El primer Gozoku: Libro 1º

En rokugan hay muchas tradiciones, y detalles que aprender.<br>¿Que mejor que hacerlo de la mano de uno de los maestros?.
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Kakita Koji
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El primer Gozoku: Libro 1º

Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:35 pm

La Grulla
Capítulo 1

por Kakita Brent y Mirumoto Chris

Traducido por Akodo Dani

“Un samurai es inmensamente leal a aquellos bajo su cuidado Para aquellos de los que él es responsable, él permanece ferozmente leal” – Bushido de Akodo


Doji Raigu había sido solo un niño cuando su padre había muerto en Kyuden Doji, cuando su cuerpo sucumbió finalmente a las heridas recibidas en batalla hacía ya más de diez años. La Katana Ancestral, el manto del liderazgo... muchos grullas pensaban que el joven de dieciséis años era demasiado verde, demasiado joven, para poder manejarlas.
Se equivocaron.
Seis años pasaron, y el clan de la Grulla solo había crecido en fuerza. El riguroso e inflexible sentido de la justicia y del deber de Raigu había dirigido a su clan a grandes alturas tanto en las cortes como en los mercados. Los traicioneros Yasuki sufrieron por su insolencia, y el resto de los clanes fue alimentado por el botín de los campos grulla. Incluso había quienes consideraban a Doji Raigu como casi el igual de su señor, Hantei Fuwija, en control y poder...
Eso fue antes de la llegada de Oni no Usu para devastar las tierras de los Kuni, y las órdenes del Emperador en su trono.

********

Hantei Fuwija no era ya un hombre joven, pero aún pasarían años antes que el Príncipe Resplandeciente pudiese ser considerado como “venerable” o “viejo”. Vestido con la Armadura Imperial, el Emperador cabalgó dentro de la ciudad, hacia el sonido de los aplausos y el júbilo; entusiasmo solo en parte forzado, añadido e intensificado por las cuidadosas preparaciones de los cortesanos del Fénix y la Grulla.
Raigu observaba desde los muros de la Ciudad Prohibida como el Emperador, su primo segundo, vivía a través de la multitud con cada grito y cada lluvia de pálidas flores de cerezo que llenaban el aire. El Campeón Grulla tenía en poca consideración toda esa fanfarria y todo ese amor propio que parecía acompañar a otros al poder; eso no era Bushido, el único código en el que el samurai había aprendido a confiar.
Sin embargo, él nunca denegaría al Príncipe Resplandeciente su lugar en la gloria; ese era su deber, deslumbrar al Imperio mientras caminaba al sol.
“Raigu-sama,” dijo una voz a su espalda, “es casi la hora de que finalice el desfile de nuestro señor.”
El Campeón Grulla se dio la vuelta suavemente, su cara pálida y de mejillas afiladas como siempre en una atípica calma. Vestido con su armadura familiar, Raigu resultaba hermoso a la recién llegada; su largo pelo blanco estaba recogido en una coleta hasta casi su cintura, y portaba su daisho con una concentrada, aunque liviana, facilidad. Kakita Chikuma siempre había admirado a su señor por su fuerza y honor...y por su belleza, admitió con un interno suspiro.
Chikuma era una de las Grullas más fuertes en la corte de Fuwija; su pelo oscuro estaba cuidadosamente arreglado, y su cara estaba maquillada ligeramente, acentuando el verde de sus ojos. Un kimono con un diseño de plumas y luz solar la cubría perfectamente, aunque si estas cosas afectaban a Raigu, él no lo aparentaba.
“Observa que todo haya sido preparado adecuadamente, Chikuma-san,” dijo el Señor Doji. “No dejaré que nada disturbe la paz del Emperador, tras su batalla y su larga cabalgata.”
La cortesana se inclinó ante él, sus ojos verdes fijos como los de un arquero sobre su objetivo. “No necesitáis preocuparos, Raigu-sama. Ya lo he hecho así, y volveré a hacerlo de nuevo.” Mientras se daba la vuelta, la chica vaciló por un momento, como si fuese cogida entre dos decisiones.
“Esto no es propio de ti, Chikuma-san,” dijo su Campeón, sus ojos oscuros captando cada movimiento. “Un grulla debe golpear una vez, y hacerlo de manera perfecta. Habla ahora.”
“Lo siento,” dijo ella, enrojeciendo ligeramente ante la reprimenda. Doji Raigu rara vez era duro con sus sirvientes, pero era incluso aún más raro que dejase pasar esos pequeños fallos. “Parece que Lord Hantei se ha congraciado con el Daimyo del Clan Cangrejo, Hida Nobuyoshi; discutieron de muchas cosas mientras los soldados de Nobuyoshi saludaban las muchas glorias del Emperador...”
Raigu sonrió. “Es bueno ver que Nobuyoshi entiende lo suficiente como para darle al Emperador el trato adecuado. Es raro que la llamada a la cortesía de Akodo le llegue a los Hida.”
La cortesana asintió con brío, sabiendo por experiencia que Raigu prefería un oponente honorable, incluso si esto le costaba a la Grulla algo de ventaja. “El Hantei ha sido engañado, Lord Raigu. Nobuyoshi le ha mentido, diciéndole que los Daidoji y el Clan León conspiraron contra su pueblo. La culpa de los ataques de Oni no Usu en las provincias Kuni ha recaído sobre nosotros.”
Raigu no mostró ningún signo de preocupación o emoción. Su mano tocó ligeramente la Katana Ancestral de la Grulla; uno de los pocos signos que delataban su estado interior que Chikuma había aprendido. El Campeón sabía que no había existido jamás tal acuerdo... él también sabía que los Daidoji habían estado llevando las actividades de castigo contra los Yasuki durante varios años. Nunca fue más que una respuesta directa a una rotura del Shido. El propio Raigu nunca se había encontrado con un Yasuki, por ello no les profesaba ningún odio personal.
Él había hecho lo que le era requerido por ser samurai...y ahora los Cangrejo amenazaban con colgarle por esos actos.
“Confiemos en la sabiduría del Príncipe Resplandeciente, Chikuma-san,” dijo el bushi Grulla tras una larga pausa.” Reemplaza tu miedo por cautela y respeto.”
La cortesana sonrió ante la cita del Bushido de su señor. “Deberíamos irnos, Lord Raigu.”
Por debajo de los dos grullas, una ovación final surgió de la ciudad de Otosan Uchi, anunciando que su Emperador, su héroe, había llegado a casa.

******

Debajo de su yelmo y su armadura, la cara de Hantei Fuwija era embotada y blanda, desmintiendo su poder mientras ocupaba su lugar sobre el Trono Esmeralda. El Emperador había sido vestido con ropas doradas, marcadas con un único cangrejo verde; un regalo, sin duda, de su agradecido Daimyo y un signo del favor que estaba a punto de recibir. Raigu permanecía a la izquierda del trono y trató de percibir lo que estaba a punto de ocurrir de su señor, pero la punta del alto gorro del Hantei bloqueaba sus ojos.
“Es bueno estar de vuelta en mi casa,” dijo fríamente el Emperador a la corte. “Os honráis manteniendo el Imperio a salvo en mi ausencia, atendiendo los asuntos del Clan Cangrejo.”
Los cortesanos se inclinaron y saludaron a su líder; Raigu no se movió mientras el Emperador se sentaba y colocaba sus manos suavemente en los lados de la anciana estructura de piedra. Casi podía oír como la corte volvía a contar como el Hantei había liderado las Legiones hacia la victoria contra Oni no Usu; Tales rumores estaban por debajo de él, y tampoco eran nada que su gente no supiese ya.
“Ahora, adelántate Daimyo de la Grulla.”
Doji Raigu se movió sin esfuerzo hasta permanecer ante el Príncipe Resplandeciente, y luego se arrodilló ante su superior, sus ojos oscuros silenciosos mientras saludaba a su primo segundo con las palabras automáticas de agradecimiento y alabanza. Los ojos de Fuwija eran visibles ahora, y por el brillo que portaban el Doji supo de su corazón y su alma.
“Tienes mucho por lo que responder, Raigu”, dijo fríamente el Emperador, observando al joven con una mirada crítica. La mano de Fuwija acariciaba su kimono mientras hablaba; un gesto nervioso, pero que atrajo la atención del grulla hacia algo escondido justo debajo. “Los Grulla tienen una parte de culpa por los ataques de Oni no Usu con su difamación sobre los Yasuki. Hago recaer sobre vosotros la muerte de muchos bushi cangrejo. He hablado con Lord Nobuyoshi del asunto.”
El Campeón de la Grulla miró a su maestro. “No habéis hablado conmigo, Lord Fuwija, permitid a la Grulla que...”
“No.”
Lo abrupto de las palabras del Emperador sorprendió al Doji; él no lo mostró, pero para aquellos que sabían que buscar, la expresión era clara. Hantei Fuwija se levantó, su sombrero resbalando ligeramente hacia atrás. “Tus acciones ya me han dado la respuesta, Raigu. No hay nada que discutir aquí.”
Tras ellos, la corte bullía con rumores susurrados. Doji Raigu se levantó y se inclinó profundamente. “Entonces que así sea, por la voluntad del Hantei.” Esperó, aguardando expectante la última orden.
Nunca llegó. Los ojos de Fuwija brillaron oscuros, pero había aún respeto presente en su mirada. “Es bueno ver que no has descuidado el Bushido en mi ausencia, Raigu. Sugiero que partas ahora a Shiro Daidoji,” el Emperador puntualizó el asunto con un chasquido de su abanico “y cuida de que tus sirvientes allí siguen el Código como tú.”
El Señor de la Grulla salió caminando de la corte, su mente terriblemente preocupada mientras el Daimyo de los Akodo se adelantaba para llevar su parte de culpa, expiando las acusaciones de los Hida no con palabras, sino con tres largos cortes de la hoja de sus ancestros.

