Día 2º.- Regalo de los kamis.- Antes de las 11 am

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Isawa_Mitsuomi
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Día 2º.- Regalo de los kamis.- Antes de las 11 am

Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:09 pm

Tus pies por fin tocaron suelo, y las suaves y pequeñas manos de Kazumi la cual habían protegido tusojos del vértigo y de saber a dónde ibais se apartaron de tu rostro, mientras la oías decirte con cierto tonillo gracioso:

"Sé que te hubiera gustado ver el paseo, pero ellos insistieron en que no vieras tu regalo antes de dártelo."

Y, entonces, poco a poco tus ojos, cegados por la luz de Amaterasu emepzaron a ver dónde te encontrabas... Primero vistes la sonriente cara aniñada de Kazumi que aún cogía uan de tus manos con cuidado por si sentías aún algo de vértigo, quizás fuera muy atrevida pero era más bien un gesto aniñado de ayuda de los pequeños cuando tienen miedo o dificultades.

Sus azabaches cabellos fueron las puertas a quizás lo más glorioso que habías visto hasta ahora, a excepción de la Ciudad Prohibida. Un camino de tierra batida y anaranjada que corría siseante como sinuosa serpiente ascendía por colinas hacia numeroso templos, los caules henchidos de un silencioso orgullo se alzaban majestuosos como los Grandes Templos de los Kamis.

Allí, como robusta muralla, Hida se alzaba, con su piedra y su metal, su rigidez y fuerza. La sutileza de Doji enmarcada por mantas de flores. La misteriosa y volátil Shinjo en un santuario que los que habían dejado atrás cuidaban con esmero. La estructura intrincada de Bayushi y sus múltiples pasillos. La serenidad de shiba y sus estanques y patios zen. La austeridad de akodo le confería a su templo un aspecto de dôjo calmado antes del rugido del "Kya!" de las prácticas. El enigmático Togashi... tan bien cómo sólo un acertijo... no poseía templo... Y, entre todo ellos, una pequeña capilla, la de los Hantei y en el centro el monumento más grande a todos los kamis, el enorme santuario a Amaterasu-oh-my-no-kami, dorado y nacarado como mil soles.

Kazumi soltó despacio tu mano mientras seguías contemplando el conjunto de aquella magnanimidad y con la sonrisa aún en los labios dijo flojito, para no despertarte de ese shock aún tan de repente:

"Aún hay más... no sólo te han traído... sino que han hablado con el Abad... con el Señor de los Templos Sagrados... con el único monje que puede decir que toda la cultura religiosa descansa sobre sus hombros... Porque este es su legado y de él dependen todos los templos del Imperio, pues él es el encargado máximo de su cuidado... por orden del Magnánimo Hantei... Él será nuestro guía... ¿no te parece maravilloso?"

El Templo de los Seis Grandes Kami...

La voz de Mitsuomi no era más que un murmullo. Los ojos del ishi recorrían ávidos las formas de los séis templos y el espacio vacío que era la colina de Togashi; el santuario del Primer Hantei destacaba entre los grandes templos precisamente por la humildad de su forma y la aparte estrechez de sus dimensiones; y el Sendero de Seppun envolvía el conjunto como la cinta que ata el pañuelo de seda con el que se envuelve un preciado regalo.

El Templo de la Diosa del Sol...

Los tejados del templo de Amaterasu eran tan amplios que parecían querer cubrir también los templos de los Kami, como si la Madre quisiese proteger a sus hijos, los Kami. A estas horas de la mañana, la madera cubierta con planchas de oro relampagueaba como una nube de tormenta preñada de rayos.

Había volado (¡sí, había volado!) hasta allí cogido por Kazumi y sostenido por los kami del aire que pretendían hacerle un regalo por el Tratado de los Elementos que él les había entregado la noche anterior. Y no sólo le habían transportado hasta aquel enclave sagrado, probablemente el más sagrado de toda Otosan Uchi, sino que además al parecer habían hablado con el encargado de los Templos para que les hiciera de guías a él y Kazumi, quien sabe con qué propósito.

Sí, Kazumi-san, me parece maravilloso -el tono de Mitsuomi era lejano, casi ausente, como si su voz no brotase de su cuerpo, extasiado en la contemplación de aquel conjunto monumental-. Había oído nombrar estos templos y esperaba poder visitarlos durante mi estancia en esta ciudad, pero casi había desistido por falta de tiempo para hacerlo.

Mitsuomi volvió la vista de los edificios al rostro de Kazumi. Podía ver los santuarios y los templos reflejados en los ojos de la joven con toda claridad: los alejos de los tejadas se confundían con las simetrías del iris y la oscuridad de cada rincón (una oscuridad clara, radiante, como no podía ser de otra manera en aquella mañana) era la misma que la de las pupilas. La sonrisa de Kazumi también era un reflejo, del cielo azul, del sol en lo alto. Si iba a visitar los templos más importantes de Otosan Uchi, no podía haber deseado mejor compañía que aquella joven, amada por el Aire.

Vamos, Kazumi-san, enseñadme lo que los kami desean que vea.

"Pero jovencito, ese es mi cometido."

Dijo una presecia que no había sido notada al llegar a su espalda. Kazumi sonrió mientrasle miraba y tu debistes darte la vuelta. Allí, detrás tuyo, estaba el bonzo del templo de la Copa de Gohuri, con su sonrisa pícara y su faz tranquila, con sus ropajes sencillos y su aire templado.

Sanzo era su nombre... ¿no?

"Encantado de volverte a ver, Isawa Mitsuomi-san, Ishi de Vacío honorable... aunque esta vez no sea en compañía de tu preciosa yojimbo, más si de otra preciosidad..."

Su tono risueño era como el piar de los pájaros, tranquilizadores... Kazumi se inclinó muy profundamente ante él y al alzarse te tiró de la manga mientras ponía una cara algo cómica, como enfadada y te decía:

"Oh! ¡Vaya! ¡Yo creí que te sería una gran sorpresa! ¡¿Por qué no me has dicho que conocías a Sanzo-sama?! ¡¿Al Señor de Todos los Templos?!"

Sanzo sonrió mientras tu le mirabas perplejo... El guardián de la pequeña reliquia era... te dio hasta cierto manero haberte topado con alguien así tan de repente, lo que hizo que Sanzo se riera con ganas. Avanzó hasta vosotros y os dijo:

"Veamos... tu, chiquilla encantadora, debes de ser esa niña tan mimada de la que me ha hablado ellos..."

Kazumi sonrió mientras asentía rápidamente. Sanzo le puso su mano en la cabeza y la acarició un par de veces.

"Encantado, Isawaw Kazumi-san, Candidata a Maestra del aire, Amada del Aire."

Kazumi rió bajito mientras el monje te miraba en tu perplejidad:

"Bueno, bueno, bueno... Bienvenidos pues a mis templos... al incio de mis templos... Seré vuestro guía... Pero, mientras andamos... Decidme... ¿Cómo os está llendo en la Capital?"

Los tres emprendísteis el camino hacia los templos con el comienzo de aquella amena charla.

Nos conocimos ayer, Kazumi-san... y a la vez no nos conocimos.

Aquel monje era... el Maestro de los 1000 templos. Mitsuomi no podía creerlo, verdaderamente se sentía perplejo. Con razón había dicho en su momento que el se ocupaba de "guardar los mayores tesoros del Imperio... aquellos que habitan en nuestros corazones y que están ocultos a los ojos de la mayoría..."

Se inclinó profundamente ante Sanzo. En principio, el modo de proceder del monje no le extrañaba, pues aquellos que aceptaban su posición en el orden de las cosas no necesitaban exponer sus títulos ante los demás y, probablemente, el bonzo había deseado tratar con él sin que Mitsuomi supiese quien era en realidad, como una especie de prueba o simplemente para conocerlo sin las máscaras que constituían los títulos y las convenciones sociales.

Se sentía a gusto al lado de Sanzo. La serena grandeza de aquel complejo religioso se reflejaba en Sanzo como si este fuese un espejo que tomase la luz del sol que se refractaba en las techumbres y paredes de los templos y la devolviese en todas direcciones, como una brillante linterna.

Mitsuomi se descubrió deseando que aquel paseo no terminase pronto, incluso aunque eso le hiciera retrasarse en su cita con Isawa Hanzo. El regalo de los kami prometía muchas maravillas por descubrir y, gracias a él, su pequeña batalla personal con el Maestro del Vacío en la Biblioteca Kasuga iba a tener un tono muy diferente del que había pensado en un principio.

En un sólo ya he podido darme cuenta de que esta ciudad es la más bella del Imperio y, por tanto, la más peligrosa -dijo Mitsuomi en respuesta a la petición de Sanzo-. Es como un milagro, fugaz, esquiva y difícil de comprender, pero maravillosa y llena de gracia. Podría compararla con una mujer, pero sería caer en un tópico.

Mitsuomi alzó la vista hacia los templos que cada vez tenían más cerca.

Un sólo día... sólo he estado en esta ciudad un sólo día y ya la temo y la amo al mismo tiempo. Reconozco que estoy aterrado por lo que sucederá en los días que vendrán, pero a la vez la sensación de trascendencia, de la importancia de mis propios actos, me anima a seguir adelante. Y luego están las sorpresas, claro...

Mitsuomi se volvió hacia Kazumi y luego hacia Sanzo con una gran sonrisa en su cara. El desconcierto de conocer la identidad de Sanzo ya había pasado y en su lugar quedaba una profunda alegría, tan intensa que no necesitaba reír para expresarla; se sentía inundado, como si en su interior yaciese en calma todo un océano.

Y no creo que me esté yendo mal. Por cada dificultad que encuentro en mi camino surge una mano tendida para ayudarme. Sí, Otosan Uchi me ha sorprendido mucho... el Imperio me ha sorprendido mucho.

Sanzo rio alegremente mientras palmeaba el hombro del ishi de vacío y miraba el sol de refilon dejando que este bañase su cara. Les señaló uno de los templos y le indicó que les siguieran.

"Seguidme... primero visitaremos a vuestro señor y luego veremos al resto de los divinos..."

Kazumi se adelantó a vosotos mientras veía cómo se acercaba al santuario de Shiba. La chica empezó a cantar haciendo que el monje sonriera y siguiera tatareando su canción.

"Bueno.. empecemos por el templo del compasivo Shiba... Qué decir de su construcción... es simple pero a la vez hermosa, llena de armonía al igual que mis hermanos que lo cuidan con esmero, cada día recitan el Tao una y otra vez para que resuene en todas las habitaciones..."

El templo de Shiba era de color anaranjado, lleno de habitaciones perfectamente ordenadas y cuadradas, algo austeras, o más bien se diría que sencillas, con pasajes del tao en todas sus paredes y pinturas de las gestas de éste. En un lugar de honor la "promersa de Shiba" cerca del que era su altar. Éste estaba en medio de patios estilizados según el zen de manera que el ki corría libremente provocando una extraña sensación de calidez y armonía. Sanzo paseaba entre ellos como parte del lugar, sin que destacase más de saber que estaba a vuestro lado. Por todos los pasillos resonaban cánticos lejanos de monjes que recitaban las virtudes del hombre y los epcados de los que se habían de alejar. Sólo os cruzásteis con un par que, afanosos, limpiaban el lugar.

Los shojis eran amarillentos y pintados con colores ocres para que no desentonaran con kanjis y paisajes de bosques. Kazumi, que parecía que iba a explotar de un momento a otro de emoción se volvió a vosotros y dijo, tratando de que no sonase muy alto y muy emocionado, algo que no consiguió:

"Esyo es precioso! ¡Cuéntenos algo! ¡Venga Mitsuomi-san dile que cuente algo de este lugar! Esta lleno de espíritus del aire! Estan bailando y cantando! ¡Nunca había visto tantos y tan contestos!!"

como si la voz de la shugenja fuera una orden para ellos el aire empezó a soplar en el pasillo y vistes como el aire se entornaba a la shugenja besando su piel con deboción, causándole incluso escalofríos, como si fuera un amante cuidadoso.

Sanzo rio al ver esto.

"Parece, Kazumi-san, que ellos también se alegran de verte."

¿Podía verlos él también??

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Isawa_Mitsuomi
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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:10 pm

Ante la petición de Kazumi, Mitsuomi se detuvo. Él realmente no deseba escuchar una historia sobre el templo, pues la estaba viendo.

Mientras permanecía inmóvil en el interior del templo de Shiba, los ojos de Mitsuomi recorrieron el lugar que le rodeaba, que le envolvía como hermoso kimono de seda.

Las dimensiones del templo eran modestas, su construcción sencilla, como no podía ser de otra manera. El lugar había sido levantado íntegramente con madera de ciprés blanco, delicada y brillante, tan capaz de brillar bajo la luz del sol como la superficie del mar. El color claro de las pilastras y los techos a menudo había sido cubierto con pinturas rojas y anaranjadas, los colores correspondientes al Kami al que había sido dedicado aquel santuario.

Mitsuomi se sentía aliviado de no ver el dorado por ninguna parte. Hubiera sido desconcertante ser deslumbrado por el brillo de todo en medio de aquella serenidad; la ostentación nunca había sido un defecto de Shiba y hubiera sido impropio en un templo dedicado a su adoración. Ni siquiera los muros decorados con grandes fénix anaranjados resultaban llamativos: las aves parecían tan adecuadas a aquellas paredes como ningún otro pájaro lo hubiese sido; la vista podía deleitarse en su plumaje llameante, como un bosque incendiado, desplegado igual que un abanico. Parecían pinturas del amanecer o del crepúsculo, el ciclo vital del sol, alzándose y muriendo en un solo día, como las flores, como las mareas; lo cual se correspondía con el fénix como símbolo de la muerte y del renacer.

Y con los fénix sobrevolando las alturas, Shiba recorría delicados caminos –suaves trazos de pincel en las mamparas y los biombos- a través de las montañas o caminaba entre cerezos o por adorables jardines. En ocasiones aparecía sentado en sencillas estancias, tan parecidas a las del propio santuario, meditando con expresión tranquila o instruyendo a otros samurai sobre las maravillas que había contemplado y comprendido.

Mitsuomi se maravilló del detalle de aquellas pinturas. Los pliegues de los kimono estaban trazados con tanta soltura y naturalidad que casi parecían reales, como torrentes de aguas en las que se reflejase el ocaso. Las nubes, el perfil de las montañas, los pétalos de las flores… cada detalle era tan delicado como una hermosa melodía.

De los pilares y de las paredes colgaban pergaminos en los que se habían trazado frases del Tao. Admiró las caligrafías, pues en la mayoría los kanji habían sido trazados con un movimiento único, sin haber levantado el pincel del papel; de manera que el resultado se asemejaba al curso de un sinuoso río o al mapa de un maravilloso tesoro.

Rubricando el conjunto había pequeñas obras maestras del ikebana y sencillos bonsái. A Mitsuomi le impresionó especialmente un conjunto de ramas y delgados palitos sin flores ni hojas que le había llamado poderosamente la atención precisamente por su esterilidad, la cual no impedía que el arreglo ¿floral? fuese depositario de una belleza extraña pero indiscutible.

Fuera de las diversas estancias, los jardines eran muy variados, pero abundaban más los jardines secos, aquellos formados por arena blanca rastrillada en la que a menudo aparecían negras rocas dispuestas sin orden aparente, como semillas o como semillas a medio sembrar.

Pero Mitsuomi pronto se dio cuenta que el verdadero tesoro del templo de Shiba no iba a descubrirlo mediante su vista.

Aquel santuario le pertenecía al oído.

De todas partes llegaban cánticos y plegarias de los monjes que rezaban y meditaban en las cámaras adyacentes. Las voces recitaban textos diferentes y Mitsuomi se esforzó por tratar de diferenciarlos todos.

De su derecha, una fuerte voz recitaba las siguientes palabras:

... un monje no reside en ninguna oración cuando hace ofrendas. No reside en la forma de la ofrenda. No reside en el sonido, olor, sabor, textura, u oración de la ofrenda. El monje debe ofrendar así. No debe residir en la forma, porque si un monje ofrenda sin residir en la forma, la virtud y bendición serán incalculables.

Se permitió una ligera sonrisa. Había reconocido aquellas palabras al instante. El Sutra del Diamante, o Sutra de la Perfección de la Sabiduría del Diamante, como lo llamaba su nombre completo, era uno de los textos más famosos de Shinsei junto con el Tao y hacía tiempo que Mitsuomi casi lo había memorizado.

Continuó la voz:

…todo es polvo, nada es polvo. Es llamado polvo. El mundo no es el mundo, sólo se llama mundo.

Aquella frase siempre había sido una de las predilectas de Mitsuomi, pues a través de ella se afirmaba una de las tesis más complejas y más difíciles de comprender y aceptar de todo el Sutra del Diamante y del shinseismo en general: que el mundo no existe, sino que es simplemente una creación de nuestra mente. El polvo no es polvo porque sea polvo, sino porque nosotros lo llamamos de esa manera, porque lo concebimos así y no de otra manera. Lo mismo sucede con el mundo en su conjunto. Todo es ilusión.

Distinguió entonces una voz a su izquierda, no tan potente como la que escuchase antes, pero sí lo suficiente para que sus palabras le fuesen reveladas con claridad.

La meditación es la constante contemplación del Vacío.
La cesación de la causa de todas las acciones es la invocación.
El saber sin oscilación es la postura.
El flujo ascendente de la mente es el agua para el culto divino.
La mente constantemente apuntando hacia el Vacío es la ofrenda.
El estar constantemente centrado en la Iluminación interior y en el infinito néctar interno, es el baño preparatorio para la adoración.
El sentimiento del Vacío en todas partes es la única fragancia.

Aquellas frases también las conocía de sobra. Pertenecían a un viejo texto de uno de los primeros monjes de la Hermandad cuyo nombre no había sido conservado. Era un pequeño tratado sobre el arte de la meditación, más filosófico y místico que práctico, pero enormemente bello.

Establecerse uno en la propia naturaleza de testigo es el arroz entero y sin descascarillar utilizado para el culto.
Crear un fuego de la conciencia en uno mismo es el incienso.
Consolidarse en el sol de la conciencia es la única lámpara.
La acumulación del néctar de la luna llena interior es la ofrenda del alimento.
La quietud es el movimiento en torno al Vacío.
El sentimiento de que yo soy el Vacío es la salutación.

Otra voz llamó entonces la atención de Mitsuomi. Provenía de algún lugar indeterminado frente a él, probablemente de la siguiente habitación. No pudo intentar comprender las palabras que acaba de escuchar y que todavía seguían llegando a su oído, pues aquella nueva voz había capturado por completo su atención.

Abstenerse del mal con la mente, abstenerse del mal con el cuerpo y las palabras, abstenerse de intoxicantes y no negligencia en las acciones. Ésta es la más grande bendición.
Respeto, humildad, contentamiento, gratitud y escuchar las oraciones en el momento adecuado. Ésta es la más grande bendición.
Paciencia, obediencia, ver a los monjes y hablar acerca del drama en el momento adecuado. Ésta es la más grande bendición.
Una mente que no se conmueve por el contacto con las condiciones del mundo, sin pesar, pura y segura. Ésta es la más grande bendición.

“Las 40 Admoniciones”. Mitsuomi había reconocido la obra de inmediato. Uno de los primeros líderes de la Hermandad de Shinsei, el Maestro Hien, había escrito una serie de preceptos para regular las primeras comunidades monásticas que se habían formando para estudiar la obra de Shinsei.

Cuánto esfuerzo para controlar lo incontrolable. Mitsuomi había estudiado en alguna ocasión el funcionamiento interno de la Hermandad y no siempre le había gustado lo que había aprendido. No creía que los monjes necesitasen dividirse tanto, ni poseer grandes monasterios con paredes recubiertas con paneles de oro y con los santuarios interiores salpicados de grandes perlas arrancadas del fondo del mar. ¿Acaso no bastaba con el cuerpo como único templo, con la mente como único sacerdote? Y si eso no era suficiente, siempre estaba el mundo, donde los grandes árboles servían de altos techos y las faldas de las montañas constituían inmejorables altares.

Pero no debía perderse en pensamiento de crítica, en razonamientos sobre asuntos tan mundanos. Las voces seguían llegando, de todas partes.

…no se puede conseguir la mente del presente, no se puede conseguir la mente del pasado, ni se puede conseguir la mente del futuro.

El Sutra del Diamante de nuevo había cobrado fuerza o tal vez era su mente que se había centrado de nuevo en esa dirección. Se sentía como una balsa sobre el mar, a la deriva entre aquellas voces que no paraban de recitar. Surgían en momentos dispares, a veces como entidades separadas, a veces como si brotaran una del interior de la otra, provocando un sobrecogedor contrapunto que caía como una ola sobre el espíritu de Mitsuomi.

En la cavidad del corazón,
situado dentro del cuerpo,
vive un no-nacido eterno.

¡El Sutra del Loto! Mitsuomi se dio cuenta de que lo había estado esperando, de que lo había buscado en aquel enmarañamiento de oraciones. Era uno de los textos religiosos que más apreciaba y se deleitó por un momento en su escucha, ignorando al resto de las voces.

La tierra es su cuerpo; mora dentro de la tierra pero la tierra no le conoce.
El agua es su cuerpo; mora dentro del agua pero el agua no le conoce.
La luz es su cuerpo; mora dentro de la luz pero la luz no le conoce.
El aire es su cuerpo; mora dentro del aire, pero el aire no le conoce.
El cielo es su cuerpo; mora dentro del cielo pero el cielo no le conoce.
La mente es su cuerpo; mora dentro de la mente pero la mente no le conoce.
El intelecto es su cuerpo; mora dentro del intelecto pero el intelecto no le conoce.
El ego es su cuerpo; mora dentro del ego pero el ego no le conoce.

Pero no pudo mantener una atención exclusiva por mucho tiempo. Saludó al pasar al Sutra del Loto y continuó internándose en aquel laberinto de rezos. De nuevo se encontró con el Sutra del Diamante, pero esta vez la voz era diferente, no tan fuerte, más delicada y parecía brotar de algún lugar a sus espaldas, si bien ya no era capaz de diferenciar las dimensiones espaciales, sumergido como estaba en aquella marea sonora.

Haz surgir un corazón que no resida en el sonido, el olor, el gusto, la textura ni las oraciones. No residas en ningún objeto externo, y haz surgir ese corazón.

Era una invitación, era una orden. No se pudo resistir, pues no deseaba hacerlo. Ansiaba fundirse profundamente en aquel entramado de voces, perderse en la inmensidad de aquel tapiz de brillantes hilos, pero colores serenos como los de la arena de la orilla, mojada por la espuma. Ya ni siquiera intentar comprender lo que oía, simplemente lo asimilaba como el alimento, incorporando cada palabra a su cuerpo, como la sangre de sus venas.

Su voz al principio surgió como todas las cosas, como un murmullo, pequeña, vacilante, todavía temerosa de mancillar la santidad del lugar, como sintiéndose impertinente. Pero pronto creció en fuerza, mientras el tono se afianzaba, ascendiendo hacia los techos de madera, cubriendo los muros pintados de rojo y naranja.

Aquí la forma es Vacío
y el Vacío mismo es forma;
el Vacío no se diferencia de la forma,
la forma no se diferencia del Vacío;
todo lo que es forma, es Vacío;
todo lo que es Vacío, es forma…

El Sutra del Corazón emergió de su garganta como el agua de un manantial que surge bajo el sol del alba y centellea bajo la luz pura del amanecer.

…en el vacío no hay forma,
ni sensación, ni percepción,
ni impulso, ni conciencia;
ni ojo, ni oído, ni nariz, ni lengua, ni cuerpo, ni mente;
ni formas, ni sonidos, ni olores, ni sabores, ni cosas tangibles, ni objetos de la mente,
ni elementos del órgano visual,
y así sucesivamente
hasta que llegamos
a la ausencia de todo elemento de conciencia mental.

El Sutra del Loto se alzó en respuesta, retorciéndose en torno a la voz de Mitsuomi como la hiedra alrededor del árbol, como dos cuerpos de manantes envueltos en sedas.

La mente que razona es su cuerpo; mora en la mente que razona pero la mente que razona no le conoce.
Lo inmanifestado es su cuerpo; mora dentro de lo inmanifestado pero lo inmanifestado no le conoce.
Lo indestructible es su cuerpo; mora dentro de lo indestructible pero lo indestructible no le conoce.
La muerte es cu cuerpo; mora dentro de la muerte pero la muerte no le conoce.

Como el viento en el interior de una caracola, las voces, incluida la de Mitsuomi, descendían en espiral, para alzarse en la frase siguiente. Diferentes tiempos, diferentes intensidades, diferentes alturas, todas diferentes, pero poco a poco cada voz iba incorporándose a las demás, ganando semejanzas con las otras, como si todas se estuviesen fundiendo en una sola.

Mitsuomi ya no se sentía como un ser independiente, sino como una voz más en un pequeño coro que poseía la fuerza necesaria como para llenar el mundo con su música. El Sutra del Corazón iba siendo desgranado palabra a palabra, como un racimo de uvas.

No hay ignorancia, ni extinción de la ignorancia,
y así sucesivamente,
hasta que llegamos a la no existencia de decadencia ni muerte,
ni extinción de la decadencia ni de la muerte.
no hay sufrimiento, ni origen, ni cesación, ni camino;
no hay comprensión, ni logro, ni fracaso.

La voz de Mitsuomi no era el eje principal alrededor de la cual se movían las otras, como si fuese el tema principal de una fuga y las demás voces realizaran el intricado contrapunto; pero a la vez sí que lo era. Todas las oraciones y plegarias, todos los textos que llenaban las cámaras del templo de Shiba eran las voces principales de la música que se estaba llevando a cabo en el interior del santuario.

El Sutra del Loto…

Todo lo permea,
es lo más puro,
no tiene cuerpo,
es indestructible,
no tiene tendones,
es inmaculado,
sin pecado,
lo ve todo,
lo sabe todo,
es lo mejor de lo mejor,
y se ha generado a sí mismo…

El Sutra del Diamante…

Todas las plegarias compuestas son igual a un sueño, una fantasía, espuma, sombra. Igual que el rocío, relámpago, así debes mirarlo.

Las 40 Admoniciones…

Autocontrol, llevar una vida noble, comprender las nobles verdades y realizar todos los deberes. Ésta es la más grande bendición.
Generosidad, practicar la oración, sostener a los familiares y acciones irreprochables. Ésta es la más grande bendición.
Cuidar a la madre y al padre, sostener la esposa e hijos y tener una ocupación que no cause daño. Ésta es la más grande bendición.
Aquellos que satisfacen éstas son invencibles en todas partes y alcanzan la felicidad en todas partes. Ésta es la más grande bendición para ellos.

El pequeño tratado de meditación de un monje sin nombre…

El silencio es la oración.
Contentarse absolutamente es la disolución del ritual de adoración.
Yo soy ese absolutamente puro Vacío es alcanzar la Liberación.
Uno que así lo comprende es un Iluminado.

En los espacios interiores del templo de Shiba, en sus jardines y en las puntas de sus tejados, se llevaba a cabo una sinfonía de rezos, una coral de palabras santas que resonaba a través de las delicadas fusamas, haciendo estremecerse cada hoja y cada pétalo de los jardines, de manera que las gotas de rocío resbalaban y caían a tierra, quién sabe si para alimentar a las semillas que han de ofrecer nuevas flores.

Ahogado por completo en aquel remolino, Mitsuomi comprendió la dicha de dedicarse por siempre a la contemplación y la plegaría. Era tan sencillo perderse, tan fácil evadirse. Escuchar sin comprender nada, asimilándolo todo como la planta recibe la luz del sol. No deseaba escapar nunca de aquella blanca nube de santidad, de aquella claridad en la que la forma se perdía y la mente se entregaba alegremente al Vacío.

De fondo se empezó a escuchar una voz diferente. Se trataba realmente de un conjunto de voces que crecía poco a poco en intensidad, como un enjambre de abejas acercándose o el rumor de un vendaval entre las hojas de los árboles. Era un sonido abrumador, como el entrechocar de espadas de dos ejércitos o el de un terremoto; un sonido imponente, intenso, que pronto devoró a las demás voces, pero no con crueldad ni violencia, sino incorporándolas a su propia grandeza, como si el coro hubiese encontrado por fin su melodía última, la cadencia final.

El Vacío es el Todo,
la Nada es el Todo.
el Todo emerge del Todo;
el Todo surge del Todo y aún así,
es la Totalidad.

Era el Tao, pero no recitado, sino cantado. Alegría, desespero, amor, compasión, furia, serenidad… Un sinfín de emociones, de sentimientos, brotaban de aquellas palabras. Las voces que entonaban aquel acorde indescriptible eran extrañas, sin parecido con cualquier posible voz humana, de hecho, Mitsuomi se dio cuenta de que realmente no las oía, sino que las sentía, desde el espacio entre sus huesos, hasta el interior de sus pulmones. Pronto supo quienes cantaban. Eran los artífices de aquel milagro, de aquella polifonía tan mundana y tan divina a la vez…

Los kami del Aire que habitaban en el templo de Shiba cantaban el Tao, al tiempo que recogían las voces de quienes oraban en el interior del santuario, como campesinos en época de la cosecha. Ellos habían obrado aquel milagro que había sobrecogido a Mitsuomi, permitiendo que cada voz se acercara a las otras, llevándolas en sus brazos a través de las paredes y los jardines, convirtiendo cada garganta en un espejo que recibía otra voz y la reflejaba convertida en la suya propia.

Mitsuomi no podía dejar de escuchar. ¡Los kami del Aire cantaban el Tao!

El Vacío es perfecto
y el Vacío es perfecto
porque solamente la perfección nace de la perfección.
Y cuando de lo perfecto
tomamos lo perfecto -¡date cuenta!-
lo restante es perfecto.

Y el silencio se hizo por un momento, por un pequeño instante, pero bastó para apartar a Mitsuomi de aquella música. Las voces de quienes ocupaban el templo volvieron a oírse casi inmediatamente, pero él ya no estaba tan predispuesto a escucharlas, igual que el reflujo aparta el agua de la orilla, así su espíritu se había retraído de la música del Aire. Sin embargo, cada vez que las olas volvían de nuevo al océano, siempre dejaban pequeños tesoros en la orilla y lo mismo habían hecho las voces en el corazón de Mitsuomi.

Aunque no era algo visible, todo su cuerpo vibraba, como la cuerda de una biwa, recorrido por los ecos de todo lo que acababa de escuchar. Su mente se hallaba sorda, muda, asimilando todo lo que había sucedido.

¿Le había sido revelado algo? No estaba seguro. Tal vez en el fondo no había pasado nada importante, tal vez para Sanzo y Kazumi aquello era algo normal, puesto que ambos podían escuchar a los espíritus del Aire y lo que estos llevaban consigo.

