
Durante las dos horas que dura el último trayecto, Doji Goro aprecia que el famoso Paso es en realidad el fruto del cauce de un río en la roca, lo que explica la fertilidad de sus tierras, pero sin embargo posee la anchura suficiente como para permitir el paso de un ejército, no como los otros senderos cercanos que exigirían formar una inacabable columna de uno o dos hombres, con el riesgo que eso conlleva de ser atacados al otro lado.

Cuando finalmente la fortaleza se muestra ante la comitiva, los más avezados en ingeniería militar no pueden evitar palabras de admiración. Como los impresionantes castillos de la frontera cangrejo, el kyuden se levanta como una mole impenetrable, sin aparentes puntos débiles y aprovechando a su favor la particular orografía del valle, apoyado en las paredes de éste extendiéndose a lo ancho y no en altura como los lujosos grulla, no dejando flanco que se pueda atacar más que su frente. También el río pasa a través de las murallas por una abertura enrejada y canalizada, lo que garantiza el suministro de agua dulce a la guarnición incluso durante un asedio prolongado.
Pasada esa imponente primera línea de defensa, la fortificación se convierte sin embargo en un edificio mucho menos impactante y más austero. Construcciones de madera, barracones y patios aún a medio construir, llamando especialmente la atención el último piso de madera aún sin techar.
Pura eficacia, considera Goro. Lo primero son las defensas; aunque a este ritmo no duda de que acabará siendo si no un palacio al menos si un castillo más que notable incluso más allá de su valor militar.
En comedida conversación con Akira, el Doji averigua que el tal Tsubasa fue hijo natural de un samurái Kaiu y una geisha de alto nivel, y que pasó buena parte de su juventud en la escuela de ingenieros de su padre, hasta que el destino, y ciertos incidentes de los que no parece querer comentar demasiado, le pusieron rumbo al norte, y no al sur, de Shiro Kaiu.
Eso, por supuesto, explica para el consejero que fuera capaz de ver el valor de una apuesta como ésta donde otros sólo verían una simple atalaya medio abandonada.

Los samurái de Ryunosuke son alojados en un edificio de una planta, al otro lado del canal del río, y el daimio y su familia y allegados más próximos son conducidos al palacio principal, donde les espera el “Rey”

Tsubasa es de la sangre cangrejo, de eso no hay duda cuando se presenta ante ellos. No demasiado alto pero fuerte y fibroso, aparenta unos treinta años y muchas batallas a sus espaldas, pero a diferencia de los honestos samurái Hida, éste ofrece a sus invitados una expresión mucho más sonriente, afilada y, a juzgar por el ojo de Goro, mezquina y nada de fiar, como suele ser naturaleza en los ronin, también según la experiencia del Doji.

La boda, informa finalmente tras el intercambio de buenas intenciones, se celebrará dentro de dos días, pero les invita formalmente a una recepción de gala para el día siguiente, dejando el resto del presente para su descanso e instalación en las mejores estancias de invitados de lo que el ronin llama su Palacio Señorial, y que no es mucho más que la residencia de funcionarios de rango medio para los estándares Doji... Pero la cortesía manda, y tras las disculpas esperadas por no poder atender en el castillo a toda la escolta del señor daimio Doji, las partes se retiran, sin que nadie haya visto aún a Kakita Mizuki.


A la mañana siguiente, Goro desayuna con una noticia que no por inesperada resulta menos fastidiosa; la noche anterior el sake y un “repugnante”, dice literalmente la misiva, licor de leche de los jinetes corrieron por los campamentos generosamente como parte de la celebración de la futura boda, y los enfrentamientos aislados no tardaron en seguir a la combinación de hombres armados, distintas culturas y alcohol.
Hasta ahí, todo normal, pero el Doji se sorprende de la cifra de bajas estimada por los sargentos entre los hombres de Ryunosuke, casi cincuenta, casi todos soldados rasos.
Medio centenar de bajas parece más una escaramuza entre bandos enfrentados que no los estragos de una celebración excesiva. Es preocupante que aquello suceda cuando todos los capitanes están en el valle, alejados de sus tropas para controlarlos y mantener la disciplina.
Pero enviar a los oficiales de vuelta a los campamentos podría ser tomado como una ofensa por el Rey Salvaje, y debilitaría la protección con la que Ryunosuke y su séquito, él mismo entre otros, cuentan entre aquellos altos muros. Sigue sin fiarse de las intenciones de la Doji, Kakita o como quiera hacerse llamar ahora, Mizuki, así que los sargentos deberán arreglárselas por su cuenta.