*****

El Emperador casi había muerto.
La mente de Raigu no se paraba en los insultos del Cangrejo a su honor mientras caminaba a través de los pasillos de la Ciudad Prohibida; el joven Doji había visto algo que le había aterrorizado mucho más que esa difamación, escondido entre el alto sombrero y el largo kimono Hida. Hantei Fuwija portaba vendajes en su brazo derecho y justo sobre su cadera derecha...
Media mano a un lado y el Señor de Rokugan podría haber muerto.
Doji Raigu jamás se había preocupado por el Hantei personalmente; él sentía solo el amor por su señor, no la fiera devoción de una esposa o un amigo. Era el tipo de devoción que le permitiría morir por Rokugan, no los sentimientos egoístas de deseo y lujuria. Ese sentimiento que parecía ahogarlo mientras se movía a través de los salones ensombrecidos era que podría haberle pasado al Imperio, si tal tragedia hubiese ocurrido.
El hijo de Fuwija cumpliría doce años este verano; las líneas de sucesión permitirían un regente en el poder; algo que nunca sería tolerado por la mano de hierro de los Hantei. Tanto padre como hijo eran gente celosa de su poder; Hantei Kusada se forzaría a si mismo a coger el Trono demasiado pronto, dañando las nuevas leyes de su padre, simplemente por la inocencia de su celo.
La mano de Raigu acariciaba la empuñadura de Shukujo, pero la presencia de los espíritus de los Truenos Grullas no le dio al Doji ninguna sensación de paz. Los ojos oscuros del hombre se volvieron mientras el sonido de ligeras pisadas le alertaban. “No deberías estar aquí, Chikuma-san. La Grulla necesita de tu voz ante el Emperador en este momento.”
“El Emperador se ha retirado a su habitación, Lord Raigu” La bonita cara de la cortesana estaba arrugada de preocupación. “Parece que algo molestaba a Su Señoría esta tarde...”
“Resultó herido en la batalla contra Oni no Usu.” El Campeón respondió, moviéndose hacia el borde de la galería abierta y observando como las luciérnagas empezaban a parpadear en la penumbra. “Casi muere, a manos de alguna criatura que penetró las líneas de las Legiones durante el combate.”
Chikuma cerró sus ojos, molesta. “No debería haber estado allí.”
Raigu sonrió ante la idea. “Es el Emperador, Chikuma-san. Puede ir donde desee, y hacer lo que quiera.”
La cortesana se inclinó ante su superior, pero él pudo observar que no compartía su opinión. Chikuma había pasado toda la vida con los Miya; Conocía el poder que viene de la imagen del Hantei en su Trono. El pensamiento de que el Príncipe Resplandeciente pudiese perder su vida en tan insignificante conflicto la descorazonaba más de lo que ella pensaba.
“El Imperio sería más seguro,” admitió finalmente Raigu, “si el Emperador permanece en su Trono.”
"La genialidad no es más que la locura revestida de triunfo"

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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:37 pm

El Fénix.

“Si el general es sabio, sabrá que un solo hombre es capaz de detener un ejército entero” –El Tao de Shinsei

Shiba Gaijushiko había vivido una larga vida al servicio del Emperador, luchando por la vida y el espíritu de Rokugan con cada aliento durante más de tres décadas de políticas y guerras. El Campeón del Fénix nunca había fracasado, con la ayuda del Alma de Shiba para guiarlo hacia la honradez...
Mientras observaba como el Hantei trataba tan severamente a la Grulla y al León, esas victorias pasadas volvían a su memoria, convirtiendo la situación actual en algo más difícil de soportar.
En su juventud, Hantei Fuwija había sido un Emperador fuerte y dinámico; Había dirigido los Grandes Clanes con sus proclamaciones y sus leyes, colocando las necesidades de su Imperio por encima de las de su Trono. Ahora, se había encaprichado con la idea de ser un gran héroe, dirigiendo personalmente ejércitos como si fuese un Rikugunshokan cualquiera, cuya gloria se pusiera en entredicho.
Al Alma de Shiba le dolía ver la arrogancia y el orgullo que los hijos de su hermano habían desarrollado... Hacía que su parte anciana se sintiese triste, melancólica, por días ya largo tiempo olvidados. Gaijushiko no podía negar que compartía ese sentimiento con el espíritu; echaba de menos al viejo Fuwija, un amigo en días más jóvenes.
“Podéis verle,” dijo el miharu de mandíbula cuadrada. “Pero aseguraos de no tardar mucho. Nuestro Señor necesita descansar esta noche.”
Gaijushiko entregó su antiguo daisho al guardia Seppun con una reverencia y entró en las cámaras privadas del Emperador, inclinándose mientras la Emperatriz pasaba ante él, buscando algún consuelo en otra habitación. El Campeón del Fénix se arrodilló ante Fuwija mientras el Emperador ataba flojamente sus ropas. “Ha pasado tiempo desde tu última visita a la Ciudad Imperial, ¿no , Gaijushiko?”
La aun joven cara del bushi mostró algunas arrugas mientras asentía. “Es verdad, mi Emperador. Los deberes del Fénix me han alejado de vos, Lord Fuwija. Le hace bien a mi alma el veros de vuelta e ileso.”
Los ojos del Emperador brillaron ante las últimas palabras del Campeón, como si hubiese hablado torpemente o hubiese visto algo que no debería. “Has venido aquí por una razón, ¿me equivoco? “
“Por supuesto, Lord Fuwija.” Gaijushiko se inclinó de nuevo en disculpa, comprendiendo finalmente porque el descanso del Emperador era tan importante en este día. “No quería importunaros en la corte, estando tan exhausto como estabais, mi señor. Pero el asunto del Clan León…”
Fuwija no tuvo ninguna reacción inicial ante esas declaraciones, pero los ojos de Gaijushiko estaban demasiado entrenados en jugar los viejos juegos cortesanos. Su rostro estaba tranquilo, totalmente confiado...
Gaijushiko había aprendido temprano en la vida que alguien tan confiado ante el inicio de un problema era definitivamente alguien estúpido. “Akodo Mekurachi hizo una adecuada reparación por sus transgresiones contra el Cangrejo. Tu mismo lo viste,” dijo Fuwija con voz átona, sin dejar que ninguna emoción transpirase de sus palabras. “Considera tus propios problemas con ellos también finalizados. Dudo que veas más tropas cerca de las tierras Fénix.”
El Campeón Shiba mordió sus labios durante un momento, antes de continuar, “Pero Lord Hantei, el León verá su honor limpiado por Lord Mekurachi... Ellos no considerarán…”
“Te preocupas demasiado,” dijo el Hantei medio en broma, como si pareciese querer alejar las preocupaciones del Campeón como se haría con un niño. “Seguramente las tierras del Clan del Fénix tienen suficientes problemas como para comprometer tu atención sin estas amenazas fantasma, Gaijushiko. Confía en el Hantei para hacer lo que es mejor para el Imperio, amigo mío.”
“Como ordenéis,” dijo el Campeón, pero incluso en ese mismo momento el plan empezó a fraguarse.
* * *
Habría muy pocos en el Imperio que considerarían siquiera esa opinión; incluso si es por el bien del Imperio. Era algo que simplemente uno no haría. Mientras Shiba Gaijushiko permanecía al borde de la Bahía del Sol Dorado, observando la salida del sol, su corta coleta se mecía ligeramente con el viento, mandando un escalofrío a través de su cuerpo, mientras la idea mandaba escalofríos a su alma.