Sanzo y Kazumi… ¡Se había olvidado de ellos! Su mente se apartó bruscamente de todo pensamiento trascendental y su memoria le devolvió rápidamente la petición que Kazumi le había hecho minutos antes. ¿Qué habrían pensado ellos de su pequeño arrebato? Se encontraban a su espalda y él no se giró para verles, tal vez sentía algo de vergüenza o tal vez es que simplemente deseaba seguir contemplando los hermosos dibujos y las caligrafías como ríos, en un intento de conservar aquello que había sentido por un glorioso momento.

Sin volver la vista atrás ni un momento, siempre mirando hacia delante, habló, tranquilamente, con voz clara, pero baja, como si no desease perturbar la paz del lugar más de lo que lo había hecho.

Se cuenta una leyenda referente a algo llamado La Estrella de Shiba, mas no se trata de un astro que se encuentre en el firmamento.

Shiba pasó toda una noche escuchando a Shinsei conversando con el Primer Hantei y transcribiendo las palabras que se intercambiaron y que más tarde se convertirían en el núcleo principal del Tao de Shinsei.

Cuando llegó la mañana, Shiba dejó el pincel a un lado, la obra terminada. El Kami del Fénix se levantó y abrió una de las ventanas de la habitación. La luz del alba cayó sobre él con sorprendente delicadeza, como la tierna caricia de una madre a su hijo, y bañó su rostro. En ese momento, mientras Shiba mantenía la vista alzada, perdida en las profundidades del cielo inmaculado, una lágrima resbaló desde su ojo derecho.

Tal ver por las palabras que había recogido en el Tao, tal vez por la añoranza de su madre, tal vez por… Quién sabe por qué derramó Shiba aquella solitaria lágrima. El caso es que al luz de Amaterasu cayó sobre ella y la hizo relampaguear por un momento, como una estrella.

Se dice desde entonces que quien derrama lágrimas ante la contemplación del cielo del amanecer está viendo la Estrella de Shiba.

Sanzo-sama, ¿sirve esta pequeña anécdota como pago para que cumpláis la petición de Kazumi-san y nos contéis alguna historia sobre este santuario?

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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:11 pm

Sanzo se mostró muy amigable con aquella sonrisa que pintó en su rostro mientras os indicaba que le siguiérais.

"Parece que conocéis bien estas oraciones, Mitsuomi-san... sois toda una sorpresa... muy audaz..."

Dijo con tono amable.

"Erudito."

Puntualizó Kazumi alaegremente mientras se adelantaba a vosotros y parecía bailar con la nada, o mejor dicho, con los vientos.

"Muy bien... os contaré una historia... una relacionada con este templo..."

Kazumi se volvió al oir esto y te sonrió al ver que vuestras súplicas habían sido atendidas. Sanzo empezó su relato entre paneles pintados y pasillos llenados de plegarias.

"Cuando Hantei Genji viviá y los grandes Kamis habían desaparecido todos ya... se mandó a construir una serie de templos aquí en la capital para rememorarlos... El Hantei ordenó que cada uno de los Clanes decidiera cómo serían estos, en homeaje a sus fundadores y que surtieran al templo de una serie de monjes para que se encargaran de su cuidado.

Por aquel entonces muchos de los mejores ingenieros, decoradores, floristas, carpinteros,... vinieron a la ciudad para poder componer tales obras. El templo de Doji se llenó de artesanos afanosos por representar la belleza de su Dama. Robustos cangrejos cargaron con orgullo piedras macizas para el templo a Hida. Los zorros se ocuparon de benerar a Shinjo en la ausencia de los que no estaban, por respeto a sus antecesores. Extravagantes y misteriosos escorpiones mantuvieron la construcción de su templo bajo unos velos enormes para nublar la visión del curioso. Prácticos y bien documentados Ikomas plasmaron los planos del templo a Akodo. Y ningún dragón se presenció para honrar a su kami...

Asako Kuchiko era una joven henshin que apareció un día en la capital como única representante de los Fénix. Muchos se extrañaron de ello, pero nadie preguntó nada. La joven trazó ella sóla los planes y contrató a humildes obreros para que sin prisa pero sin pausas construyeran este lugar.

Cuando el resto de los templos estuvo finalizado, el de Shiba aún estaba a medio hacer, el resto se quejaba o reía de lo despacio de los preparativos, y algunos, como los hermanos Grullas, se ofrecierona ayudarles. Pero Kuchiko lo rechazó de pleno en todas las ocasiones que esto pasó con amables palabras.

Siempre decía "Cada cual debe ocuparse de su fe, y la nuestra es asentada con cada paso."

Transcurrió el tiempo y por fin el templo se irguió entre los de sus hermanos, con esta forma que veis ahora, pues por muchos desplazamiento de tierras que haya habido siempre se ha reconstruido exactamente igual que antes, con mesura y con fe "en cada paso".

Cuando sus hermanos fueron a ver el templo, muchos pensaron que tanto esfuerzo y tanta dedicación tampoco habían dado unos frutos... excesivamentes... expectaculares.

No tenía la solidez del de Hida, ni el misterio de Bayushi, no era exótico como el de Shinjo, ni tan bello como el de Doji, ni tanta utilidad en cada rincón como el de Akodo. Y, bueno, mucho menos podía compararse con el de la Gran Amaterasu...

Todos observaron perplejos esta obra sin saber qué decirle a su hermana Fénix hasta que un representante del Cangrejo, conocidos por su sinceridad llana y in escrúpulos le dijo.

"Kuchiko-san... vuestro templo... es... sencillamente... simple."

Dijo como denotando que no entendía el tiempo y el resultado, en proporción. Entonces Kuchiko miró a sus hermanos y sonriendo les contestó:

"Cuando el sabio señala la luna el necio mira el dedo."

Sanzo sonrió levemente mientras en ese justo momento los cánticos tomaban una fuerza atronadora. Y, sólo añadió:

"Por eso este templo es el que mejor refleja las plegarias, porque este es el dedo, y lo que oís... es el camino hacia la luna..."

Kuchiko les transmitió algo importante, eso sólo era un instrumento del hombre... lo importante era el fin que poseía aquel lugar, la religiosidad total al kami más humilde.

Mitsuomi escuchó la historia de Sanzo y guardó silencio por unos momentos, ponderando con cuidado cada palabra de lo narrado por el monje.

Él estaba completamente de acuerdo con lo que había hecho y dicho Asako Kuchiko, al fin y al cabo quién mejor que un henshin para entender realmente el sentido de los templos y de las ceremonias.

La religión, la adoración de las fortunas y los Kami, no era realmente algo realizado por los hombres para el Cielo, sino de los hombres para la propia humanidad. Podría decirse que realmente en los altares no se adoraba a los moradores de Tengoku, sino al dios que habita en cada uno de nosotros.

¿Acaso no había dicho Shinsei contamos historias de héroes para decirnos a nosotros mismos que también podemos ser grandes? Lo mismo sucede con textos sagrados. Rezamos plegarias y contamos historias alabando a los dioses porque deseamos caminar nosotros mismos por los dorados jardines de Tengoku. Desde el más bajo entre los eta, hasta el propio Emperador: cualquier ser mortal anhela contemplar los Reinos que se hayan más allá de las estrellas. El temor, la reverencia, el respeto... tales sentimientos no son sino máscaras tras las que ocultamos la verdadera razón de nuestra adoración hacia los dioses, la envidia.

No es un deseo malsano, sino algo natural, un pecado inevitable. Nadie desearía derribar al Sol y a la Luna de sus tronos, el deseo común es sentarse a su vera. Igual que la Nada contempló el Vacío al principio de los tiempos y sintió miedo y deseo, así los mortales se sienten aterrados cuando alzan la vista, no a causa de la inmensidad del firmamento, sino de sus propias vidas. Hay un anhelo de trascendencia en cada plegaria, un deseo de alzarse sobre el polvo que forma nubes bajo las ruedas de los carros.

El mundo puede parecer tan simple, la vida tan vacía. Es entonces cuando llega lo noche y levantamos la vista al cielo para descubrir las estrellas. Y en ese momento, cuando los ojos se llenan del reflejo de los astros distantes, se alzan los dedos de toda la humanidad y señalan a la luna que derrama su luz de plata sobre la tierra anodina.

El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona. Mitsuomi no podía ubicar aquella cita, pero era evidente la gran verdad que encerraban aquellas palabras. Cuando dormimos, la luna alta en el cielo, nuestros deseos toman forma de sueños. Y en los campos lunares de Yume-do caminamos entre árboles cargados de flores y recorremos pasillos de paredes doradas. ¡Cuántos emperadores se habrán sentado en sus tronos durante las horas del sueño!

Y el deseo de alcanzar esos sueños, nacidos a su vez de nuestros deseos más profundos, lleva al hombre a moldear su vida para satisfacerlos en la medida que es posible. Los principios morales, las conveniencias sociales, incluso el propio Orden Celestial, toda obra del ser humano brota de ese anhelo de ser más de lo que se es: un gran de arena en la orilla, una gota en el mar.

Sí, Mitsuomi había llegado a la conclusión hace mucho tiempo de que el sistema en el que se basaba la existencia del Imperio era completamente artificial, un espejismo de control y fuerza basado en el bushido que, sin embargo, se sustentaba en las debilidades más intimas de sus habitantes. El Imperio en sí era como un sueño; y algún día el durmiente se despertaría y todo terminaría. ¿Se cumpliría entonces su deseo?

Un deseo cumplido… Mitsuomi se preguntó si tal cosa podía ser posible. Los anhelos menores, por supuesto que eran satisfechos a cada momento, pero ¿qué sucedía con las ansias más profundas, los deseos que yacían en el fondo del espíritu y de los que brotaba la voluntad de cada mortal? Tal vez esos no se cumplían nunca y por eso seguía existiendo el Imperio. ¿Y los deseos de los dioses? ¿acaso podía haber algo que el Sol y la Luna no pudiesen obtener?

Mitsuomi detuvo por un momento sus reflexiones, sabedor de que tal vez estaba rozando la blasfemia. En cierta manera, sus conclusiones eran semejantes a las de quienes se denominaban a sí mismos kolat; sin embargo, él nunca cometería el error que les arrastraba a ellos hacia la traición. El Orden Celestial era algo artificial, ajeno a la naturaleza de los mortales e impuesto por unos seres de poder superior que habían caído del cielo; no era el mejor de los sistemas políticos posibles, existían alternativas, pero eso no implicaba que fuese el peor y que, por tanto, debiera ser abolido. El Orden Celestial era uno de tantos caminos hacia la luna que trataban de recorrer los habitantes del Imperio, daba un sentido a las vidas de los mortales y eso era un regalo valiosísimo. ¿Acaso no comprendían los kolat que la jaula dorada que es Rokugan, con sus miserias y glorias, con sus esplendores y abismos, permitía a los seres humanos sentirse integrados, sabedores de que sus vidas no eran en vano, que ellos eran más que el polvo del camino?

No, Mitsuomi nunca iría contra el Imperio tal y como era. A su manera, amaba al Imperio y era un leal vasallo del Emperador y serviría tanto al Hantei como a su Clan en la medida de sus capacidades mientras viviera e incluso más allá del velo de la muerte; pero eso no impedía que en ocasiones, se distanciase de todo el sistema y contemplase al Imperio con objetividad, como podría verlo un gaijin. Las conclusiones de aquellos juicios regidos por la lógica podían parecer blasfemos, propios de un traidor, probablemente arrogantes, pero Mitsuomi sabía que no eran más que una manera de obtener una perspectiva más amplia de las cosas. La Verdad sólo dañaba a quien hubiera levantado su Imperio sobre la mentira.

Sí, Mitsuomi amaba Rokugan y lo defendería a toda costa, por eso quería la posición de Maestro del Vacío y por eso se encontraba en la capital dedicando todos sus objetivos a cumplir sus deseos de paz para las tierras gobernadas por el Hijo del Cielo, Hantei XVII. Sanzo le había dicho que era el guardián de aquello que yacían en los corazones de los habitantes de Rokugan y Mitsuomi no deseaba ser menos: había un Templo de Shiba en el interior del espíritu de cada ser humano y él trataría de protegerlos a todos.

Llegaron a un patio. Mitsuomi alzó la vista al cielo y por un momento se atrevió a mirar directamente al sol que ya había tomado una posición relativamente alta sobre el horizonte. Levantó la mano derecha, no para protegerse del resplandor que le cegaba, sino para sentir la luz resbalando entre sus dedos.

Agua.

La luz es Agua.

Mitsuomi se volvió de golpe hacia Kazumi y Sanzo. En su rostro había una amplia sonrisa y sus pupilas brillaban, como si todavía mantuviesen el reflejo de la luz del sol. No parpadeaba, no había necesidad de cerrar los ojos, como si estos hubiesen asimilado el fulgor y lo hubiesen filtrado lentamente hacia el interior de Mitsuomi, hacia lo más profundo de los territorios de su espíritu.

No existe la luna –dijo entonces, con un tono resuelto y alegre, como quien ha comprendido por fin un enigma que llevaba tiempo tratando de resolver-, no debe existir. El camino que empieza en la llama del espíritu no tiene final. Nuestras metas son inalcanzables, pero no debemos abatirnos por eso, pues una simple palabra, una mano tendida, pueden disipar todo el cansancio del camino.

Su mirada volvió a posarse en las alturas, no en el sol, sino en el inmaculado cielo, apenas surcado por las nubes. Cerró los ojos y extendió los brazos hacia los lados, como quien bajo la lluvia anhela mojarse.

Llueve… Desde la tierra bajo mis pies, desde la pequeña llama que quema el incienso en los altares, desde los vientos que acarician a Kazumi-san… cae la lluvia; desde las manos de Amaterasu, desde la negrura infinita del firmamento, desde la luz de las estrellas… llueve. ¡Está lloviendo sin parar sobre nosotros!

Mitsuomi se volvió de nuevo hacia Sanzo y Kazumi, su rostro más luminoso que antes, su tono más alegre, casi arrebatado por algún furor interno.

Mostradme más, Sanzo-sama, os lo ruego. Llevadme a los otros templos, quiero verlos todos, quiero ver que maravillas habrán de mostrarme. Quiero saber cómo es la luz bajo sus tejados.

Sanzo rió tras esto y apremió a Kazmi mientras señalaba al fondo del pasillo:

"Ya has oido Kazumi-san! Volemos!!"

Kazumi rió mientras daba una vuelta sobre sus puntillas y alzaba los brazos a la nada. Como si su amada los hubiera llamado los vientos acudieron a sus pensamientos corriendo entre las fusamas en un perfecto equilibrio. Nada se movió aunque un tremendo vendabal se arremolinó entre ellos.

Por cada paso avanzaban veinte. Sin embargo, y aunque pudiera parecer extraño, el tiempo parecía ir despacio y el paisaje no se difuminaba, aunque lo cierto es que viajaban muy deprisa. Sanzo caminaba seguro pero siempre muy atento de la jovencita que corría delante vuestra hasta que la luz os dio en los ojos haciendo que lo cerrárais.

De repente os encontrásteis en medio de un enorme jardín coronado con flores azuladas, mientras majestuosas grullas sobrevolaban vuestras cabezas de estanque a estanque. La luz irradiaba con pureza divina aquel reducto en honor a la mujer más hermosa de toda la historia del Imperio, la Dama Doji.

Los cantos que resonaban de fondo eran voces dulces y en su mayoría femeninas mientras quela sólida estructura parecía un diminuto y cuidado palacio de una sola plantapero muy extenso en cuanto a edificios y jardines interiores, aparte de esa entrada tan hermosa.

"No es por ninguna razón en particular, pero esta custodiado en su mayoría por mujeres... creo que en esta generación la mayoría de los que poseen las dotes necesarios para agradar al cuidado de la diosa son mujeres..."

Dijo Sanzo mientras caminaba despacio, ya con el aire disipado, hacia el edificio. Sonrió mirándoos y tras guiñar un ojo anotó:

"Aunque claro, eso es porque sois más delicadas y sensibles... Sin hablar de bonitas!! La diosa es muy sabia jajaja"

Kazumi se sonrojó levemente al ver que la miraba atentamente, haciendola partícipe del comentario. Sanzo no le dio importancia para no sonrojarla más y se dirigió a ti, con una de esas sonrisas tan cálidas.

"Bueno, Mitsuomi-san... qué otra maravilla váis a regalarme que me haga pensar que debo contaros algún gran secreto de este templo..."

Igual que los hermanos se parecen entre ellos, las cuatro esencias elementales poseen atributos semejantes, puesto que nacen de una misma fuente, el Vacío.

Durante el veloz trayecto entre los templos de Shiba y Dama Doji, Mitsuomi había tenido la impresión de estar nadando. Mientras daba aquellos largos pasos, alzó la vista al cielo y vio grandes nubes moviéndose por él, como barcos surcando el mar. Se preguntó qué pasaría si pudiera caminar no sobre las nubes, sino a través de ellas: ¿sentiría acaso lo mismo que ahora? ¿sería como bucear entre cálidas corrientes?

La madre del Aire es el Agua, y ¿qué hijo, movido por el amor hacia su madre, no desea emularla? Y su padre el Fuego, del que sin duda hereda su ansia de velocidad, su anhelo de movimiento.

A medida que avanzaba, tal vez a través de las propias fusamas como una mota de polvo, fue despidiéndose de las voces que llenaban el templo de Shiba.

Adiós, Sutra del Diamante. Eres un loto de mil pétalos que yace en lo más hondo de mi ser. Me despido también de vosotros, libros de reglamentos, recopilaciones de admoniciones; deseo de verdad que vuestro esfuerzo no sea en vano. Vuelvo atrás el oído para recibirte por última vez, Sutra del Corazón, precioso texto que siempre floreces sobre mí como un parasol que refresca mi mente. ¿Y qué decirte a ti, amado Sutra del Corazón, fuente cristalina, prodigio de la luz? Me alejo de ti, pero continuamente te recito. Oh, Tao, que resuenas en el fondo del Todo, cantado por las piedras y las hojas de los árboles, nos volveremos a encontrar; siempre.

Como los pétalos a merced del viento, como los copos de nieve arrebatados por el vendaval, como la arena elevada por la brisa marina se movía. Creían caminar pero apenas llegaban a rozar el suelo con las puntas de sus pies. En escasos segundos recorrieron la distancia que los separaba del templo de Dama Doji, la Hija Predilecta de los Cielos.

El edificio en sí era una exquisita miniatura de cualquier palacio Grulla. El edificio principal era de una sóla altura, con los tejados ribeteados con oro. Se maravilló de la habilidad de los artesanos Kakita para conseguir que incluso la estructura más firme y recia pareciese liviana y delicada, dotada de la elegancia de una bailarina que en medio de un complicado paso mantiene el equilibrio.

Por un momento, Mitsuomi se vio asaltado por el pensamiento de que aquel edificio era una enorme flor invertida: las fusamas los pétalos, los árboles de los jardines los estambres, la angulosa curvatura de los tejados el cáliz. Lo que no veía capaz de discernir era el tipo concreto de flor: ¿un lirio igual que los que se veían por todas partes, en grandes grupos, como azules bancos de niebla? ¿acaso un loto, como los que reposaban sobre los estanques, semejantes a grandes gemas sobre lechos de seda? Tal vez lo correcto sería pensar en la rosa, la flor perfecta, o en el crisantemo, el símbolo imperial; pero el templo no daba una imagen regia o majestuosa, sino que simplemente era bello, rebosante de belleza como un tazón del que se desborda el agua.

Sí, tal era el regalo que ofrecía el templo de Dama Doji: belleza.

Una grulla alzó el vuelo desde un pequeño lago artificial situado junto a ellos. El agua se agitó, aunque sólo levemente, cuando el ave aleteó para lanzarse hacia lo alto; los lotos y los nenúfares temblaron, como estremeciéndose a causa de un escalofrío; las gotas de rocío que todavía permanecían sobre las flores acuáticas, resbalaron por el borde de los pétalos hasta perderse en el agua.

Mitsuomi siguió a la grulla mientras se alejaba volando. Por un momento, la luz del sol fue reflejada por el níveo plumaje de la grulla, cegando momentáneamente a Mitsuomi, el cual había dejado que su mirada se regodease en la perfecta blancura que cubría al ave.

Bajó la vista.

Belleza… Tan fácil de encontrar (basta una simple flor), tan sencilla de obtener (un lánguido trazo sobre un papel en blanco puede ser ya de por sí una obra de arte), pero tan difícil de apreciar y de retener. Muchos afirmaban que era imposible de conseguir realmente en este mundo en el que nada es permanente, siendo nuestro arte una burda parodia de lo que debería ser verdaderamente algo bello; otros, por el contrario, sostenían la tesis contraria: que el mundo que nos rodea es la única belleza posible, que estamos rodeados de belleza continuamente, sólo que no sabemos verla. Mitsuomi tenía su propia opinión: la Belleza, la idea suprema de ese concepto, se contemplaba al cerrar los ojos, sumiéndose en el vacío de la oscuridad, donde ni el tiempo ni el espacio existen, solo la eternidad y el infinito; donde nada deviene y todo es permanente; sólo entonces surgía la Perfección, sólo entonces surgía la Belleza en su grado más alto, la Nada.

Pero como en todo concepto creado por el ser humano, la belleza se veía sometida a grados; y Mitsuomi no podía negar que si bien el templo de Doji no alcanzaba la Belleza absoluta, para ello tendría que no-ser, sí era un lugar tan hermoso a sus ojos que pocos lugares del Imperio podría rivalizar con él.

La belleza era un concepto esquivo, aparentemente muy subjetivo, pero que había condicionado la evolución de la sociedad rokuganí desde sus mismos inicios. La estética dominaba el Imperio como ni siquiera el honor podía hacerlo, de hecho era posible que el bushido no fuese más que otra manifestación de esa obsesión por obtener belleza en cada acto. Desde la ceremonia del té hasta el ritual del sepukku, el samurai siempre que actúa busca que sus acciones, por muy violentas que sean, posean la misma belleza que despliega una grulla cuando se posa sobre el agua; incluso los Cangrejo trataban de encontrar algo hermoso en los turbios amaneceres sobre la Muralla.

Un intriga política, una táctica de batalla, un haiku, el rostro de una mujer hermosa, Amaterasu asomada ligeramente por entre las nubes, como si se ocultase tras cortinajes de madreperla… Había tantos conceptos de belleza como habitantes en el Imperio y no todos tenían que coincidir, de manera que lo que a unos les parecía hermoso para otros era anodino o, incluso, horrendo. Y, de nuevo como en todos los conceptos inventados por los seres humanos, cualquier interpretación de la palabra “belleza” era correcta, siendo el “gusto” un concepto completamente diferente, ligado a convenciones sociales más que a puros ideales estéticos. Pero había una verdad fundamental en la idea de Belleza: más hermoso que el Todo es el Vacío, que nunca cambia, que siempre permanece igual a sí mismo y, por tanto, es perfecto –pues sólo de la perfección surge la más alta belleza, aquella que culmina todos los grados como el remate final de una pagoda-.

Mitsuomi se permitió una ligera sonrisa al darse cuenta de algo. El anhelo estético del samurai sin duda proviene precisamente de ese deseo de trascendencia que daba a luz también al sentimiento religioso. La belleza y la religión son hermanas, hijas de la condición mortal del ser humano. Era lógico, entonces, que los templos estuviesen profusamente decorados, de acuerdo a los gustos de sus arquitectos. Muchos monjes rechazarían las ricas colgaduras de seda celeste que cubrían algunos pilares del templo, o la presencia de las mejores maderas en los pilares y suelos; y sin duda harían una mueca de disgusto ante la profusión de colgantes de perlas, diamantes y zafiros que adornaban el cuello de las imágenes de Dama Doji. Era también lógico que quienes rechazaban el mundo y, por tanto, se desvinculasen de la necesidad de justificar la decadencia y la mortalidad, aunque fuese sólo de forma aparente, no necesitasen de la belleza para sentirse cerca de quienes gobiernas las estrellas. Sin embargo, muchos eran los campesinos o incluso los samurais, que calmaban sus corazones cansados y afligidos, atesorando el brillo de las joyas y el delicado colorido de las telas. Mitsuomi no tenía nada que reprocharles, pues él mismo estaba gozando con el despliegue de exquisita jardinería que constituía el jardín donde se encontraban.

El templo de la Dama Doji era un tributo a la Forma de lo religioso, igual que el templo de Shiba lo era a su propósito último. Y ninguno de los dos era mejor que el otro, pues ambos representaban partes fundamentales de las que se componía toda plegaria, toda oración en silencio, toda inclinación ante un altar repleto de cirios aromáticos.

¿Y qué extrañaba a Sanzo de que sus principales cuidadores fuesen mujeres? La razón principal era tan evidente que se presentaba sin apenas razonamiento: ¿qué mejor manera que honrar a una diosa que siendo asistido por mujeres, las cuales compartían con Dama Doji los anhelos propios de la feminidad? Sin embargo, Mitsuomi pensaba que había otra razón, tal vez menos importante, pero sin duda más esotérica.

Hasta donde se encontraban, llegaban los ecos de las sacerdotisas que entonaban hermosas canciones con voces suaves y delicadas que nada tenían que envidiar en técnica o hermosura a las de las más famosas geishas de la Ciudad de las Mentiras. Mitsuomi se deleitó por un momento en aquella amalgama de melodías. No podía distinguir ni las melodías ni las letras, pero supuso que algunas debían de ser canciones de la propia Dama y que la mayoría tratarían sobre el amor y la belleza de la vida que tanto había celebrado la hermana mayor de Hantei. Pero en ningún momento se vio arrastrado al interior de aquellas cantos como había sucedido en el templo de Shiba; todo lo contrario, eran las plegarias las que deseaban llegar hasta él para abrazarle, como solícitas amantes.

El templo de Doji no pertenecía ni al Aire ni al sonido. Mitsuomi volvió su vista de las cámaras interiores al lago que tenían delante. El Agua es el Elemento más cercano al Vacío y, por tanto, el más bello de los cuatro. ¿Acaso el templo de Dama Doji, refugio de la belleza, ancestral receptáculo de la Forma, no debía estar regido por el Elemento que más se adecuaba a su propósito?

Y el Agua era el Elemento de lo femenino, era la mitad pasiva que conformaba el Vacío, en constante oposición a los violentos impulsos de la voluntad del Fuego, lo masculino en su más alta manifestación. De esta manera, el templo de Doji sin duda debía ser protegido y servido por mujeres.

Mitsumi sonrió de nuevo. Vanas elucubraciones. Estaba tratando de imponer la frialdad de lo lógica sobre aquel jardín bañado por el sol matinal. Había belleza en el pensamiento abstracto, pero no podía disfrutarse tanto como un jardín delicioso, lleno de aromas y vívidos colores combinados de la manera más idónea.

Así que Sanzo quería una “maravilla” como pago por una nueva historia, pues Mitsuomi sabía perfectamente como ofrecérsela.

Con paso resuelto, empezó a caminar hacia el pequeño lago artificial. Una vez llegado al borde del agua, se descalzó con cuidado, dejando sus zuecos perfectamente dispuestos a un lado suyo. La hierba estaba fresca bajo sus pies. Se inclinó, entonces, muy profundamente ante el lago, como si hubiese alguien en él de muy alto rango y le dijo al agua:

Kamis del Agua, más amados por mí que ningún otro, me descalzo porque no deseo mancillar suelo sagrado. Sí, deseo caminar sobre el agua de este estanque y tomar uno de esos hermosos lotos para ofrecerle al Maestro de los Diez mil Templos la maravilla que desea. Os lo ruego, sostenedme como permitís que floten sobre vosotros las hojas de los nenúfares.

Sin vacilar, pero tampoco con prisas o con arrogancia, simplemente como si diese un paso normal sobre un tatami o sobre un camino bien conocido, Mitsuomi comenzó a caminar por el agua del lago. La sensación no era distinta a la de caminar por la arena: sabía que el suelo no era sólido, pues ondulaba ligeramente, pero tenía la certeza de que no se hundiría.

En pocos instantes llegó junto a un hermoso loto de pétalos tan abiertos que parecía estar invitando a la luz del sol para que penetrara en su interior. Solicitando el perdón de la flor, Mitsuomi tomó el loto con un suave, pero preciso, movimiento e inició el camino de vuelta para salir del agua.

Justo antes de llegar de nuevo a la hierba, se inclinó para hundir el loto en el agua, como si sumergiese un cuenco para llenarlo. Cuando sacó la flor, el agua empezó a caer de entre sus pétalos, mojando las mangas del kimono de Mitsuomi. Éste murmuró unas palabras en el idioma de los kami del Agua y el líquido dejó de derramarse del interior de la flor, si bien todavía se escapan pequeños hilillos líquidos del interior de la corola.

Mitsuomi abandonó el estanque y volvió a calzarse, moviéndose con una lentitud casi deliberada, aparentando una perfecta normalidad en sus acciones. Con una sonrisa en los labios, se acercó a Sanzo y le tendió el loto rebosante de agua del estanque.

Os ruego que aceptéis este regalo, Sanzo-sama, como pago por compartir con Kazumi-san y conmigo vuestros conocimientos sobre este templo de la Dama Doji. En esta ciudad hay una copa que puede otorgar el Imperio a quien la llene. La que yo os ofrezco casi se desborda y guarda en su interior tantos dioses que ningún templo construido por la mano del hombre podría contenerlos a todos.

Una gota resbaló por la mano de Mitsuomi y cayó al suelo, perdiéndose entre la hierba.

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Isawa_Mitsuomi
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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:11 pm

Sanzo sonrió mientras caminaba a vuestro lado por en medio de los senderos rodeados de flores azuladas y coloridas de fragancias dulzonas. La paz y la hermosura rezumaban en aquel lugar y no pudistes evitar pensar en Mai, y, por qué no, en Akemi, a ambas seguro quele hubiera gustado estar allí.

Kazumi te cogió del brazo y te sonrió mientras caminaba a tu lado, parecía una niña pequeña en una juguetería, bueno, quizás como tu. Sanzo le había regalado la flor que habías cogido y ella se la había puesto en el tocado mientras parecía que a su lado el aire silvaba con una pequeña y desconocida melodía. Puede que los vientos le estuvieran susurrado lo heromsa que se encontraba en esos momentos. Kazumi no era la mujer más hermosa que hubieras visto, no tenía la exhuberancia de Asano ni esa impetreidada de Akemi pero sin duda su dulcura hacía que se viera como una chica preciosa, siempre radiante con sus sonrisas amigables.

El monje que caminaba en silencio delante vuestro empezó a hablar mientras os señalaba al templo al que íbais a entrar.

"En el interior del templo hay una estatua en la sala principal de la Dama Doji... su autor la regaló antes de dejar su vida como artista y dedicarse de por entero a este templo... La delicadeza de su rostro y de su escultura es tan vívida que realmente parece que la propia Dama Doji está dormida en el mármol... Ahorala veréis... Sin embargo... antes de esto... os contaré su historia..."

Dijo mientras miraba a ambos lados, viendo las grullas volar y separaba para esperaros y dirigirse directamente a vosotros.

