A las puertas de la ciudad

Ciudad imperial, morada del Hantei, la ciudad más grande e importante del imperio esmeralda.<br>Aqui se narran los hechos dentro de los distritos exteriores y los distritos interiores.
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Miya Nadesiko
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A las puertas de la ciudad

Mensaje por Miya Nadesiko » Lun Dic 13, 2010 2:17 pm

OUT
"Secuencia de master" (estáis entonces avisados que podéis leer este post pero que vuestros Pjs no tienen conciencia de este hecho)
Hechos a primera hora de la mañana del día 4º, cuando las puertas de la ciudad abren para la entrada de los viajeros.
IN


Puertas de la Capital de Otosan Uchi. Camino del Sur.


La ciudad despierta despacio de un sueño glamuroso de oro y cortejos, la niebla matutina se disipa rápido con la cálida luz del carro de Amaterasu mientras la ciudad, como si fuera una persona propia, lentamente va adquiriendo más y más rimto y sus calles comienzan a llenarse...

Pero no sólo estas...

El camino del sur a la ciudad es uno de los más concurridos, de ahí vienen los viajeros del sur del Imperio, desde los nobles Grullas hasta los toscos Cangrejos, pero no sólo ellos, sino Escorpiones, Leones, y clanes menores optan por esta ruta rápida y segura de caminos imperiales muy amplios y cómodos, llenos de posadas en el camino y pueblos enriquecidos por el tránsito de los viajeros.

Las puertas de entrada a la ciudad que acojen a los viajeros del sur son pues enormes y siempre están transitadas, haciendo que los Guardias de estas deban pasar largas horas asegurándose de quién entra en la ciudad, verificando visados...

Aquella mañana eran diez hombres los que hacían guardia en una de aquellas puertas del Sur, tres de ellos eran Seppuns, y el resto guardias regulares de los distritos exteriores a los que daban las puertas del sur.

El tránsito era espeso desde la mañana, heimins que iban a vender sus mercancías, religiosos y peregrinos a los Grandes Templos, pescadores con sus pescados, cortesanos y sus séquitos, bushsi de todas partes del imperio, ronins buscafortunas...

El joven guardia Jocho estaba revisando el visado de una dama noble Grulla cuando vio la fila dedicado a los samurais abrirse lentamente hacia la delantera. Dos caballos con dos damas pasaban despacio, sin prisa pero sin pausa, sin hacer demasiada atención al simple y claro hecho de no respetar la cola.

Jocho le dio un codazo a su compañero, ambos hacía apenas unos meses que habían tenido la suerte de ingresar en la Guardia del Distrito Exterior Gatto, uno muy tranquilo llevado por un Gobernador viejo y afable Asahina que justo aquel día daba comienzo sus verbena del distrito.

Los dos guardias miraron expectantes la aparición de las dos mujeres montadas a caballo entre la sorpresa y cierta indignación por una manera tan flagrante de esquivar la cola.

La primera de ellas vestía un kimono grisáceo con partes de placas de armadura, una ligera, de viaje, de color gris celeste, su cabello negro estaba cortado en desiguales y en su mirada fiera había un tercio de pasividad y otro de ferocidad aguardando.

La otra mujer tenía el cabello de un extraño color blanquecino tirando hacia rosado y dorado a la vez, como si fuera una de esas rosas de pitiminí que poseen tantos colores desde su centro y se van despuntando en vetas coloridas. Esta vestía un impecable kimono azulado recargado como los ornamentos de su cabello, cuentas, collares, pulseras...

Cuando las dos mujeres llegaron al inicio de la cola, sin mirar al resto y sin que, de una manera extraña, nadie protestara, pues iban rodeadas de un alo extravagante pero a la vez que advertía de su importancia, casi no hicieron el gesto de parar y no atropellar así a Jocho y a su amigo.

Pero al ver que no se apartaban, absortos por su aparición, la Cangrejo, de mon Hida en el pecho, tiró de las riendas y casi paró a su jamelgo a un palmo de Jocho.

"Será mejor que te apartes, guardia, puede que la próxima vez no tire de las riendas."

Dijo la Hida con tono seco pero sin llegar a ser amanezante, lo escalofriante fue que, simple y sinceramente... dijo la verdad...

Los dos hombres retrocedieron instintivamente ante aquella presentación, pero Jocho, muy metido y concienciado por sus superiores de los problemas con la reputación de ciertos Samurais, apretó bien su yari, no en gesto realmente amenazante, sino más bien para darse autoconfianza, y consifuió avanzar un paso.

"Se... señoras... Me temo! -por fin dijo con mejor voz.- que no puedo dejarles pasar así por así... aún suponiendo que les dejara pasar esta falta de protocolo por el asunto de los turnos... no pueden pasar sin sus visados!"