Incluso después de su conversación con el Emperador, era dudoso que Fuwija tuviese muchas preocupaciones por la masacre de campesinos. Que los leones lo estuviesen haciendo por comida y suministros no suponía ninguna diferencia…Sus muertes serían lo mismo. A pesar de que las batallas habían disminuido con el paso de las décadas, Gaijushiko conocía al Clan León demasiado bien para creer que la muerte de su daimyo sería un impedimento para ellos; él mismo había acabado con dos de ellos durante su vida.
Así que Hantei Fuwija se colocaba de nuevo en un desconocido campo de batalla, confiando en el Bushido de sus seguidores para contenerlos de que golpeasen su mano.
Era algo estúpido, especialmente para un Emperador; el daimyo Shiba había visto a muchos grandes hombres caer por la misma debilidad con el paso de los años. Mientras las olas chocaban contra la orilla, la necesidad de un cambio se hizo más fuerte en el Campeón Fénix. Era una demanda de su guía interior el restaurar el honor y la sabiduría por la que una vez los Hantei lucharon.…
Significaría la muerte, e incluso algo peor, si Gaijushiko fallaba en el cumplimiento de esta misión… pero un samurai no temía ninguna de estas cosas. El daimyo llamó sobre su hombro, “Dohrei-san.”
El yojimbo del campeón era un hombre alto, delgado, que llevaba una espesa barba como para compensarlo. “¿Lord Gaijushiko?”
“Prepara un viaje para nosotros hacia Kyuden Doji dentro de esta semana. Informaré a los Maestros del cambio de planes.” El fénix obsequió a su leal bushi con una mirada escrutadora. “Esto no cambia en nada nuestros planes diarios hasta entonces; no molestes a la corte con estas noticias.”
Inclinándose suavemente, el alto guardaespaldas se había ido al momento en que Shiba Gaijushiko se quedó mirando el amanecer sobre las aguas de la bahía. El samurai podía sentir la sensación de las lágrimas escapándose de sus ojos.
Cuando este plan finalizase, Gaijushiko sabía que él lloraría más veces por esta decisión.
Y lloraría por otras cosas también.
* * *
En los años que siguieron la famosa Victoria Sin Golpe el clan del Fénix había prosperado grandemente; el campeón podía ver la fuerza en sus cortesanos y samurai, y lo sentía como quien ha observado florecer de campos salados. Esta era la fuerza que Gaijushiko necesitaría coger prestada para que en el futuro el Imperio pudiese florecer...
Y para ello, necesita la sanción de los cinco que gobernaban el clan.
Mientras se sentaba en su opulenta habitación dentro de la Capital Imperial, el Campeón Fénix observó sombrío la blanca hoja de papel, sopesando cuidadosamente cada posible manera de decir lo que tenía que decir. Fuera de la ventana, el mundo era todo luz y calor, pero Gaijushiko sentía solo preocupación y un frío estancado. El conocimiento de que lo que estaba haciendo era correcto, tanto para la gente del Imperio como para los Hantei era de poco consuelo para el samurai.
Sabía demasiado bien lo que tal plan, incluso en su nacimiento, podría hacer a los clanes y al Imperio. Era una decisión que no debía tomarse a la ligera, por ideas tan caprichosas como el mero poder o el control.
Doji Raigu lo entendería. Tenía que entenderlo.
Shiba Gaijushiko empezó a escribir su carta, aún preguntándose si su última carta había sido una buena decisión, después de todo. El Fénix conocía al Campeón del Clan Escorpión desde hace veinte años; A él le era familiar aquello por lo que luchaban los Bayushi, y sabía por ellos que el fin justificaría los medios.
Sin embargo, seguía siendo difícil confiar en el clan de los secretos con el mayor secreto de todos...
Con todos esos pensamientos, Gaijushiko envió las cartas, su corazón ya preparado para la batalla que se avecinaba.
* * *
Hantei Kusada era un chico atractivo; los doce años de su vida habían sido dominados por los privilegios y la escolarización que eran tradición de la dinastía de su familia, y por esa pose y gracia que emanaba en todas las cosas. Vestido con un kimono de oro y plata pálidos, el chico reía intensamente mientras un Koi chapoteaba sobre el estanque de los legendarios jardines de Kyuden Doji, sus guardas sonriendo ante el espíritu del chico.
“¿Sobresale en sus estudios, Raigu-sama?” Preguntó tranquilamente el embajador Seppun al Doji, mientras observaban jugar al niño.
Doji Raigu sacudió su cabeza solemnemente. “Iwane-san, El Maestro Kusada no tiene ningún interés en sobresalir. Esquiva sus lecciones, y las ordenes de su padre con respecto a él...”
La cara de Seppun Iwane se volvió severa y su coleta casi temblaba de sorpresa. “¿Pensáis colocar los errores de los sensei de vuestro clan sobre nuestro Señor?”
El Doji observó como Kusada jugueteaba alegremente por el jardín, ignorando el insulto y preguntándose ociosamente como Iwane había obtenido su posición entre los Hantei. “Ayano-sensei me entrenó, Iwane. No veré su habilidad insultada por la vagancia de un simple niño.”
“Un ‘simple niño’…” Siseó el Seppun, observando al Campeón, sobresaltado hasta sus mismísimos huesos.
“Un niño por ahora,” la voz de Shiba Gaijushiko llegó, pequeña y suave, entre los dos hombres. El Campeón Shiba se colocó entre el Seppun y el Doji. “Con el tiempo, Hantei Kusada-sama llegará a entender la grandeza del destino que le ha sido impuesto, Iwane-san. Seguramente incluso Raiju-san,” el Fénix comentó, observando al Grulla, “fue niño alguna vez.”
Iwane cruzó sus brazos y observó a Kusada; el niño y sus guardias se habían adentrado profundamente en los jardines, sin duda persiguiendo alguna mariposa o pez de colores dentro del arroyo cristalino. Echando una última mirada al Campeón Grulla, el Seppun se inclinó, y los siguió, dejando a Raigu y a Gaijushiko escuchando la conmoción distante a las puertas del jardín.
“Siento que hayas tenido que involucrarte, Gaijushiko-san,” dijo el Doji, entrecerrando sus oscuros ojos. “No debería haber hablado.”
Gaijushiko se tensó ligeramente; los próximos instantes eran los más importantes de su plan. “¿Temes decir la verdad, Raigu-san? Esa no es tu reputación.”
El Grulla tocó su katana, y por un momento el Shiba temió que hubiese malinterpretado sus palabras. “El Bushido me ha enseñado a hacer que mis palabras importen. No debería haberlas malgastado en un hombre,” la palabra era tensa, desafiante, “como Iwane, que vive solo para decirle al Emperador como de perfecto es su hijo cada día. Las palabras se suponen que tienen un significado; No tienen ningún valor ante un idiota.”
“Eres un verdadero, Raigu.” Shiba Gaijushiko contempló al daimyo Doji durante un largo rato antes de continuar. “Decidme que pensáis de actual régimen.”
Raigu nunca vaciló. “Nuestro Emperador se ha convertido en un arrogante sediento de gloria; sus leyes permanecen, pero son nuevas y frágiles. Castiga a los Grulla por ‘nuestras acciones’ y al León por su ‘inactividad’ en la batalla contra Oni no Usu, mermando nuestra habilidad para defender esas mismas leyes que el ordena que no descuidemos. Difama el Bushido con sus acciones, y sus fallos para vigilar las nuevas provincias limita su poder en las provincias del oeste…”
Gaijushiko sonrió; Había encontrado un alma gemela. “¿Que harás acerca de esto, Raigu-san?”
“Él es el Emperador,” Doji Raigu respondió. “No puedo hacer nada mas que servir.”
“Hablemos esta noche sobre servicio y honor, Raigu-sama.”
El Doji miró en los ojos y corazón del Alma de Shiba y supo lo que estaba a punto de ocurrir.