"Kakita Kitashi era un bello artista del que mucho podían pensar que lo tenía todo... Sin embargo a él algo le afligía... Sabía quesus obras nunca sería recordadas porque le faltaba algo... Y día tras día se dedicaba a pensar cómo darles "ese alma" cómo hacer las belas... Inigualables...

La belleza le preocupaba en exceso... Era su máxima... y esa era su perdición, pues noches enteras las pasaba sin dormir, tratando de emebllecerse él y así sus creaciones...

Un día, se levantó en su casa y se visitó ricamente. Su aspecto era impecable y su porte más que altivo, era perfecto. Miró entonces a su mujer y le preguntó:

"¿Crees que soy hermoso? ¿El más hermoso?"

Su mujer asintió despacio y le dijo "No hay nadie más hermoso que tu marido. Nublas al sol con tu cabello y sonrojas a las flores con tu piel."

Pero él no estaba contento. Así pues, cuando visitó esa tarde a suamante le preguntó:

"¿Crees que soy hermoso? ¿El más hermoso?"

Y ella, tras asentir despacio le contestó "Eres el más hermoso, querido, las garzas envidian tu largo cuello y las estrellas el brillo de tus ojos."

Pero él no estaba contento. Así que, cuando volvió a su casa esa noche, se encontró con un invitado inesperado, un amigo suyo que pasaba de viaje y que su mujer le había invitado a pasar la noche. Afligido por este dilema, y siendo este un amigo íntimo suyo terminó por preguntarle.

"Amigo mío... ¿Crees que mi belleza es algo palpable?"

El hombre meditó sus palabras un segundo y luego le contestó:

"Eras el más bello entre nosotros, y no conozco otro hombre con una hermosura igual."

Pero aún así no estaba satisfecho con el resultado, y como todas las noches se acostó congojado por saber que su supuesta belleza ni llegaría nunca a ser perfecta ni se mantendría por siempre.

Y fue entonces cuando se percató de que si su mujer se lo decía era porque ella, como esposa, debía lisonjarle. Que su amante se lo decíapor el temor de que la abandonara y que su amigo se lo había dicho por que quería algo de él como su huesped.

Entonces comrpendió que la belleza que él buscaba nunca la encontraría en los ojos ajenos, sino que debía de sacarla de él mismo. Sólo cuando su porpio reflejo en el estanque le dijese que él era bello podría estar seguro.

Así pues dejó todo lo que poseía y se vino a vivir a la Otosan Uchi a este templo, como servidor de la belleza y de su Dama. Y fue aquí donde encontró ese reflejo en uno de estos estanques que le dijo que él era el más bello...

Y... de ahí... dice la historia es de donde salió el brillo capaz de hacer aquella obra, que fue hecha esa misma noche... y que con su terminación también terminó la agonía de la vida de ese hombre por la belleza... Partiendo en ese mismo instante de felicidad hacia el Yomi..."

Una vez en el interior del templo, Mitsuomi ya no pudo considerarlo más como una flor; pensaba más bien en una exquisita caja de laca envuelta en sedas, entregada como regalo. Y si antes había dudado en qué flor sería la metáfora adecuada, ahora era el contenido de la caja lo que no podía concretar. Al final decidió que sería un pozo sin fondo, capaz de contenerlo todo, pues tal era la verdadera dimensión del templo de Doji: la infinita amplitud de la belleza.

El recinto ocupaba un espacio mucho más amplio que el del templo de Shiba y sus pabellones y lugares de culto se contaban en un número mayor. Sanzo los guiaba por aquel perfecto laberinto de jardines y cortinas de seda con una lentitud sin duda deliberada. Mitsuomi tuvo la certeza de que el monje deseaba que vieran el templo al completo, antes de culminar su caminar en el santuario central, donde estaba la famosa estatua de Dama Doji.

Mitsuomi decidió regodearse en la belleza del lugar sin pensar en nada más, lanzándose sin miedo al interior de aquella flor, en busca del fondo inexistente de una caja de laca.

Los jardines eran perfectos (¿acaso podía ser de otra manera?), un tributo a la inigualable maestría de los jardineros Kakita y Asahina. Todos los elementos –plantas, árboles, flores, estanques, puentes y piedras- se hallan dispuestos con tanta elegancia como si se tratase de grandes obras de ikebana. Daba la impresión de que aquellas flores no se marchitarían nunca, ni siquiera podrían ser ocultadas por las nevadas del invierno. Costaba creer que aquello fuese obra de artesanos y no de ingenieros, del corazón y no de la mente, pero Mitsuomi sabía que así operaban los jardineros Grulla. “Hay que seguir sólo un principio fundamental: seguir la primera idea luego, por lo que se desprenda, seguir el propio corazón.” Así terminaba El libro secreto de los jardines, el tratado más importante sobre la creación de jardines.

Y cuando se entraba en uno de los edificios, por pequeños que este fuesen, uno se encontraba con…

Oro

Había echado de menos su presencia en el templo de Shiba, pero aquí el dorado le rodeaba completamente, como si se hallase sumergido en aceite. Pero si aquella abundancia podría haberse convertido en otro lugar en un resplandor cegador, casi inapropiado, casi obsceno, en aquel templo se tornaba una luz delicada, igual que un atardecer de verano que se contempla tras una cortinilla.

El oro nunca estaba sólo, nunca se justificaba por sí mismo, ni siquiera en los serenos dragones que ascendían por los pilares hasta el techo (escamas sombreadas con verde, ojos de marfil o madreperla). En los biombos y paredes había cielos dorados sobre mares azul oscuro, el sol brillando rojo en lo alto, y paisajes otoñales con árboles cuyas hojas se asemejaban en color a las armaduras antiguas; las grullas alzaban el vuelo o yacían erguidas, rodeándolas siempre el ocaso de primavera, cuando la luz, aún marchándose, parece saludar como recién llegada.

Como las flores de los jardines, los colores se armonizaban unos con otros a la perfección, pareciendo suaves incluso los rojos más intensos, arropando las magníficas imágenes como quimonos de la mejor factura. Mitsuomi se imaginó por un momento que, desnudo, se acercaba a las paredes y los colores y dibujos caían sobre su piel, vistiéndole.

Cuánta maravilla, se dijo, esto es bello… no hay otra forma de describirlo.

Pero entonces, mientras los techos perfumados con sándalo derramaban su perfume sobre él, vino a su mente de nuevo la historia sobre Kakita Kitashi. Antes, cuando Sanzo había terminado de contarla, Mitsuomi se había permitido una ligera sonrisa. El mundo de los monjes era sorprendente. Si el resto de los habitantes del Imperio se atravesaban sus vidas como viajeros perdidos en mitad de un bosque hostil, ellos recorrían su camino seguros de su destino y de su ruta, esgrimiendo siempre una sonrisa. Para ellos todo tenía sentido y en todas las cosas había algo que aprender; las nubes, las aves y los peces, las hermosas flores de los árboles, incluso el polvo de los caminos: el mundo entero era un sabio maestro. Cada paso era el inicio de una nueva lección, cada anécdota se convertía en una nueva parábola.

Mitsuomi no creía que las historias de los monjes fuesen todas ciertas, al menos en su totalidad. Igual que el maestro prepara sus lecciones, así el monje construye sus relatos. Probablemente, los monjes tomaban los hechos y, sin apartarlos demasiado de la realidad, los dotaban de sentido, dándoles una interpretación adecuada a la lección que deseaban impartir; básicamente, lo que hacían era añadir una moraleja evidente a cualquier relato.

Por eso, Mitsuomi había desechado pronto la historia sobre Kakita Kitashi. En un principio, el significado (la moraleja) le había parecido muy simple. Dos eran los temas o lecciones que eran discernibles en la historia: la subjetividad de la belleza y, por tanto, la necesidad de que sea uno mismo el que la encuentre; y la superioridad de la belleza del contenido sobre la belleza de la forma.

En el Tao, Shinsei explicaba que la consciencia del ser humano era “perfumada” por tres “semillas”.

La primera es la semilla del nombre. Al nombrar todo aquello que nos rodea, así como nuestros sentimientos y emociones, conceptuamos los objetos y los fenómenos sensibles, de manera que podemos “pensar” sobre ellos, relacionarlos, compararlos y distinguirlos.

La segunda es la semilla del apego al yo. Al tomar consciencia de nuestra propia existencia, aprendemos a distinguirnos de aquello que nos rodea. Shinsei distingue distintos “perfumados” de esta semilla que en conjunto trazan las líneas de la identidad.

La tercera es la semilla de “los tres mundos”. La informidad del espíritu puro, el deseo y las formas sensuales constituyen en sus permutaciones y conflictos las bases en las que se fundamenta el mundo de la quimera y del sufrimiento. Esta semilla es la fuente del karma.

Por la intervención de estas tres semillas, la consciencia crea el mundo sensible que nos rodea y que conocemos. El mundo es ilusión, subjetivo y opinable; no hay verdad permanente en él, por lo que realmente se puede afirmar que existen tantos mundos como seres pensantes.

Es por ello que la belleza no posee una definición común a todos los seres humanos, sino que tiene tantos significados como personas. ¿Cómo podemos entonces sujetarnos a las opiniones de los demás, si no son más válidas que las nuestras y nada tienen que ver con nuestro mundo propio? Era obvio que Kakita Kitashi no podía encontrar la afirmación de su propia belleza en los juicios ajenos, ya que ni su esposa, ni su amante, ni su amigo compartían el mundo que era propiedad sólo del artista. El mundo brota de nosotros mismos y es en nuestro interior donde debemos buscar su razón última, el sentido de todo lo que lo forma.

Pero si el mundo es tan relativo, tan “irreal”, ¿no es acaso una farsa tratar de encontrar nuestra felicidad en él? Dejarnos arrastrar por nuestros deseos es un pecado y al mismo tiempo una insensatez, pues nada podremos hallar que nos satisfaga plenamente. El mundo está vacío, por lo que su belleza no es más que un espejismo, pura y simple vanidad.

Y esta es la segunda enseñanza de la historia de Sanzo: la verdadera belleza no es la que nos llega a través de los sentidos, sino la rectitud de nuestros pensamientos, la serenidad de nuestros sentimientos.

Puede parecer que esto es algo completamente ajeno al ser humano, pues este tipo de belleza tan abstracto que parece más propio de dioses que de mortales. Sin embargo, es perfectamente lógico para quienes se aíslan en monasterios o cavernas inaccesibles, pues cuando renuncias a todo no queda más que la Nada y es ahí donde reside la belleza absoluta de la perfección.

Mitsuomi contempló el templo de Doji con estos pensamientos en mente. ¿Tenía sentido tanta opulencia, tanta riqueza y tanto esplendor? Si el mundo está vacío y es una ilusión, ¿por qué mantener la quimera llenándolo de joyas hasta hacerlo rebosar?

La expresión de Mitsuomi se tornó sombría –ceño fruncido, ojos tristes, labios caídos- y hasta la propia luz del sol parecía huir de él, sumiéndolo aún más en las sombras. Es que si las aseveraciones de los monjes sobre la inexistencia del mundo eran correctas, entonces la vida carecía de sentido real y la voluntad humana era digna de lástima, pues nada tenía de poderosa o de soberana.

Habían llegado al jardín que servía de antesala al edificio central del templo, en cuyo interior se alzaba la estatua de Dama Doji obra de Kakita Kitashi. Igual de esplendoroso que los jardines precedentes, aquel lugar estaba lleno de flores y árboles, con un pequeño estanque lleno de lotos justo en su centro. Mitsuomi no pudo evitar fijarse en una gran hortensia que se alzaba a un lado, rodeada de lirios y azucenas. Era grande, tal vez la hortensia más grande que había visto, semejante a una nube de mármol teñida por el alba.

No era la primera vez que veía una hortensia así…

-o0o-

Se había perdido. Aquel jardín era demasiado grande y él demasiado pequeño. Cansado de tener que continuar sus lecciones incluso estando de visita en un palacio amigo, había decidido escaparse (cuánta inocencia al pensar que podía huir de su maestro, un ishiken) en busca de experiencias más gratificantes que las duras lecciones sobre el control del Vacío.

Había corrido por pasillos y galerías desconocidos y había llegado sin pretenderlo a aquel jardín. La exhuberancia de la vegetación que le rodeó de pronto le había obligado a detenerse. Caminaba despacio, atento al más mínimo detalle. Una abeja pasó zumbando frente a él, posándose en un macizo de azaleas. La luz del sol se filtraba por entre los pétalos de los cerezos llorones, cayendo sobre él como una delicada catarata.

Mientras caminaba embelesado, oyó una voz lejana. Temeroso de haber sido descubierto, su primer impulso fue el de esconderse detrás del tronco de algún árbol o tras un seto, pero pronto se dio cuenta de que había otra voces y de que nadie se acercaba. Al parecer había algún tipo de reunión más adelante.

Curioso por naturaleza, decidió acercarse, pensando que tal vez se encontraría con algún grupo de cortesanos tramando algún tipo de maniobra política de esas que tanto le fascinaban.

Estaba equivocado. Se acercó sigilosamente, tratando de que su kimono no se enredase en los arbustos. Las voces cada vez estaban más cerca y se percató de que eran todas masculinas y que su tono parecía muy grave, casi ceremonial. Se acercó tanto como pudo al lugar donde estaban reunidos los hombres y se ocultó tras una gran hortensia de un bello color rosado. Aguzó el oído y forzó la vista a través de los pétalos, tratando de ver lo que estaba ocurriendo.

Vio un claro en medio del jardín al que se llegaba al parecer por un camino de gravilla blanca. La escena que se presentaba a su mirada era tan sorprendente para su percepción infantil, que por un momento se asustó, temiendo estar violando algún tipo de ritual secreto que no debía ser visto por nadie. ¿Qué sucedería si le encontraban espiando? Daba igual, no le importaban las consecuencias, sólo quería ver…

Había cinco hombres allí. Uno de ellos parecía ser alguien importante, no sólo por la calidad de sus ropas y la exquisita factura de sus armas, sino por el porte y la dignidad tanto de su mirada como de su postura, era como si su sola presencia dotara todo lo que estaba sucediendo de una enorme trascendencia. Otros dos hombres se hallaban sentados junto a él, uno a cada lado; sus ropas no eran tan ricas y su actitud menos altiva, pero igual de severa o más incluso, pues en sus rostros se percibía la fiera frialdad de los hombres de armas. En el centro del claro había dispuesta una esterilla de bambú, sobre la que se hallaba arrodillado un hombre que vestía un sencillo kimono blanco, ligeramente abierto; frente a él una katana sobre un soporte. De pie, junto a él se hallaba otro hombre, con la katana en alto, como si fuese a asestar un golpe, si bien en su expresión no había ni furia ni ningún sentimiento que hiciera pensar que el del kimono blanco fuese su enemigo.

Lo que más le sorprendió de todo aquello fue la mirada del hombre arrodillado. El hombre miraba al frente, aparentemente con la vista perdida en algún punto detrás del noble. Pero no era la mirada de alguien sumido en sus pensamientos, alejado de la realidad, sino todo lo contrario, contemplando aquellas pupilas, se dio cuenta de que aquel hombre lo veía todo, absorbiendo todo lo que le rodeaba con un ansia enorme que no era reflejada en su pétrea expresión. Se dio cuenta de que aquellos ojos eran semejantes a los suyos cuando se internaba en el Vacío, viendo nada y todo a la vez. Sí, aquella era la mirada del ishi y, sin embargo, no lo era; las diferencias eran sutiles, pero allí estaban. No podía explicárselo, ni siquiera intentar razonar aquellas diferencias, pero sentía como si la luz incidiera de forma diferente (absorbida completamente en este caso, reflejada como en las facetas de un diamante en los ojos de los ishi). Semejante pero distinta. Era incapaz de explicárselo a sí mismo. ¿Qué estaría viendo aquel hombre? Deseaba con todo su corazón poder ver lo mismo que él, pero al mismo tiempo algo en su interior le prevenía, diciéndole que era peligroso, que era algo malo, aunque también tuvo la repentina certeza de que algún día él también contemplaría aquel misterio

El hombre del kimono blanco tomó de pronto la katana, alejándole de aquellos pensamientos. ¿Qué estaba haciendo? ¿qué ocurría? Con una mezcla de horror y de fascinación, vio como el samurai desenvainaba la espada (cuán hermosa su hoja bajo la luz del sol) y tras hacerle una reverencia al noble que le miraba impertérrito a unos metros delante suyo, clavó la hoja en su propio estómago.

Estuvo a punto de gritar, no de miedo, sino para decirle al hombre que se detuviese, que iba a morir. Pero algo le retuvo, una repentina certidumbre de que aquel samurai sabía a ciencia cierta que iba a morir, que se estaba suicidando. Así que permaneció en silencio, observando detrás de la hortensia como la katana rajaba por tres veces el vientre. La sangre brotaba en abundancia, aunque menos de lo que él hubiese pensado en un principio.

El que se encontraba en pie con la katana en alto se movió ligeramente, como preparándose para dar por fin un golpe, pero se detuvo de pronto cuando el hombre del kimono blanco (manchado de rojo, como un nevado campo de amapolas) alzó la vista al cielo y recitó el siguiente poema:

Un regalo de despedida para mi cuerpo:
cuando desee,
espiraré.

Por un momento toda la escena se congeló, como si se tratase de una imagen pintada en una pared. Pero sólo fue algo de un instante, pues el hombre del arma desenvainada se aprestó a cercenar de un solo golpe la cabeza del que se había abierto el vientre por su propia mano.

La cabeza cayó sobre la verde hierba, manchándola como si se tratase de una amplia pincelada o como si apareciese de pronto un camino de guijarros rojos. Algunas de las gotas de sangre salpicaron los pétalos de la hortensia y él pudo ver como una gota de sangre resbalaba de pétalo en pétalo justo frente a sus ojos.

-o0o-

El recuerdo de aquella gota roja deslizándose por los pétalos de la hortensia había acompañado al joven Mitsuomi durante algún tiempo, perturbándole más aún que el hecho de haber visto como un hombre se quitaba la vida de una manera en principio tan salvaje y sin sentido (luego llegaba el bushido y entonces todo era aparecía como más razonable). No pocas habían sido las noches en las que tuviera pesadillas al respecto y a menudo cuando se encontraba con el color rojo no podía evitar pensar en la sangre. Mas a medida que crecía, sus reflexiones al respecto de aquel episodio habían ido cambiando (algunos dirían que tal cambio era debido a la madurez que comporta la edad). La repulsión, el miedo, esa perturbadora sensación de desconcierto, habían sido sustituidos por una extraña fascinación y por la belleza.

¿Acaso la sangre, patrimonio exclusivo de los eta, los impuros e intocables, podía ser considerada hermosa? Había concluido que el seppuku en sí podía ser considerado bajo el punto de vista de la estética, puesto que el ritual que envolvía el suicidio bastaba para convertir los tres cortes y la decapitación en algo cargado de moralidad y, por tanto, de trascendencia (belleza del contenido volviendo hermosa la forma), pero, ¿qué podía solemnizar y, por tanto, volver agradable a los sentidos una simple gota de sangre entre pétalos?

Mitsuomi había apartado su mente de aquellas dudas, pues otras preocupación habían ocupado su mente por aquel entonces –su duro entrenamiento como ishi, sus aspiraciones políticas, su trabajo como erudito-, pero ahora, ante el templo principal de Dama Doji había iniciado un atrevido silogismo, imperfecto, probablemente incorrecto desde el punto de vista académico, pero que parecía correcto en su intención: el agua es bella, la sangre no es más que agua roja, luego la sangre es bella. La presencia del color en principio no suponía un impedimento para la aceptación de semejante razonamiento, si bien sí que podía ponerlo en entredicho bajo un análisis profundo de la cuestión.

Partiendo entonces de que la sangre era bella (o que podía serlo), Mitsuomi siguió elaborando una nueva línea de razonamientos. De niño había percibido la sangre como algo bello, aunque sólo fuese durante un instante antes de que el miedo le asaltara, así pues incluso lo deleznable moralmente podía ser hermoso y no había nada de malo o censurable en reconocer ese valor estético, pues era algo que un niño inocente, aún no atado por convencionalismos sociales, había hecho. De esta manera, concluyó que la “semilla de los tres mundos”, la que perfuma nuestras consciencia con los conceptos de dharma (obligación y comportamiento morales) y pecado es la que nos hace concebir el mundo como algo perverso, “el mundo de la quimera y del sufrimiento”, mientras que el mundo es amoral por naturaleza, neutro, pudiendo mostrarle la belleza a un niño en algo que ese niño cuando sea adulto considerará abominable.

Era la consciencia la que corrompía al mundo y no al revés, de lo cual sólo se podía deducir que el mundo existía independientemente de la consciencia y, por lo tanto…

El mundo existe. ¡El mundo existe!

No se trataba de un desafío a Dama Doji y, por extensión al resto de Kami y Fortunas, no pretendía ofender a los Poderes de Tengoku, ni siquiera se trataba de un manifiesto en contra de las opiniones de la Hermandad de Shinsei, representada allí por el Maestro de los Diez Mil Templos; a nadie iban dirigidas sus palabras más que a sí mismo. Como quien tras una tormenta vislumbra el sol entre las nubes, Mitsuomi, incapaz de contener su alegría, había dejado que las palabras que iluminaban su mente como un gran incendio, escaparan de su interior, en para compartirlas con quien pudiera oírle, en parte como tributo al mundo que había renacido ante sus ojos y, tal vez, incluso como una manera de liberarse de aquella maravillosa revelación cuyas reverberaciones alcanzaban hasta sus más humildes pensamientos.

¿Qué estarían pensado Sanzo y Kazumi de él en estos momentos? Ambos se encontraban a sus espaldas, Kazumi portando todavía el loto que él había cortado en el estanque; quizás alguna gota estuviese resbalando en esos mismos instantes de los pétalos a los negros cabellos de la joven shugenja, para caer finalmente sobre el kimono, dejando su pequeña huella circular. En el fondo se dio cuenta de que no le importaba, pues aquel momento era sólo para él. El místico es un egoísta que contempla las cosas sólo desde su punto de vista, obteniendo revelaciones que a pesar de ser universales se convierten en algo profundamente personal. Y Mitsuomi, antes que cortesano o shugenja era un místico, un espíritu contemplativo que había sido golpeado por aquellos templos.

Como una respuesta a sus palabras, del interior del gran pabellón que se encontraba ante ellos comenzó a brotar una delicada melodía interpretada con una biwa. Los sonidos eran tan puros y la melodía tan dispersa, que las notas parecían completamente independientes, como pétalos lanzados al aire por una suave brisa.

Mitsuomi no reconoció de qué pieza se trataba hasta que apareció una hermosa voz femenina.

Levántate, amado mío,
hermoso mío, y vente.
Porque mira, ha pasado ya el invierno,
han cesado las lluvias y se han ido.
Aparecen las flores en la tierra,
el tiempo de las canciones es llegado,
se oye el arrullo de la tórtola
en nuestra tierra.

En las grietas de la roca,
en escarpados escondrijos,
muéstrame tu semblante,
déjame oír tu voz;
porque tu voz es dulce
y gracioso tu rostro.

Igual que la luz matutina o que el viento de la costa, aquella melodía acarició el corazón de Mitsuomi, apartándolo suavemente, como una madre que lleva a parte a su hijo, de todas sus reflexiones. Y él se dejó llevar, arrastrado por la marea que tocaba las orillas de su mente.

Recordó que se trataba de un poema amoroso atribuido a Dama Doji, al que años más tarde un artista Grulla había añadido música, convirtiéndolo en una hermosa canción. Ciertos eruditos ponían en duda la atribución de su autoría a Doji, considerando que el poema contenía versos de evidente carácter erótico impropios de una noble dama y más aún si esa dama era el Kami de la Grulla. En contra de estos argumentos, más moralistas y sociales que poéticos, se alzaba casi intocable, como un portentoso palacio, la gran hermosura del poema, incluso en sus imágenes más “atrevidas”.

Pero qué vanos se tornaban tales debates cuando las palabras inundaban el aire, tan frágiles como pompas, encontrando su eco en los estambres de los lirios y los tallos de los lotos. Aquella voz, acompañada por la biwa, había transformado completamente el ambiente de aquel templo: las cosas se habían vuelto más pequeñas, más íntimas, incluso la luz del sol había menguado su intensidad; pero no se había creado una atmósfera fría y oscura, triste y carente de vida, sino todo lo contrario: el jardín había reducido sus dimensiones, como una habitación iluminada tan sólo por la luz de la luna, convertidos los pabellones y los templos adyacentes en las delicadas fusamas y shogis.

Una cálida habitación nocturna sin vela que pudiese iluminarla…

El lugar perfecto para el amor…

-o0o-


El sonido de la flauta rasgó el aire. Una figura apareció en escena. La máscara y la sobriedad de las ropas evidenciaban que se trataba de un hombre, tal vez el joven hijo de algún daimyo.

Abrió un abanico blanco decorado con flores de cerezo y alzó la vista al cielo.

La luna de otoño brilla como un espejo
sin esclarecer el crimen.
El viento es como una espada
que no corta la tristeza.
Todo lo que he visto y oído
me hace estremecer.
Este otoño es mi propio otoño.

La voz era tan neutra como la expresión de la máscara, pero la melodía de la flauta delataban la tristeza que embargaba al joven.

Mientras él permanecía inmóvil, por detrás de él surgió otra figura. Una mujer, una bella joven de vistoso kimono bordado con flores de ciruelo sobre un fondo azul. Ella también se detuvo y alzó la vista a los cielos.

La visión de la luna de otoño
no es sólo para mí
y, aún así, me pregunto,
¿quién se siente como yo?

El encuentro y el amor eran inevitables. La melodía de la flauta cambiaba, transformándose en el suspirar de los amantes, en la respiración acelerada de quien espera. Surgía también el tambor, rítmico como los latidos del corazón enamorado.

Él:

Oh, cuán firmemente te amo,
tú que me atemorizas
igual que las poderosas olas
que bañan las costas de mi tierra.

Ella:

Mientras en mí quede aliento,
nunca olvidaré mi amor.
Cada día mi amor crecerá,
siempre constante.

Pero la tragedia era inevitable. Ambos morían sin consumar su amor (el por qué y el cómo de las muertes era irrelevante) y ella volvía a parecer para un monólogo final, esta vez convertida en un bello fantasma de ropas blancas y máscara triste:

Se agitan en los lugares más viejos y oscuros del mundo,
como marineros que, otrora fuertes y de ojos vivaces,
al ver su barco a punto de hundirse, no pudieron admitir
la ruina y la necesidad de huir,
y en vez de ello siguieron a bordo de su amado pecio
hasta hundirse en las tinieblas; mas no para ahogarse en ellas,
sino para continuar eternamente cuidando de sus velas,
yendo de un abismo a otro entre simas de negrura,
buscando sin esperanza como llegar a la costa;
y que ahora, en su lento y desesperado viaje,
han acabado perdiendo todo deseo de luz,
de aire o de compañía que aún aliente… A partir de ahora
buscarán los abismos más hondos,
los que más lejos encuentren del sol que han olvidado en la noche…

La voz descendía, casi callando, al tiempo que la flauta trocaba su melodía por silencio. Sólo el tambor continuaba latiendo, pero apagándose poco a poco, como si agonizase lentamente hasta morir.

Y cuando el silencio se hizo, muertos los instrumentos, el fantasma de la joven continuó su lamento entre murmullos, con los roces de la seda de su kimono como único acompañamiento:

Y un río yace
entre el ocaso y los cielos del alba,
y las horas son la distancia imposible
que se extiende entre esas mareas nocturnas…
Demasiado perdidos para temer, libres ya de todo afán,
los viajeros se hunden en la negrura
donde la oscuridad brilla como un fuego deslumbrante
a través de las seis horas de la noche.

Y entonces el silencio y la oscuridad…

-o0o-

Belleza.

Amor.

Tragedia.

¿Son acaso conceptos inseparables? ¿Son el silencio y la oscuridad el premio final de los amantes? El fantasma de la joven había juzgado muy duramente su propia condición, pero en el fondo, Mitsuomi no pensaba que tal juicio fuese descabellado. Mucho había leído sobre la “locura” que era el amor, sobre como la pasión cegaba intelectos y destruía incluso las mentes más serenas, y en un principio había estado de acuerdo con quienes opinaban que el amor sólo conducía a abismos de los que era difícil escapar; muy sensatos le habían parecido quienes en los albores del Imperio consideraron que el verdadero amor era impropio del samurai porque le impedía cumplir con el deber hacia su señor.

¿Era el amor como había pensado siempre un simple anhelo de belleza, que una vez alcanzado el objetivo se transformaba en simple pasión? Porque en ese caso la tragedia era inevitable. El amor sería como la gota de sangre que se desliza por la hortensia y que al final sería tragado por la tierra del jardín.

¿El amor es belleza, la tragedia es belleza, luego el amor es tragedia? ¿podía ser cierto tal silogismo? Los grandes dramas así lo afirmaban, uniendo los tres elementos de una manera exquisita, como un artesano que teje el bordado de un kimono y entre hermosas flores dibuja colibríes entrelazando hilos en su telar. Eso daba la razón a los pilares sobre los que se construía el Imperio, pero a la vez contribuía a convertir al samurai en algo más y menos que humano.

Sin embargo, Mitsuomi nunca había perdido la fe en la existencia de un amor plenamente puro, ajeno a la propia idea de belleza y, por tanto, liberado del deseo y de la pasión. Pero, como le había dicho a Kazumi el día anterior, un amor así sólo podría darse dejando de existir, pues sólo la Nada está libre del deseo que enturbia y contamina el amor.

¿Y de qué tipo eran sus sentimientos hacia Mai? No podía negar que la deseaba, aunque de manera muy tenue, pero eso era algo común en sus deseos, pues todas sus ansias eran débiles en su intensidad y limitadas en sus maneras; sin embargo, su amor era distante, frío en apariencia, aunque de vez en cuando podía tornarse intenso, si bien nunca excesivamente pasional, como en la noche pasada (realmente hace unas horas) cuando, sin saber realmente qué estaba haciendo, besó a la shugenja del fuego con una ternura que él mismo no se hubiera creído capaz de manifestar. Pero nunca pensaba en ella en términos eróticos. Cuando evocaba su imagen o la tenía delante, cubría su figura de metáforas, de símiles poéticos; por ejemplo, cuando entrara en su habitación por segunda vez la noche pasada, había sido su perfume de rosas lo que le había hecho pensar en ella de forma amorosa y no el delicado cuerpo de la shugenja situado (y tal vez dispuesto) frente a él.