A mediodía, comienzan los festejos oficiales con una gala de recepción previa al enlace, previsto para el día siguiente. Se ofrece una comida a cuenta del anfitrión para todos los invitados, pero repentinamente un sonido atronador hiela el valle… un cuerno de guerra, o muchos, que resuenan una y otra vez en las paredes de piedra montañosas, cubriendo El Paso Beiden del anuncio de una batalla como los truenos preceden a la tormenta.

La estupefacción parece apoderarse de Tsubasa, que enseguida reclama a su guardia de élite, samuráis veteranos de muchas batallas, como él mismo.

Doji Nanami no atiende las razones de Doji Goro, y temiendo el descontrol de todas sus tropas reúne a sus samurái vasallos Daidoji para partir hacia la salida del valle y controlar la situación. Los leales a un aturdido Ryunosuke permanecen con su señor… por orden del samurái Doji.

Abandonando el Kyuden al galope, Nanami se afana en intentar retener el control de un escenario… que en realidad nunca ha tenido, pues a medio camino un grupo de jinetes vestidos con los colores de la familia Kakita se interpone en su camino, y al frente, Kakita Mizuki.
Confundida, la daimio Doji apenas escucha el clamor de guerra que resuena con voz de mujer, el grito de Kakita Rensei.

La lucha es encarnizada, pero los Kakita llevan armaduras de combate frente a los kimonos de gala de los Daidoji, que pronto se ven en desventaja. Ajena al resto, Mizuki persigue a Nanami y se enfrenta en combate singular.
Trece años atrás, Mizuki sólo era una cortesana Doji y Nanami una reconocida guerrera, pero los papeles se han intercambiado pues la esposa del daimio ha languidecido en la corte de su marido y la exiliada se ha visto obligada a sobrevivir entre ronins, sin más recuerdo de su anterior existencia que la espada de su difunto Rensei, que ha aprendido a manejar con soltura, siguiendo las voces que de ellas, del arma y de su alma, emanaban gritando venganza.
A caballo, Mizuki se revela como una combatiente experta, y maniobrando con una embestida tras otra acorrala a Nanami, que acaba siendo derribada de su montura. Con una pierna fracturada y su espada lejos del alcance de su mano, Nanami se arrastra mientras ve a sus hombres caer uno tras otro al decantarse la balanza definitivamente en su contra. A lo lejos, un cuerno de guerra vuelve a sonar, con un toque distinto.

“Llega la hora de la justicia, Daidoji” reclama la Doji, desmontando con un gesto de odio a duras penas contenido, muy alejado de la sonrisa que portaba Rensei al entrar en combate.

“¿Cómo puedes hablar de justicia, Mizuki? Eres una traidora…” responde con una mueca de dolor.

“¿Traición? ¿Me hablas tú de traición, cuando la sangre de mi esposo aún mancha tus manos?”

“¿De qué me hablas? Goro mató a Rensei en un duelo… Yo no tuve nada que ver”

“Mientes. Mientes en todo. Doji Goro asesinó a Rensei, no fue ningún duelo, pero tú lo organizaste todo, y después le encubriste convenciendo a mi hermano de que lo perdonase. Tú le odiabas…”

“Es cierto, le odiaba… Me engañó, se burló de mi promesa. Debería haberse casado conmigo y no contigo… Pero nada de lo que dices fue cosa mía. Ryunosuke decidió por su cuenta yo… uff, yo sólo hice lo que debía hacer, apoyar en público a mi esposo…”

“Mentira, mentiras… Tus palabras están envenenadas, Daidoji Nanami. Ella me lo ha dicho.”

“¿Ella…? ¿Quién es ella, Mizuki?”

“La voz de la Muerte. Creí que formaba parte de la leyenda de Rensei, pero era cierta… Y me dice que debes pagar por tus crímenes, sangre por sangre” escupe finalmente, levantando a “Kashin” por encima de su cabeza y descargando un golpe mortal que cercena limpiamente la mano que Nanami ha levantado por instinto para protegerse, y su cuello.

A su espalda, escucha un grito de victoria. Algunos de sus guardias Kakita han muerto, pero todos los samurái Daidoji han caído.

Kakita Akira mira a la dama muerta con una mueca de desagrado. No hay compasión en un alma vengativa, piensa, aunque calla.


El comandante Akira ordena a dos de sus hombres custodiar a los hermanos caídos, sin especificar, todos son grulla, hasta que los sacerdotes se hagan cargo para rezar por sus almas. El resto sigue a aquella a quien llevan siguiendo hasta el infierno si hubiera sido necesario, y tal vez lo ha sido, tantos años.