Una elección se ha hecho…
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:38 pm

El Escorpión
Capítulo 3



“Nunca presupongas que un hombre es incapaz de traicionar.” – “Mentiras de Tangen”

Bayushi Atsuki nunca había creído en la confianza.
Ciertamente, en el mundo en el que había vivido, ideales como confianza e integridad eran más tenues, pero incluso entre los Escorpión, el Campeón no confiaba en nadie más allá de lo que necesitase de ellos. Incluso mientras los espías de los Shosuro eran dispersados a través del Imperio, los espías se vigilaban entre ellos, buscando insurrecciones internas así como amenazas del exterior. Cada uno de ellos era prescindible, mientras que el daimyo permanecía fuerte.
Muchos Escorpión consideraban a Atsuki demasiado nervioso y paranoico para servir para su puesto; pensaban que la edad estaba golpeando al viejo samurai, y que debería retirarse. Solo el inmenso poder y la determinación personal de Bayushi hacían eso imposible…pero ese poder estaba desvaneciéndose lentamente, y Atsuki lo notaba aún con más certeza que la llamada de la edad.
Fue entonces, cuando estaba considerando el futuro del Clan Escorpión y su lugar en el, cuando Atsuki presenció el regreso de Hantei Fuwija y sus acusaciones. Podía ver el futuro del Escorpión en palabras como las de aquel día; contra el clan de los secretos, dichas acusaciones eran solo cuestión de tiempo.
La idea era risible para el daimyo Escorpión. Había sido un joven Campeón cuando Fuwija había instaurado muchas de las nuevas leyes que ahora gobernaban el Imperio; sabía que dichas demandas rara vez eran seguidas sin la amenaza de la persecución o captura, especialmente en las tierras occidentales del Cangrejo y en tierras León.
El brillo de los territorios sin reclamar era demasiado para los daimyo como para manejarlo de manera honesta, y sin los ojos de los Magistrados Imperiales, su deshonor no sería controlado por el miedo.
“Parecéis distraído hoy, Lord Atsuki…”
Tras su mascara dorada, el Maestro de los Secretos entrecerró los ojos. Detestaba cuando sus subordinados le hablaban; arruinaban su concentración… y la carta de Shiba Gaijushiko requería de toda la sutileza que el Escorpión pudiese utilizar. “¿Como es que puedes ver mi actitud desde fuera del palanquín, Norihisa?”
El ninja rió, una extraña expresión para un shinobi, incluso para uno disfrazado de mero guarda de palanquín. “Vuestra respiración es más baja de lo que era hace un momento. ¿La carta Fénix resulta de verdad tan entretenida? “
El Campeón tocó la katana Ancestral del Escorpión en mudo asombro, su mente llena de repente con el pensamiento de lo que haría el propio Bayushi. Una arrugada sonrisa se extendió en un arrugado rostro mientras se lo preguntaba…
“¿Mi señor?” Norihisa preguntó de nuevo, más preocupado ahora.
“No sentiste ninguna respiración esta vez, ¿eh Norihisa?”
La voz del ninja se tornó cenicienta. “Lo siento, Lord Atsuki. No debería haber jugado con vos…”
“¿Cómo si fuese un podrido anciano, Norihisa?” Había el usual chasquido de molestia en las palabras, aunque el samurai lo usaba más por el efecto que porque se sintiese realmente disgustado. Un hombre que se considera superior puede aspirar a grandes cosas en el Escorpión…Siempre y cuando supiese donde radican los límites.
Solo había silencio en el exterior del palanquín, y Bayushi Atsuki se permitió una sonrisa torcida. “Pienso que tú y yo nos vamos a llevar bastante bien, Shosuro Norihisa. Solo asegúrate de estar de mi lado cuando el mundo cambie…”
“¿Mi señor?” Preguntó suavemente el ninja, pero el Campeón no diría nada más.
* * *
Los tres Campeones se encontraron en el jardín de Kyuden Doji, su conversación silenciada por la creciente oscuridad y el sonido de la catarata y el arrollo más cercano. Bayushi Atsuki nunca se había fijado en como ciertos lugares en los Jardines Fantásticos estaban perfectamente colocados para permitir el máximo secreto, incluso al aire libre. Era un truco que el escorpión recordaría a partir de entonces.
“¿Estás proponiendo que usurpemos el Trono Esmeralda, Gaijushiko?” La voz de Doji Raigu era dura y concentrada; Era más joven que los otros dos, pero ninguno era capaz de igualar el fuego de sus ojos. “Eso es algo peor que la traición…”
“No tengo intención de derrocar el Orden Celestial, Raigu-san,” dijo el Fénix, mirando hacia el daimyo Bayushi en un intento de medir sus pensamientos. “Sé mejor que nadie lo que puede significar. Pero estáis de acuerdo en que Fuwija ha difamado y dejado de lado el Bushido; arriesga su vida sin pensar en sus súbditos. Algo como eso traiciona tanto las palabras de Shinsei como las de Akodo.”
El hecho de que Doji Raigu no hubiese desenvainado su espada le decía mucho al Bayushi; el grulla era un hombre que se había casado con las palabras que el primer Akodo había escrito; nunca abandonaría las palabras del código, pero su espíritu era algo que nunca llegaría a conocer. El escorpión asintió, viendo como irían las cosas, “Dices la verdad, Gaijushiko-san, a pesar de que ello me duela. Los Bayushi hemos escuchado rumores de daimyos que buscan sacar partido de las proclamaciones del Hijo del Cielo.”
“Seguramente podríamos hablar con el Hantei,” ofreció Raigu, “explicarle la situación…”
La suave cara de Shiba Gaijushiko se arrugó entristecida, y su mano tocó ociosamente su coleta antes de hablar. “Fuwija no escuchará; se cree demasiado sabio como para pedir nuestra ayuda. He observado como el Hantei ha cambiado, a través de las experiencias del Alma de Shiba, Raigu-san. Conozco lo que el poder absoluto le ha hecho a esta antaño gran familia.”
La voz de Atsuki fingió tristeza, a pesar de que había perdido esa emoción hace ya largo tiempo. “Entonces debemos quitarle al Hantei el Mandato del Cielo…hasta que estén capacitados para usarlo, el bien del Imperio no debería reposar en manos no entrenadas.”
“Dices la verdad, y no puedo pensar en ningún otro a quien le pediría llevar esta carga. “ La pequeña boca de Gaijushiko tembló, porque sabía lo importante del próximo momento. “Raigu, el poder de nuestros tres clanes gobierna la fuerza de la Corte Imperial, y más aún. ¿Nos ayudarás, te unirás a nosotros, para reparar el daño que el Emperador está haciendo? En el nombre del Bushido, ¿harás lo correcto?”
El señor Grulla asintió finalmente, con su mano reposando sobre su espada. “Entonces, por el bien del Imperio, me convertiré en el villano de Hantei…”
Bayushi Atsuki rió con voz ronca. “Es extraño oírte decir eso Doji. Pensaba que esas palabras eran mías.”
* * *
Las cosas empezaron poco a poco.
Los tres daimyo no se hacían ilusiones sobre lo que habían decidido; arriesgaban la vida y el honor de sus familias en su elección de controlar el Imperio, y cualquier paso en falso podría hacer acabar sus sueños bajo las espadas Seppun. Cada uno necesitaba tiempo para preparar la gente y los recursos necesarios para hacer lo que necesitaban que se hiciese. Decidieron volver a reunirse en primavera, dejando la Corte de Invierno a sus súbditos hasta el momento de su ascenso.
Cuando se encontraron de nuevo, en el jardín de Kyuden Doji, Bayushi Atsuki no puedo evitar sonreír mientras los tres Campeones se inclinaban ante cada uno, con ojos decididos. El escorpión había considerado muchas veces acudir ante el Hantei con su traición; Tal acto hubiese traído tanto poder como riquezas al Escorpión, y hubiese echo famoso a su señor durante los siglos venideros.
Solo una cosa había detenido al Maestro de los Secretos de hacerlo, se había convertido en un pensamiento constante justo en el límite de su visión; el reto que el idealista Gaijushiko le había presentado, incluso aunque él no se lo creyese. ¿Sería posible? ¿Puede uno robar el Mandato del Cielo?
¿Que clase de hombre podría llegar a hacerlo, mirar fijamente a los ojos de Hantei y retarle?
¿Como de fuerte debía ser un samurai para decirle a su señor y maestro que el mundo estaba a punto de cambiar?
“¿Estáis preparados?” Shiba Gaijushiko le preguntó a los otros dos hombres.
Doji Raigu asintió, su joven cara parecía un poco más envejecida por la concentración que cuando se encontraron en el final del año anterior. “Hay muchos dentro de la Grulla y de las Familias Imperiales que simpatizan con nuestra causa, muchos más de los que había anticipado; los Seppun parecen estar preocupados solamente por que Lord Fuwija mantenga su posición y su respeto…”
“Es lo mejor,” dijo el Fénix. “Necesitaremos devolver el poder de manera suave, con el tiempo.”
El daimyo Grulla asintió de nuevo. “Además, acerca del niño, Kusada… Creo que podemos dejar al crío fuera de esta trama.”
Atsuki rió, casi demasiado alto para los jardines, y Raigu se erizó. “Solo me he encontrado con Hantei Kusada una vez en mi vida, Doji, y creo que estás siendo estúpido. Fuwija crió a Kusada más que su madre; es el hijo de su padre, un arrogante mocoso que conoce muy bien lo que es el poder y el respeto gracias a su nombre. Nunca aceptará nuestra regencia, ni siquiera en secreto.”
“Cuida tus palabras. Debemos proteger al chico tanto de su padre como de nuestras propias decisiones. Aún puede aprender a ser el Emperador que Rokugan desea y que el Bushido merece,” dijo fríamente Raigu, clavando la mirada en el Campeón Escorpión, al igual que él mismo hacía. “Solo necesitamos darle adecuada guía y tiempo.”
“¿Y hasta entonces, Doji?”
“Lo vigilaremos,” interrumpió Gaijushiko, su aspereza alarmando a los dos hombres. Ambos campeones observaron mientras continuaba una fuerte concentración en sus ojos. “Mantendremos al niño aquí, en Kyuden Doji; Raigu-sama y sus bushi lo vigilarán, y se asegurarán de que los Seppun no sobrepasen su lugar. Mientras tanto, iré a hablar con el Hijo del Cielo…”
“Tu plan muestra espíritu,” dijo el Campeón Escorpión desde detrás de su suave mascara de oro batido, “pero me temo que careces del estómago para completarlo. Deja esta parte para mi, Shiba…lo que me recuerda, ¿que orden te han dado tus Maestros respecto a esta decisión, o acaso actúas por tu cuenta?”
Los anchos ojos de Gaijushiko se entrecerraron ligeramente. “¿Porqué te molestas en preguntarlo?”
Atsuki sonrió, a pesar de que era algo que los demás no podían ver. “Porque negar al Emperador es engañarlo, y para hacer eso necesito saber de que piezas dispongo para jugar.”
“Los Maestros se han inclinado ante mis decisiones en esta materia,” dijo Gaijushiko tras lo que pareció mucho tiempo. Miró al escorpión mientras continuaba, “No quieren tener nada que ver personalmente con esto, pero no se opondrán a nuestros fines. No tienen tiempo para la política, mientras el Orden Celestial se preserve.”
Sintiendo el frío filo metálico de su mascara con una mano encallecida, Atsuki asintió, observando tanto al Shiba como al Señor de la Grulla. “Entonces, ¿tenemos nuestro plan, Gaijushiko-sama? Raigu-san se encargará del heredero y yo me encargaré de hablarle al propio Fuwija cuando llegue ese momento.”
“Hay más en este plan de lo que nos has contado, Shiba,” Raigu comentó ociosamente, viendo como el anciano se giraba para observar los jardines de la Grulla. “Si vamos a trabajar juntos, necesito saber que es lo que has planeado.”
Shiba Gaijushiko se inclinó en una muda disculpa. “Hay un paso más para asegurar nuestra fuerza en el Imperio, y ese lugar reside entre el Emperador y su hijo. Si las fortunas favorecen a Lord Fuwija, entonces no tendremos necesidad del favor que yo arreglaré.”
El señor Fénix se inclinó y se alejó de los otros dos, dejando solo pisadas que rápidamente se desvanecieron en la blanda hierba. Doji Raigu y Bayushi Atsuki se inclinaron y comenzaron sus distintas misiones...
Fue allí, entre las sombras de las flores blancas, donde la conspiración había realmente comenzado.