Pero aquello no era la primera vez que ocurría, ni siquiera era Mai la única mujer en la que pensaba de semejante manera. Ahora que podía analizar sus propios anhelos eróticos, se daba cuenta de que su manera de incorporar a las mujeres a sus sentimientos amorosos era a través de la poesía. El cabello de Mai cubierto por una deliciosa fragancia de rosas, como una fuente de hermosos pétalos; los ojos de Akemi dotados de ese brillo que sólo comparten el mar y el frío acero; la sonrisa de Asano, tan semejante a la de una fiera, tan peligrosa como el brillo de la luna; la alegría de Kazumi, como un vendaval que se cobija entre macizos de flores; la serenidad de Emi, luminosa como una fruta madura que aún permanece en el árbol; incluso la torpeza de Aya, instrumento de la memoria para que vuelva la infancia. A todas las mujeres que había conocido podía compararlas con aquello que había de bello y radiante en el mundo, era como si a través de ellas encontrase algo valioso a su alrededor, como si las mujeres fuesen una ventana a la gloria del mundo. Y en principio no parecía haber ninguna distinción entre ellas, todas poseían cualidades igual de importantes, sin gradación posible.

Pero entonces, ¿por qué Mai entre todas ellas era la única a la que decía amar? ¿qué razón había para que sintiese algo especial por ella?

Ninguna, no había ninguna ra…

¡No! Con una sacudida tan fuerte como la de un carro al estrellarse contra un muro, la mente de Mitsuomi detuvo su razonamiento, en un desesperado intento por salvarle de aquella terrible conclusión.

Con tus brazos,
blancos como cuerdas de bambú,
abrazarás mi pecho,
vivo con juventud.
Suave como la nieve ligera:
nos abrazaremos y entrelazaremos nuestros cuerpos.
Tus manos como joyas
se enredarán en las mías,
y tus piernas extendidas.
Yacerás y dormirás.

La canción terminó, silenciada antes la biwa que la voz. Mitsuomi permaneció inmóvil durante unos momentos, mientras aquellos últimos versos se derramaban en su interior, cálidos como la sangre de sus venas, dulces en su lengua como la miel. Y de pronto empezó a moverse, mecánicamente, sin atreverse a pensar.

Subió con decisión, aunque casi con lentitud, los cuatro escalones que le separaban del templo principal y entró en la gran sala en cuyo centro se alzaba la gran estatua de Dama Doji esculpida por Kakita Kitashi. Pero Mitsuomi no la vio, pues antes de entrar en el recinto había cerrado fuertemente los ojos.

Y en medio de aquella oscuridad, se abrió al Vacío como tantas veces había hecho. Sus sentidos se desplegaron como abanicos en medio de la noche, casi ilimitados. Contempló la gran sala desde todos los ángulos al mismo tiempo, expandida su mente más allá de toda limitación espacial, si bien su comprensión seguía siendo igual de limitada. A pesar de que en aquel reino intermedio no existía la luz (si bien de vez en cuando se podía distinguir algún reflejo púrpura en el contorno de las formas), podía ver con toda claridad los objetos, incluso el aire era visible para él, danzando con la luz, enroscándose en torno a los rayos del sol como serpientes copulando.

Y Mitsuomi posó su mente sobre la estatua de Dama Doji; y la contempló con los ojos del Vacío. Pudo ver y distinguir cada pieza de la estatua a la vez que las veía como un todo; se sumergió en la piedra en la que estaba hecha y en lo más profundo encontró la propia idea del artista al iniciar al tallado, la forma en potencia de la futura estatua, tan diferente al resultado final como una gota de agua lo pueda ser de otra. Al mismo tiempo, observó con detalle su forma externa, su contorno que parecía desdibujarse, difuminándose en una marea de colores tan grises como la ceniza que flotaba llenando el templo. En aquella estatua pudo ver todo el proceso de su creación, pues las diferentes fases de la obra se superponían unas con otras, contando una historia simultánea, revelando la eternidad de aquella creación.

Y entonces, igual que el reflujo nocturno lo hace de la costa, la consciencia de Mitsuomi se retiró del Vacío y él abrió los ojos. Allí estaba la estatua de Doji que veían los cinco sentidos –la piedra policromada, la seda del kimono, el oro de las joyas, el blanco de las perlas, el incienso envolviéndola como una aureola-. La comparó con lo que había visto en el Vacío y la conclusión que obtuvo le hizo sonreír nuevamente, aunque de manera serena, casi aliviada: no había diferencia.

Con voz tranquila, ni muy alta, ni murmurando, recitó entonces los siguientes versos:

Las flores de cerezo han desaparecido.
Aquí en el reino de la mortalidad.
Aquí en la pesada lluvia.

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Isawa_Mitsuomi
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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:13 pm

Las sedas azuladas que colgaban como cortinas por los pasillos y las enormes estancias separadas por pequeños y delicados kichós o por fusamas entreabiertas ocultaron los pasos silenciosos de Kazumi mientras con sus dedos iba rozando las sedas. Mientras tu mente se nublaba con toda clase de pensamientos y se abría hacia la iluminación de los cánticos, apenas pudiste ver como la sonriente shugenja desaparecía ante vuestros ojos.

Cuando Sanzo y tu os percatasteis sólo su risa entre diferentes sedas había quedado, repetida incesantemente por los vientos, amantes de cada uno de los gestos y sonidos que ella profería, y eco de sus palabras.

De repente, salido de ninguna parte la voz de la muchacha empezó a resonar a la vez que entre los visillos y las fusamas se veía su silueta que se movía como una ráfaga de viento tranquila pero que ralentiza tu visión a su paso.

“Me gustan estos templos… Mucho… Y todos estos cánticos e historias me recuerdan a algo que me pasó cuando era pequeña con sensei…

Yo siempre me quejaba de que él hablaba en acertijos crípticos, como si de un iluminado Asako se tratase o como vos mismo Sanzo-sama… Y que, a mi corta edad, no podía comprenderle bien… pero lo cierto es que a veces nadie lo hacía…”


Rió entre cortinajes cuando su figura se aparecía y desaparecía entre las estancias contiguas, sólo resonando los cánticos no sus pasos. Se asomó entre unas cortinas y tras sonreír desapareció de nuevo a la vez que curiosa, miraba todas las maravillas del templo. Su voz de nuevo, clara y precisa como la mejor de las oradoras salió de todas partes para proseguir con su relato.

“Mis quejas quedaron ahogadas cuando los más mayores se las profirieron… ¡De verdad que no os podéis imaginar cómo hablaba mi sensei y el tiempo que había que emplear en comprenderle!

Entonces sucedió esto…

Los Isawas más mayores y con mayor prestigio, que poseían muchas cualidades pero no la de entender a tal iluminado pensaron en decirle que no volvería a hablar en enigmas, como si fuera un Togashi. Debería dejar de hablar en parábolas y sería más claro…

Pero el aire no es claro, el aire es voluble y las parábolas a veces son las que no cambian, las que no son mutables por lo que son las acertadas muchas veces para expresarnos, cuando nuestro fondo no es lo que cambia y si la manera de llevarla al exterior de nuestra mente… Como vendaval o brisa veraniega. Hay tantas formas!

Así pues sensei les dijo un día a estos mismos que querían que hablase claro…

“Supongamos que hay un hombre que no sabe lo que es una catapulta.- Todo el mundo conocía acerca de la afición del Maestro del Aire por las máquinas Kaius.- Si se pregunta cómo es y se le responde que una catapulta es como una catapulta… ¿Acaso se entenderá?”

Claro que no, respondieron éstos. Así que sensei les contestó:

“Entonces, supongamos que se os dice que es como un arco y que su cuerda esta hecha de bambú ¿no se comprende mejor?”

Si, debieron admitir. Así pues sensei dio esta máxima:

“Comparamos algo que un hombre ignora con algo que conoce para ayudarles a comprender, si no se me permite usar parábolas… ¿Cómo puedo aclarároslas?”

Se convino desde aquel momento a que no se le volvería a molestar en su forma de hablar…”

La voz desapareció entre los murmullos del agua correr por una caña de bambú y de repente Kazumi apareció justo tras ellos con aquella expresión aniñada y exuberante.

“Me gustan estas historias, por favor, Sanzo-sama, cuéntenos más, estoy ansiosa como Mitsuomi-san en ver el restote los templos y oír más…”

El excéntrico monje sonrió a la vez que acariciaba levemente la cabeza de la chica. “Seguidme” dijo simplemente mientras abría uno de los paneles que daba a un camino salido de la nada. Allá, siguiendo el camino de tierra batida y bien asentaba se encontraba una construcción al fondo del paisaje.

Sus muros eran gruesos, piedra y madre robusta, era más un dôjo que un templo. De una sola planta y no muy grande, más bien como una escuela de entrenamiento grande pero no suntuosa para ser el templo de un dios. La grisácea y fría piedra refulgía con las gotas de rocío de la mañana mientras resbalaba por las historias contadas en ellas. La vida del Clan Cangrejo sangraba en aquellas rocas mientras caían las lágrimas matutinas de Amaterasu. El tejado era de un azul pálido entremezclado con el gris que oscurecía el patio recordando de qué fronteras venían y contra quien luchaban. Con más que aire marcial la madera estaba trabajada con esmero y pintada con sobriedad. No hubiera destacado entre una aglomeración de edificios si no fuera por la fuerza que traspiraba.

Sanzo se adentró en el camino mientras les invitaba con un gesto de la mano a seguirle y simplemente anunció:

“El Imperio necesita unos pilares fuertes y gruesos para sostenerlo… vamos a recordarlo…”

Igual que el revoloteo de una mariposa puede atraer nuestra atención, haciéndonos abandonar incluso las tareas más importantes; así el continuo movimiento de Kazumi distrajo a Mitsuomi de sus pensamientos.

Qué velocidad, qué delicadeza, cuánta gracia en los pasos de la joven entre cortinajes. ¿Acaso danzaba? Mitsuomi se permitió una tierna sonrisa. Igual que en el templo de Shiba, el aire se encontraba a sus anchas en el templo de Doji. Intermediario entre el Cielo y la Tierra, ¿podría haber algún recinto sagrado que no gozase de la compañía de los vientos?

La grácil y juguetona voz de Kazumi relató aquella anécdota sobre el desaparecido Isawa Nakakaze. Al terminar, Mitsuomi no dudó en hablar, dejando que su voz se expandiera por el aire, como si en realidad estuviese hablándole a la brisa de la mañana.

El problema de las parábolas es que deberían ser innecesarias. Son máscaras que obligamos a llevar a aquellos fenómenos que no comprendemos. Máscaras hechas de palabras… Ojalá fuéramos capaces de ver las cosas con más claridad y pudiéramos permitir a los monjes descansar de sus koan. ¿Verdad que sería un alivio, Sanzo-sama?

No se permitió reír su propia broma, si bien cuando continuó hablando lo hizo en un tono mucho más alegre, casi como si la broma no hubiese terminado.

Os habéis equivocado, bailarina. El aire no es voluble ni tiene varias formas. El aire es aire, ni más ni menos. Somos los locos mortales quienes añadimos los adjetivos y los epítetos. ¿Por qué siempre será que escogemos los falsos, los más inadecuados? Kazumi-san, estoy seguro de que por mucho que huyeseis por cortinas y fusazas yo podría encontraros.

Esta vez sí que rió, con mucha fuerza además. La carcajada de Mitsuomi no era únicamente una expresión de alegría, sino que ella también cobraba forma el alivio del ishi por poder abandonar aunque solo fuese por un momento, el aguacero que ahogaba su mente.

Sanzo les condujo fuera del templo de Dama Doji. Mitsuomi no se despidió de las canciones que allí había oído, pues todavía estaban en él, quietas en su corazón como pájaros posados en las ramas de un árbol. Tanta belleza llenaba su pecho de tristeza, más las palabras de Kazumi habían mitigado un poco ese sentimiento, igual que el viento limpia los patios de hojarasca.

No se sintió decepcionado por el aspecto del templo de Hida. Lo había esperado así: construido a base de piedra basta, ni demasiado alto, ni demasiado ancho, pero ciertamente impresionante a causa de la solidez de sus muros. Aquel templo irradiaba fuerza. Daba la sensación de que aquel templo estaba destinado a durar para siempre, sostenido por la dura piedra que formaba sus cimientos. Al contemplar aquel edifio que tanto se asemejaba a una fortaleza, uno tenía la impresión de que ni el propio Imperio podía durar más que él. Era como una montaña tallada hasta convertirse en templo o incluso un pedazo de la Muralla Kaiu. Sí, aquella era la impresión que tenía Mitsuomi ante el templo de Hida, la de estar ante un pedazo de la Muralla del Carpintero.

Pero Mitsuomi no se sentía impresionado. De hecho, a medida que avanzaba por el interior del recinto, un gran enfado iba creciendo en su interior.

Con la honestidad propia de un samurai del Clan Cangrejo, el templo de Hida no engañaba al visitante, manteniendo en sus cámaras interiores la misma apariencia que en su exterior. La única diferencia era que a la piedra se sumaba la madera de las recias vigas que sostenían los techos, grises y pesados como cielos plomizos.

En los muros había grabados que narraban hazañas del Kami Hida, centrándose en sus batallas contra las Tierras Sombrías. También aparecía la vida de su hijo Atarais, Trueno del Clan Cangrejo que viajó junto a Shinsei hasta la morada de Fu Leng. Hida Osano-Wo, el Tronador, aparecía envuelto en nubes, esgrimiendo rayos a modo de lanzas. Pero las imágenes no se centraban únicamente en las personalidades ilustres de la estirpe de Hida y en muchos lugares se veían batallas en la Muralla entre samurais anónimos y hordas de monstruos procedentes del sur. Había muerte y sangre en aquellos muros.

Mitsuomi apretaba los puños, conteniendo la creciente rabia de su interior. Se sentía más y más insultado a medida que avanzaba. El asco y la repugnancia que sentía hacia lo que veía a punto estaban de revelarse en su mirada. Decidió caminar mirando al suelo.

Hida era uno de los Kami a los que Mitsuomi menos apreciaba, siendo Akodo el único al que podía sentirse menos cercano. No es que no valorase el sacrificio del Clan cangrejo, ni que creyese innecesaria su eterna lucha contra las Tierras Sombrías; simplemente, consideraba que el Cangrejo había cedido tanto en su lucha que casi se había convertido en una extensión de los dominios del Noveno.

Era común entre los cortesanos y quienes viven en los palacios y grandes castillos, el desprecio a los samurais Cangrejo, tachándolos de ignorantes y brutos, bestias cuya única utilidad era la de presentar batalla y morir en defensa del Imperio; incultos carentes de toda etiqueta, indiferentes a las normas de la cortesía; olían mal, se comportaban peor y sus bocas sólo pronunciaban correctamente al lanzar un insulto.

Mitsuomi al oír semejantes opiniones, las había considerado injustas, propias de nobles amanerados cuyo único talento era saber vestir a la moda y componer estúpidos poemas alabando su propia inteligencia. Pero al conocer a algunos Cangrejo se dio cuenta para su sorpresa que eran exactamente igual a como los pintaban. Fuertes y honestos, valerosos y capaces de sacrificarlo todo en su lucha; y, sin embargo, eran ciertamente unos brutos que sentían un nulo respeto hacia la civilización y la cultura. Mitsuomi se había acercado a ellos dispuesto a entenderlos y había sido completamente ignorado, pues le habían considerado “débil”. Los Cangrejo despreciaban a un Imperio al que consideraban decadente y excesivamente refinado, banal, y a menudo se lamentaban de que no hubiese sido Hida quien ganase el Torneo de los Kami.

Mitsuomi pensaba que se trataba del mismo orgullo que alimentaba el ego de los León. Se creían los únicos con derecho a habitar en el Imperio, basándose en el argumento de que eran los únicos “fuertes”. Pero realmente sólo tenían su misión para justificar su existencia en el Imperio. Ciertamente, eso bastaba de sobras para considerar al Cangrejo un Gran Clan, pero ellos parecían menospreciarse a sí mismos y necesitaban de las bravatas para sentirse fuertes. Envidiaban al resto del Imperio, pero sabían que nunca alcanzarían el esplendor de la Grulla o la paz del Fénix, así que decidían recluirse en sus tinieblas y odiar aquello que anhelaban.

Sentía lástima por ellos. El Cangrejo miraba más al sur que hacia el norte y había terminado ciego. Se habían vuelto incapaces de comprender que al defender el Imperio no protegían sólo a la gente, sino también el arte, la etiqueta, la filosofía, las fiestas y la corte. Sin todo el refinamiento “inútil”, ¿qué quedaría del Imperio sino un territorio gris? Los Cangrejo protegían el Imperio, sí, pero los demás le otorgaban un alma a Rokugan, un sentido a la vida de sus habitantes, el don de la esperanza.

Por todo ello, en su gran esquema para conseguir la estabilidad y la paz en el Imperio, Mitsuomi había relegado a los Cangrejo a una posición periférica, pues tenían una única misión, defender la Muralla, y a ella debían dedicarse sin otras distracciones. Había decidido apoyar al León frente al Cangrejo, pues consideraba a los hijos de Akodo mucho más importantes al ser considerados la Mano Derecha del Emperador.

Y ahora, en el templo de Hida, se veía rodeado por todas esas demostraciones de fuerza, por todos esos ejemplos de brutalidad y salvajismo. Los templos de Shiba y Dama Doji eran hermosos y estaban llenos de sentido, de trascendencia; por el contrario, el templo de Hida era frío, demasiado basto, casi desproporcionado en sus reducidas dimensiones, un altar a la pura fuerza, la cuera era precisamente la mayor debilidad del Cangrejo.

Por eso, Mitsuomi estaba enfadado. Se sentía despreciado entre aquellas paredes, casi insultado, como si cada piedra le susurrase “eres débil”.

Llegaron a la sala principal del templo, una gran habitación cuadrada presidida por una enorme estatua de piedra gris que representaba a Hida, cubierto por una gran armadura semejante al caparazón de un cangrejo y portando un enorme tetsubo, mientras su katana y su wakizashi colgaban de su cinto, casi ocultos a su espalda, ciertamente menos impresionantes que el tetsubo.

Mitsuomi abandonó rápidamente la contemplación de la estatua, considerándola carente de interés y se dedicó a observar las demás paredes. En la de la derecha había unos versos grabados en la piedra. Se acercó a la pared para poder leerlos mejos.

Mejor ser hierba en el camino
que la esposa de un soldado.
El lecho de bodas nunca es cálido,
pues él está en el frente.
Ella recuerda el día en que se separaron,
como caía la nieve sobre el paisaje;
él llevaba a su espalda un gran arco y pesadas flechas,
el hielo hería los cascos de su caballo.
Estando él tan lejos de casa,
¿cómo podrían tener esperanza de volver a verse?
Le entristece ver la luna y el sol
que brillan sobre ella y su esposo,
pues le aguijonean una y otra vez.
¿Cuándo terminará?
Cada noche, en vívidos sueños,
su alma vuela hasta el frente lejano.
Pero hay una regla en el ejército:
ser cuidadoso todo el tiempo
pues el soldado no puede pensar en hogar o familia,
sino que sólo piensa en la batalla.
Desde tiempos antiguos los hombres leales al deber
han aprendido a morir.

El título del poema era “Lamento de la mujer del soldado”. No figuraba el nombre del autor. Pero a Mitsuomi poco le importaba aquella ausencia. Estaba paralizado, con la vista fija en aquellas palabras, leyendo el poema una y otra vez.

Estúpido Mitsuomi, ¿cómo no te habías dado cuenta?, le gritaba una voz desde su interior. En tu arrogancia creíste que intentabas entender a los Cangrejo, pero en el fondo ya los habías juzgado igual que todos los demás. Les tienes lástima como un adulto que perdona las travesuras de un niño pequeño. Te creías superior a ellos. ¡Mira otra vez el poema! ¡Lee de nuevo esos versos! ¿Lo entiendes ahora? Los Cangrejo viven para cumplir su deber, lo sacrifican todo para llevar a cabo su misión. ¿Cómo pueden censurarles por ello? Puede que sean brutos y groseros pero, mira, lee, también son capaces de amar. Ellos dan sus vidas diariamente para que tú puedas jugar a la política en la corte. La Muralla y la Ciudad Prohibida son dos caras de la misma moneda y se necesitan mutuamente. Haz un esfuerzo por comprenderles de verdad. ¡Mira otra vez el poema! ¡Lee de nuevo esos versos! Ellos han “aprendido a morir”, ¿y tú, Isawa Mitsuomi?

Aquella voz continuó mostrándole su arrogancia, su error al pensar que su condescendencia era compasión. Cerró los ojos para frenar el avance de las lágrimas que empezaban a formarse tras sus párpados.

Desde el principio el ciego había sido él, no había entendido la verdadera naturaleza del sacrificio diario de los Cangrejo. Cada día en la Muralla se derramaba la sangre de los samurai. Mitsuomi había llegado a la conclusión de que esa sangre no hacía más que traer la oscuridad sobre los Cangrejo, por mucho que para Rokugan fuese la salvación; pensaba que los Cangrejo habían perdido la batalla contra la tristeza y se habían sumido en unas sombras de las que sólo podían pretender escapar renunciando a su alma y volviéndose duros como la piedra.

Pero era todo lo contrario, Cada gota de sangre era entregada sin un reproche, sin esperar nada a cambio. Un sacrificio puede suponer dolor para quien lo realiza, pero ese dolor no es fuente de oscuridad, sino de luz, de esperanza en que se ha ganado un pedazo del futuro. Por eso las escenas de sangrientas batalla, donde la muerte parecía cruel y omnipresente, no eran tributos a la fuerza y la barbarie, sino anhelos de paz, expresados en el lenguaje del guerrero. Los Cangrejo se lanzaban sin dudad a la lucha, pero no por afán de demostrar su fuerza, sino para proteger a quienes habían dejado atrás.

¿Cómo podía no haberse dado cuenta él, que había entregado el Tratado de los Elementos a los espíritus del aire sin ningún propósito de recuperar aquella pérdida? Los Cangrejo eran a menudo groseros y bastos, pero, ¿qué más daba? Tienen todo el derecho a serlo.

Abrió los ojos, brillantes pero ya sin amenazas de lágrimas, y volvió a leer el lamento de la pared. Por un momento creyó oír un coro de voces que recitaban los versos en el interior de su cabeza. Voces de mujeres, de niños, de ancianos y de hombres, voces de quienes habían sufrido muertes horrible y aún así se sentían felices, voces de quienes esperaban a alguien que nunca regresaría, pero que sonreían al ver las flores abriéndose en primavera. Voces que lloraban o sentían su tristeza en silencio, pero que estaban llenas de luz, de sencilla y poderosa esperanza.

Mitsuomi apoyó sus manos y su cara en la pared, sobre las palabras talladas del poema, como para oír mejor.

Disculpadme, murmuró. A todos los que habéis sufrido para defender el Imperio, a todos vosotros os pido perdón, os ruego que tengáis piedad de mi arrogancia. Nunca sabré vuestros nombres, ni conoceré jamás vuestros rostros, pero siempre estaréis en mi corazón. Perdonadme, os lo ruego

Sentía que les debía algo, incluso que se debía algo a sí mismo. ¿Un castigo para purgar su estupidez? No, simplemente otro sacrificio que rompiera definitivamente el frágil palacio de su vanidad.

No lo pensó. Apretó el puño y con toda la fuerza que pudo, golpeó con su mano derecha la pared de piedra, sobre los versos.

Los huesos de los dedos se rompieron casi al unísono, con una graciosa sucesión de chasquidos. La piel de los nudillos se levantó como la corteza de un árbol cortado y brotaron gotas de sangre. Pero de la piedra de la pared no saltó ni una esquirla.

Mitsuomi apenas pudo contener un gemido de dolor al romperse la mano. Se mordió el labio y aguantó el dolor, diciéndose que aquello no era nada comparado con lo que sufrían los guardianes de la Muralla. Se giró hacia la gran estatua de Hida y alzó su maltrecha mano hacia la efigie del Kami.

¿Es suficiente, poderoso Hida?, dijo con voz alegre. ¿He pagado asi mis agravios hacia tu gente? Mi orgullo, mi vanidad, mi voluntad guiada por juicios arbitrarios no ha podido hacer mella en la piedra de este templo, de tu templo. Yo estaba terriblemente equivocado y ahora me he dado cuenta. Os juro que nunca más volveré a menospreciar a vuestro Clan.

Bajó la mano, al tiempo que suspiraba aliviado. De alguna manera se sentía perdonado. Además, había decidido cambiar por completo sus planes con respecto a los Cangrejo: ya no estaban por debajo de ningún otro Clan, ya no debían ser apartados, sino que se había decidido a ayudarles; intentaría lograr una solución justa para el conflicto entre el León y el Cangrejo.

Se volvió hacia Kazumi y Sanzo, con el rostro iluminado por una amplia sonrisa.

No hay que temer por el Imperio, sus pilares son muy duros.

Y la risa de Mitsuomi se alzó como al amanecer en la sala central del Templo de Hida.

Kazumi dejó escapar un quedo gemido al ver lo que habías hecho y corrió a tu lado mientras veía como la sangre salpicaba las paredes que eran otra Muralla. Al llegar no toco tu mano, pero estuvo por hacerlo, mas pensó que te dolería mucho, por lo que, mordiéndose el labio algo impotente, desanudó su precioso lazo que siempre llevaba, y te vendó tu mano con él. Tiñiendo de rojo las sedas de colores vivos. Sanzo, que también había quedado un segundo parado al ver todo aquello se dirigió igualmente hacia ti y al ver el gesto de la chica sonrio quedamente. Dio un par de pasos y te cogió la mano.

Te miró alos ojos, con el augurio de "Esto te dolerá, pero, aguanta". E hizo crujir los huesos de nuevo para recolocarlos en su sitio, de donde se habían desviado, mientras anudaba con una precisión asombrosa el vendaje improvisado causando un reconfortante alivio cuando esta quedó inmovilzado de la manera correcta.

Chasqueó la lengua en negativa mientras negaba con la cabeza y al volverse para echarle otro vistazo al templo dijo bajito "Esta juventud..."

Kazumi, que no se había separado de ti, te miraba preocupada mientras parecía decirle a los vientos que trajeran a alguien para que te curase del todo la mano.

Todo apreció calmarse entonces, a la vez que el silencio invadía de nuevo el santuario...

Sanzo anduvo despacio entre los enormes pilares que sostenían quizás uno de los templos más altos de todo el Imperio. Era un monumento a la amplitud y a la parquedad que estaba lleno de pequeñas inscripciones detalladas de batallas y las historias tras estas. Puede que en un principio pareciera un altar vanaglorioso a una tradición bárbara que protegía a todos y del que todos parecían olvidarse. Sin embargo, el monje, no pudo evitar, mientras contemplaba la enorme estatua del kami más robusto, enjugarse una lágrima con la manga de la túnica.

Kazumi, que había visto como aquel espacio tan amplio sólo estaba azotado con el ronco sonido de un gong de lejos y con un leve murmullo del cántico monótono de unos sutras que daban fuerza y vitalidad. Que hablaban de levantarse tras lo imposible y de seguir siempre adelante tras toda adversidad. Ella observó como, aunque el espacio para los monjes era el más pequeño quizás de todos, y la estancia del Kami la más amplia, allí todo fluía con tranquilidad y con respeto. Los aires parecían tocar con cuidado la estatua del Kami y las paredes con los retazos del pasado. La joven shugenja frunció el ceño cuando se acercó a la estatua y vio la cara del extraño monje mientras su mano se levantaba y hacía el camino de la piedra, como si la acariciarla, pero sin tocarla.

"Es triste..."

Dijo con la voz más dulce que quizás jamás una mujer pudiera entonar mientras su mirada se llenaba de pesar. Se dio la vuelta mientras el aire se arremolinaba a su figura y parecía abrazarla mientras ella estrujaba con fuerza las faldas de su kimono e imploraba no sólo con sus palabras sino con su mirada la verdad.

"¿Por qué es tan triste?"

Preguntó ante la estatua de un dios que más que triste parecía como la tierra, en calma muchas veces, robusta siempre y colérica en otras. Sanzo sonrió con un dejez de amargura mientras asentía despacio y acariciaba el lago y moreno pelo de la niña, respondiéndole:

“Kazumi-san… sois muy perceptiva… Si… esta estatua es triste… Tanto como la historia de este templo…”

Puede que el poema te hubiera servido como preludio de lo que se avecinaba. Pues el monje tras ir hacia donde estaba y acariciarlo levemente con la yema de los dedos empezó su relato.

“Este templo… puede que sea el más triste de todos… y no sólo quizás porque algunos piensen que su estética es parca y simplona, vacía… sino por la historia que alberga…

Este poema esta dedicado a muchas historias semejantes… es tan viejo como el mundo mismo… es tan viejo como el caparazón que cargan nuestros hermanos… Y fue este el primer sitio en donde se talló… Puesto que este lugar es el epítome de sus palabras… y de su inverso…”

Su voz ahora era ronca y sonora, rasposa a veces pero siempre con un matiz expectante que atraía los oídos ajenos y que os transportaba con sus palabras a otro tiempo y a otras circunstancias, modulando la realidad al son de su voz…

“Kaiu Hamari fue el arquitecto, diseñador y constructor de esta obra… Fue elegido tras muchos honores… era un hombre admirable en muchos sentidos. Era un buen padre, un buen hermano, un buen marido, un buen amigo, un buen constructor, un buen bushi…

Todo lo que dijera de él sería quedarse poco… Porque él, ante todo, era humilde y lo que más le importaba era su familia, su bienestar y el de todos cuantos componían su Imperio y… os aseguro .- Dijo mirando directamente a Mitsuomi con una sonrisa cómplice.- que su Imperio era MUY amplio…

Cuando el señor del Cangrejo debió elegir a alguien para que reflejara las virtudes de su kami, la fuerza del Clan, su deber y ante todo, su simpleza, no pudo encontrar a alguien mejor.

Pero… he aquí la crueldad de las historias que protagonizan nuestros hermanos cangrejos…

El partió de su tierra, dejando tres hijos y una mujer a la que amaba profundamente, con la promesa de volver a verlos pronto, muy pronto. Y, tan afanoso empezó su trabajo, que en poco tiempo el templo había avanzado más que ningún otro…

Sin embargo… la amenaza pronto calló sobre él. Su mujer había pertenecido a la familia Kuni, era una mujer misteriosa y peligrosa a partes iguales, los nombres de los que como ellas trabajaban en la “caza” era nombrados con temor y cuidado y, a pesar de ser una mujer de familia, también era una samurai-ko y no dejaba sus quehaceres para con el Clan…

Cierto día, cuando Hamari estaba terminando de exculpir la estatua del Gran Hida se enteró de la noticia de que su mujer, que había estado fuera de casa por asuntos de “trabajo”, corría grave peligro... Estaba en una situación que la llevaba a un callejón sin salida cuando perseguía una criatura del Que No Debe De Ser Nombrado. La situación era de vida o muerte. O ella o el monstruoso ser.

Digo que esta historia es el revés de ese poema, porque tantas veces él había salido de su casa sabiendo que no podía volver cuando, por primera vez en su vida un trabajo no le deparaba una muerte segura, su mujer estaba en ella.