Cuando alcanzan el Kyuden, todo ha acabado allí también. Como había planeado, Tsubasa a cumplido el regalo exigido por su mano; sus guardias y arqueros han acabado con todos los samurái de Ryunosuke, y éste y Doji Goro han sido hechos prisioneros.
Pero el precio ha sido alto, pues el infame Goro ha asesinado durante la refriega al hijo de Tsubasa y Mizuki, que recién cumplida la mayoría de edad se mostraba tan deseoso como incauto de demostrar su valía a su señor padre.

Para el ronin Tsubasa, lo ha logrado. Acostumbrado a la existencia en el filo de una navaja entre la vida y la muerte, el Rey Salvaje se limita a informar a su prometida de que su hijo ha muerto con honor, pero para Mizuki es una puñalada más en el corazón.
Superada por el odio, la antigua cortesana empuña la espada de Rensei, pero sin sacarla de la vaina comienza a golpear salvajemente a Doji Goro, que permanece encadenado, y apenas ha tenido tiempo de pronunciar un temeroso “Mi señora…” antes de encajar el primer impacto.
La saya de madera, una vez finamente ornamentada por artistas Kakita, acaba saltando en pedazos, haciendo volar astillas y sangre a su alrededor. La hoja, finalmente desnuda, acaba con la vida del antiguo lugarteniente de Kakita Rensei, dejando sólo restos ensangrentados como la presa abandonada de un lobo, por todo recuerdo.

Doji Ryunosuke cae de rodillas, horrorizado. Y aún envejece más de golpe cuando un emisario trae noticias al Kyuden de que la batalla en los campamentos ha terminado, y, como se ordenó, todas las tropas Doji han sido aniquiladas o hechas prisioneras.

“Tú no eres mi hermana…” masculla por todo epitafio. Mizuki, ebria de sangre avanza un paso para acabar también con él, con lo único que aún le recuerda su antigua vida, pero Kakita Akira se lo impide, interponiéndose.

Instando a Tsubasa a hacer firmar a Doji Ryunosuke una rendición ventajosa a cambio de su vida, el antiguo yojimbo se queda a solas con la dama de la muerte.

“Todo ha acabado, Mizuki-sama” sentencia, de un modo tajante.

“¿Cómo te atreves a darme órdenes, samurái? Doji Ryunosuke aún está vivo… Ya has oído a su mujer, él conocía lo que pasó… No tengo que recordarte que Kakita Rensei era tu señor”

“No, mi dama. Ryunosuke también lo era y renuncié a él por seguiros. Es lo que Rensei habría deseado, que os protegiera de todo… Incluso de vos misma.
Es hora de entregar esa espada, Mizuki-sama. Debe volver a Kyuden Kakita”

“¿Me estás retando, Akira?”

“Si es necesario… Los actos que habéis tomado hoy no son dignos para una katana Kakita. Vuestro odio acabará por envenenarla. Debo protegeros de eso, y a ella de vos”
Mizuki puede observar como el bushi adopta una postura de reto, aunque de un modo sutil, dispuesto a ignorarlo si ella cede. Y por un instante la antigua Doji comprende la razón de su guardián… Su venganza ha concluido.
Deliberadamente, rompe su postura fintando atacar, y por puro instinto de duelista Akira desenvaina. No es un ataque mortal, o no lo sería si Mizuki no se inclinase hacia la hoja de su rival de forma voluntaria, en la fracción de latido que todo dura.

No hay remordimientos. Ni nada que hacer ya en este mundo.

Cuando cae de rodillas sangrando a borbotones, observa caer las gotas de sangre alrededor de “kashin”, que ahora yace en el suelo, formando una estampa que le recuerda vivamente a otra muy distinta, y a la vez idéntica. Sonríe; finalmente comprende porqué su amado la bautizó con ese nombre. Pétalos…





Semanas más tarde de la masacre, una espada grulla es llevada de vuelta a Kyuden Kakita. El hijo del famoso héroe Kakita Rensei, muerto ya hace mucho, acaba de realizar su gempukku, y va a recibir el arma de su padre.
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Isawa_Hiromi
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Mensaje por Isawa_Hiromi » Mar Feb 11, 2014 7:25 pm

Sé que esto es sólo para relatos, pero como no encuentro el tema de discusión XDD Y sólo son dos y soy la master y puedo hacer lo que quiera XDD Comento aquí.