Los tres senderos se unen…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:39 pm

Una Acción
Capítulo 4


“Elévate sobre las masas de gente que tiene miedo de actuar.” - “Bushido” de Akodo

Seppun Keizo había notado los cambios en Kyuden Doji antes que sus compañeros; eran unos cambios sutiles, pequeños movimientos que al guarda le parecían un juego de go. Mientras cruzaba los salones del hermoso palacio, el bushi no podía dejar de tocar su katana nerviosamente…
Había algo diferente en las palabras y las acciones del Señor de los Doji… algo que mandaba escalofríos a lo largo de la espina dorsal del Seppun. A pesar de que al joven príncipe no le preocupaba mucho el permanecer en la casa de su madre, Keizo sabía lo que las palabras de Raigu realmente significaban. Lo obvio de la verdad lo aterraba. El hijo del Hantei había sido convertido en rehén del Campeón de la Grulla.
Saliendo al jardín, el bushi escuchó la risa de su maestro, y pronto se encontró con Hantei Kusada, que observaba los peces, como a menudo le gustaba hacer. La coleta del niño estaba suelta por sus juegos, pero miró seriamente al Seppun mientras se acercaba; incluso el príncipe estaba empezando a entender algo de la situación en la que se encontraba, y confiaba en Kenzo, ya que era uno de los hombres que le habían protegido desde sus primeros días.
“Parece que os estáis divirtiendo, Lord Kusada,” dijo el guarda, arrodillándose hasta que el chico le permitió levantarse. El muchacho realizó los gestos automáticamente, esos ojos concentrados tan extraños en la suave y ovalada cara que el bushi había asociado a menudo con eludir deberes y perseguir Koi a lo largo de las corrientes.
“Debemos salir del palacio, Lord Kusada,” dijo Keizo quedamente, preguntándose si no sería coincidencia que el príncipe estuviese a solas en el jardín. “Debéis dejar atrás los regalos que Lord Raigu os ha dado…”
El sonido de unos pies colocándose tras él llamó la atención de Keizo; el samurai Seppun se giró para colocar al Hantei a su espalda. Doji Raigu permanecía quieto a unos pocos metros detrás de los dos imperiales, sus brazos perfectamente doblados bajo las mangas de su kimono. “No creo que Lord Kusada deba dejar atrás sus regalos, Keizo.” El Campeón Grulla avanzó; el Seppun nunca se había dado cuenta de lo alto que era el grulla hasta ahora, con su largo pelo ondeando por el leve viento.
“Él es mi invitado. Y un estudiante de la Academia Kakita, y no permitiré que su estancia conmigo le sea una molestia en ningún sentido. Tranquilízate, Keizo,” dijo el Campeón seriamente, sus ojos perfectamente controlados y preparados.
“Kusada será mi huésped por algún tiempo; no tengo intención de dejarle ir.”
El Seppun miró a Kusada, pero el hijo del Emperador solo miraba a su Yojimbo, confuso y pareciendo por un momento muy solo. Keizo no podía entender que es lo que poseía a Raigu para que este tomase una decisión tan imprudente; algo así deshonraría a toda su familia, y solo podía atraer la furia de Fuwija a sus puertas. “Estáis siendo un idiota, Lord Raigu.”
Unos ojos oscuros se concentraron en el yojimbo y en su protegido. La voz de Raigu era concisa, controlada, “No actuaría de esta manera si no supiese lo que hago. Tu no entiendes por que estoy haciendo esto, pero sabes que el Bushido es mi guía…”
“No,” dijo el guarda, asegurándose de que Kusada seguía tras él. “Siempre habéis sido un hombre de honor, Raigu-sama, pero no puedo perdonar vuestras acciones ahora, simplemente por la virtud de vuestro pasado. ¿Como puede ser Bushido el tener de rehén al hijo de nuestro Emperador?”
El Grulla miró a Kusada, y sus ojos eran tan amargos como si estuviesen mirando a su mayor enemigo. “El honor de un Emperador es la gloria de su Imperio, Keizo. Esa es mi razón.”
El Seppun sintió una gota de sudor resbalar sobre su mejilla, su ancha mandíbula temblando mientras se daba cuenta de lo que el grulla había planeado. Las palabras sabían como la ceniza. “¿Tu quieres…usurpar el Mandato?”
“Si eso es lo que se necesita hacer para preservar Rokugan para su gente,” dijo el señor grulla entristecido, “entonces sí, eso es lo que pretendo hacer. Te lo cuento porque tú también eres un bushi, y creo que conozco tu corazón.”
Keizo miró hacia abajo, donde su mano esperaba justo al lado de su katana; los Seppun nunca habían sido conocidos por su iaijutsu; lo consideraban un método para prepararse rápidamente para la batalla, y sería casi inútil frente a un maestro de la Escuela Kakita.
Sin embargo, tenía que intentarlo.
Doji Raigu suspiró una vez, fuerte y grave, mientras observaba como el Seppun se colocaba en la suave hierba. El Campeón de la Grulla colocó su mano en la saya de su katana, sabiendo que un verdadero bushi no podía ser detenido solo con palabras.
* * *
Era un error común pensar que los kenshinzen Kakita eran fuertes solo cuando sus enemigos estaban de acuerdo en seguir los rituales del duelo; que contra enemigos como las Tierras Sombrías no había lugar para tan arcaico ritual. Pero mientras Seppun Keizo mantenía su postura, lo único que quería era abandonar su posición y retroceder para luchar en cualquier otro lugar. Era la postura de su enemigo, no su estilo, lo que mantenía atrapado al Seppun en su posición de defensa.
En el momento que le llevó a Keizo leer la técnica de su oponente, supo el resultado. Lucharía o moriría aquí, en este terreno; la posición del Doji no le había dejado ningún otro lugar al que ir.
“No te permitiré que chantajees al Emperador,” dijo, tragándose su miedo y concentrándose en su deber. Los pies de Keizo se deslizaron hacia delante ligeramente, casi como si resbalase sobre la hierba, y sus tensos ojos se concentraron en la hoja de Raigu. Reajustando su postura, el yojimbo apartó la katana de su vaina con el pulgar y se concentró…
La concentración de Raigu era tan intensa que lo sobresaltaba; El bushi de pelo blanco parecía estar justo al límite de desenvainar, como si todo su cuerpo se preparase para desenvainar su espada.
“No lo hagas, Keizo.”
“Lo hago solo… solo porque debo, Raigu.” Otra perla de sudor tocó la frente del Seppun; tras él, Kusada parecía encogerse, alejarse del duelo. “Lo siento, Lord Kusada,” dijo el bushi, justo antes de que su espada centellease en la perfecta luz.
La tranquilidad de Kyuden Doji fue rota por un grito de sorpresa y furia, un momento de dolor en medio de la serenidad y la calma…
* * *
El cuerpo de Seppun Keizo yacía en la hierba a unos pocos pies de su señor, una larga línea de sangre manchaba el campo abierto. Doji Raigu cerró sus ojos entristecido, mientras limpiaba tranquilamente la sangre del bushi del filo de Shujuko, controlando su expresión usando toda su calma interior.
Hantei Kusada seguía donde había caído, con tres gotas de sangre manchando su congelada cara. Raigu observó al joven, sus ojos aún húmedos a pesar del control en sus palabras. “Lamento esto, Lord Kusada. Puedes no entender porque he hecho esto, pero algún día lo harás.”
“Convocaré a un Asahina para limpiar y atender vuestra pureza, mi señor.”
Dicho eso, el Campeón de la Grulla se alejó del príncipe y del bushi muerto, sintiendo solo su propio dolor mientras los Daidoji aparecían para llevarse a Keizo. Doji Raigu había aceptado que su vida y su honor podría perderse en esta batalla por el Imperio; era cosa suya el arriesgarlas, y lo haría sin miedo ni remordimiento.
Seppun Keizo había sido tan noble, tan dedicado, como el propio Raigu. El Grulla se adentró en las sombras de dentro del palacio, lamentando la pérdida de un hombre que apenas había conocido.
* * *
La corte de Hantei Fuwija estaba como loca; donde fuera que se dirigiese, Kakita Chikuma era recibida con otra oleada de rumores, escupida por alguna boca o pasada a través de alguna mano. En los cuatro años que llevaba sirviendo al Príncipe Resplandeciente en la capital, la cortesana nunca lo había visto en semejante estado.
Pero lo más extraño de todo era el número de gente a la que parecía no importarle.
En verdad, Hantei Fuwija comandaba la lealtad y fuerza de cada bushi y poeta en la ciudad, pero recientemente, incluso entre su propia gente, la Kakita había notado un cambio. Mientras el Emperador estaba que echaba humo por la continua presencia de su hijo en Kyuden Doji, los fénix y los escorpión buscaban disuadirle de cada acción que pudiese tomar en contra de la grulla. Aquellos informadores con los que hablaba no le podían dar ninguna razón; incluso muchos entre los dos clanes no comprendían lo que estaba ocurriendo.
Su reciente correspondencia con Doji Raigu no había respondido a ninguna de las cuestiones que la corte sí respondía; ella no podría evadir por más tiempo las demandas del Emperador basándose en la ignorancia, y ahora la Kakita estaba forzada a correr.
“Correr” en la corte era una cuestión de no estar disponible; funcionaba bien contra escorpiones y cangrejos, quienes no eran muy queridos y por ello fácilmente evitados. Contra el Hantei, sin embargo, Chikuma se encontraba así misma intentando genuinamente estar ocupada; algo que su honor no le permitía fingir.
Al final del tercer día, sin embargo, los miharu estaban preparados para cogerla; Chikuma compareció en privado ante Fuwija, furioso y amenazador sobre su trono. Las recientes actividades parecían haber cobrado su precio al Emperador; arrugas cruzaban su frente y colgaban de sus ojos, y la grulla atisbó un par de pelos que se habían vuelto grises.
“¿Que desea el Hijo del Cielo de la Grulla?” Preguntó suavemente, sabiendo que él no toleraría la sencilla verdad, que ella no lo sabía.
El Hantei bajó del trono rápidamente, y por un momento Chikuma temió que el la cogiera por la garganta y la sacudiese. Sus ojos estaban lívidos, pero había miedo en su voz. “¿Que es lo que tu señor le ha hecho a mi hijo, mujer? ¡Habla!”
Chikuma retrocedió tanto como le permitieron los miharu; de repente la capacidad de Hantei de gobernar tanto la vida como la muerte le pareció bastante palpable y real. Sin embargo, la cara de la cortesana no reflejó nada de eso. “Mi señor, acabo de escribir recientemente a mi maestro, y me asegura…”
“Solo lo preguntaré una vez más,” interrumpió, su cara afeitada y su coleta sacudiéndose de rabia. “¿Donde está mi hijo, grulla? Si prefieres que sea Kyuden Doji la que responda ante las Legiones, entonces yo…”
“Vamos, Fuwija,” siseó una vieja voz, casi con burla, desde la entrada. “Ese no es el comportamiento adecuado del Espléndido Emperador, el gran Hantei.”
“Bayushi Atsuki,” la mujer grulla apenas lo susurró.
Fuwija levantó la mirada, ignorando a la cortesana grulla, mientras la voz atraía la atención de todos en el gran salón. Bayushi Atsuki se adelantó, vestido con un kimono escarlata con símbolos negros; su máscara estaba ajustada con plata, y revelaba su boca mientras escondía sus ojos. “Seguramente el Hijo del Cielo no necesita amenazar. El Emperador gobierna el Mandato del Cielo; seguramente sería algo sencillo conseguir el retorno de su único hijo…”
El Emperador frunció el ceño, olvidando a Chikuma. “¿Conoces esta traición?”
“Hablaré con vos de esto en privado,” el daimyo escorpión hizo un gesto ausente hacia los miharu y la grulla. “Es un tema que no merece ser malgastado en aquellos a los que no le concierne.”
Había algo en sus palabras, algún tipo de amenaza que Chikuma había medio vislumbrado entre sílabas, pero antes de que pudiese pensar en las palabras, el Hijo del Cielo la trajo de vuelta al juego. “Dejadnos, todos. Hablaré con Atsuki en privado.”
Chikuma se inclinó, y los miharu la siguieron, reluctantes, cada uno lanzando una curiosa mirada al escorpión. Por su parte Atsuki no habló, ni se movió de su lugar hasta que las fuertemente protegidas puertas se sellaron tras él. Entonces, con una siniestra sonrisa, levantó sus ojos hacia el Señor de Rokugan.
“Hablemos de esto, Lord Fuwija. Mucho ha cambiado, y debéis saberlo.”

Una palabra cambiará el mundo.
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:39 pm

Una Palabra
Capítulo 5



“El mundo que nos rodea está en constante estado de cambio.” – “La espada” de Kakita