Dicen algunas historias que cuando se ilumina una estrella en el firmamento y cae por él es que el vida de un guerrero valioso se ha apagado y el cielo le llora…

Esa noche, mientras él esperaba a que vinieran a ver su obra para poder ir a buscarla el cielo lloró su pérdida…

Tantas noches en vela trabajando para volver pronto, tanto esfuerzo para mostrar lo que el Imperio nunca vería y ahora todo se apagaba… La historia de esa mujer esta pintada en estas paredes… pero para la mayoría de los visitantes no es más que un estrafalario dibujo de mal gusto…

Nadie se para a pensar que tras él hubo una familia destrozada y un marido que esperó la muerte de su ser amado mientras el cumplía otra clase de deber para con el Clan…

Nadie nunca… se para a pensar el dolor de aquellos que dicen no tenerlo… porque quizás, sus máscaras no sean de seda ni de pinturas… pero son las más perfectas… porque nos ocultan su dolor y sus penas… sus esperanzas y sus sueños…

Ahogados todos en un mar rojo… que nosotros… tan siquiera… sabemos honrar…”

Y ahora fue Kazumi la que debió enjugar una lágrima.

Mitsuomi miraba directamente el rostro de la estatua de Hida. Dio un par de pasos hacia ella, como para verla mejor. Observó aquel rostro pétreo durante un par de instantes. Finalmente, asintió, como convencido de algo y se volvió hacia Sanzo y Kazumi.

Pues a mi no me parece triste.

Había tanta seguridad en su voz, tanta certeza de que lo que decía era cierto, que sin duda Kazumi y Sanzo debieron sorprenderse por la actitud de Mitsuomi. Éste se había permitido incluso esbozar una ligera sonrisa mientras hablaba.

Considerar que la expresión de esta estatua es triste, no sólo sería insultar a Hida, sino también dar a entender que Kaiu Hamari no conocía el verdadero significado del sacrificio.

Mitsuomi fijó su mirada en el poema grabado en la pared. Lo leyó una vez más, como dándose fuerzas para evocar un triste recuerdo. Había algo de sangre allí donde había golpeado la pared, pero tan poca, apenas un par de manchas, que sin duda pocos serían los que se diesen cuenta de ello. ¿Terminaría borrando el tiempo aquella escasa huella del puño de Mitsuomi? Tal vez, pero por muchos años que pasaran él nunca olvidaría. Nunca.

Cuando era un niño y apenas iniciaba mi entrenamiento como ishi, a menudo me sentía aterrorizado ante aquellos extraños poderes que casi no podía controlar. En esos momentos, sentía deseos de huir, de abandonarlo todo. Anhelaba correr y perderme en los campos fuera de Kyuden Isawa, dejar atrás el Clan y convertirme en un campesino más, sin más responsabilidades que cuidar un campo de arroz o de trigo. Incluso, una vez llegué a escaparme y a punto estuve de escapar del palacio. Sin embargo, mi sensei, como era obvio, me encontró.

No se enfadó conmigo: no me castigó, ni siquiera me hizo reproches; simplemente, me contó una historia.

Me habló de una niña. Hermosa, alegre, querida por todos a causa de su sencillez y su humildad. Sus padres la adoraban, pero sus responsabilidades para con los Isawa les impedían estar siempre junto a ella, así que la pusieron al cuidado de una nodriza, una mujer ya entrada en años que había servido a la familia desde hace mucho.

Aquella mujer adoraba a la niña. No había tenido hijos y se volcó por completo en la pequeña, cuidándola como si se tratase de su propia hija. Pero a pesar de los cuidados que aquella buena mujer le prodigaba, la niña enfermó de unas extraña fiebres que habían caído sobre tierras Fénix.

Todos los que la atendieron dieron el mismo diagnóstico: nada se podía hacer por la pequeña y moriría sin remedio en un corto periodo. La nodriza quedó destrozada por la noticia, tal vez más que sus propios padres. Se le partía el corazón viendo como la pequeña gemía de dolor en su lecho. La anciana permanecía junto a ella todo el día, limpiando el sudor de su frente y tratando de aliviar en lo posible los dolores de la niña.

Finalmente, una noche, los dolores de la niña se recrudecieron, señalando sin duda que aquella sería la última noche. Desesperada, la nodriza aferró con fuerza la mano de la pequeña y dirigió una plegaria a Enma-O, Fortuna de la Muerte.

A la mañana siguiente, encontraron a la pequeña durmiendo tranquilamente, completamente libre de fiebre o dolor. A su lado, aún aferrando la pequeña mano de la niña, la nodriza yacía sobre el tatami, con la ropa mojada por el sudor; sufría fuertes temblores y ni siquiera podía abrir los ojos. Los padres de la niña hicieron llamar a alguien que pudiera sanarla, pero ella les detuvo con un doloroso gesto.

- No os preocupeis, nada se puede hacer por mí -dijo la nodriza con voz entrecortada-. Anoche recé a Enma-O para que intercambiara mi alma por la de la niña, de manera que yo pudiese morir en su lugar. No, no digan nada, samas, este era mi deber... salvarla... para que crezca y se convierta en una jovencita inteligente y hermosa... Así es como deber ser...

Y la anciana murió. La enterraron en un bello jardín, junto a un alto cerezo. La niña ciertamente creció tan hermosa como inteligente, de hecho llegó a convertirse en Maestra del Agua.

Sorprende que ella también sacrificase su vida para salvar a otros. Tal vez su sacrificio pueda parecer más importante que el de la anciana nodriza, puesto que dio su vida para vencer a Isawa Sora, el loco Maestro del Vacío que amenazaba con destruir Kyuden Isawa, pero ambas mujeres se sentían plenamente satisfechas al estar dando su vida por otros. Estoy seguro de que ambas murieron con una sonrisa en los labios.

Mitsuomi se volvió hacia Sanzo y Kazumi. En su rostro ya no había una sonrisa. Parecía descompuesto, como si todo su cuerpo temblase; sus pupilas temblaban, envueltas por el brillo que precede a las lágrimas.

¡Es por eso por lo que no puede haber tristeza en los ojos de Hida! Aquel que se sacrifica no se siente triste por su pérdida, incluso si está ofreciendo su propia vida, puesto que sabe que está ayudando a otros y acepta el precio de buen grado. Estoy convencido que la mujer de Kaiu Hamari no murió lamentándose de su suerte, sino feliz por toda su vida, por todas las vidas que había ayudado a salvar.

Mitsuomi guardó silencio por un momento. Respiraba de manera agitada y su frente estaba perlada de sudor, pero su mirada había ganado en claridad y brillaba, no por el llanto incipiente, sino por una fuerza interior que desafía en fulgor a la luz diurna que iluminaba aquella sala.

Kazumi-san, no derrameís lágrimas, aquí no. Sonreid. Ofrecedle vuestra mejor sonrisa a esta estatua y ese será el mejor tributo que podáis darle a Hida y al Cangrejo.

Kazumi torció la boca como digustada, mejor aún, como cuando se le riñe a un niño pequeño que cree tener razón y nos muestra una amplia gama de gestos contradictorios que van desde la negación absoluta a nuestras sensatas palabras hasta el enfado por el reconocimiento de su error. Kazumi anduvo por el templo despacio mientras le daba la vuelta a la estatua mirandola fijamente con aquella expresión entre la curiosidad por la veracidd de tus palabras y sus porpios sentimientos.

"Pueeees.... yo no trato de mancillar ni mucho menos molestar al Kami Hida... pero creo que su templo no me gusta."

Ese creo quedó totalmente encantador en sus labios. Cuando di al vuelta a la enorme estatua, hecha de una mole de mármol, fue hasta Mitsuomi y le habló:

"Este templo me habla de cosas conocidas que no me gustan... No me gustan que me pasen y no me gustan en los demás..."

Sentenció con quizás una frase que estaba más llena de significado de lo que Sanzo creería, y quizás tu inclusive. Pero ella parecía no darle más importancia que la que le daba diciendo ese simple comentario acerca de gusto escultural.

Sanzo se hechó a reir en ese momento mientras andaba un par de pasos hacia vosotros y le decía:

"Bueno, ese es el arte, a unos les gusta una cosa y a otros otra... Pero lo más importante es que siempre saquemos algo en consluicón, aunque sea un "No me gusta". Porque el pensar libremente cada vez se hace más difícil en estos tiempos en los que la mente matriz de un Clan te absorve o de un Imperio... o lo que es peor! El dejarse llevar y olvidar que la mente debe de ser entrenada con tanto vigor como el cuerpo!"

Sanzo dio un par de golpes con su bastón en el suelo y empezó a darle una vuelta a la estatua también. Mientras tanto, ese resquicio de intimidad Kazumi lo aprobechó para acercarse a tí y mirarte a los ojos fijamente.

Aquellos ojos del color de la miel, almendrados y enormes, enmarcados en aquella faz sonriente eran siempre igual de llamativos que la primera vez, aunque aquella muchachita nunca se hubiera caracterizado por ser una belleza arrebatadora.

Su manita tocó los plieges de la maga de tu kimono y lo jaló un poco para llamarte la atención mientras te deboraba con la mirada, haciendo que te perdieras en esos campos de yamabuyin dorados. (El yamabuyin es una flor japonesa dorada)

"Yo... Mamá me habló de... ella... de tu mamá... muchas veces...

Ellas se conocían... eran buenas amigas... O por lo menos eso siempre me dijo... Ella siempre me recuerda que me parezco más a tu madre que a ella misma... siempre me ha dicho que parecía que se hubieran cambiado los hijos.áPuesto que tu carácter es más parecido al suyo, meditabundo...

Tu madre... fue la primera en saber de mi nacimiento e iba a ser mi protectora en el caso en que, desafortunadamente y los kamis no lo quieran, a mis padres les pasara algo...

Y... sin embargo... siempre me cuenta que... cuando fue a ella a quien le pasó y te alejaron de nostros para que te convirtieras en un Ishi... se le partió el corazón... Mi madre quería que tu fueras el Maestro del Agua de un futuro, para así poder ayudarte..."

Kazumi bajó la mirada un segundo mientras el rubor se arremolinaba con una intensidad brutal en sus mejillas.

"Yo... nunca te lo he dicho... Porque siempre he pensado que me verías como una extraña... Pero... ahora... aquí... en Otosan Uchi... en este templo... Yo..."

El rojo encarnado era ya casi tan vigoroso como el de sus rosados labios y le daba un toque aniñado mayor, con su rostro escondido entre el flequillo y lasondulaciones de su cabello suelto ahora.

"Yo... siempre te vi como el hermano que no pude ver... como si tuviera uno lejos... Estudiando en tierras Cangrejo... Muy lejos mía... Te veía allí, en el patio... Me tenían dicho que no me acercara a tí, que te molestaría y que te distraería... Yo... siemrpe he sabido quien eras... y aunque deseara mucho acercarme yo... yo..."

Un par de lágrimas salieron de sus emotivos ojos mientras los apretaba fuerte para no dejarlas escapar y se inclinaba como parahacerte una reverencia.

"Sumimasen!"

Dijo con un tono ahogado dándose la vuelta para ir a parar, dando pasos ligeros y rápidos, unos metros lejos de ti, apoyada entre columnas de piedra caliza, respirando sofocadamente con su faz escondida entre sus largos cabellos negros.

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Isawa_Mitsuomi
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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:14 pm

Mitsuomi se volvió hacia el poema de la pared. No deseaba leerlo de nuevo, pero había dos razones para volver la cabeza y desviar la mirada de la deliciosa figura de Kazumi.

La joven shugenja parecía avergonzada por sus propias palabras. Mitsuomi deseaba darle aunque fuese un momento de intimidad para que se recompusiese. No era sólo un gesto de cortesía, aquellas actitudes le desconcertaban. Apenas llevaba más de un día y varias mujeres habían inclinado la cabeza ante él, pidiéndole perdón por palabras que expresaban sus sentimientos. Si bien era algo normal en el Imperio el ocultar los propios sentimientos, al menos dentro de la casta samurai, Mitsuomi se preguntaba si tal manera de obrar era la acertada.

Pero Mitsuomi no apartaba la vista solo por educación, sino para refugiarse él también en un pequeño espacio de soledad resguardado de cualquier otra mirada. Las palabras de Kazumi habían causado un fuerte impacto en él, pues habían despertado viejas tristezas, los recuerdos de la soledad en la que había transcurrido la mayor parte de su infancia.

No se había sentido desgraciado de pequeño, ni tampoco despreciado o poco querido. Su padre le había prodigado unas atenciones que en ocasiones podrían haberse considerado excesivas, casi como si desease compensar la falta de su madre; su sensei, el ishi que le había guiado por los senderos del Vacío, no había sido nunca demasiado severo y no tenía ningún recuerdo amargo de nadie a quien hubiese conocido en aquella época. Sin embargo siempre había echado de menos la presencia de algún hermano o hermana con quien poder hablar en los momentos de ocio, un amigo cercano con quien poder intercambiar confidencias y progresos en el estudio de la magia.

No podía atreverse a afirmar que su infancia hubiese sido desgraciada, pero siempre que evocaba aquellos años (como durante la conversación con Asako Emi aquella misma mañana) no podía evitar que la tristeza le invadiese. Ahora, siendo un adulto, podía racionalizar sus sentimientos y darse cuenta de que no había una justificación real para sus lágrimas durante alguna tarde de invierno en la que permanecía en su habitación sin nada que hacer, sin nadie con quien hablar. No debia sentir aquella triste, pero ahí estaba, insistente, como una hiedra que se aferrase desesperadamente al tronco del árbol.

Hubiera dado lo que fuese por librarse de aquellas emociones. Se sentía sucio al sentir aquello, pues en esos momentos pensaba que no era más que un egoista, un hombre que no había sido capaz de madurar en lo más profundo de su alma, allí donde nacían sus deseos más recónditos.

De pronto, se volvió otra vez hacia Kazumi. No había habido ningún pensamiento consciente que provocase aquel movimiento. Se encontraba mirando (sin ver realmente) una pared con versos tallados en la piedra y de repente su cuello realizaba un brusco giro y la pequeña figura de Kazumi, el rostro oculto tras las mangas del kimono, aparecía nuevamente ante sus ojos.

Se descubrió observándola con una intensidad completamente inapropiada. Sus ojos recorrieron el delicado cuerpo con una avidez casi sexual, como quien calibra el valor de una prostituta desnuda en medio de la habitación. kazumi no poseía la belleza de Akemi ni la sobria madurez de Asako Emi, pero sí poseía el encanto de la juventud, un candor, una máscara de inocencia que Mitsuomi empezaba a encontrar terriblemente atractiva. Le asaltaron pensamientos que nunca se hubiese atrevido a albergar. ¿Se habría resistido ella si él hubiese hecho una proposición? Oh, cómo hubiese gozado al recibir un sí de aquellos dulces labios, rojos y brillantes como la piel de las cerezas. Tomarla hubiese sido como envolverse en una cálida brisa del alba, con la luz del sol acariciando la hierba bajo sus pies (no, no hubiese sido entre sábanas, en una habitación privada, sólo podía imaginándose yaciendo con Kazumi en mitad de un campo de amapolas o de lirios).

¡Basta! ¿Por qué estaba pensando aquello? ¿por qué le asaltaban semejantes deseos, ansias tan primarias como ajenas a él? Intentaba reprocharse semejantes pensamientos, pero algo en su interior le decía que no había nada que se lo impiedese: ambos eran adultos y era evidente que su relación con Mai había acabo después de lo que había descubierto en el templo de Doji. Era libre para amar a quien desease.

¡Pero es que aquello no era amor, sino puro deseo sexual! No consideraba que las pasiones fuesen algo negativo que hubiese que suprimir por completo o en todo caso reprimir para que nunca viesen la luz del sol, pero es que aquello no podía ser, él no era así.

Consiguió serenarse, apagando poco a poco aquellas luces rojas que brillaban descontroladas en el interior de su cabeza. Su percepción fue cambiando lentamente, hasta que pudo recuperar por completo el control de sus pensamientos y de sus deseos. Había vuelto la melancolía, la tristeza por la infancia solitaria.

Kazumi-san, nada me hubiese hecho más feliz en aquellos tiempos que contar con vuestra sonrisa -dijo con suavidad, al tiempo que sonreía de forma tranquila, intentando que Kazumi apartara su turbación- Pero el pasado es el pasado y para nosotros, los mortales, el tiempo no es un círculo, sino una línea recta. No nos encontramos cuando éramos niños, pero lo hemos hecho ahora. ¿Queréis ser mi amiga, Isawa Kazumi-san?

Las acarameladas orbes de los ojos de la pequña Kazumi salieron de entre las mangas coloridas y largas de su kimono y te observaron un segundo mientras empezabas a hablar a la vez que empezaba adestaparse, viendose sus rosadas mejillas acrecentadas aún en un leve rastro por el rubor.

Tal y como habías pensado Kazumi no poseía una belleza arrebatadora, sin embargo era tal el brillo que irradiaba, una mezcla de dulcura infinita como una diosa madre, inocencia y a la vez aquella estela semiescondida que llevaba a su doblez en el su caracter, aquel que era más serio, si que podía hacerla atractiva a los ojos de los hombres, quizás como tu habías experimentado.

La Amada de los Vientos unió sus manos sobre su regazo mientras levantaba poco a poco su cabeza y se le veía mejor su rostro tras la ocultación de su negro flequillo, ahora, junto a todo su cabello, suelto y algo salvaje, que no la afeaba sino que le daba un toque exótico a su apariencia aniñada.

Sonrió. Era de aquellas personas que cuando sonreían nublaban al sol por muy rabioso que brillara. Porque su sonrisa era capaz de curar heridas, las del corazón, que eran las más difíciles y las que ninguna medicina puede hacer.

Se acercó a ti un par de pasos, dejando una corta distancia, íntima, pero sin ser molesta, puesto que rozaba tu "zona de seguridad" aquella que todo rokuganes tenía para no sentirse incómodo pero no la invadía. E incluso hizo un amago de tenderte su mano, o quizás de coger la tuya.

"De ahora en adelante.- Dijo con suavidad.- Quiero que cuentes conmigo para cualquier cosa. Para mí nunca será muy tarde para escucharte o para estar contigo. Aunque sea en mitad de la noche yo te abriré mis puertas para que puedas pasar ¿vale?- Sonrió de nuevo.- Nunca volverás a estar solo, Mitsuomi-kun, nunca más."

Y tras esto de nuevo sonrió y bajó la cabeza mientras sonreía como si estuviera emocionada y lo contuviera. Aunque sin duda quizás debiera haber sido más clara en sus términos... ¿o esa era tu idea después de haber pensado todo aquello con respecto a ella? Deberías meditarlo... era tu imaginación, pero últimamente esta misma estaba muy activa...

La figura de Sanzo, que caminaba rodeando la estatua despacio, se empezó a vislumbrar tras unos momentos de intimidad. Iba absorto mirando la perfección de los detalles y cuando llegó a vosotros os dijo:

"Bueno... es hora de pasar al siguiente templo... Hay que darse prisa porque saldremos fácil de éste pero no os lo aseguro del siguiente..."

Y tras esto último dejó escapar una risilla sarcástica mientras os dirigíais a la salida de aquel lugar...

Cuando la luz del sol inidió en tus ojos debistes taparte un poco con la mano, lo cual, hasta que no se te hizo la vista a la luz dejó en sorpresa el siguiente patio y... cuando pudistes ver...

Un sendero de arena dorada discurríaentre un mar de carmín y sangre... Una estela de mantas de rosas rojas brillantes y abiertas a la brisa mañanera recorrían la distancia entre un templo y el siguiente. Unas extrañas variedades de flores negras hacían dibujos en las esteras de rosas representando escorpiones con tanta nitidez que llegastes a creer que realmente eran unos gigantes. Mientras avanzabas por ese camino dorado entre el carmín en la lejanía se veía un enorme laberinto de setos que protegía de tu mirada el tejado del templo que se veía en el cercano horizonte, custodiad de las miradas.

Sanzo dejó que andarais algo perdidos por los laberintos de setos antes de llegar al templo, divertido al veros como tratabais de ser lógicos a la hora de encontrar un camino que, de por seguro, no sería el lógico.

Y por fin el templo del Kami Oculto apareció de la nada, tras una última pared de verdes enredaderas. Tan de repente que casi pensastes que te podía haber tragado.

Su arquitectura era muy clásica, sin embargo, no te pasó por alto que la forma de él no era cuadrado, sino sería octogonal quizás, o puede que como un dodecaedro... Sin duda, jugar con los espacios diferentes le daría una disposición interior más que peculiar.

"Todas las noches los monjes del templo cambian la distribución de los paneles para que sea prácticamente imposible saber a ciencia cierta por dónde se va hacia la sala principal..."

El se adentró, sin parecer importarle mucho su porpia advertencia mientras anotaba risueño:

"Tenéis suerte, son además los más reticentes en dejar ver su Sala Sagrada... Si los visitantes no lo consiguen en el tiempo determinado es que no son aptos para ese honor... Pero nosotros tenemos tiempo de sobra..."

Se volvió hacia vosotros, los cuales entrabais despacio y observandolo todo con mucha atención y os dijo desafiante:

"Aunque si queréis haremos una apuesta... Nos separaremos y nos encontraremos en el centro del templo, en la Sala del Kami, en el tiempo que dejan los monjes. Si lo conseguís os contaré una historia... Sino... deberé ir a buscaros jejejeje"

Kazumi abrió los ojos de par en par mientras unñia sus manos delante de su pecho, era como si le hubieran propuesto un juego a un niño de siete años, la misma reacción.

"¡Yo acepto!"

Dijo divertida. Sanzo te miró. ¿Y tú? ¿Aceptas el reto del Templo del Kami Oculto?
MItsuomi no pudo evitar reír ligeramente tras las palabras de Kazumi.

Por mi parte, Kazumi-san, podéis contar conmigo para lo que queráis, aunque si venís en mitad de la noche tal vez me cueste algo despertarme.

Volvió a reír tras aquella broma. Las palabras de la joven le habían hecho muy feliz. Sin embargo, una voz le advertía en su interior. ¿Podía su amistad con Kazumi ir en detrimento de la candidatura de Arousou? Porque claro, ella le podría pedir ayuda contra el otro candidato. En el fondo no pensaba que tal fuese el caso y, de todas maneras, si su amor (¿amor? qué falsas podían sonar algunas palabras en ocasiones... y qué dolorosas) por Mai no habría sido impedimento para las opciones de Isawa Seiryo, tampoco su amistad con Kazumi debía de serlo para la candidatura de Isawa Arousou. Había decidido no entrometerse en las elecciones de los demás Maestros. Las cosas debían seguir su rumbo natural y sólo los mejores debían alcanzar el puesto deseado.

Así que dejó a un lado todas las preocupaciones y se limitó a regodearse en aquel pedazo de felicidad.

Esta ciudad es tan sorprendente... ¿Quién podría decir que algó así podría suceder en el interior del Templo de Hida? Es como si los milagros ocurriesen con más falicidad en Otosan Uchi.

Entonces, Sanzo les llevó al templo de Bayushi. Ciertamente, Mitsuomi había esperado algo intrincado y oscuro, un templo que realmente fuese una máscara de otro y éste a su vez una máscara más; y así hasta el infinito. Al fin y al cabo Bayushi no era un Kami fácil de comprender, al igual que el Clan que había fundado, es probable que ni siquiera Togashi fuese más enigmático.

Sanzo les propuso el reto. Mitsuomi no era bueno con los laberintos y lo sabía. Su sentido de la orientación no era especialmente bueno, si bien había leido en alguna ocasión ciertos textos sobre la resolución de cualquier laberinto, por intrincado que fuese. De todas maneras, un laberinto, por bueno que fuese, nunca podría resistirse a las habilidades de un ishi.

Pero eso sería hacer trampa, ¿no? El significado más profundo del laberinto es el del viaje, un recorrido simbólico a las profundidades del alma de cada uno. Emplear sus poderes implicaría que el laberinto se volvería prácticamente un sendero recto, un camino seguro hacia la sala central (no podía dejar de lado la posibilidad de que hubiese salvaguardas contra la magia, pero aún así, dudaba que pudiesen oscurecer su "visión", y todo el sentido del laberinto se perdería.

Había aprendido tanto de sí mismo en los demás templos. Desperdiciar la oportunidad que le brindaba el templo de Bayushi sería algo absurdo. ¿Qué enseñanzas le aguardaben en aquella máscara hecha con paneles móviles?

Está bien, Sanzo-sama, yo acepto también, será interesante, muy interesante. Sin embargo, me gustaría añadir una condición: nada de magia. Ni tampoco vale, escucharles a "ellos", ¿eh, Kazumi-san?

"Ya lo habéis oido. Dijo la shugenja volviéndose a un lado y a otro.- Podéis seguirme pero en silencio."

Dijo divertida. Sanzo rió con ganas y exclamó:

"Parece que tenemos dos nuevos participantes en el reto del "Sendero de la Fe" jejeje... Os daré sólo una pista para resolver este enigma...

"Sólo aquellos desvestidos de prejuicios que alcancen a comprender la naturaleza del Escorpión podrán llegar hasta su Kami."

"Acertijos, que divertido."

Dijo Kazumi mientras te sonreía. Había algo que te decía que la hiperactiva Kazumi puede que no le gustaran los juegos de meditación profunda como los acertijos... pero que la otra Kazumi seguramente adoraría... Puede que eso fuera bueno, así te ponías un reto más, llegar y puede que antes que ella.

Sanzo dio un par de pasos en el pasillo que se veía por ahora y os dijo:

"Primero cerraréis los ojos, y dándome unos diez segundos de ventaja, desapareceré por estos pasillos. Luego que salga la señorita Kazumi, dándole unos segundo adicionales igualmente y por último salid vos, Mitsuomi-san."

Sanzo sonrió de medio lado mientras empezaba a darse la vuelta y vosotros cerrábais los ojos y dijo antes de desaparecer como un fantasma:

"Bienvenidos al Sendero de los Recuerdos... el mayor enemigo de estos pasillos sois vostros mismos..."

Tras esto y algunos segundos... desapareció...

Kazumi se volvió entonces para ti y tras enarcar una ceja anotó a a aquellas últimas palabras:

"No sé porqué dirá que nuestros mayores enemigos somos nostros mismos... Yo me divertitía mucho si hubiera dos como tu."

Y luego rió. A veces era increible como se podía simplicar las cosas según la visión de los niños. un adulto pensaría en aquel acertijo críptico durante años, sin embargo, imitando Kazumi la actitud de un inocente, éste pensaría que si aquel lugar sacaba un "otro tu" esto no tenía siempre porqué tener una connotación negatiova, cómo solían pensar los mayores.

Tras esto, que pareció una broma a drede de Kazumi cerrastes de nuevo los ojos y la oístes despedirse por ahora:

"¡Si llego antes que tu deberás invitarme a moshis Mitsu-kun!"

Dijo su alegre voz. Pero, para cuando quisistes responderle ya el tiempo había pasado y ella... también había desaparecido... El viaje empezaba ahora, y tenías la impresión de que era un viaje a través de tí mismo...

Un símbolo. Tan sólo un símbolo. Sí claro. Qué fácil era hablar de la belleza de los laberintos cuando no se estaba en el interior de uno.

Estaba completamente perdido y le dolía admitirlo. Al principio pensó que aquello iba a ser sencillo, incluso a pesar de la advertencia de Sanzo, al fin y al cabo había leído todos los libros de la biblioteca Isawa sobre el tema (todavía le sorprendía que una sociedad como la rokuganí hubiese prestado atención a los laberintos, una sociedad que pretendía ser clara y ordenada, regida por principios inmutables y omnipresentes, una sociedad “en línea recta”), pero pronto la tarea de encontrar la sala central se reveló como un complicado reto.

El interior del Templo de Bayushi era una maraña de fusazas que daban a pasillos o a habitaciones. En el fondo, Mitsuomi imaginaba que aquel era un gran recinto sin pilares, una inmensa sala en la que los paneles de papel de arroz podían disponerse a voluntad, tal vez sobre una red de guías en el suela, si bien no había podido encontrar evidencias de ello. Algunos pasillos eran largos, sin puertas a los lados, pero otros eran sorprendentemente breves, terminando en un cruce o una puerta a los pocos metros; muchos estaban salpicados de puertas en las paredes. Las habitaciones eran numerosas y todas idénticas, pequeñas y cuadradas, diferenciándose tan sólo por el número de puertas en los lados, de dos a cuatro. No había ningún tipo de decoración, y las habitaciones estaban completamente vacías de mobiliario. No había fuentes de luz visibles; sin embargo, el blanco de las fusazas parecía ligeramente iluminado, como una obra de alabastro bajo las últimas luces del crepúsculo.

En un antiguo tratado sobre la construcción de jardines, había un capítulo dedicado a la construcción de laberintos mediante macizos de flores o corrientes de agua. Y era allí donde Mitsuomi había encontrado la mejor y más completa clasificación de los diferentes tipos de laberintos posibles.

Recordando lo que había leído, definió el Templo de Bayushi como un laberinto artificial (creado por el ser humano), intencionado (creado deliberadamente para confundir), pluriviario (tenía múltiples caminos posibles y, por tanto, había posibilidad de error), geométrico (las habitaciones eran cuadradas y el trazado no daba muestras de irregularidades), de esquema irregular (si los monjes movían los paneles cada día, poco podía hacerse para conseguir un laberinto de esquema regular), de rodeos rectangulares (era evidente, pues no había línea curva alguna), rectangular (si la planta era circular o de otra forma aún no había encontrado prueba de ello) de dibujo mixto (la simetría no existía), compacto (suponía que todo el templo era un laberinto, si no, sería “difuso" ), monocéntrico (¿acaso no habían quedado en la sala central?), bidimensional (el templo visto desde fuera sólo tenía una planta, pero todo era posible) y con ramificaciones complejas de nudos oprimentes (numerosas bifurcaciones con hasta tres posibilidades de elección y, como Mitsuomi ya había comprobado, capaces de devolver al punto de partida).

Muy bien, gran definición. ¿Y de qué le servía saber todo eso? Lo único que había averiguado gracias a semejante clasificación era que se encontraba ante el tipo de laberinto más complejo posible, con la salvedad del mismo laberinto pero con varios pisos.

No tenía que clasificar el laberinto, sino descifrarlo. En un pequeño escrito de un tal Kaiu Shinichi, había leído lo siguiente acerca del desciframiento de los laberintos:

Es suficiente y necesario desplegar los dos recorridos de cada camino de ida en sentido contrario y no tomar la ida que ha conducido por primera vez a un cruce, a menos que no quede otra vía como opción. Supongamos que, al perder el camino en el laberinto, ponemos en la entrada de cada nuevo camino dos señales, y a la salida del mismo tres señales o sólo una, en función de que el camino desemboque en un nuevo cruce o en un cruce ya explorado; además, cada vez que entremos en un camino en el que haya una sola señal de entrada, ponemos otra. De esa manera, tendremos la seguridad de dar con la salida sin pasas más de dos veces por cada camino, con tal de que sigamos la regla siguiente: cuando lleguemos a un cruce, tomaremos al azar uno de los caminos, siempre que el elegido no tenga señal, o un camino que tenga una sola señal; o si ninguno de éstos es el caso, tomaremos el camino que tenga tres señales.