PRIMERO no hay disculpas realmente para haber tardado tanto salvo que soy opositora y que respondo al foro siempre que puedo y lo sabéis y que he dado preferencia al posteo que a esto, es cierto, pero por eso mismo no se me puede decir que no me interese sino que mis dias, por mucho que lo desee no tiene 32 horas TT^TT
En fin... que lo siento mucho, de corazón y que espero que esto no me cuente en mi contra tanto como quizás todos pensáis que debiera porque de verdad que no ha sido mi intención....... TT^TT


Hablemos de la historia.

**Lo primero que quiero resaltar es la sorpresa ante el estilo narrativo y la historia. Bien es cierto que Saku debe estar hasta las narices de ser una damisela y que esto le ha venido como agua de marzo jajaja PERO eso no implica que me sorprenda menos XDD

El estilo de Saku es siempre tan femenino y refinado que jamás he leído a nadie hacer tan bien por mujer, ni cuidar tantos los detalles. Así pues, ver de pronto un relato tan marcial y cuidado de los detalles que al escribir "más brusco" le daba carácter más militar me ha dejado a cuadros.

Ha sido una narrativa perfecta para meterse en la historia.


** Capítulo uno.

LO que más me ha gustado de este capítulo sin duda han sido los dialogos, bien es cierto que las descripciones para mi son de diez, porque son concisas pero a la vez muy claras, ni mucho ni poco JUSTO lo que se necesita, han sido los dialogos y las frases que pueden parecer cortas y quizás menos significativas las que me han gustado mucho. Los personajes estaban mejor delimitados gracias a esto y el sarcasmo rokuganí... Bendito sea TT^TT


**Capítulo dos.

INTRIGAAAAS Y AMOOOOR. Dios las bendiga XD
¿Puede haber algo mejor? ¿en serio?
De nuevo destaco la forma clásica de los hechos pero que sabido serlos contados de una manera personal siempre hace que leas algo nuevo.
Yo soy de las que opina que los clásicos son clásicos por algo *^*
Así que la táctica del cambiazo y la de cómo llegar hasta el favorecimiento adecuado para casarse con la hermana es... *^* genial.

En cuanto a cómo van cambiando las cosas en el propio acto lo que más me gusta es como aunque en el relato te hace odiar en cierta forma a Goro, desconfiar de él, el punto final del acto te deja mudo. ¿Por qué? tantantaaan ¿No son estas expectativas lo mejor de los relatos???

Pero antes de pasar al tercer capítulo quiero remarcar el detalle, que parece una tontería pero que no lo es, de lo cuidado que está el detalle del odio de la Daidoji hacia su marido y los complices del engaño. Si esto fuera un relato muy plano no se volvería a hablar y un personaje de tanto honor y orgullo se hubiera callado ante un hecho así, pero no, y eso demuestra calidad, calidad y calidad.


** Capítulo tres.

Hay quienes piensan que el planteamiento de los cataclismos deben ser tapados para una mayor repercusión posterior, pero este relato tiene un cariz muy marcado teatral y eso restaría, paradojicamente fluidez e impacto por lo tanto la elección de este capítulo me pareció muy acertada e interesante, me recordaba a las obras de Shakespeare cuando vas leyendo el planteamiento de lo que sabes que no va a terminar bien.


**Capítulo cuatro.

Detalles que me han gustado tanto del capítulo 3 como del 4 referente al viejo imperio:
-Todo lo relacionado con el rey de los caballos, me ha parecido muy ingenioso.
-Me ha parecido muy cuidado la explicación y el asentamiento del territorio del Rey de los Caballos, una argumentación que sin duda ha dejado claro que te has pensando mucho la historia.
-Los nombres arcaicos un poco tolkenianos jajaja somos todos frikis por acá XDD
-Me gusta que en ningún momento se hable de que Mizuki y sus hombres se hayan convertido en ronins ya que nunca se dice que su hermano y daymio les haya dado tal condición, sea por salvarse el culo o por lo que queráis esas sutilezas me encantan jeje


Detalles del capítulo 4 que me han gustado especialmente:
-La etiqueta y cortesía es un arma de doble filo con la que o se sabe jugar o te rebana el cuello XDD me refiero no sólo al tema de dónde debían alojarse los samurais y todo eso sino al tema de las escaramuzas posteriores. Ese detalle me dejó KO, muy buen uso!

-Hiromi baila con los detalles del folklore mostrado en la batalla de las mujeres y con la vuelta de tuerca de guerrera amariconada, dama convertida en guerrera en 13 años *baila baila* EN SERIO

y en cuanto al final....