Fue en ese momento, cuando el Emperador ordenó al Bayushi que recuperase a su hijo, cuando todo lo que Atsuki se había estado preguntando saltó apresuradamente a su mente. Una vida de hechos deshonrosos al servicio de una dinastía de hierro, encadenado por los juramentos de sus ancestros a una familia que condenaba y descuidaba su papel. Otra vida, una vida de mando, permaneciendo en las sombras del verdadero poder como se supone que debe hacer un escorpión.
En ese momento, Bayushi Atsuki hizo su elección, y cambió el mundo con una sola palabra.
“No.”
Por alguna razón, la palabra resonó, fuerte y clara, como si los mismísimos kami que los rodeaban se sintiesen extrañados de oírla en esta habitación. Hantei Fuwija observó a su antiguo sirviente, buscando alguna estúpida broma o error escondido tras los ojos de la máscara.
No encontró nada.
“¿Que es esta traición?” preguntó el Emperador, sin creerse lo que acababa de oír. Sus ojos se giraron hacia atrás, donde guardaba su espada familiar. “Me has traicionado, Atsuki.”
Atsuki no sonrió, a pesar de la terrible alegría que sentía oponiéndose al poderoso Hantei. Contempló profundamente los ojos de Fuwija, y no encontró ninguna contingencia preparada, ningún plan para escapar de esta situación. “Parecéis sorprendido de oír que un Bayushi pueda traicionar a otra persona sirviendo al Imperio, Lord Fuwija. Tu entre todos deberías saber que ese fue siempre nuestro deber… tal como nos lo ordenó Hantei.”
El Emperador retrocedió otro paso, con algo de su fiereza volviendo a él mientras su mente se sobreponía a la sorpresa del plan del Escorpión. “¿Por el Imperio, Atsuki? Tu lo sabes bien, ¡los Hantei son el Imperio!”
Una mirada de disgusto, apenas perceptible, cruzó el rostro oculto del Bayushi. “No es cierto, mi señor. El Emperador, los magistrados, los clanes…Nunca han existido solo para cumplir sus propios objetivos, no importa lo que muchos samurai crean.” Miró hacia el Trono Esmeralda, y se preguntó que se sentiría, “¿No debería existir un Emperador para guiar al Imperio, como hizo Hantei hace tanto tiempo?”
“No tienes ningún derecho a juzgarme, Bayushi,” dijo Fuwija fríamente, con toda su ira volcada sobre el nombre familiar de Atsuki. “Yo soy el Hantei. Tu siempre me has servido con honor antes…”
“Antes de que arriesgaseis vuestra vida como si fueseis un simple bushi buscando la gloria,” finalizó el escorpión. Ese pensamiento aún lo disgustaba, pero Atsuki no veía signos de que el Emperador estuviese listo para parlamentar. “Os he observado, mi señor. Sí, he observado como tullíais a vuestra Mano Derecha y a vuestra Mano Izquierda delante de toda la Corte Imperial, Lord Fuwija. Anunciasteis vuestra auto-inflingida debilidad a todos. Nosotros no dejaremos que esto continúe; hay demasiado en juego para el Hantei como para dejar que se consuma por el orgullo.”
“Has dicho “nosotros”, replicó el Emperador, su voz más vacilante de lo que había sido hacía un momento.
Atsuki levantó su Mirada y asintió, sintiendo que la batalla estaba cercana a su fin. “Lo dije, mi señor.”
Hantei Fuwija permaneció donde estaba, su mente trabajando febrilmente a pesar de la forzada calma que se había impuesto en su rostro. Mientras maniobraba a través de las posibilidades y opciones, el Emperador solo podía encontrar una respuesta, la cual dio tras darse la vuelta y sentarse en su trono. Mientras se movía, parecía haberse vuelto más viejo de repente, inclinado ante la siguiente decisión, incluso mientras el pesar llenaba aquellos ojos oscuros.
“Mi hijo es el heredero del Imperio, Atsuki. Si algún mal le sucediese…”
“No le pasará nada, mi señor.” No es que el Maestro de los Secretos se preocupase por el niño de Hantei; lo que había oído del chico no le impresionaba, e incluso podría ser más oportuno ver a un sobrino tomar el trono. “Ahora, discutamos cosas más agradables.”
El Campeón le contó al Emperador muchas cosas en las siguientes horas, mientras sus ojos negros se entrecerraban de alegría al observar el Trono Esmeralda.
* * *
Cuando los tres se encontraron de nuevo, otro verano había llegado al Imperio, y con él llegaban los festivales que tanto amaban la gente de Rokugan. Mientras brillantes arroyos e ikebana llenaban Kyuden Doji de brillantes y congelados arco iris, Bayushi Atsuki se bajó de su palanquín, su máscara era de un brillante rojo con bordes blancos y con una lágrima esmeralda sobre un lado.
A su lado, Shosuro Norihisa permanecía vestido con las ropas negras de un samurai y vigilaba a los soldados grulla, con un daisho prestado preparado a su lado.
“¿Ha llegado ya el Emperador, Norihisa?” Preguntó el hombre mayor después de que los dos cruzasen la Guardia de la Casa Doji. “No es probable que se pierda la celebración del nacimiento de su hijo, especialmente en la casa de su madre.”
El ninja observó a su señor a través de una sencilla máscara de madera, su estrecha mirada como siempre en calma. “Hemos oído que llegó la pasada noche, Lord Atsuki.”
Ambos hombres se adentraron el los Jardines Fantásticos, y Atsuki sonrió ligeramente ante lo que vio. El Emperador se sentaba en el centro de la fiesta, a cada lado flanqueado por hermosas cortesanas grulla y por sonrientes artesanos fénix. Fuwija estaba vestido con sus ropas normales, ceñidas con borlas de oro; el escorpión notó los ojos de Hantei sobre él incluso mientras el escorpión se preguntaba de que reirían realmente los cortesanos.
“Tienes tus órdenes, Norihisa,” Dijo el escorpión, con ojos entretenidos. El ninja asintió, y se adentró tranquilamente dentro de la brillante y resplandeciente multitud.
Atsuki sonrió ligeramente mientras Fuwija bajaba su mirada hacia su hijo, el cual observaba a un trío de acróbatas Kakita hacer piruetas a través del campo abierto. Ni padre ni hijo parecían cómodos viendo la representación; quizás hubiese más astucia en ellos de la que Gaijushiko había supuesto. Después de todo, sabían cuando debían tener miedo.
“Estás yendo demasiado lejos, Atsuki.”
El escorpión no había oído acercarse al Campeón Fénix, pero Atsuki ni se sobresaltó ni vaciló mientras se giraba a su derecha. Shiba Gaijushiko iba vestido con un sencillo kimono naranja y blanco, con su pelo arreglado en una coleta ligeramente más de moda para el cumpleaños del príncipe. “¿Demasiado lejos, Gaijushiko-san? Alegra a un viejo y explícate un poco más.”
El shiba se rió, haciendo bailar su pelo. “Algo interesante que decirle a alguien que te felicitó en el día de tu ascensión a Campeón, Atsuki-san.” Su tono se volvió serio de nuevo, una vez que su reacción hizo que se alejaran los más curiosos. “Tus modales para con tus superiores no han mejorado.”
“Mentiras y rumores,” respondió el escorpión. “¿Quién desafiaría al Hantei?”
Ambos hombres se miraron uno al otro durante un momento; luego, con la reverencia propia de un shugenja, Bayushi Atsuki se inclinó y dio un paso atrás. “Te pido perdón por mis palabras, Gaijushiko-san. Oponerse a la sabiduría del Fénix es algo que un Escorpión inteligente no debería hacer.”
El Shiba arqueó una ceja ante el cumplido, pero se cruzó de brazos y se volvió cara al espectáculo. Una obra había empezado, una de las nuevas obras de uno los actuales maestros grulla del teatro; ambos hombres notaron que Doji Raigu no hacía ningún movimiento para ir a saludarlos, mientras observaban el inicio de la primera escena.
“He oído que Raigu mató a un hombre en un duelo, aquí en Kyuden Doji.”
“Forzaron su mano,” Gaijushiko replicó entristecido, mientras observaba al actor que interpretaba a Osano-wo pasearse por el escenario, con su terrible maquillaje arrancando jadeos de entre la multitud. “Es algo poco afortunado que el Doji tuviese que hacer algo como aquello en su propia casa, y especialmente en presencia del joven Señor Kusada…”
“Tales acciones tienen su lugar,” replicó abiertamente Atsuki, “y su momento.”
Shiba Gaijushiko permaneció quieto durante largo rato, ignorando al Bayushi mientras observaba la creciente acción de la obra. A pesar de que no entendían lo que se estaba diciendo, los cortesanos y los bushi estaban escuchando a los dos campeones. Un comentario ocioso aquí podría hacer mucho daño.
“No parece que compartáis mi opinión, Gaijushiko-san. ¿Pensáis que Lord Raigu estaba equivocado usando la fuerza cuando no le quedaba otro camino?”
El Fénix echo un vistazo a su aliado, con un ligero fruncimiento de ceño que estropeaba su cara. “Ambos somos hombres de acción y principios, Atsuki-san, y sé que Doji Raigu es de la misma opinión. Él nunca usaría la fuerza, nunca acabaría con una vida, si la situación no lo requiriese.”
“Desearía que todos los samuráis del Emperador actuasen igual.”
Para el resto de la audiencia, esto cerraba el debate; los cortesanos escondieron sus caras tras abanicos y se fueron a por apuestas más interesantes, mientras varios bushi se permitieron volver a atender a la obra. Pero para Bayushi Atsuki, esas palabras habían sido la confirmación para una mayor acción…
Hablaría con Doji Raigu antes de que acabase el día.
* * *
Esa noche, en secreto y en silencio, los tres se encontraron una vez más en los jardines, pero esta vez no habían venido solos. Tres figuras más permanecían en las sombras a su lado, envueltos en colores brillantes escuchando las palabras susurradas de sus señores.
Kakita Chikuma iba vestida de manera más sencilla de lo que había sido esa mañana; su pelo oscuro estaba recogido en una larga coleta que saltaba y bailaba mientras ella se encaraba con cada uno, estudiando tanto sus expresiones como sus palabras. La cortesana grulla escuchó durante mucho rato en silencio, su rostro el perfecto ejemplo de la preparación y la helada calma.
Shiba Dohrei tenía una expresión más abierta; el alto bushi escuchaba intensamente a cada palabra de su maestro, dejando que todas las demás se deslizasen inadvertidas bajo su mirada. Con su daisho a su lado, el samurai parecía preparado para la batalla mientras Gaijushiko explicaba sus acciones y la guerra secreta de la tríada.
Comparado con los representantes de los otros clanes, Shosuro Norihisa parecía bastante simple y sencillo. Escondido tras una mascara de madera y pintura, el ninja no decía nada mientras hablaban, sus ojos estaban más interesados en la oscuridad de más allá de la luz de la linterna. Incluso cuando finalizó la explicación, el escorpión no dijo nada, conformándose con confiar en las opiniones de su señor.
“¿Vais a chantajear al Hijo del Cielo, Lord Raigu?” La cara de Chikuma estaba llena de preocupación, y miraba a su señor como si fuese un oni disfrazado. “Esto no puede estar bien.”
“Este es el caso,” contestó triste el Doji. Echó un largo vistazo a sus aliados, uno por uno, antes de continuar. “Sabes mejor que nadie lo que ha estado pasando en estos recientes años, Chikuma. Las leyes se debilitan cada hora, y sin declarar la Prueba, la posición del Campeón Esmeralda permanece vacía. Lord Fuwija no puede controlar el Imperio solo…de hecho, puede que ningún hombre solo pueda. Rokugan ha excedido el tamaño manejable para un solo imperio.”
“La gente sufre por la voluntad de la Línea Imperial, en vez de ser protegida por ella,” Shiba Gaijushiko añadió ácidamente, su joven cara mostraba muchas arrugas de preocupación. “Estoy seguro de que has visto estas cosas, Chikuma.”
“Todos las hemos visto,” replicó entristecida la grulla. “Pero, sin embargo…”
“Esta alianza de los clanes; este…gozoku,” Doji Raigu dijo tras un momento, “pueda cambiar lo que ha sucedido estos años. Los clanes serán libres para vigilar sus propias fronteras, sin deshacer la interferencia de las Legiones Imperiales o de los Hantei.”
Bayushi Atsuki dio unos toquecitos al borde metálico de su mascara, un sonido que llamó la atención de los demás. “¿’Gozoku,’ Raigu-san? Un poco melodramático, pero parece adecuado para nuestros fines.”
“Me parece un poco pronto para gastar tiempo en títulos,” dijo Gaijushiko ácidamente, acariciando la manga de su kimono mientras miraba como la fiesta aún iluminaba los salones de Kyuden Doji. “Aún queda mucho por hacer, por eso os hemos pedido a los tres que vinierais. Aún quedan muchos que están preparados para preservar la paz del Imperio…”
Los tres le contaron a sus sirvientes que sería lo que les depararían los próximos meses, sus palabras sirviendo de base para la fundación del poder que el Gozoku pronto sería…