El pequeño opúsculo llevaba por título “Senderos que se encuentran: breve tratado sobre la construcción y desciframiento de laberintos.” En él, aquel método de resolución era llamada la “regla de Akinari”. Mitsuomi no sabía quién o qué había sido aquel Akinari, pero era obvio que no podía usar su regla para lograr salir airoso en el templo de Bayushi. Él no podía dejar señales, puesto que nada tenía para hacerlo. Cierto, podía desgarrar su kimono para dejar pequeños trozos de tela anaranjada en el suelo o usar las páginas del Tratado de los Elementos, pero no deseaba ni destrozar sus ropas ni perder de nuevo el tratado, además de que no sabía cuan grande era aquel lugar y, por tanto, ignoraba cuantas marcas había de precisar. Había pensado también en hacer agujeros en los paneles, pero no veía adecuado atentar contra la integridad del templo (golpear la pared del templo de Hida obviamente no era un acto que pudiese dañar el recinto sagrado).

En una obra posterior titulada “Pasos de baile”, escrita por el bailarín Kakita Fusuke, había un curioso capítulo dedicado a los laberintos, comparándolos con los pasos de una danza. A parte de la hermosa metáfora, el texto se adentraba en la tipología de los laberintos y en su desciframiento, diciendo lo siguiente sobre acerca de cómo los:

Hay dos métodos posibles de solución: reconstruir de memoria y por intuición el camino ya hecho, con el riesgo de aumentar más la confusión, o llegar al lado opuesto o al centro (según el laberinto de que se trate) por medio de comprobaciones sucesivas (método de acierto y error); o, por último, mediante un cálculo correcto de la serie (método este que, sin embargo, puede alargar bastante el recorrido).

A continuación, el autor explicaba las diferentes series y utilizaba la “regla de Akinari” para poder identificarlas. Así pues, en principio, este otro escrito no ayudaba a Mitsuomi; sin embargo, el párrafo final sí que decía algo que pudiera servirle:

Si no podemos dejar señales, habrá que seguir otro sistema; con la mano derecha encima del muro o del seto de la derecha, o en el opuesto pero siempre con la misma mano, llegaremos en todo caso al centro, por tortuosos que sean los rodeos. La probable presencia de callejones sin salida no es un inconveniente, pues se pasará por ellos sólo una vez en cada una de las direcciones.

Aquel le había parecido un buen método y bastante lógico. Así que había apoyado la mano derecha en los paneles y había comenzado a andar, siempre pegado a la pared. Pero pronto se desanimó. El laberinto al parecer era enorme y mediante aquel método tardaría demasiado en llegar al centro. Asimismo, se dio cuenta de algo terrible: ¿y si el constructor del laberinto, había colocado la sala central en un anillo? Si tal fuese el caso, y Mitsuomi no dudaba de la pericia y malignidad de los escorpiones, el sistema que estaba utilizando no haría más que llevarle al punto de partida.

Desesperado, se sentó en el suelo, en medio de un largo pasillo. No podía ver el final del pasillo a causa de la penumbra en la que se hallaba sumido el laberinto. No podía haber elegido mejor lugar para dejarse llevar por la desesperación, Era el mismo escenario que el de esos sueños en los que se corre por un pasillo oscuro, sabiéndose perseguido por algún tipo de bestia horrible; sólo que aquí no había monstruo alguno rugiendo a sus espaldas, lo cual lo hacía todavía peor, pues tan sólo quedaba la oscuridad, la incertidumbre, la turbadora impresión de estar andando sin propósito. ¿Habrían alguna luz al final de aquella oscuridad? La luz blanca era tan escasa, tan diminuta, casi parecía artificial.

Era tan fácil perder la esperanza…

Por unos minutos consideró la posibilidad de romper su propia condición y emplear su poder sobre el Vacío para encontrar la salida. ¿Tan malos sería ver simplemente cual de los caminos de los nudos cercanos parecía más prometedor? No sería tan radical como buscar la salida directamente, pero le ayudaría mucho; ¿sería eso tan grave?

Sí, lo sería. Había decidido no usar la magia y hacerlo sería ofender no sólo a Sanzo y a Kazumi, sino también a sí mismo, a su propio honor. Él se consideraba una persona íntegra y recta en su proceder, que incluso se había comprometido a no decir nunca una palabra que no fuese cierta (lo cual en cierta manera le dificultaba su labor como cortesano); ¿cómo podía entonces plantearse siquiera hacer trampas, aunque fuese en un “juego” de tan poca importancia como la carrera a través de aquel laberinto?

Pero, ¿era verdaderamente tan poca la importancia de la tarea de encontrar la sala central de aquel laberinto? En los tres templos anteriores había aprendido importantes lecciones sobre el Imperio, la vida en general y, sobre todo, sobre sí mismo. Sin duda, el Templo de Bayushi habría de ser otro excelente maestro. Contada probabilidad, este laberinto, con sus innumerables caminos y cruces, era el principio de la lección.

Recordó un poema que había oído recitar tiempo atrás a un marinero Mantis:

Cuando salgas de viaje para Shangri-La,
desea que tu viaje sea largo,
colmado de aventuras, colmado de experiencias.
A las olas y a las tormentas,
al irascible Suitengu no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
A las olas y a las tormentas,
al fiero Suitengu no encontrarás,
a no ser que los lleves ya en tu alma,
a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que -¡y con qué alegre placer!-
entres en puertos que ves por vez primera.
Deténte en los mercados del Este
para adquirir sus bellas mercancías,
madreperlas y nácares, ébanos y ámbares,
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles.
Y vete a muchas ciudades
y aprende, aprende de los sabios.

Mantén siempre a Shangri-La en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla,
rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Shangri-La te va a ofrecer riquezas.

Shangri-La te ha dado un viaje hermoso,
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Shangri-La de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de Shangri-La.

Era un poema extraño para oírlo en boca de un viejo marino, pero algo de comprensión se hallaba al saber de qué lugar se estaba hablando. Shangri-La: el Paraíso de Oriente, el Reino Dorado. Ningún historiador podría decir cuando comenzó a circular la creencia de que al este, junto al sol naciente, existe una tierra donde crecen grandes melocotoneros, cuyos frutos pueden conceder la inmortalidad. Con el tiempo, el mito fue creciendo en complejidad, hasta convertir aquella tierra en un paraíso terrenal, un refugio para todo lo bello del mundo; sin embargo, la historia sobre Shangri-La no había tenido demasiada aceptación entre las gentes del Imperio, salvo entre los Mantis, tan aficionados a viajar a lugares exóticos más allá de Rokugan (Mitsuomi pensaba que en parte también había otra razón: el descanso del viejo marinero tras una vida a merced del caprichoso mar). Algunos había visto en Shangri-La una representación más mundana de la Tierra Pura del shinseismo popular y un erudito Isawa había afirmado que aquel lugar era realmente un punto de unión entre Tengoku y Ningen-do, lo cual explicaba sus características paradisíacas. Pero al margen de discusiones eruditas, Shangri-La no era considerado más que como un mito con el que los jóvenes marineros soñaban mientras realizaban pesados trabajos a bordo de los barcos.

En aquel poema, Shangri-La no era más que una referencia para el oyente, una manera de que concibiese un lugar casi inalcanzable y, por tanto, destino de un viaje arduo y enormemente largo. Aquel que recitase el poema no pensaba en alcanzar ningún paraíso con árboles de oro y ríos de miel, sino en el viaje, en el valor de lo que podía ofrecer el camino a recorrer.

El viaje en Rokugan siempre había sido un símbolo de la búsqueda de la sabiduría o al menos del conocimiento. La tradición el Musha Shugyo, “el peregrinaje del guerrero”, estaba muy arraigada en el Imperio. Un samurai lo dejaba todo –familia, clan, su vida anterior- para emprender un viaje sin destino alguno a través del Imperio. Normalmente, este tipo de samurais buscaban perfeccionar su arte con la espada, sin embargo, no eran pocos los que reconocían haber encontrado un tipo de formación que no esperaban durante su viaje; algunas veces, los samurais que emprendían el Musa Shugyo terminaban por ingresar en alguna orden monástica.

El viaje… Menudo concepto. Era una idea con infinidad de significados simbólicos. En esencia, todo viaje es un proceso de cambio: aquello que inicia el viaje no es exactamente lo mismo que lo termina. De esta manera, no sólo viajaban los seres humanos, sino también los animales, las plantas, las nubes, el viento, la arena de la playa, las gotas de lluvia, la luz… Todo cambia y, por tanto, todo viaja. El gran monje Bashô lo expresó de una manera perfecta en las primeras líneas de su pequeño librito “Sendas de Oku”: Los meses y los días son pasajeros de las edades, siendo también viajeros los años, que van y vienen. Para los que dejan flotar su vida sobre un barco o envejecen llevando los frenos de los caballos, todos los días son viaje y hacen del viaje su morada.

En un cambio, a menudo resulta interesante observar que no siempre son importantes, ni el estado primero ni el último de aquello que cambia, dándose los fenómenos más importantes durante la transformación. Es decir, a veces no es tan importante preguntarnos en qué se ha convertido algo sino por qué lo ha hecho. ¿Qué puede aprender un aprendiz de espadero al contemplar una espada terminada? Ciertamente, poca cosa, pero sucede todo contrario si está presente durante las diferentes fases de la forja; lo mismo sucede si vemos una página en blanco, cerramos los ojos y cuando los volvemos a abrir vemos un precioso poema; ¿qué hemos aprendido sobre la poesía entonces? Nada, sin duda, mas cuanto sabríamos sobre los versos si el poeta nos dejase ver en sus recuerdos como fue creando el poema.

Los cambios en lo inanimado a menudo son evidentes para el ser humano, pero algo muy distinto sucede cuando son las personas las que dejan de ser lo que fueron y pasan a ser lo que serán. Las transformaciones del espíritu suelen ser sutiles, en ocasiones tan invisibles para el que las sufre como para los que se encuentran a su alrededor. Del amor al odio, de un carácter bondadoso a uno monstruoso hay una distancia más corta de lo que se puede pensar y ese tipo de oscilaciones se dan con más asiduidad de lo que parece. Cuánto podríamos aprender si pudiéramos comprender semejante proceso; pero no sólo los cambios radicales de carácter serían una excelente fuente de sabiduría, sino también los diferentes pasos que llevan a un niño a convertirse en un adulto, a madurar de una manera real ya sea antes o después de su gempukku. La personalidad cambia con los años, eso es un hecho casi universal, pero poco o nada sabemos de los mecanismos que conducen a la formación del carácter, más allá de las obvias referencias a la educación o los sucesos traumáticos en la infancia o la adolescencia.

Nuestra alma viaja a lo largo de toda nuestra vida, incluso continua en movimiento tras la muerte del cuerpo. Es como una flor que desde su forma de capullo va desplegando sus pétalos y finalmente se marchita. Pero por hermoso y brillante que sea, el camino del alma, de la vida del ser humano, muchas veces está lleno de incertidumbres, de miedo, de deseos y, sobre todo, de sufrimiento. Comprendido esto, es cuando el laberinto cobra pleno significado como símbolo.

El laberinto es la vida humana, una maraña de posibles caminos y uno sólo verdadero que nos conduzca hacia la salida o hasta el centro, todos los demás no conducen a ninguna parte. El sendero que debería ser recto y claro se vuelve tortuoso y oscuro, pero la causa de esto somos nosotros mismos, al dejarnos llevar por las trampas en las que nos hace caer nuestra mente (qué sabios habían sido quienes consideraron que los tres pecados más grandes del ser humano son el miedo, el deseo y la culpa). Realmente en la vida no hay elecciones reales, las diferentes opciones son ilusiones que brotan de nuestro ego y que no hacen más que confundirnos. En el fondo todo es tan sencillo… Y, como bien dicen los monjes, el sufrimiento aparece entonces, cuando nos dejamos llevar por sentimientos débiles y obtusos. Sufrimos porque hay diferentes senderos, porque hemos llegado a una encrucijada y no sabemos qué ruta elegir; y como el ser humano cambia constantemente, las elecciones, los nudos, los caminos, nunca tienen la misma apariencia. Así pues, el laberinto es el símbolo perfecto de la vida humana.

No es de extrañar que los escorpiones hubiesen elegido darle la forma de laberinto al templo dedicado a su Kami. La misión de los seguidores de Bayushi siempre había sido la de purgar el Imperio de aquellos elementos subversivos que amenazaban su estructura básica. En el fondo, la tarea del Clan Escorpión era poner a prueba al Imperio para localizar a quienes no merecían (sí, ese verbo era el correcto) ser súbditos de los Hantei. Se aprovechaban de los más oscuros secretos de los samurai y de quienes no lo eran para complicar sus vidas, tejiendo redes en las que caían quienes realmente debían caer en ellas. Mitsuomi en ocasiones había comparado a los Escorpión con el karma, haciendo pagar a las personas sus errores.

El laberinto de Bayushi era una prueba más. Cualquiera podía entrar pero salir era algo complejo, pues el osado caminante podía perderse entre las habitaciones y los pasillos. Se necesitaba mucha voluntad, mucha fuerza en uno mismo para poder superar semejante reto, un reto que por otra parte no más que una deambular por la propia memoria de uno, algo que podía ser sencillo o tremendamente difícil.

Y Mitsuomi en un principio había fracasado. Se había dejado llevar por la desesperación, había sido superado por el laberinto. ¿Tan poca voluntad tenía? Era posible, pero el problema era que lo que había sido puesto en evidencia en aquel laberinto era su desmedido orgullo, su excesiva confianza en sus capacidades intelectuales. Había intentado resolver el laberinto recurriendo a su erudición sobre el tema, creyendo que si ponía en práctica la teoría que había aprendido en olvidados pergaminos podría vencer al templo de Bayushi y, sin embargo, toda esa teoría se había hecho añicos ante la experiencia que había sido verse metido de lleno en un laberinto real. ¿Era aquella la manera en la que esperaba vencer todas las dificultades, recurriendo a lo que había leído sobre lo que otros habían hecho? Siempre era adecuado pensar las cosas y ver qué se había hecho anteriormente en ocasiones semejantes, pero confiar tanto en la teoría era realmente algo muy peligroso y más si las situaciones a superar eran las tensiones políticas entre los Clanes de Rokugan, la amenaza aun invisible del Gozoku y el rumor de la celebración del Campeonato de Jade. ¿Qué pasaría si de pronto Mitsuomi se viese desbordado por la situación? ¿Qué sucedería cuando todo su saber resultase inútil o le condujese a un callejón sin salida?

No podía permitirlo, tenía muchas responsabilidades y para afrontarlas debía mantener la mente a punto y enfrentarse a los acontecimientos con serenidad e inteligencia. Su carácter era más pasivo que activo, pero no siempre podía mantenerse alejado de lo que sucedía, contemplándolo todo desde un alto pedestal con mirada indiferente, asegurándose de no ser tocado.

Pero aún no era demasiado tarde; nunca es tarde para rectificar, ni siquiera a las puertas de la muerte. Y superar el laberinto del Templo de Bayushi era una manera perfecta de empezar a corregir errores. Ya no le importaba que Sanzo o Kazumi llegasen mucho antes que él, se tomaría el tiempo que fuese necesario, pero saldría de aquel lugar por sus propios medios, libre de la debilidad de su espíritu que le había llevado a perderse.

Se incorporó y se quedó durante unos minutos de pie, en silencio, parado en medio del pasillo cuyo final no podía distinguir en la penumbra. Cerró los ojos e imaginó que a sus pies se había dibujado una rosa de los vientos, en la que estaban marcadas las Ocho Direcciones –Norte, Noreste, Este, Sureste, Sur, Suroeste, Oeste y Noroeste-. Esos ocho posibles inicios de un camino eran a su vez símbolos tan poderosos como el propio laberinto. Desde el amanecer del Imperio, a las Ocho Direcciones se les había concedido atributos que iban más allá de las meras indicaciones espaciales. La más importante de esas atribuciones había sido sin duda la de concebir las Ocho Direcciones como los Ocho Trigramas, los ocho principios que eran resultado del despliegue de los Elementos en el momento de la creación.

Mitsuomi abrió los ojos y situó mentalmente las imágenes de los trigramas en un círculo a su alrededor. Al norte se encontraba Tien, el Cielo, símbolo del Aire, el este correspondía a Kan, el Agua, al oeste ardía Li, el Fuego, mientras que al sur reposaba Kun, la Tierra; entre estos cuatro elementos básicos se hallaban: Tui, el Lago, al noreste; Chen, el Trueno, al sureste; Ken, la Montaña, al suroeste; y, por último, Sun, el Viento, en el noroeste. Esos ocho símbolos serían su brújula a través del laberinto, sin importar que no marcasen las direcciones verdaderas, pues debían marcar únicamente las direcciones de su corazón.

El lugar donde se hallaba era el punto desde donde empezaría de nuevo a recorrer el laberinto. Su deambular anterior no había sido más que un error, una pérdida de tiempo, un fracaso humillante, pero sin duda necesario para encontrar el rumbo correcto para hallar la sala central del Templo de Bayushi. Pero ahora había encontrado el instrumento que le guiaría por el laberinto: su propia vida. Mitsuomi estaba convencido de que podría aprender de sus recuerdos, tomando de su memoria los errores y los éxitos de sus acciones pasadas, aprendiendo de los primeros y repitiendo los segundos, hasta alcanzar la cámara central. En el fondo, aquello iba a ser una prueba de sinceridad, pues Mitsuomi iba a tener que reconocer sus errores, sin dejarse ninguno, por humillantes que fuesen. Como dijo el sabio Togashi Giko: La verdad nuca se obtiene de nadie. Uno la lleva siempre consigo. ¿Y qué mejor manera de derrotar a un laberinto que con la verdad más íntima de cada persona: su propia vida?

Mitsuomi miró la oscuridad que había ante él, el largo pasillo. Probablemente le conduciría a un nuevo nudo o a una habitación con varias puertas. No importaba, ahora entendía el propósito del laberinto y estaba seguro de poseer un método infalible para desentrañar la compleja maraña de pasillos y encrucijadas. No tenía miedo de lo que le aguardaba más adelante, tan sólo debía seguir la máxima que el monje Tokusho expresaba de esta manera:

Mira al frente. ¿Qué hay?
Si lo ves tal cual es
Nunca errarás.

Y, tras respirar hondo, Mitsumi comenzó a caminar hacia delante, directo hacia el norte de su corazón, hacia el Cielo.

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Isawa_Mitsuomi
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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:15 pm

Un símbolo. Tan sólo un símbolo. Sí claro. Qué fácil era hablar de la belleza de los laberintos cuando no se estaba en el interior de uno.

Estaba completamente perdido y le dolía admitirlo. Al principio pensó que aquello iba a ser sencillo, incluso a pesar de la advertencia de Sanzo, al fin y al cabo había leído todos los libros de la biblioteca Isawa sobre el tema (todavía le sorprendía que una sociedad como la rokuganí hubiese prestado atención a los laberintos, una sociedad que pretendía ser clara y ordenada, regida por principios inmutables y omnipresentes, una sociedad “en línea recta”), pero pronto la tarea de encontrar la sala central se reveló como un complicado reto.

El interior del Templo de Bayushi era una maraña de fusazas que daban a pasillos o a habitaciones. En el fondo, Mitsuomi imaginaba que aquel era un gran recinto sin pilares, una inmensa sala en la que los paneles de papel de arroz podían disponerse a voluntad, tal vez sobre una red de guías en el suela, si bien no había podido encontrar evidencias de ello. Algunos pasillos eran largos, sin puertas a los lados, pero otros eran sorprendentemente breves, terminando en un cruce o una puerta a los pocos metros; muchos estaban salpicados de puertas en las paredes. Las habitaciones eran numerosas y todas idénticas, pequeñas y cuadradas, diferenciándose tan sólo por el número de puertas en los lados, de dos a cuatro. No había ningún tipo de decoración, y las habitaciones estaban completamente vacías de mobiliario. No había fuentes de luz visibles; sin embargo, el blanco de las fusazas parecía ligeramente iluminado, como una obra de alabastro bajo las últimas luces del crepúsculo.

En un antiguo tratado sobre la construcción de jardines, había un capítulo dedicado a la construcción de laberintos mediante macizos de flores o corrientes de agua. Y era allí donde Mitsuomi había encontrado la mejor y más completa clasificación de los diferentes tipos de laberintos posibles.

Recordando lo que había leído, definió el Templo de Bayushi como un laberinto artificial (creado por el ser humano), intencionado (creado deliberadamente para confundir), pluriviario (tenía múltiples caminos posibles y, por tanto, había posibilidad de error), geométrico (las habitaciones eran cuadradas y el trazado no daba muestras de irregularidades), de esquema irregular (si los monjes movían los paneles cada día, poco podía hacerse para conseguir un laberinto de esquema regular), de rodeos rectangulares (era evidente, pues no había línea curva alguna), rectangular (si la planta era circular o de otra forma aún no había encontrado prueba de ello) de dibujo mixto (la simetría no existía), compacto (suponía que todo el templo era un laberinto, si no, sería “difuso" ), monocéntrico (¿acaso no habían quedado en la sala central?), bidimensional (el templo visto desde fuera sólo tenía una planta, pero todo era posible) y con ramificaciones complejas de nudos oprimentes (numerosas bifurcaciones con hasta tres posibilidades de elección y, como Mitsuomi ya había comprobado, capaces de devolver al punto de partida).

Muy bien, gran definición. ¿Y de qué le servía saber todo eso? Lo único que había averiguado gracias a semejante clasificación era que se encontraba ante el tipo de laberinto más complejo posible, con la salvedad del mismo laberinto pero con varios pisos.

No tenía que clasificar el laberinto, sino descifrarlo. En un pequeño escrito de un tal Kaiu Shinichi, había leído lo siguiente acerca del desciframiento de los laberintos:

Es suficiente y necesario desplegar los dos recorridos de cada camino de ida en sentido contrario y no tomar la ida que ha conducido por primera vez a un cruce, a menos que no quede otra vía como opción. Supongamos que, al perder el camino en el laberinto, ponemos en la entrada de cada nuevo camino dos señales, y a la salida del mismo tres señales o sólo una, en función de que el camino desemboque en un nuevo cruce o en un cruce ya explorado; además, cada vez que entremos en un camino en el que haya una sola señal de entrada, ponemos otra. De esa manera, tendremos la seguridad de dar con la salida sin pasas más de dos veces por cada camino, con tal de que sigamos la regla siguiente: cuando lleguemos a un cruce, tomaremos al azar uno de los caminos, siempre que el elegido no tenga señal, o un camino que tenga una sola señal; o si ninguno de éstos es el caso, tomaremos el camino que tenga tres señales.

El pequeño opúsculo llevaba por título “Senderos que se encuentran: breve tratado sobre la construcción y desciframiento de laberintos.” En él, aquel método de resolución era llamada la “regla de Akinari”. Mitsuomi no sabía quién o qué había sido aquel Akinari, pero era obvio que no podía usar su regla para lograr salir airoso en el templo de Bayushi. Él no podía dejar señales, puesto que nada tenía para hacerlo. Cierto, podía desgarrar su kimono para dejar pequeños trozos de tela anaranjada en el suelo o usar las páginas del Tratado de los Elementos, pero no deseaba ni destrozar sus ropas ni perder de nuevo el tratado, además de que no sabía cuan grande era aquel lugar y, por tanto, ignoraba cuantas marcas había de precisar. Había pensado también en hacer agujeros en los paneles, pero no veía adecuado atentar contra la integridad del templo (golpear la pared del templo de Hida obviamente no era un acto que pudiese dañar el recinto sagrado).

En una obra posterior titulada “Pasos de baile”, escrita por el bailarín Kakita Fusuke, había un curioso capítulo dedicado a los laberintos, comparándolos con los pasos de una danza. A parte de la hermosa metáfora, el texto se adentraba en la tipología de los laberintos y en su desciframiento, diciendo lo siguiente sobre acerca de cómo los:

Hay dos métodos posibles de solución: reconstruir de memoria y por intuición el camino ya hecho, con el riesgo de aumentar más la confusión, o llegar al lado opuesto o al centro (según el laberinto de que se trate) por medio de comprobaciones sucesivas (método de acierto y error); o, por último, mediante un cálculo correcto de la serie (método este que, sin embargo, puede alargar bastante el recorrido).

A continuación, el autor explicaba las diferentes series y utilizaba la “regla de Akinari” para poder identificarlas. Así pues, en principio, este otro escrito no ayudaba a Mitsuomi; sin embargo, el párrafo final sí que decía algo que pudiera servirle:

Si no podemos dejar señales, habrá que seguir otro sistema; con la mano derecha encima del muro o del seto de la derecha, o en el opuesto pero siempre con la misma mano, llegaremos en todo caso al centro, por tortuosos que sean los rodeos. La probable presencia de callejones sin salida no es un inconveniente, pues se pasará por ellos sólo una vez en cada una de las direcciones.

Aquel le había parecido un buen método y bastante lógico. Así que había apoyado la mano derecha en los paneles y había comenzado a andar, siempre pegado a la pared. Pero pronto se desanimó. El laberinto al parecer era enorme y mediante aquel método tardaría demasiado en llegar al centro. Asimismo, se dio cuenta de algo terrible: ¿y si el constructor del laberinto, había colocado la sala central en un anillo? Si tal fuese el caso, y Mitsuomi no dudaba de la pericia y malignidad de los escorpiones, el sistema que estaba utilizando no haría más que llevarle al punto de partida.

Desesperado, se sentó en el suelo, en medio de un largo pasillo. No podía ver el final del pasillo a causa de la penumbra en la que se hallaba sumido el laberinto. No podía haber elegido mejor lugar para dejarse llevar por la desesperación, Era el mismo escenario que el de esos sueños en los que se corre por un pasillo oscuro, sabiéndose perseguido por algún tipo de bestia horrible; sólo que aquí no había monstruo alguno rugiendo a sus espaldas, lo cual lo hacía todavía peor, pues tan sólo quedaba la oscuridad, la incertidumbre, la turbadora impresión de estar andando sin propósito. ¿Habrían alguna luz al final de aquella oscuridad? La luz blanca era tan escasa, tan diminuta, casi parecía artificial.

Era tan fácil perder la esperanza…

Por unos minutos consideró la posibilidad de romper su propia condición y emplear su poder sobre el Vacío para encontrar la salida. ¿Tan malos sería ver simplemente cual de los caminos de los nudos cercanos parecía más prometedor? No sería tan radical como buscar la salida directamente, pero le ayudaría mucho; ¿sería eso tan grave?

Sí, lo sería. Había decidido no usar la magia y hacerlo sería ofender no sólo a Sanzo y a Kazumi, sino también a sí mismo, a su propio honor. Él se consideraba una persona íntegra y recta en su proceder, que incluso se había comprometido a no decir nunca una palabra que no fuese cierta (lo cual en cierta manera le dificultaba su labor como cortesano); ¿cómo podía entonces plantearse siquiera hacer trampas, aunque fuese en un “juego” de tan poca importancia como la carrera a través de aquel laberinto?

Pero, ¿era verdaderamente tan poca la importancia de la tarea de encontrar la sala central de aquel laberinto? En los tres templos anteriores había aprendido importantes lecciones sobre el Imperio, la vida en general y, sobre todo, sobre sí mismo. Sin duda, el Templo de Bayushi habría de ser otro excelente maestro. Contada probabilidad, este laberinto, con sus innumerables caminos y cruces, era el principio de la lección.

Recordó un poema que había oído recitar tiempo atrás a un marinero Mantis:

Cuando salgas de viaje para Shangri-La,
desea que tu viaje sea largo,
colmado de aventuras, colmado de experiencias.
A las olas y a las tormentas,
al irascible Suitengu no temas,
pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino,
si tu pensamiento se mantiene alto, si una exquisita
emoción te toca cuerpo y alma.
A las olas y a las tormentas,
al fiero Suitengu no encontrarás,
a no ser que los lleves ya en tu alma,
a no ser que tu alma los ponga en pie ante ti.

Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que -¡y con qué alegre placer!-
entres en puertos que ves por vez primera.
Deténte en los mercados del Este
para adquirir sus bellas mercancías,
madreperlas y nácares, ébanos y ámbares,
y voluptuosos perfumes de todas las clases,
todos los voluptuosos perfumes que te sean posibles.
Y vete a muchas ciudades
y aprende, aprende de los sabios.

Mantén siempre a Shangri-La en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Pero no tengas la menor prisa en el viaje.
Es mejor que dure muchos años
y que viejo al fin arribes a la isla,
rico por todas las ganancias de tu viaje,
sin esperar que Shangri-La te va a ofrecer riquezas.

Shangri-La te ha dado un viaje hermoso,
Sin ella no te habrías puesto en marcha.
Pero no tiene ya más que ofrecerte.

Aunque la encuentres pobre, Shangri-La de ti no se ha burlado.
Convertido en tan sabio, y con tanta experiencia,
ya habrás comprendido el significado de Shangri-La.

Era un poema extraño para oírlo en boca de un viejo marino, pero algo de comprensión se hallaba al saber de qué lugar se estaba hablando. Shangri-La: el Paraíso de Oriente, el Reino Dorado. Ningún historiador podría decir cuando comenzó a circular la creencia de que al este, junto al sol naciente, existe una tierra donde crecen grandes melocotoneros, cuyos frutos pueden conceder la inmortalidad. Con el tiempo, el mito fue creciendo en complejidad, hasta convertir aquella tierra en un paraíso terrenal, un refugio para todo lo bello del mundo; sin embargo, la historia sobre Shangri-La no había tenido demasiada aceptación entre las gentes del Imperio, salvo entre los Mantis, tan aficionados a viajar a lugares exóticos más allá de Rokugan (Mitsuomi pensaba que en parte también había otra razón: el descanso del viejo marinero tras una vida a merced del caprichoso mar). Algunos había visto en Shangri-La una representación más mundana de la Tierra Pura del shinseismo popular y un erudito Isawa había afirmado que aquel lugar era realmente un punto de unión entre Tengoku y Ningen-do, lo cual explicaba sus características paradisíacas. Pero al margen de discusiones eruditas, Shangri-La no era considerado más que como un mito con el que los jóvenes marineros soñaban mientras realizaban pesados trabajos a bordo de los barcos.

En aquel poema, Shangri-La no era más que una referencia para el oyente, una manera de que concibiese un lugar casi inalcanzable y, por tanto, destino de un viaje arduo y enormemente largo. Aquel que recitase el poema no pensaba en alcanzar ningún paraíso con árboles de oro y ríos de miel, sino en el viaje, en el valor de lo que podía ofrecer el camino a recorrer.