TT^TT ¿está mal que diga que hay pocas tramas que me gusten más que la venganz?? ¿¿y que es MUY complicado de hacerlas terminar bien, y que me ha encantado el final porque es simple, corto, escueto pero a la vez justo y necesario???

Pues eso =^^=
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Mensaje por Bayushi Sakura » Vie Feb 14, 2014 11:11 am

Vaya, muchas gracias!!!
:@_@: :@_@: :@_@:

Ya casi no me acordaba de esto, jeje, aunque no lo digo como indirecta ya que sabemos lo mucho que te cuesta sacar más horas del día para todo lo que nos gusta. Me refiero a que he vuelto a leerlo y ha sido casi como hacerlo como un lector, no como cuando lo has escrito tú recientemente y mezclas lo que lees con lo que ya tienes en la cabeza...
Y la verdad es que está mal que yo lo diga, pero me gusta jejeje. Mejora imaginando la voz en off del de 300 como el que relata XDDD Pero aún asi hay partes que se podrían haber trabajado y rellenado mucho más claro, pero escribir lleva mucho trabajo y las vacaciones no fueron eternas XDDDD

En fin, me alegro mucho de que te gustasen los detalles, que al final son lo que le da valor añadido a algo de este tipo.
:amor: :amor: :amor: :amor:

P.D Por cierto, aunque ya no sea asunto mío sino de Koji, ¿has pensado si algo de esta historia te interesa para su trasfondo?
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Mensaje por Miya Nadesiko » Vie Feb 14, 2014 3:38 pm

Si, si que me gusta, en general todo, para que sea parte del linaje de Koji, ahora le toca a él aceptarlo claro =^^=


Por cierto, de nuevo... siento haber tardado TT^TT de verdad que no quería pero cada vez me es más complicados sacar hasta media hora de mis días por la cantidad de temario nuevo que tengo que estudiar a la semana, espero que esto no os disuada de escribirme TT^TT prometo portarme bien y no hacerlo nunca más TT^TT
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Feb 17, 2014 9:49 pm

A mi me gusta el aire de "antigüedad" del primer trozo del relato, fingiendo un pasado del imperio que realmente tiene lógica qu ehubiera sido movido, aunque en la historia oficial se pase por encima como si tal cosa de los cambios geográficos.

Y sin duda que el resto tiene algo de tragedia clásica muy interesante también. Hoy en día parece que lo único que tiene validez son los giros de guión, que anunciar los desastres es vender todo el pescado, y eso no tiene porqué ser verdad.

A mi tb me pasa lo mismo, escribes lo que parece mogollón y luego cuando vuelves a leerlo piensas, ¿sólo ha salido esto? XDDDD Por eso prefiero dibujar jejeje


Sobre el trasfondo, no me queda claro si todo el asunto de la espada es un bulo o cierto, pero me atrae muchísimo la idea de que tenga historia. Así que no tengo problema en aceptar todo lo que pase el filtro de Hiromi.
Eso si, menos mal que el sepuku se comete con el wakizashi, por si acaso jajajajaja...
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Mensaje por Bayushi Sakura » Mar Feb 18, 2014 10:15 am

Siempre está bien dejar cosas abiertas a la interpretación, al menos a mi me gusta así. Y siempre puedes confiar en que el master no te pondrá las cosas más difíciles... ¿no?
:xD: :xD:

No te preocupes Hiro, no tienes que disculparte. Me alegro que hayas podido comentarlo cuando has tenido tiempo, no al revés.
:^_^: :^_^:
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Mensaje por Isawa_Hiromi » Mar Feb 18, 2014 1:27 pm

aqui nos gustan las cosas sobrenaturales porque Hiro adora las cosas sobrenaturales XDD hacéis bien, cuando al master le gusta algo salen mejores cosas jejeje (o peores para los jugadores ¿?? XDD)

Bueno, ustedes sabeis que no me gusta dejar cosas atrás, para mi esto de no tener ni dos horas libres al dia es un horror, voy sacando tiempo de donde puedo TT^TT pero espero que las cosas vayan mejorando
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Mensaje por Bayushi Sakura » Mié Feb 19, 2014 8:57 am

Nah, mejores sin duda :amor:
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Mensaje por Isawa_Hiromi » Mié Feb 19, 2014 12:25 pm

Ultimamente además tengo un mono de cosas leyendosas que no veas XDD sobrenaturaaaaaaaaaal *^*
Los kamis bendigan las de cosas que hay en el folklore, que por cierto me estoy empapando de más cosas aún juju porque he encontrado una pagina que es ORO
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