Cae la oscuridad…
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:40 pm

Poder
Capítulo 6



Gaijushiko hubiese preferido empezar poco a poco sus próximos planes; como Alma de Shiba, una parte suya era infinita, y podía permitirse esperar a que se presentase la oportunidad. Pero Raigu y Atsuki eran mortales, y como mortales fortalecieron el gozoku rápidamente.
La súbita adquisición del puesto de Consejero Imperial por Kakita Chikuma había sido el último de una creciente lista de decretos de Fuwija. Mientras las leyes y el orden mejoraban, la mayoría de la gente no se daba cuenta, pero algunos empezaron a preocuparse de que otros influenciasen las acciones de Hantei.
Que aun no viesen la conexión era irrelevante. El Campeón Shiba sabía que no debía ser complaciente, y que no debía confiar en tener simplemente el beneficio del tiempo.
Se necesitaba un ejemplo.
* * *
Matsu Mochihime había servido al Emperador durante seis años tras su gempukku; era temeraria y arrogante, con su futuro asegurado por estar al lado del poderoso Hantei. Había servido en las Legiones de Fuwija desde hacía cinco años, luchando contra onis y no-muertos bajo sus órdenes. Mochihime era noble, honorable y directa…
Un ejemplo hecho con semejante bushi pondría a la escoria en su lugar.
Gaijushiko lamentaba que Raigu no estuviese presente en la corte hasta dentro de una semana; el Campeón Grulla habría dado un toque de terminación al asunto en vez de forzar a la Matsu a vivir en deshonra. Mientras el Escriba Imperial descansaba en la casa de té en el borde de la Aldea Oeste sus ojos oscuros dudaron…
Quizás Atsuki tuviese razón y no tenía estómago para la traición, pero era una vergüenza que el samurai resistiría con honor y orgullo. Dejad que los Bayushi permanezcan en las sombras; Gaijushiko haría solo lo necesario para llevar a un verdadero Hantei hacia la luz.
Matsu Mochihime llegó unos momentos más tarde, dejando su katana y saludando al escriba con una larga reverencia. Como muchas mujeres Matsu, Mochihime era musculosa y achaparrada, con su pelo cortado justo sobre los hombres y con una constante mirada de irritación congelada sobre una cara de por sí embotada.
“Buenos días, Gaijushiko-sama,” dijo, repitiendo frases ensayadas. “El Clan León desea que en este día vuestra carga sea más ligera.”
El Shiba escondió sus emociones perfectamente, ofreciéndole sentarse con una sonrisa y un pequeño asentimiento. Los ancestros de Mochihime habían masacrado campesinos fénix en batallas durante más de tres generaciones… era raro que ella le desease algo al Campeón que no fuese dolor. “Os deseo lo mismo, Mochihime-san.”
Se refirió a ella como a un igual, y con esa frase se congració con su corazón. “Lamento haberos pedido que vinieseis tan lejos para una reunión privada, Mochihime-san. Lo hice porque mucha gente me ha hablado de vuestra dedicación para con Lord Fuwija, y me temo que algo ha cambiado dentro de sus salones.”
Su rostro se volvió más serio, con una mirada de asesinato en aquellos profundos ojos inclinados. “¿Quién amenazaría al Hantei, Gaijushiko-san?” Ella se estaba refiriendo a él también como a un igual; una señal de que la Matsu había olvidado donde estaba y con quién estaba hablando.
El Shiba supo que el plan no podía fallar.
“Estoy seguro de que habéis oído los rumores,” respondió tranquilamente. “Esas cosas se extienden incluso entre los samurai. Doji Raigu haciendo presión para la elección del Consejero Imperial, y ahora “sugiriendo” que Lord Fuwija escoja un nuevo Campeón Esmeralda…”
Era demasiado fácil, pintar en los ojos del león con palabras de odio hacia la grulla. “Raigu… ¿pero cómo puede él amenazar al Hijo del Cielo? Incluso Itagi-sama habla bien del Campeón de la Grulla…”
“Su honor está por encima de toda duda, pero no se puede decir lo mismo de sus motivos.” Gaijushiko pinto una versión del Gozoku con Raigu como único líder, sin revelar nada de la alianza entre el Escorpión y el Fénix, y retorciendo los hechos tras la muerte de Keizo y la tutoría del hijo de Hantei. Para cuando acabó, Mochihime parecía preparada para cargar hacia los salones de Kyuden Doji…
Las fuertes manos de la Matsu temblaron. “¿Que podemos hacer? Este insulto…”
“Raigu está por encima de cualquier acusación,” respondió el Shiba, “pero su mascota consejera es aun joven e inexperta. Las acusaciones de dos bushi que han servido durante tanto tiempo a Hantei Fuwija podrían hacer el suficiente daño.”
“Te veré en la corte mañana, tan pronto como pueda arreglarlo, Gaijushiko-san. Les mostraremos como son en realidad.”
“Sí, Mochihime, lo haremos.”
* * *
Desde que las puertas se abrieron con fuerza, Matsu Mochihime era una paria, aunque no se diese cuenta de ello en el momento. Vestida con su armadura de la Legión, la samurai había esperado parecer autoritaria, pero por supuesto, Kakita Chikuma se había preparado. Vestida con unas ropas sencillas, la Consejera Imperial no se escondió tras la moda mientras la bushi se encaminaba hacia ella.
Su belleza y elegancia fueron suficientes para hacer que Mochihime enrojeciese, mientras la grulla bajaba su mirada desde su puesto al lado del Trono Esmeralda.
“¿Qué negocios te han traído aquí, Matsu-san?” Preguntó educadamente, y Mochihime sintió como la corte se calló ante sus palabras. De repente, la soldado se sintió como si fuese atraída hacia una emboscada… y a Shiba Gaijushiko no se le veía por ninguna parte.
“¿D-donde está el Escriba Imperial?” Preguntó enfadada, “¿o el propio Emperador, Grulla?”
Chikuma sonrió; estaba radiante, un hecho que hacía desear a Mochihime que su cara no fuese tan cuadrada ni tan castigada por el sol. “El Emperador y Lord Gaijushiko,” dijo alegremente. “Han ido a visitar al hijo del Emperador a tierras grullas. Espero que pueda hablar por Lord Fuwija en este asunto, Matsu-san.”
“No puedes,” Mochihime replicó enojada, dándose cuenta de que había sido traicionada. Su ira la poseyó, ahogando la voz de la razón. “¡Tu clan ha tomado posesión de nuestro señor, y yo sirvo al Emperador, no a la Grulla! ¡Hablaré solo con él!”
El silencio entre los cortesanos era sofocante, y Mochihime vio a los Ikoma esconder su rostro de su mirada. Ella escuchó como el abanico de Kakita Chikuma se cerró furiosamente. “No veras al Hantei.”
Mochihime se mofó, “¿Te atreves a…?”
“El Emperador no necesita el consejo de una ronin,” finalizó la grulla, sorprendiendo a la samurai con sus palabras. “¿O acaso deseas seguir siendo una Matsu, y dejar que tu insulto difame tanto el nombre de Hantei como el de tu familia?” Había una gran maldad en la grulla mientras observaba a Mochihime, y por primera vez la Matsu comprendió que hay palabras que cortan como el acero.
Permaneció allí, rodeada por los ojos de los Seis clanes, rechinando sus dientes, en vano. “Esto no ha acabado, Kakita.”
Los ojos de la Consejera Imperial eran fríos como el hielo mientras la nueva ronin se dio la vuelta y abandonaba la sala del trono, seguida por unos pocos cortesanos de su clan. Ikomas y Akodos se acercaron para intentar suavizar el insulto de su hermana, pero a Chikuma ya le habían contado como castigar al León, antes de que la pequeña pataleta de Matsu Mochihime hubiese comenzado.
* * *
Fue así como el Gozoku golpeó a la cara de la Mano Derecha de Hantei a plena vista del Imperio, obligando a Fuwija a castigarles severamente por cada palabra que la Matsu había dicho ese día. Mochihime fue exiliada, despojada de su nombre, mientras que el clan del Fénix recibía las propiedades y terrenos de su familia que se encontraban más al este, muchos de los cuales les habían sido arrebatados antes de la batalla de la Victoria Sin Golpe. Mientras los Akodo jadeaban, sus ejércitos del este fueron desbandados por orden de los heraldos Miya…
Esta fue la primera lección: Desafía al Gozoku y desafiarás al Hantei.
Pero el Clan León era un clan que creía en la fuerza de su señor, y en su honor: otro ejército fue reclutado, y marchaba hacia tierras Shiba. Para su sorpresa, el general Akodo Deruku no encontró a un heraldo imperial aguardando a sus legiones.
En vez de eso, allí estaban las banderas de Shiba Dohrei, el recientemente ascendido general de los ejércitos Fénix.
En las siguientes semanas, los cortesanos discutirían sobre quién atacó a quién; incluso entre los bushi que sobrevivieron a la rápida batalla, pocos podrían decirlo. Durante dos días, ambas fuerzas lucharon con fuerza, paciencia Shiba y magia Isawa contra tácticas Akodo y poderío Matsu.
Al final, Akodo Deruku permanecía ante las legiones Shiba, con su armadura rota y su pelo mojado y enmarañado, reclamando un duelo con furiosas palabras. Sus tropas habían sido destruidas por la llegada de la Cuarta Legión Esmeralda…una legión comandada por un grulla.
Shiba Dohrei avanzó lentamente en su pony, con su armadura aún reluciente, inmaculada, y su rostro oculto tras su casco y su espesa barba. “Tus tropas se han retirado, y sin embargo tu te quedas para charlar de tu honor. ¿Cómo puede un hombre que ha sacrificado tantas vidas pensar todavía que aún tiene honor para perder?”
“Cállate, Shiba,” replicó enfadado el león. “Sé lo que ha pasado aquí, y vengaré este insulto con tu sangre. Lucha conmigo si alguna parte de ti respeta aún el Código.” No había imprudencia en la cara del samurai mientras hablaba, y mientras el antiguo Yojimbo descabalgaba, el Akodo le esperaba con la más mortal de las calmas.
La pelea comenzó antes de que pudieran decir otra palabra, con ambas espadas siseando mientras se desenvainaban.
Akodo Dohrei golpeó casi donde había apuntado; la armadura del Shiba se abrió, pero el golpe de espada no notó ningún hueso. El hombre alto retrocedió, con su armadura cayendo a pedazos a su alrededor tras el golpe del brazo entrenado del samurai. Deruku explotó su ventaja, cargando contra el fénix, y todo lo que su oponente podía hacer era bloquear los largos barridos de la hoja centelleante de su enemigo.
“¿Que querías decir, sabes lo que ha pasado?” La cara de Dohrei reflejaba el súbito esfuerzo, pero mientras su armadura caía a pedazos, el fénix recobró la ventaja, lanzando cortes a los agujeros que había entre las piezas rotas de la armadura del akodo.
Deruku bloqueó el golpe, su cara tensa y controlada. Devolvió el golpe, y el shiba casi pierde la espada. “Soldados Shiba,” siseó el león, “¡políticos grulla! Nos hemos dado cuenta de vuestra alianza, así como de vuestros planes para el Tro…”
El bushi se detuvo, sus ojos aún tensos por la batalla, pero ninguna palabra más salió de sus labios.
Dohrei se quedó quieto, esperando a que su oponente finalizase, pero Akodo Deruku nunca volvería a hablar. De la espalda del general león surgía una única flecha negra, su punta especialmente preparada para atravesar armaduras akodo. Mientras caía, una cosa era segura.
Los leones comprendían algo de lo que estaba cambiando el Imperio, pero un conocimiento escaso es la cosa más peligrosa de todas.