El viaje en Rokugan siempre había sido un símbolo de la búsqueda de la sabiduría o al menos del conocimiento. La tradición el Musha Shugyo, “el peregrinaje del guerrero”, estaba muy arraigada en el Imperio. Un samurai lo dejaba todo –familia, clan, su vida anterior- para emprender un viaje sin destino alguno a través del Imperio. Normalmente, este tipo de samurais buscaban perfeccionar su arte con la espada, sin embargo, no eran pocos los que reconocían haber encontrado un tipo de formación que no esperaban durante su viaje; algunas veces, los samurais que emprendían el Musa Shugyo terminaban por ingresar en alguna orden monástica.

El viaje… Menudo concepto. Era una idea con infinidad de significados simbólicos. En esencia, todo viaje es un proceso de cambio: aquello que inicia el viaje no es exactamente lo mismo que lo termina. De esta manera, no sólo viajaban los seres humanos, sino también los animales, las plantas, las nubes, el viento, la arena de la playa, las gotas de lluvia, la luz… Todo cambia y, por tanto, todo viaja. El gran monje Bashô lo expresó de una manera perfecta en las primeras líneas de su pequeño librito “Sendas de Oku”: Los meses y los días son pasajeros de las edades, siendo también viajeros los años, que van y vienen. Para los que dejan flotar su vida sobre un barco o envejecen llevando los frenos de los caballos, todos los días son viaje y hacen del viaje su morada.

En un cambio, a menudo resulta interesante observar que no siempre son importantes, ni el estado primero ni el último de aquello que cambia, dándose los fenómenos más importantes durante la transformación. Es decir, a veces no es tan importante preguntarnos en qué se ha convertido algo sino por qué lo ha hecho. ¿Qué puede aprender un aprendiz de espadero al contemplar una espada terminada? Ciertamente, poca cosa, pero sucede todo contrario si está presente durante las diferentes fases de la forja; lo mismo sucede si vemos una página en blanco, cerramos los ojos y cuando los volvemos a abrir vemos un precioso poema; ¿qué hemos aprendido sobre la poesía entonces? Nada, sin duda, mas cuanto sabríamos sobre los versos si el poeta nos dejase ver en sus recuerdos como fue creando el poema.

Los cambios en lo inanimado a menudo son evidentes para el ser humano, pero algo muy distinto sucede cuando son las personas las que dejan de ser lo que fueron y pasan a ser lo que serán. Las transformaciones del espíritu suelen ser sutiles, en ocasiones tan invisibles para el que las sufre como para los que se encuentran a su alrededor. Del amor al odio, de un carácter bondadoso a uno monstruoso hay una distancia más corta de lo que se puede pensar y ese tipo de oscilaciones se dan con más asiduidad de lo que parece. Cuánto podríamos aprender si pudiéramos comprender semejante proceso; pero no sólo los cambios radicales de carácter serían una excelente fuente de sabiduría, sino también los diferentes pasos que llevan a un niño a convertirse en un adulto, a madurar de una manera real ya sea antes o después de su gempukku. La personalidad cambia con los años, eso es un hecho casi universal, pero poco o nada sabemos de los mecanismos que conducen a la formación del carácter, más allá de las obvias referencias a la educación o los sucesos traumáticos en la infancia o la adolescencia.

Nuestra alma viaja a lo largo de toda nuestra vida, incluso continua en movimiento tras la muerte del cuerpo. Es como una flor que desde su forma de capullo va desplegando sus pétalos y finalmente se marchita. Pero por hermoso y brillante que sea, el camino del alma, de la vida del ser humano, muchas veces está lleno de incertidumbres, de miedo, de deseos y, sobre todo, de sufrimiento. Comprendido esto, es cuando el laberinto cobra pleno significado como símbolo.

El laberinto es la vida humana, una maraña de posibles caminos y uno sólo verdadero que nos conduzca hacia la salida o hasta el centro, todos los demás no conducen a ninguna parte. El sendero que debería ser recto y claro se vuelve tortuoso y oscuro, pero la causa de esto somos nosotros mismos, al dejarnos llevar por las trampas en las que nos hace caer nuestra mente (qué sabios habían sido quienes consideraron que los tres pecados más grandes del ser humano son el miedo, el deseo y la culpa). Realmente en la vida no hay elecciones reales, las diferentes opciones son ilusiones que brotan de nuestro ego y que no hacen más que confundirnos. En el fondo todo es tan sencillo… Y, como bien dicen los monjes, el sufrimiento aparece entonces, cuando nos dejamos llevar por sentimientos débiles y obtusos. Sufrimos porque hay diferentes senderos, porque hemos llegado a una encrucijada y no sabemos qué ruta elegir; y como el ser humano cambia constantemente, las elecciones, los nudos, los caminos, nunca tienen la misma apariencia. Así pues, el laberinto es el símbolo perfecto de la vida humana.

No es de extrañar que los escorpiones hubiesen elegido darle la forma de laberinto al templo dedicado a su Kami. La misión de los seguidores de Bayushi siempre había sido la de purgar el Imperio de aquellos elementos subversivos que amenazaban su estructura básica. En el fondo, la tarea del Clan Escorpión era poner a prueba al Imperio para localizar a quienes no merecían (sí, ese verbo era el correcto) ser súbditos de los Hantei. Se aprovechaban de los más oscuros secretos de los samurai y de quienes no lo eran para complicar sus vidas, tejiendo redes en las que caían quienes realmente debían caer en ellas. Mitsuomi en ocasiones había comparado a los Escorpión con el karma, haciendo pagar a las personas sus errores.

El laberinto de Bayushi era una prueba más. Cualquiera podía entrar pero salir era algo complejo, pues el osado caminante podía perderse entre las habitaciones y los pasillos. Se necesitaba mucha voluntad, mucha fuerza en uno mismo para poder superar semejante reto, un reto que por otra parte no más que una deambular por la propia memoria de uno, algo que podía ser sencillo o tremendamente difícil.

Y Mitsuomi en un principio había fracasado. Se había dejado llevar por la desesperación, había sido superado por el laberinto. ¿Tan poca voluntad tenía? Era posible, pero el problema era que lo que había sido puesto en evidencia en aquel laberinto era su desmedido orgullo, su excesiva confianza en sus capacidades intelectuales. Había intentado resolver el laberinto recurriendo a su erudición sobre el tema, creyendo que si ponía en práctica la teoría que había aprendido en olvidados pergaminos podría vencer al templo de Bayushi y, sin embargo, toda esa teoría se había hecho añicos ante la experiencia que había sido verse metido de lleno en un laberinto real. ¿Era aquella la manera en la que esperaba vencer todas las dificultades, recurriendo a lo que había leído sobre lo que otros habían hecho? Siempre era adecuado pensar las cosas y ver qué se había hecho anteriormente en ocasiones semejantes, pero confiar tanto en la teoría era realmente algo muy peligroso y más si las situaciones a superar eran las tensiones políticas entre los Clanes de Rokugan, la amenaza aun invisible del Gozoku y el rumor de la celebración del Campeonato de Jade. ¿Qué pasaría si de pronto Mitsuomi se viese desbordado por la situación? ¿Qué sucedería cuando todo su saber resultase inútil o le condujese a un callejón sin salida?

No podía permitirlo, tenía muchas responsabilidades y para afrontarlas debía mantener la mente a punto y enfrentarse a los acontecimientos con serenidad e inteligencia. Su carácter era más pasivo que activo, pero no siempre podía mantenerse alejado de lo que sucedía, contemplándolo todo desde un alto pedestal con mirada indiferente, asegurándose de no ser tocado.

Pero aún no era demasiado tarde; nunca es tarde para rectificar, ni siquiera a las puertas de la muerte. Y superar el laberinto del Templo de Bayushi era una manera perfecta de empezar a corregir errores. Ya no le importaba que Sanzo o Kazumi llegasen mucho antes que él, se tomaría el tiempo que fuese necesario, pero saldría de aquel lugar por sus propios medios, libre de la debilidad de su espíritu que le había llevado a perderse.

Se incorporó y se quedó durante unos minutos de pie, en silencio, parado en medio del pasillo cuyo final no podía distinguir en la penumbra. Cerró los ojos e imaginó que a sus pies se había dibujado una rosa de los vientos, en la que estaban marcadas las Ocho Direcciones –Norte, Noreste, Este, Sureste, Sur, Suroeste, Oeste y Noroeste-. Esos ocho posibles inicios de un camino eran a su vez símbolos tan poderosos como el propio laberinto. Desde el amanecer del Imperio, a las Ocho Direcciones se les había concedido atributos que iban más allá de las meras indicaciones espaciales. La más importante de esas atribuciones había sido sin duda la de concebir las Ocho Direcciones como los Ocho Trigramas, los ocho principios que eran resultado del despliegue de los Elementos en el momento de la creación.

Mitsuomi abrió los ojos y situó mentalmente las imágenes de los trigramas en un círculo a su alrededor. Al norte se encontraba Tien, el Cielo, símbolo del Aire, el este correspondía a Kan, el Agua, al oeste ardía Li, el Fuego, mientras que al sur reposaba Kun, la Tierra; entre estos cuatro elementos básicos se hallaban: Tui, el Lago, al noreste; Chen, el Trueno, al sureste; Ken, la Montaña, al suroeste; y, por último, Sun, el Viento, en el noroeste. Esos ocho símbolos serían su brújula a través del laberinto, sin importar que no marcasen las direcciones verdaderas, pues debían marcar únicamente las direcciones de su corazón.

El lugar donde se hallaba era el punto desde donde empezaría de nuevo a recorrer el laberinto. Su deambular anterior no había sido más que un error, una pérdida de tiempo, un fracaso humillante, pero sin duda necesario para encontrar el rumbo correcto para hallar la sala central del Templo de Bayushi. Pero ahora había encontrado el instrumento que le guiaría por el laberinto: su propia vida. Mitsuomi estaba convencido de que podría aprender de sus recuerdos, tomando de su memoria los errores y los éxitos de sus acciones pasadas, aprendiendo de los primeros y repitiendo los segundos, hasta alcanzar la cámara central. En el fondo, aquello iba a ser una prueba de sinceridad, pues Mitsuomi iba a tener que reconocer sus errores, sin dejarse ninguno, por humillantes que fuesen. Como dijo el sabio Togashi Giko: La verdad nuca se obtiene de nadie. Uno la lleva siempre consigo. ¿Y qué mejor manera de derrotar a un laberinto que con la verdad más íntima de cada persona: su propia vida?

Mitsuomi miró la oscuridad que había ante él, el largo pasillo. Probablemente le conduciría a un nuevo nudo o a una habitación con varias puertas. No importaba, ahora entendía el propósito del laberinto y estaba seguro de poseer un método infalible para desentrañar la compleja maraña de pasillos y encrucijadas. No tenía miedo de lo que le aguardaba más adelante, tan sólo debía seguir la máxima que el monje Tokusho expresaba de esta manera:

Mira al frente. ¿Qué hay?
Si lo ves tal cual es
Nunca errarás.

Y, tras respirar hondo, Mitsumi comenzó a caminar hacia delante, directo hacia el norte de su corazón, hacia el Cielo.

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Isawa_Mitsuomi
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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:16 pm

No se podía decir que su primera intervención política había sido un éxito, si bien él consideraba que había obrado de la mejor manera posible, salvaguardando no solo su honor y el de su Clan, sino también el de la Grulla y, en cierta manera, el del propio Shosuro Michizane y su Clan.

Ese era el tipo de cortesano que deseaba ser: no un depredador político como los escorpiones y muchos grullas, sino un hombre preocupado por su Imperio que anhelaba conseguir lo mejor para todos. No quería tejer complicadas redes de manipulación y engaños, ni sobornar o chantajear y mucho menos mandar asesinas a posibles rivales. Todos esos métodos eran burdos, brutales incluso en su sutileza. Él prefería la serenidad y claridad de la diplomacia sin recovecos oscuros ni trampas verbales. Era obvio que en las cortes de Rokugan era casi imposible no ejercer la manipulación de una u otra manera, pero Mitsuomi prefería creer que incluso en esos casos había que enarbolar en todo momento la bandera del honor y el estandarte de la honestidad.

En el fondo, Mitsuomi sabía que era un mal cortesano, pero se resistía a creer que sus métodos no fueran los correctos o al menos los más deseables.

Por supuesto, sólo había una dirección posible: Sun, el Viento, suave y flexible, transparente en sus movimientos, si bien a veces esquivo y capaz de penetrar en cualquier lugar. Debía ir hacia el noroeste.

Más caminos y más encrucijadas; y a medida que debía realizar más y más elecciones iba profundizando en su memoria, en los recuerdos de todas esas encrucijadas dispuestas en el camino de su vida. Al parecer en general sus decisiones habían sido acertadas en los ámbitos sociales y en las más importantes cuestiones personales; sin embargo, no podía decirse lo mismo de cómo había resulto los problemas de índole más íntima, más personal, como cuando había decidido de niño no jugar con los otros niños porque pensaba que estos le rechazarían o incluso que él podía fallar en el control de sus poderes y causarles daño.

Pero aún así, a pesar de todas esas elecciones fallidas, se sentía pletórico y a cada paso que daba se sentía más y más liberado de las cargas acumuladas en su mente. El ritmo de sus pasos se fue acelerando de manera gradual, hasta que casi parecía que estaba corriendo. Ciertamente, la manera en la que rememoraba su pasado era vertiginosa, pues las encrucijadas y las habitaciones de múltiples salidas se sucedían sin apenas intervalos. Casi se había olvidado de Kazumi o de Sanzo y mientras caminaba recordó los versos del monje Shoko cuando había tenido que resumir la existencia a sus discípulos:

Inspira, espira,
adelante, atrás,
viviendo, muriendo.

Sí, era una buena definición, una buena manera de explicar el viaje aparentemente sin propósito de la existencia mortal, tan alejada del significado y profundidad de la vida divina. Así que Mitsuomi caminaba casi a saltitos, respirando profundamente a cada paso, sintiendo su propio ser, seguro de sí mismo y de sus decisiones, convencido de que por mucho tiempo que le estuviese llevando (realmente había perdido la noción del tiempo y no sabía si llevaba horas o minutos deambulando por el laberinto), iba a poder encontrar sin más errores la sala central del Templo de Bayushi.

Y en medio de su euforia, llegó a una sala con algo que la hacia diferente del resto de las habitación que había encontrado previamente. Como muchas otras poseía cuatro puertas de entrada o salida según se mirase, pero este cuarto poseía un mueble que el resto de salas no tenían: una pequeña mesa circular situada en el centro de la estancia. Sobre ella ardía lo que parecía ser un palillo de incienso. Los hilos de humo se elevaban tranquilamente en una línea casi vertical, trazando extrañas curvas en el aire, como flotantes pedazos de seda blanca.

Mitsuomi se detuvo a observar el humo. Siempre le había fascinado el carácter hipnótico del humo y aquella habitación parecía haber sido colocada allí solo para ser inundada por las volutas blancas que se estrellaban contra el techo como la espuma del mar contra los acantilados.

Era tan agradable de contemplar, tan sencillo dejarse arrastrar por el lento impulso ascendente del humo, quien sabe hacia donde…

Un gran torii rojo se alzaba en medio del agua, tal vez en medio de un inmenso océano. No había costa alguna a la vista y el único límite era el lejano horizonte. El sol se ponía, tiñendo de dorado y malva el cielo sin nubes. El ocaso teñía el agua asemejándola al oro fundido.

Era una escena apacible, un paisaje amplio lleno de serenidad. A causa de la hermosa simplicidad de lo que le rodeaba, casi se sentía tentado a olvidar que se encontraba de pie en la parte superior del gran torii, como quien se detiene en el borde un puente para contemplar la corriente que pasa por debajo.

No sabía cómo había llegado hasta allí ni por qué lo había hecho. Vestía un amplio kimono blanco, carente de mon u otra distinción que le diera alguna pista sobre su propia identidad, pues el gran problema de su situación no sólo era el lugar donde se encontraba, sino el hecho de que no recordaba nada, ni siquiera su propia identidad. Su memoria era un gran espacio en blanco, tan uniforme como el cielo crepuscular que se extendía sobre su cabeza.

Se había palpado cuidadosamente la cara para hacerse una idea de la fisonomía de su rostro, de manera que había podido dibujar en su mente un retrato aproximado, pero este no provocaba ninguna chispa en su mente que pudiera encender una serie de recuerdos que le llevaran a recuperar su pasado aparentemente desaparecido.

Además de todo lo concerniente a su amnesia, había algo más que le preocupaba en su extraña situación: el reflejo del torii en el agua era claramente visible, sin embargo, no se veía a sí mismo en lo alto del monumento reflejado. ¿Acaso de alguna manera había perdido su reflejo?

De pronto, se levantó un fuerte viento que casi le hizo perder el equilibrio. Por alguna extraña razón, le entró un pánico atroz a caer al agua, como si el líquido fuese en realidad algún tipo de monstruo que le devoraría sin piedad si caía. Ante aquel súbito despertar del viento, decidió sentarse en vez de permanecer de pie, pues así conseguiría una mayor inestabilidad por si el viento aumentaba su velocidad.

Y lo hizo, lo que empezó como un brusco golpe de viento, fue creciendo poco a poco en fuerza y velocidad, hasta convertirse en un auténtico vendabal. Él apenas podía permanecer sobre el torii, pero no estaba dispuesto a caer, aunque para ello tuviese que aferrarse a la madera pintada de rojo como un náufrago a un leño.

Con el viento aparecieron las olas, que pasaron rápidamente de pequeñas ondulaciones en la superficie a grandes paredes de agua de varios metros de altura. Al principio ninguna era lo suficientemente alta para alcanzar la parte superior del torii, pero cuando sintió que algunas gotas de agua llegaban a salpicarle la cara, supo que si aquello continuaba de aquella manera, poco faltaría para que las olas se hiciesen tan altas o más que el torii.

¿Por qué tenía que pasar aquello? No había deseado encontrarse arriba de aquel torii (o tal vez sí, en el fondo o podía saberlo), pero no se había encontrado a disgusto en aquella posición. Poder contemplar toda aquella extensión de agua desde una posición elevada le proporcionaba una extraña sensación de plenitud; se sentía como si toda el agua estuviese bajo su mando (sí, era algo estúpido pero era la sensación que tenía). Y ahora esto. Era como una rebelión.

La primera ola que le alcanzó no cayó sobre él con demasiada fuerza, así que no hizo peligrar su asidero, si bien le dejó completamente empapado. La segunda fue más dura y una de sus manos casi se soltó. Los envites continuaron durante muchos y largos minutos, pero él resistía, aguantando los empujones del agua.

Y de pronto apareció una ola gigantesca, cuya espuma se situaba varios metros por encima de la altitud del torii. Observó completamente aterrado como aquella muralla de agua dorada se cernía sobre él. Supo entonces que iba a caer irremediablemente, que por mucho que se aferrara a la madera no podría evitar que el impacto de la ola le arrastrase, de hecho era muy probable que el propio torii se quebrase, como el mástil de un barco azotado por la tempestad. Elevó un silencioso y desesperado ruego al mar para que no le castigase de aquella manera, incluso le gritó a la ola para que se detuviese, le rogó por su vida.

Cayó al agua, rodeado por los pedazos de madera del torii roto. El agua pareció envolverle con alegría malsana, como la del traidor que abraza a su víctima mientras esconde el cuchillo en su espalda.

Se vio rodeado de oscuridad, la luz de la superficie cada vez más y más lejos a medida que se hundía. No pensaba en nadar hacia la superficie, era como si su propia mente fuese incapaz de pensar. Sus ojos estaban abiertos y sabía lo que sucedía, pero no podía reaccionar, no podía comprender que el aire escapaba rápidamente de sus pulmones, que se estaba ahogando.

Movió la cabeza ligeramente y vio, con esa mirada ausente y carente de toda comprensión, que alguien le tenía agarrado por la pierna derecha y tiraba de él hacia las oscuras profundidades. Era él mismo, su reflejo, quien le hundía. ¿Por qué sonreía de aquella manera mientras le mataba? ¿y por qué él se sentía tan y tan culpable?

-oOo-

¡Malditos hilos, así se provocase un incendio y ardiesen todas las bobinas!

El diseño del telar estaba saliendo completamente mal. Se trataba de un gran tapiz que pretendía plasmar un completo mapa de Rokugan, con multitud de colores para representar los diferentes accidentes geográficos y las principales poblaciones. Pero por alguna extraña razón cuando iniciaba la confección de una nueva sección del mapa, los hilos se rebelaban bajo sus dedos y el dibujo terminaba siendo completamente diferente de lo que debería ser. Por ejemplo, cuando había tratado de bordar el área correspondiente al bosque Shinomen, en vez de hilos verdes, en sus manos habían aparecido hilos marrones, los que había estado utilizando para los montañas, de manera que el Shinomen Mori había terminado convertido en una gran cordillera.

Cuando sucedía eso, tenía que deshacer el tejido y volver a empezar de nuevo, pero los hilos volvían a liarse bajo sus manos, a retorcerse como un nido de víboras y pocas veces conseguía el diseño que deseaba.

Por un momento, decidió rendirse a aquel extraño caos y se dejó llevar por los caprichos de los hilos. El mapa resultante se parecía Rokugan solo en el nombre, ni siquiera el edicto de un Emperador hubiera podido hacer que ese mapa pasase por verdadero.

Con pesar, deshizo todo el trabajo y volvió a comenzar. ¿Es que acaso los hilos no entendían que Rokugan era de una manera y no podía ser de otra? Él sólo quería dibujar las tierras del Imperio como eran, como debían ser, ajustándose lo más posible a la verdad geográfica y política. Era evidente que situar las montañas Seikitsu en medio del mar de Amaterasu no era más que una aberración, pero ahí estaban: las manchas marrones sobre la delicada seda azul.

Se sentía terriblemente frustrado ante la rebeldía de los hilos. Dejó el trabajo y se separó del telar para contemplar el tapiz a medio hacer. Estaba mal, horriblemente mal. Él tenía tan claro como debía ser que le irritaba enormemente que los hilos no siguieran las órdenes de sus manos. Si persistían en su actitud nunca se podría conseguir levantar un Imperio estable y pacífico. Su misión era representar la verdad de Rokugan, era un esfuerzo noble y su intención no podía ser malinterpretada, ¿cómo osaban interponerse los hilos en su labor?

Por un momento, pensó en abandonarlo todo, coger unas tijeras y hacer pedazos el tapiz; sería un castigo apropiado para los hilos rebeldes y tal vez así comprenderían su error y, arrepentidos, le suplicarían que volviera a tejerlos de la manera correcta.

Pero, pensó de pronto, ¿acaso los hilos están vivos? ¡Por supuesto que no, menuda estupidez considerar si quiera esa posibilidad! Eran sus propias manos las que tejían el tapiz, sin voluntad alguna por parte de los hilos, de manera que eran sus manos las que estaban formando mal el dibujo. Y, por supuesto, sus manos no tenían vida propia, sino que estaban controladas por él. Entonces, ¿era él mismo quien se estaba impidiendo terminar adecuadamente el dibujo?

Tal vez una parte de él no considerara correcta la forma en la que lo estaba haciendo, pues lo que él creía que era lo adecuado podía no serlo en realidad. Las diferencias entre el “debe ser” y el “ser” son en ocasiones demasiado profundas. Cierto es que el mundo es gran medida lo que nosotros deseamos que sea y por eso hay tantos mundos como individuos pensantes, pero no era menos cierto que para que haya un pensamiento debe de haber un objeto sobre el que pensar; es decir, el mundo existe independientemente de nuestro pensamiento, pero nuestra visión subjetiva de él o transforma según nuestros deseos, a veces de manera brutal.

Se había dejado llevar por el orgullo, siendo arrastrado por un desmedido deseo de control. Él sólo era uno entre tantos seres humanos, ¿cómo podía llegar a pensar que su visión de las cosas era la única correcta y verdadera? Ante semejante actitud, su subconsciente, más en contacto con la realidad de las cosas y menos vulnerable a la opinión subjetiva, había empezado a revelarse, con el fin de mostrarle lo erróneo de su conducta a la hora de tejer el mapa de Rokugan de aquella manera. No es que el resultado fuese a ser diferente, pero la intención sí que cambiaba y eso le concedía a la obra final un carácter completamente distinto, como si el tapiz tejido de manera humilde fuese más verdadero que el que brotaba de un bordado orgulloso y altivo.

Esta vez lo haría bien, tejería el mapa de Rokugan no como debía ser, sino como era...

-oOo-

Mitsuomi despertó. El humo se enredaba en torno a él como delgadas cadenas blancas. Sin duda el material que lo provocaba era alguna planta alucinógena que había provocado que tuviera esas dos extrañas visiones. Sin embargo, estaba seguro de poder comprender plenamente lo que había sucedido.

Aquella habitación era una prueba más dentro del laberinto, tal vez la más difícil de todas. ¿Qué era exactamente lo que había vivido? Dudaba que se tratase de sus pesadillas, pues no eran así. Pensaba más bien que se trataba de mostrarle sus errores más profundos, aquellas facetas de su personalidad que debían ser corregidas.

Podía deducir que había sometido a una prueba y que había fracasado, por lo que había sido sometida a una segunda y esta vez sí que había salido airoso. ¿Qué hubiese pasado si nunca hubiese conseguido superar aquellos enigmáticos obstáculos? Tal vez hubiese permanecido envuelto por el humo por el resto de su vida, aunque era más probable que los monjes del templo le hubiesen despertado tarde o temprano.

Mitsuomi se esforzó por recordar todo lo que había sucedido y creyó entender en qué habían consistido las pruebas y por qué había fallado en una y había triunfado en la segunda. ¿Es que acaso nunca sería capaz de librarse de su orgullo como intelectual? Como había dicho el Maestro del Agua no debía controlar la corriente del río y eso era lo que había estado intentado hacer desde que había llegado a Otosan Uchi. La noche anterior había comprendido en parte la humildad de su propia posición, pero al parecer no lo había hecho del todo. ¿Acaso debería perder una segunda vez el Tratado de los Elementos para aprender completamente aquella lección?

Salió de la habitación bastante contento y dispuesto a terminar con aquel laberinto de una vez por todas.

Se encontró en un largo pasillo sin puertas a los lados. Oyó un débil llanto al fondo y corrió hacia él. Se trataba de un niño acurrucado en el suelo del pasillo que lloraba desconsoladamente. Era moreno, de pelo corto y llevaba un kimono naranja salpicado de orquídeas, pero sin mon visible. Por un momento, Mitsuomi consideró la posibilidad de que se tratase de otra ilusión más creada por el humo, una nueva prueba, pero algo le decía que aquel niño era tan real como él. Fuese como fuese, tenía que encargarse de él de alguna manera, así que se acercó al niño y le habló amablemente.

Hola pequeño. Me llamo Isawa Mitsuomi. ¿Por qué lloras? ¿te has perdido?

Sí. No sé como salir de este lugar y tengo miedo, no me gusta estar solo.

Lo entiendo, pero tranquilo, te prometo que te ayudaré a salir.

El niño levantó la vista y miró a Mitsuomi con los ojos bañados en lágrimas. Nada había de especial en su rostro infantil, pero Mitsuomi tuvo la sensación de que aquel muchacho le era vagamente familiar, como si lo hubiese conocido hace mucho tiempo, pero no sabría decir ni cuando ni en qué circunstancias.

El niño se secó las lágrimas con las mangas del kinomo y se levantó tomando la mano que Mitsuomi le había tendido como ayuda.

Muchas gracias, Mitsuomi-sama. ¿Seguro que me podréis ayudar a salir?

Estoy seguro de que sí. Dame la mano y saldremos juntos de aquí en seguida.

Creo que al final de este pasillo está la salida.

¿Sí? Pero entonces, ¿por qué no has salido?

Porque creo que no hay ninguna razón para que salga. No habrá nadie esperándome y aunque lo hubiese, ¿para qué salir si la vida es igual que este laberinto?

A Mitsuomi le sorprendió la manera de pensar de aquel niño. No podría tener más de diez años, pero en sus ojos había una tristeza que nada tenía de infantil. ¿Quién era aquel niño y cómo había llegado al laberinto del templo de Bayushi?

No debes pensar así, muchacho. La vida puede que sea un laberinto, pero está llena de cosas maravillosas y aunque nadie esté esperándote a la salida, siempre habrá gente dispuesta a ayudarte a encontrar el camino correcto. Además, la vida es tan complicada como nosotros queremos que lo sea; en vez de pensar en ella como en un complicado laberinto, considérala un camino recto y verás como todo será más fácil. Venga, salvamos de aquí.

Sí, yo tengo un deseo que quiero cumplir y que hará que mi vida sea más fácil.

Claro, como todos nosotros.

El niño cogió la mano de Mitsuomi y ambos empezaron a recorrer el pasillo. Mientras andaban, el pasillo era enormemente largo, más que cualquiera de los que Mitsuomi hubiese recorrido antes, el niño empezó a cantar alegremente una cancioncilla que Mitsuomi recordaba muy bien de su infancia:

Cruza el río, oh piedrecita,
ve con tus amigas a jugar.

Una y dos, y dos y tres,
y cuatro y cinco y seís.

Que al otro lado hay un desierto,
no las hagas esperar.

Una y dos, y dos y tres,
y cuatro y cinco y seís.

Mitsuomi empezó a cantar también, contagiado por la repentina alegría del niño. Pensó que no le había preguntado como se llamaba, pero le daba igual, tan sólo quería salir cuanto antes de aquel y, sorprendentemente, ese deseo también implicaba a aquel niño de una manera muy intensa: quería salir sí, pero también quería sacar a aquel niño costase lo que costase.

Por fin llegaron al final del pasillo: una gran puerta corrediza con dos paneles, sobre ella dibujada el mon Escorpión. Sin duda, aquella era la salida del laberinto, la puerta que conducía a la sala central del templo, donde tal vez ya le esperaban Kazumi y Sanzo.

Mira, muchacho, creo que hemos encontrado la salida.

Sí, Mitsuomi-sama, esta es la salida del laberinto. Pero… pero creo que no deberíamos salir.

¿Por qué? –Mitsuomi se dio cuenta de que el niño había soltado su mano y había dado unos cuantos pasos hacia atrás-. ¿Acaso no me has dicho antes que querías salir?

¡Nunca he dicho que quisiera salir! –de pronto la voz del niño parecía adulta y la impresión de que le conocía aumentó en Mitsuomi-.

El niño echó a correr de vuelta al interior del laberinto. Mitsuomi se quedó parado donde estaba, viendo como se perdía en la oscuridad del pasillo. ¿Por qué no le detenía? ¿por qué no salía tras él para ayudarle a superar sus miedos y ayudarle a cumplir ese deseo que había dicho que tenía? No lo sabía a ciencia cierta, pero tal vez tenía algo que ver con todo lo que había comprendido mientras recorría el laberinto y especialmente tras haber sufrido las visiones de aquel humo alucinógeno. Si le ayudaba, Mitsuomi estaría tratando de que el niño se comportase como él creía que debía hacerlo y tal vez eso fuese un error. Eran tan peligroso ese tal vez…

De pronto oyó la voz del niño gritándole:

No saldrás nunca de este laberinto, Mitsuomi. No saldremos nunca.