La Grulla se hechó hacia delante, apoyándose en la cabeza de su caballo y miró a los ojos a Jocho con una risilla en sus labios.

"Tu eres nuevo... fijo."

Apostó esta con tono burlón.

"S.... Si! ¿Por qué?!"

Consiguió responder con valentía Jocho.

"Porque sino no nos harías perder el tiempo."

Terció muy seria la Hida, con una voz tan seca que casi pareció partirle en dos como a una ramita entre sus dedos.

De pronto, del fondo, apareció Seppun Taiko, el jefe de la Guardia Seppun que esa mañana se cercioraba que todo iba bien en aquella puerta del camino del Sur. Taiko era un hombre adusto, serio, que pocas veces se mostraba expresivo o se reía, pero cuando Jocho lo vio acercarse con el rostro desencajado supo que algo malo había hecho o iba a pasar...

Así que, casi con un gesto inconsciente y gatuno saltó a un lado dejando paso a las dos mujeres. Sin embargo, estas que habían visto acercarse al veterano Seppun se quedaron, esgrimiendo ambas una sonrisa cómplice y ciertamente divertida.

"Oh! Señoras! Ya han llegado! No las esperábamos hasta la tarde o quizás mañana a la mañana....."

Dijo Taiko al llegar hasta ellas e inclinarse con respeto. la Grulla, encogiéndose de hombros y comenzando a sacar una larga y barroca pipa mashikanshisha replicó con sarcasmo:

"Yo tampoco esperaba llegar tan pronto... pero aquí Kuro-chan ha espoleado tanto a los caballos para darnos prisa que no creo tan siquiera que lleguemos "arriba" con ellos sin que mueran de cansancio..."

La Hida miró a la Grulla y resopló.

"Oh, no hay problemas, damas, dejen aquí, en este puesto de guardia sus caballos, que nosotros se los subiremos, y ahora mismo les buscamos un palanquín...

¡Tu Jocho! Ve a por uno!!"

Ordenó implacable. Yo salí de alli corriendo en busca de lo mandando mientras me preguntaba quién eran esas damas...

Al llegar traje, debido a la exprsión del Seppun, el mejor palanquín que encontré. Cuando llegué parcían charlar los tres distendidamente...

"Odio los palanquines, no están hechos a mi tamaño, deberíamos haber pedido un rickshaw."

"Ya, ya, Kuronuma-chan, si ya hemos llegado..."

"Dama Kotoko-san... ¿Tuvo problemas en su viaje?"

"¿Hum? No, gracias por preguntar, todo fue bien, entre el elemento disuasorio de Kuronuma-chan y mi propia fama de hierba mala que nunca muere me temo que mis detractores sólo han podido morderse las uñas por mi viaje juujuuujuuu"

Rio esta.

Las mujeres, al ver el palanquín no dijeron nada más y tras despedirse escuetamente se montaron en este y se marcharon. Pero antes de desaparecer oí decirles a los porteadores "A la Ciudad Prohibida"...

Cuando el palanquín apenas se había puesto en movimiento, al oir aquello me temblaron las piernas... era la primera vez que me topaba con "esa clase" de samurais... esos que son importantes entre los importantes...

Como pude andé hacia el Capitán Seppun Taiko y le pregunté:

"Ca.... capitán.... ¿Quiénes eran?"

El Seppun me miró con ojos preocupados y me advirtió:

"Son el tipo de mujeres con las que uno NUNCA debe llevarse mal... son... Hida Kuronuma y Kakita Kotoko... dos Damas de Compañía de la Ama Emperatriz."

Y en aquel momento casi me dio un desmayo al pensar que podría haber sido de mí si hubiera seguido por el camino por donde iba con ellas antes de que llegara el Capitán...


...

Mientras tanto... en el gran pero a la vez pequeño palanquín para Hida Kuronuma...

"No paras de mirar esas cartas desde ayer... ¿Qué pasa?"

Preguntó la Hida mientras veí a la Kakita releer por millonesima vez varias misivas que poseia.

Kotoko levantó el rostro con su genuina sorpresa que traía problemas y dijo:

"¿Qué crees que pueden ser? Pues estando tan cerca a la capital sólo puede ser una cosa... Kuro-chan...

Chismes...

Chismes y más chismes..."


Dijo con tono risueño pero ampliamente marcado por una vena malvada.

Kuronuma chistó mientras con los dedos de su mano apartaba la cortina del palanquín y veía las calles de la ciudad y a sus habitantes.

"Si.... Hemos vuelto....."
"Oye mi voz, pues es la del Emperador"


"El arte de la guerra es la manera de conservar la paz"

Miya Nadesiko, heralda del Imperio Esmeralda

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