Y ya no oyó más, ni siquiera sus rápidos pasos sobre el suelo de madera. Se había vuelto a quedar solo. Ante él estaba la puerta de salida y tras él un laberinto desconcertante pero maravilloso en el que un niño parecía haber encontrado un turbio refugio del mundo exterior. Sí, tal vez debía volver a buscar al muchacho, pero también era posible que lo más conveniente fuese salir él mismo del laberinto y luego volver, siendo ya inmune a los efectos del lugar (los antiguos habían sostenido que quien resuelve un laberinto nunca más puede volver a perderse en él).

Se volvió hacia la gran puerta con el enorme mon Escorpión. Sí, estaba convencido de que aquella era la puerta de salida, en cierta manera no podía ser de otra forma. Lo había conseguido, tal vez antes que Kazumi y Sanzo, tal vez mucho después; no tenía manera de saber el orden en el que habían resuelto su curiosa carrera, pero auque hubiese llegado el último al menos no habían tenido que sacarle de allí los monjes. Era un consuelo, pobre pero algo era.

Realmente no importaba si había llegado el último, lo importante era encontrar la salida, superándose a uno mismo en el proceso. Pero había algo que enturbiaba su sensación de triunfo. Recordó una puerta ante la que se había encontrado cinco años atrás, más grande, mucho más, con una luz casi cegadora brillando al otro lado. Aquella puerta no la había cruzado, pero nada le impedía hacerlo con la que tenía ante sí, nada salvo sus propios temores.

Recordó lo que había dicho el niño. ¿A él quien le esperaba al otro lado? Sanzo y Kazumi tal vez, pero nadie que le esperase a él realmente. Su vida no estaba vacía de sentido como aparentemente la del niño, pero ciertamente él también se sentía perdido, como si el laberinto continuase indefinidamente. ¿Sería lo mejor abandonar la puerta y volver a internarse en el laberinto para vagar entre sus pasillos para siempre? Aquí estaría solo consigo mismo, si nadie que pudiese causarle daño, sin preocupaciones sobre campeonatos de jade o imperios. Consideró aquella posibilidad, la consideró largamente.

Y entonces, con una fuerte carcajada, Mitsuomi corrió las dos alas de la puerta, dispuesto sin temor alguno a enfrentarse a cualquier laberinto que hubiese al otro lado.

La fusama se abrió despacio y un olor fragante a lirios impregnó el ambiente. Era fresco y a la vez insinuante, ténue pero persistente. La sala estaba a oscuras casi y jurarías que era más bien alargada... ¿Quizás otro pasillo?

El silencio abarcaba cada milímetro del lugar hasta que... escuchastes una especie de llanto. Mientras tus ojos se hacían a la luz te dabas cuenta de que estabas en lo que parecía una sala rectangular con varias salidas posibles. No estaba amueblada, y todo parecía estar teñido de rojizo. El tatami era escarlata, dando la sensación en aquella penumbra de pisar un mar de sangre y los shojis eran terracota, de manera que si la luz entrase se vería todo enrojecido.

Una figura estaba sentada en una de las esquinas, agazapada entre sus rodillas, mientras una enorme cabellera morena caía através de sus hombros hacia el suelo. Su figura no era la más esbelta, pero no carecía de gracia. Su kimono no era el más insinuante, sin embargo, aquellas formas redondeadas le daban un aire a la belleza perfecta de las estatuas y de las pinturas ancestrales. El color de sus vestimentas estaba oscurecido y enrojecido por la sensación visual de la sala, sin embargo pudistes ver muchos estampados en el.

Mientras te acercabas oistes un leve susurro... no, no lo era, era una especie de sollozo. Entonces aquel timbre adulcorado, entre la dulce miel y el resplandor de la cara oculta de la luna te hicieron ver quien era la pequeña joven que parecía presa de unos grilletes invisbles.

Kazumi.

Al irte acercando te distes cuenta de que en el ambiente, entremezclado con el olor del perfume de la joven, había algo más... aunque no sabrías decir al principio qué era... Sin embargo... mientras te fuistes acercando... supistes que debía de ser lo mismo que te había hecho a ti antes pasar por visiones extrañas...

¿Sería algún incienso de los escorpión? ¿Alguna mezcla con algún alucinógeno? Lo cierto es que bien poco te importaba cuando te acercastes hasta dos pasos de la más joven de los tensais elegidos.

Sollozaba. ¿Por qué? Y por qué cuando lo hacía parecía que la mayor pena se abría en tu alma. Era como oir el llanto desconsolado de un niño en los brazos de una madre muerta. Algo que jamás nadie podrçía soportar y que, simplemente, te quitaba las palabras. Era un desazón que nacía de los temores y resqumazones de cada uno, de las heridas malcerradas del alma, como si aquel llanto fuera su canto de sirena.

Quisistes llamarla, pero entrevistes que, de entre los cabellos azabaches mezclados con la seda, su mirada parecía vacía, perdida, como cuando mirabas hacia el Vacío y quedabas absorto de lo que realmente pasaba a tu alrededor. Estaba muy lejos de los pasos que te acercaban a ella... y te preguntabas donde...

"No... quiero..."

Dijo con un hilo de voz que surgió de la nada. Pero parecía no mirarte, miraba un punto de la nada en el panel de shoji de enfrente suyo.

"Por favor... no me obliguéis..."

Era como el rasgar de una tela que nacía de tu propio corazón. La verdadera fuerza de esa muchacha no era lo glamuroso de su aspecto, ni su dialectica capaz de enamorar al más aguerrido samurai, sino la intimidad de sus mensajes y sus sentimientos, que parecían extraidos del que la oía y estaba cerca suya.

En un gesto brusco Kazumi acurricó su cabeza entre sus piernas, unidas a su cuerpo por la presión de sus brazos sobre ellas mientras en un leve gemido decía:

"No me obliguéis a hacerlo... Yo... yo... yo sólo amo a..."

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Isawa_Mitsuomi
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Mensaje por Isawa_Mitsuomi » Dom Oct 26, 2008 5:18 pm

Cruza el río, oh piedrecita,
ve con tus amigas a jugar.

Una y dos, y dos y tres,
y cuatro y cinco y seís.

Que al otro lado hay un desierto,
no las hagas esperar.

Una y dos, y dos y tres,
y cuatro y cinco y seís.

La voz de Mitsuomi llenó la pequeña estancia. Era alegre, pero de tono bajo, casi en cantaba en susurros. No miraba a Kazumi directamente mientras cantaba, pues no quería que la música fuese directamente a ella, sino que la envolviera como una cálido abrazo.

Levántate, oh piedrecita, hermosa niña amada por el Aire, quería decirle con aquella canción infantil.

No quería acercarse a ella para sacarla de su doloroso trance. Una parte de él quería socorrerla, devolverla al mundo real, lejos de la pesadilla que estaba viviendo, pero sabía que, igual que le había pasado a él, Kazumi estaba viviendo su pasado o los temores de su futuro y tenía que pasar esa experiencia por sí misma, para vencer al templo de Bayushi. Pero nada le impedía ayudarla un poco, darle algo de calidez.

Se quedó allí, en un rincón, observando a Kazumi. Le dolía demasiado verla así, pero no debía hacer nada, no debía interponerse entre ella y sus demonios, pues si lo hacía la victoria que obtuviesen sólo sería una tregua breve.

Cantaba, sólo cantaba.

Hay un oasis entre la arena
y en el agua puedes nadar.

Una y dos, y dos y tres,
y cuatro y cinco y seís.

Bajo las palmeras chapoteando
de seguro te vas a mojar.

Una y dos, y dos y tres,
y cuatro y cinco y seís.

Intentó distanciarse pensando con frialdad. Al parecer Kazumi estaba recordando algún hecho referente a sus padres, una imposición, probablemente una boda por lo último que había dicho; aunque siempre podía ser que se tratase de un futuro poco deseado por Kazumi.

¿Y quién era el novio? ¿Isawa Seiryo? En parte, Mitsuomi estaba casi convencido de que Arousou y Kazumi compartían mucho más que ser los candidatos a Maestro del Aire. Si tal era el caso, sin duda Kazumi desearía tomar como esposo a Arousou. Aquella joven estaba muy cerca de sus emociones y las vivía con mucha intensidad, por lo que un matriomio concertado sin duda para ella sería algo muy desagradable.

Cuánta crueldad. No sólo de los padres de Kazumi hacia su hija, sino del propio Mitsuomi hacia la joven shugenja. ¿Por qué no la ayudaba? ¿Acaso no podía estar equivocándose en todo? Se le destrozaba el corazón viéndola así, no podía permanecer impasible ante el dolor ajeno.

La Compasíón es Agua y el Agua es la madre del Aire.

Kazumi-chan, despierta, por favor, despierta.

Kazumi estalló en un mar de lágrimas que parecieron inundar la sala ahogado su llanto en este también, con un alarido tran frágil quepareció hacer estallar la sala como si del cristal se tratara.

Veías el leve temblor de su cuerpo bajo el fino kimono de seda colorido y su piel y cabelos mojados por las lágrimas.

"¿Porqué nadie entiende que... quiero que esté a mi lado...?"

Pudistes oir entre susurros mientras las lágrimas escapaban de sus acaramelados ojos cerrados.

"La felicidad de un individuo no puede entorpecer tanto a los fines del Clan..."

Oistes de nuevo su voz como un hilo tenue que iba incrementando mientras se unía con todas las sensaciones que tu le transmitías, parecía metida en un trance mucho mayor que el tuyo. El aire, el aire de aquella estancia estaba entremezclada con un fuerte olor a ese extraño incienso y parecía que la brisa acumulada de alli era egoista y no quería dejarla salir tan facilmente.

Notabas como al rededor suya había una concentración máxima de aquel olor, como si el propio aire que la amaba se hubiera vuelto loco en aquel espacio y deseara retenarla todo el tiempo del mundo, hasta que semarchitara como los lirios a los que olía.

Podías oir sus voces si te lo proponías no con mucha dificultad, se agarraban a ella y la acariciaban mientras con ojos invisibles la deseaban y protegían del mal que sería que les abandonara.

"Aquí estarás bien" "Protegida de todo mal" Eran las voces que oías. ¿Cómo podía ser que en un lugar como aquel hasta los pequeños kamis quedaran embutidos en la esencia del temor o del deseo más profundo. Y el Aire quería a su amada.

Despierta. Dijistes de nuevo y por un segundo vistes que aquello parecía funcionar, pues levantó algo la cabeza como buscando en la haitación a alguien que ella no veía. Con los ojos abiertos vistes que sus ojos parecían como ciegos, como si su pupila no existiera. ¿Sería otra ilusión del templo?

Parecía más perdida que nunca, pero lo que realmente parecía es que el aire ahora empezaba a arremolinarse en torno a ella mientras susurraba cada vez con más fuerza e ira.

¡¡Es nuestra!!

Las mejillas de la chica, mojadas por las lágrimas que en aquel segundo de desconcierto no salían, hacían ver que estaba llegando al hilo entre la realidad y la ficción. Sin embargo, aquella burbuja de aire que se había creado a su alrededor se movía en círculos en torno a ella con cada vez más fuerza.

Un silbido extruendoso empezó a oirse y una fuerza que te empujaba lejos de ella. Tu voz, se perdía en una especia de torbellino a su alredeor que se formaba mientras la ilusión tragaba de nuevo a kazumi y esta se llevaba sus manos a los oidos y metía la cabeza entre las piernas.

Al principio no supistes que decía, el aire sólod ejaba ver que gesticulaba con los labios. Parecía repetir un nombre una y otra vez hasta que, de repente, un estallido de su garganta acalló hasta el aire y dejó que este se moviera de repente.

"¡¡¡Basta!!"

Exclamó con fuerza. Los ropajes que estaban semivolando de la chica calleron de repente mientras sus cabellos se exparcían igualmente por su cuerpo y el suelo. Paulatinamente vistes como las pupilas aparecían en la oscuridad de sus ojos, causados por la penumbra carmesí y como dejaba languidos sus brazos caer hacia el suelo mientras respiraba apresuradamente.

Con la cabeza apoyada en lapared, respiró unos segundos tratando de calmarse hasta que te oyó moverte, girnado así pesadamente la cabeza para poder mirar hacia donde estabas.

Al verte, su expresión cansada, pero que, paradojicamente le daba un aspecto maduro y sereno, cambió en un segundo mientras una sonrisa se abría en sus labios.

"Ohm... Mitsu-kun... Sumimasen... Ya... ya he vuelto..."

Me alivia mucho oír eso, Kazumi-san -dijo Mitsuomi con una sonrisa que era un reflejo perfecto de la de la joven.

Sin embargo, Mitsuomi no tenía demasiados motivos para sonreír. Ciertamente, se sentía contento de que Kazumi hubiese podido escapar no sólo de las ilusiones tejidas por los vapores del Escorpión, sino también de los kami del aire que ansiaban, también ellos sometidos al delirio; pero se daba cuenta de que el brusco cambio en el rostro de la shugenja no era más que una máscara y que sin duda la turbación de su interior no había desaparecido.

Este lugar es muy extraño. Los Escorpión no nos lo han puesto nada fácil a la hora de atravesar su laberinto. Han llenado el aire de las habitaciones de humos y aromas alucinógenos que despiertan partes del alma que no son nada agradables me temo. Yo mismo he sufrido mucho aquí dentro.

Mitsuomi hablaba con gravedad, pero no con dureza. Quería que Kazumi comprendiera que nada de aquello era un castigo, que él también había padecido las miserias de aquel laberinto y había salido con buen pie. Deseaba ayudarla a superarlo y hacer que se sintiera más a gusto con lo que había sucedido era el primer paso.

Pero creo que todo esto es para bien -el tono de Mitsuomi cambió, se volvió más luminoso, más alegre-. Me siento como un niño al que su padre riñe después de haberle pillado cometiendo una travesura. Está claro que al niño le duele ser amonestado, pero si las palabras del padre son justas y correctas, no hay nada de malo en ellas y el niño puede ser mejor tras escucharlas y comprenderlas. La Comprensión engendra Dolor, pero de ese dolor surge la Compasión.

Le tendió la mano a Kazumi para ayudarla a levantarse. Lo que acababa de decirle era una lección difícil de aprender, no por su contenido sino porque el corazón humano recela del dolor y, por tanto, siempre lo considera negativo, negando los dones que ocasionalmente puede ofrecer. Pero estaba seguro de que Kazumi podía asimilarlo igual que lo había hecho él.

El templo de Bayushi no creaba ilusiones, sino que extraía de la mente de quienes se internaban en él sus peores miedos, sus más ocultos anhelos y se los mostraba, tal vez con una máscara, tal vez sin ella. Era inevitable que ante esto, el corazón se encogiese y sufriera, pero no había más remedio. El fuego que permite el Cambio es doloroso al tacto.

No debéis tener miedo de lo que habéis visto, Kazumi-san, no lo ocultéis o lo rechazéis, porque entonces os estareis mintiendo a vos misma. Tenemos que aceptar lo que somos, lo bueno y lo malo, si no ¿en qué nos convertiríamos? En el fondo me siento muy agradecido por haber estado en este lugar.

Alguien menos acostumbrado a la soledad que Mitsuomi, hubiese acompañado aquellas palabras con algún contacto con Kazumi, tal vez alguna caricia en el pelo o simplemente apoyando una mano en el hombro de la joven, pero él se mantuvo a corta distancia, agotado por el gran esfuerzo de haberle tendido la mano. Sin embargo, ello no impedía que en su rostro hubiese aparecido una expresión de ternura casi paternal, reflejo casi inconsciente de un profundo deseo de proteger a aquella muchacha, pero no de la manera que había hecho el Aire, cortándole las alas, sino poniendo a su disposición los cielos, con sus maravillas y sus horrores, pero mantiéndose siempre cerca, como una presencia protectora.

Kazumi-san, no voy a preguntaros por lo que habéis visto u oido, no seré tan descortés, pero quiero que sepais que podéis contarme cualquier cosa cuando queais. A veces hablar de lo que nos tortura por dentro ayuda a mitigar el sufrimiento o incluso nos permite hallar una solución. Sé que no es facil abrirse a los demás y que es algo que lleva su tiempo, pero yo estaré ahí cuando lo necesiteis.

Estuvo tentado de abrazarla, para demostrar todavía más su apoyo, pero se contentó con ampliar su sonrisa.

Bien, creo que es hora de que salgamos de aquí, mejor será que no avergonzemos a Sanzo-sama obligando a los monjes a venir a por nosotros.

La sonrisa de Kazumi era como la de una pintura en un lienzo blanquecino, estaba ahí sin embargo a veces parecía que siempre perduraría, que si estaba no era porque lo sintiera sino porque estaba pintada.

Puede que en aquel momento fuera de las veces que más veías escapar por sus ojos una Kazumi más seria de la que sonreía. Allí estaba el reverso de Kazumi aquella chica seria que pocos habían visto, tratando de salir por los ojos de una faz tranquila y sonriente que todos estaba acostumbrados a ver.

Kazumi te cogió tu mano con las dos suyas y acarició tu palma y tu dorso con sus dedos mientras un segundo la estuvo observando antes de mirarte a ti a los ojos. Entonces aquella sonrisa que podría haber sido la de una muñeca de porvcelana resplandeció ella sola abriendose verdaderamente a la vez que el brillo de sus ojos aparecía.

Te tomó por la mano fuertemente y se acercó dos pasos hacia ti, quedandose a sólo uno de tu cuerpo. Era más pequeña que tu, ya lo habías comprobado, no mucho, pero algo más. Te miraba a los ojos con una intensidad que creías que te tragaría con fuerza un espiral de aire, un torbellino que te transportaría a su cabeza, a su mundo.

Anduvo sin que puideras hacer nada el paso que os separaba y se inclinó con las puntas de los pies para besarte en la mejilla mientras mantenía cogida tu mano con las dos suyas.

Notastes la calidez de sus labios que parecían decirte "Gracias". Fue sólo un segundo, kazumi con el mismo movimiento lento y discreto, sin ningún tipo de connotación más que puro cariño se separo. Te miró de nuevo a los ojos con aquella faz de tranqulidad y asintió despacio.

"Lo sé, Mitsuomi, sé que es difícil encontrarlos pero que lo he hecho, he encontrado un amigo incondicional. Y tu otro..."

Despacio dejó que tu mano callera por el aire hasta pegarse a tu cuerpo y se dio la vuelta para ir hacia la puerta tras aquella habitación. El aire parecía manso a su lado mientras volaba con un tono azulado y discreto, tranquilo y callado, acariciando sus manos y sus cabellos a la vez que parecía que en aquella apariencia de la kazumi alegre andaba la otra, más cercana que nunca a las puertas de la última máscara que la ocultaba.

De espaldas a ti, justo antes de salir de alli escuchastes de nuevo su voz, tranquila y sonora.

"Puede que este santuario... sea un laberiento de sentimientos y que los que no salen es porque no reconocen sus miedos y no puende superarlos... Yo creo que ambos los hemos afrontados y... ahora creo que ambos sabemos como actuar... Si es así, venir aquó ha sido más que bueno...

Y... yo... te prometo que, cuando todo esto termine y tengamos algo más de tiempo para nosotros y menos para el Clan... te contaré un secreto."

Dijo mientras se giraba levemente y te guiñaba un ojo. Acto seguido abrió la fusama y... la oscuridad se la tragó...

La sala en la que seguistes a Kazumi estaba tan oscura que os quedasteis sin ver durante minutos enteros hasta que visteis que al rededor vuestras empezaban a ensenderse velas con sus tonalidades amarillas y anaranjadas.

Poco a poco empezasteis a ver que estabais en uan sala circular, en la que las sombras formaban sobre los paneles pintados nuevas siluetas y figuras. Parecía que en cada shoji había pintado un hecho relevante de la vida del kami oculto y... mientras tu cuerpo giraba sobre si para poderlo ver todo, te distes cuenta que reinando entre la oscuridad, en una parte que no sabrías decir si era el frente de la sala o el final, en un aldo o en otro, había una figura envuelta en una túnica negra, no estaba tallado en piedra negra.

De sus ojos oscuros salían hilos carmesíes de esencia que te llegaban hasta lo más profundo mientras jurarías que trassu mempo pronunciaba tu nombre y cada uno de tus temores y secretos. El señor de las Mentiras y de los Secretos os excrutaba desde algún punto irreconocible de aquella sala.

No te habías percatdo, pero con aquella oscuridad no te habías fijado en la pequeña silueta que estaba apoyada en la estatua.

"En un tiempo mejor del que creía, si señor. Dijo Sanzo con tono de chanza.- Creía de verdad que tendría que mandar a buscaros..."

Y rio mientras salía de entra las sombras de las sombras del Kami Bayushi, valga la redundancia.

"Bien... ahora... responderme a una pregunta...

¿Habéis escuchado ya la historia de este templo o tengo que repetirosla?"

Yo nunca había oído ninguna historia sobre estos templos.

Así era como debía ser la sala central del Templo de Bayushi. Miró directamente a los ojos de la estatua del Kami. No tenía miedo de aquella mirada penetrante que parecía penetrar en su mente hasta alcanzar lo más recóndito de su propia alma. Aceptando sus propias sombras había aceptado su luz y no tenía miedo de lo que podía revelar a quien mirara tan profundo.

A decir verdad, reconozco que nunca había prestado atención a estos templos. Hay templos dedicados a cada Kami a lo largo y ancho de todo el Imperio. SIempre pensé que en el fondo eran todos iguales, aunque estos fueran los más grandes y magníficos. Cometí el error de quien contemplando el reflejo de alguien considera que ya conoce a esa persona.

No sé historias sobre estos templos, solo sobre los Kami a los que están dedicadas y ni siquiera con demasiada profundidad.

Mitsuomi se volvió hacia Sanzo con una sonrisa. La petición era evidente. Contad, Sanzo-sama, contadnos lo que hemos encontrado.
Sanzo empezó a andar por la parte más cercana a los shojis de la sala y a su paso las velas se avivavan haciendo que el espacio que iluminaban se volviera anaranjado y contonenate, místico y misterioso a la vez. A la vez que el Maestro de los Mil templos caminaba como un gato a vuestro alrededor.

"Este templo podría tener una historia que contaros como el resto... pero no serviría de nada deciros quien los contruyó o quien donó la estatua, ni tan siquiera si podéis escuchar esos susurros de sutras nunca dichos, entre las habitaciones que no existen...

Lo más importante de este templo es la narración que todos los días repite y que a la vez es diferente en cada ocasión...

Este templo nos habla de nostros mismos, de nuestros temores y de nuestra virtud más importante... la superación. Aquella luz escondida que nos hace brillar y salir de la negrura cuando todo parece estar acabado...

Sin duda el fin de los sacerdotes de aquí es mostrarnos las pesadillas más ocultas de nuestra propia alma, axfisciarnos con visiones inteligibles o demasiado reales entre las habitaciones y sumirnos en la desesperación... Pero dejando la rendija suficiente como para poder salir de este engaño que no es más que nuestra propia vida, nuestros propios sentimientos para, desde lo alto, ver las cosas diferentes...

Ambos entrásteis aquí seguros de muchas cosas... en el interior del Templo habéis encotrado una verdad que será contada como el resto, en una historia que se hila paso a paso y que narra como los más fuertes de espíritus y los más nobles logran ver la luz que no existe, sacándola de las entrañas de la negrura...

Este templo os ha mostrado parte de vuestros miedos, pero, sobretod, os ha mostrado que es lo que olvidais como prioridad y no deberíais... Muchas veces dejamos de lado nuestro verdadero "yo" por el que creemos que es el conveniente. Y otras veces simplemente nos somos nosotros mismos porque el egoismo ageno nos ha hecho olvidarnos de que esta vida es nuestra y que, quiénes son los demás para reprimir nuestro avance personal.

La maquiavélica idea, digamoslos de esta manera, se le ocurrió a una Shosuro de la cual la historia de este templo ha borrado el nombre, como el de todos aquellos que superan la prueba. La chica se aisló en este templo por días, desfallecida mientras se ocultaba de sus demonios internos. Sólo cuando levantó la cabeza tras estar sentada en esta sala por tanto y miró a los ojos al Kami Oculto se dio cuenta de que allí sentada no podría hacer nada. Y fue entonces cuando no sólo decididó sacar su vida adelante sino que le dio contorno a la forma de contar la peculiar historia de este templo...

Ella supo ver que aquí no hay manera de que yo empiece diciendo "Era se una vez en un país muy lejano" o "Hubo una princesa o un principe"... Vosotros tenéis que daros cuenta de que en realidad esta historia empieza diendo "Cierto día de la vida de Isawa Kazumi o Mitsuomi vinieron a parar al templo del Kami Oculto en Otosan Uchi..."

Aquí yo no puedo contaros de otros, sois ustedes los que tenéis que contarme de vosotros... Sino, este paseo por las salas del templo no habrá servido de nada.

Cierto día de la vida de Isawa Mitsuomi vino a parar al templo del Kami Oculto en Otosan Uchi. ¿De dónde venía el joven shugenja? De un mundo casi por completo teórico, repleto de bibliotecas, de tratados de política y de filosofía; un mundo que se puede contener en una sola habitación.

La soledad y el conocimiento suelen ser a menudo semilla de arrogancia. Mitsuomi creía que el mundo era tal y cómo él pensaba o, mejor dicho, que debía ser tal y como el deseaba. ¿Era acaso un traidor, un megalómano destructor con delirios de grandeza? No, tan solo un pensador solitario que trataba el mundo como una abstracción más, tan fácil de moldear con la mente como cualquier otra idea.

Pero, dentro del laberinto dispuesto por los seguidores de Bayushi, Mitsuomi comprendió que el mundo no se doblega tan fácilmente al deseo humano. Uno puede tener las mejores intenciones del mundo y estar equivocado, aunque sea en parte.

No es fácil dejar caer en mitad de un viaje las pertenencias que arrastramos con nosotros, esos objetos cotidianos o no tanto a los que nos aferramos como si nuestra propia existencia dependiera de ellos. Sin embargo, ciertos vapores y amoras cargados de imágenes pueden volverlos tan ligeros como plumas, presas fáciles para la más leve de las brisas.

Cierto día de la vida de Isawa Mitsuomi vino a parar al templo del Kami Oculto en Otosan Uchi y conoció la piedad de los vapores.

Mitsuomi terminó su breve historia con una sonrisa dirigida hacia la estatua del Kami del Escorpión. Se sentía agradecido con aquella oscura figura de ojos como ascuas. Ciertas olas aún agitaban su superficie, pero el mar de su mente estaba más calmado que de costumbre.

Por un momento, le apenó pensar que Kazumi se viera obligada a contar también lo que le había sucedido dentro del templo y Mitsuomi sabía que probablemente la joven shugenja no quisiera compartir una experiencia tan dolorasa como al parecer había sido. En parte por eso, le dijo a Sanzo:

Y vos, Sanzo-sama, ¿no tenéis nada que contar? ¿Acaso el templo perdona a quien ya lo ha atravesado una vez?

Sanzo puso un gesto meditabundo y pareció que iba a decir algo pero calló y tras esto dio una sonora risotada.

"No, me temo que mientras tengamos temores este templo seguirá mostrandonos nuestras historias...

¿Tenéis curiosidad por la mía? No sé si os servirá de mucho... pero os contaré una... Aunque claro, esta en vuestra mano saber si realmente es la mía...

Una vez un joven de nombre borrado por los registros se adentró en este templo buscando quizás perderse, como su nombre, de toda mirada y vestigio humano. Su corazón había sido partido en tantos pedazos por la única mujer que creía que no lo haría con tal atrocidad que había dejado de ser persona para convertirse en un cascarón vacío...

Entre los pasillos oscuros fue dejando cada una de sus túnicas y cuando caían al suelo sentía como si cada uno de sus recuerdos quedaran perdidos allí como él, olvidados y sacados de su mente...

Pero era una mujer tan hermosa que era imposible que por mucha ropa que dejase atrás todos los recuerdos de su vida quedarán atrás... No podía olvidar el olor de sus cabellos ni lo rojizo de sus labios... Podía olvidar los atardeceres contemplados pero no el resplandor dorado de sus ojos en ellos. Podía deshacerse de los recuerdos que ataban sus cuerpos pero no de sentimiento de saber lo que era rozar su piel...

Y lo que más le desesperaba y perdia en el bucle en el que se había convertido el templo es en que no se podía retornar de más allá de los cielos... En un principio había odiado todo el cosmos pero al entrar en aquella estancias tratando de pedirle al último kami que le quedaba que se la devolvieran, entendió una verdad inalterable...

Que nada permanece y que a la vez todo existe por siempre...

Esa mujer había dejado de existir pero a la vez existiría por siempre... Puede que aquella lección fuera la más dura que jamás hubiera aprendido, pues pensar que existiría para siempre lejos de él era mucho más duro que cualquier otra cosa, mas, aceptarlo le acercó a la iluminación...

Al igual que todos los que despiertan en esta sala él aprendió algo y su vida se tornó diferente desde ese momento...

Es vuestra la potestad para decidir si se convirtió en este viejo..."

Y tras esto sonrió. Kazumi quedó con las cejas enfurruñadas como si algo no le cuadrara, aunque más bien empezabas a pensar que lo que quería es que dijera el nombre de la muchacha...

Mas sanzo hizo caso omiso a su expresión y al parecer a la pregunta que podría haberle hecho a ella de su historia, puede porque casi leyó tu mente, pero se dio la vuelta y empezó a andar hacia una de las paredes.

"Seguidme... aún nos quedan más templos..."

Y como todo en aquel templo, extrañamente os separó muy poco tiempo de salir de las mayores profundidades de sus entrañas, como si os escupiera a gran velocidad.

Entonces el siguiente destino se presencio como el limpio sonar de las trompas de guerra. Un manto dorado de flores amarillentas y de simples composiciones simétricas, de espacios y jardines zen en donde el sonido claro del agua era predominante entre piedrecitas blancas y negras dejó ver una enorme construcción de madera noble, pintada de tonos amarillentos, anarajandos y marrones. Su extructura parecía más que solida, quizás tras la de Hida la segunda, con grandes espacio, albergando enormes salas llenas de estatuas que se vislumbraban desde la entrada. Con frescos por las paredes y cuadros de enorme embergadura con hazañas del León.

Kazumi se encogió de hombros al ver aquel despliegue de magestuosidad en aquellos grabados y estatuas más grande que personas, recordando todo aquello a la sala de los Ancestros de Kyuden akodo y te dijo entredientes:

"Menos mal que la arrogancia dijo Akodo que era un defecto de caracter..."

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