Un héroe cae...
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:41 pm

Principios y Finales
Capítulo 7




“¿Principio o final? Depende del lado donde estés.” - Bayushi Atsuki

Durante los siguientes años, el Gozoku estuvo siempre presente, sus cambios en el Imperio siempre concentrados, tras la visión de Gaijushiko y las metas de Raigu. Con cada frase o palabra hablada, la tríada encontraba a otro cortesano, otro samurai u otro shugenja que compartían sus ideales. Lo que empezó como un pequeño goteo, se convirtió en una ola que barrió cada clan y familia, incluso en la propia casa del Emperador, gracias a los métodos de verdades y mentiras.
No fue siempre fácil, e incluso el Campeón Shiba no podía negar que aún había muchos obstáculos. Ahí fue donde el clan de Bayushi Atsuki se ganó su puesto en la alianza; tratando con los enemigos que se las arreglaban para eludir los retos y golpes de las hojas de Raigu.
Era una decisión en la que el grupo evitaba pensar, pero cada uno sabía, por diferentes rezones, que no podían negar esa realidad.
Así fue durante cinco años de glorioso esplendor, mientras las proclamaciones del Hantei traían recompensas al Imperio una vez más. Los campesinos alababan la habilidad y sabiduría de Hantei Fuwija, sin saber nunca el precio que estaba pagando por traer gloria y atar la verdad…
* * *
Shosuro Norihisa rara vez se paraba a considerar lo rara que se había vuelto su vida en estos pocos años; el espía Bayushi se había vuelto cómodo, incluso feliz con el reto de espiar al Emperador y esquivar miharu y Guardias de Honor imperiales. Mientras se arrastraba por los pasillos vacíos de Otosan Uchi, el ninja no podía dejar de preguntarse como sería su vida sin la decisión de Atsuki de retar al propio Hijo del Cielo.
No sería ni la mitad de interesante, concluyó el ninja mientras se colaba silenciosamente en las habitaciones privadas del daimyo Bayushi.
“Llegas tarde.”
El ninja se inclinó, sus estrechos ojos buscando a su maestro a través de la oscura habitación. Los pasados años habían hecho mucho por marchitar al Campeón del Clan Escorpión; el hombre que se reveló ante Norihisa era más inclinado, más esquelético que lo que recordaba… aparentemente, dominar un Imperio era sin duda una difícil tarea.
Él se inclinó profundamente. “Mis disculpas, Atsuki-sama. Los miharu…”
La voz de Atsuki no había perdido nada de su poder, y la sombría forma del samurai hizo que su sirviente casi se olvidase de los estragos de la edad. “Evitar a los miharu es tu problema, no el mío. Con el tiempo, Gaijushiko los convencerá también. Lo que es más importante es el Hantei. ¿Cómo va su salud?”
Los ojos del ninja se entrecerraron debajo de su máscara, mientras trataba de observar dentro del alma de su maestro. Las peticiones de información del Bayushi se volvían más intrincadas con cada día que pasaba, y por ahora incluso Norihisa había abandonado sus intentos de comprender más que unas pocas palabras. “La salud de Lord Fuwija decrece cada día, mi señor. Los Isawa y Seppun que le atienden creen que será solo una cuestión de días antes de que fallezca.”
“Malo,” siseó Atsuki , con su mente empezando a trabajar. “Fuwija nunca se nos ha opuesto, pero ahora que muere… ¿que tiene que perder un hombre así?”
“Quizás sería mejor si no tardase…”
Norihisa parpadeó una vez, confuso. “¿Lord Atsuki…?”
La mente maestra del Gozoku rió; era un sonido frío, sin humor. “No era nada, Norihisa; un pensamiento fugaz quizás, pero nada mas. Informa a Kakita Chikuma de la condición del Emperador; sin duda la Consejera Imperial será capaz de encontrarle buen uso a estas noticias.”
Inclinándose una vez más, el ninja se fue, dejando a Atsuki mirando por su ventana a los jardines que se extendían por debajo. Todo Otosan Uchi parecía arder con velas y linternas dedicadas a la Casa Imperial, como si las oraciones y unos pocos fuegos pudiesen mantener a salvo a Hantei de la llamada de Meido.
Hantei Fuwija moriría como peón. No era merecedor de una daga en la noche, y nunca sería capaz de reclamar su trono.
Contento con ese conocimiento, el escorpión pasó a atender otros asuntos.
* * *
Los últimos años habían cambiado muchas cosas para Kakita Chikuma; a menudo, por las noches ella consideraba aquella vez en los jardines, cuando se tragó sus sentimientos personales y estuvo de acuerdo en ayudar a sofocar el poder de Hantei. Ahora, la cortesana se vio como Consejera Imperial, portando el poder del Clan Grulla y estrechando alianzas con las casas Seppun, Otomo y Miya.
Aquellos que ganaban su favor ganaban oro y honores, mientras que aquellos que despreciaba se encontraban con su vida y su futuro destruidos.
Vestida con ropas adecuadas para una Emperatriz, la Consejera permanecía en silencio, vigilando la corte desde su puesto al lado del trono vacante, Los cortesanos de los Seis Clanes habían apenas vislumbrado a Hantei Fuwija en estas pasadas cuatro semanas; Gozoku o no, sabían lo que estaba a punto de ocurrir. La ascensión de Kusada no era ya cuestión de decisión, sino cuestión de tiempo.
Como si tirase de simples cuerdas sobre un kimono, Shiba Gaijushiko movía la corte hacia la acción; Chikuma había estado siempre impresionada por la forma por la cual el hombre mayor tejía sus decisiones, convenciendo a sus aliados de que esas eran las elecciones de otros hombres. Él era alguien imposible de conocer realmente, incluso para ella.
El Escriba Imperial se rió desde su asiento al fondo del dais cuando un severo bushi cangrejo acabó de hablar. “No pensaría que tal cosa fuese posible, Hida-san,” la voz del Campeón Fénix sonaba clara. “Seguramente no haya votación; La Consejera Imperial puede sin duda escoger bien.”
Chikuma había aprendido muchas cosas sobre el líder del Gozoku en estos años; era tranquilo y de voz dulce, con una voz entrenada para mandar solo cuando lo decidía así. Acariciando su largo cabello tras ella, la grulla descendió, muchas de las conversaciones remitiendo mientras examinaba a los samurai ante ella con un practicado, casi aburrido, barrido de sus ojos.
Iba bien vestido para un Hida, con ropas modestas con un diseño simple y barato. Su cara era vieja, y parecía versado en las costumbres cortesanas, sabiendo lo suficiente como para arrodillarse ante el Consejero cuando el Emperador no estaba presente. “Hida Yosenkai,” anunció con una reverencia. “Hablo en nombre de Hida Tadaka-sama.”
“Nos hacéis un gran honor, viniendo de tan lejos,” respondió Chikuma, sus ojos más atentos en el escriba que en las embotadas facciones del cangrejo. “¿Qué te preocupa para que busques la sabiduría de Gaijushiko, Yosenkai-san? Habla, y quizás pueda ayudarte.”
Él la miró largo rato, en silencio, como si su mente no pudiese decidir que camino escoger. Luego, el anciano habló sombrío, “A mi señor se le ha dicho que el Hijo del Cielo se muere, y que su hijo es demasiado joven como para recibir su gempukku antes de un año. ¿Quién ocupará el lugar del Emperador hasta entonces, Chikuma-sama?”
Por el desafío en sus palabras, la grulla podría decir que el cangrejo estaba preparado para decir que Chikuma podría tomar el Trono Esmeralda.
Casi se ríe con la idea; una mujer en el pináculo del Orden Celestial. Desde la elección de Raigu, Chikuma había visto cambiar muchas cosas en el Imperio, pero algo así se escapaba de su capacidad de visión. “Pienso que Lord Tohojatsu lo haría bien en memoria de su sobrino…si el Hijo del Cielo realmente pasase al Tengoku tan pronto.”
Yosenkai pareció ablandarse, y Chikuma sonrió radiante ante la facilidad con la que jugó con él. Los cangrejo y los león estaban ambos tan carentes de táctica; era realmente difícil ver que Gaijushiko se había preparado para esta eventualidad, en caso de que el Hijo del Cielo muriese. Otomo Tohojatsu siempre se había deleitado con los sentimientos de riqueza y poder.
Pero más importante, el Otomo había servido en las Legiones Imperiales durante sus días de juventud, estacionado en las tierras norteñas del cangrejo.
Y ahora el viejo tendría su poder, a manos del Escriba Imperial. La Consejera se inclinó una vez ante el cangrejo y luego ante el Campeón Shiba... sus ojos deteniéndose sobre el viejo mientras él sonreía, una silenciosa felicitación por las cosas que aun estaban por venir.
* * *
“Sé quien eres… Sé que eres.”
La gran figura se movió en la oscuridad, iluminada solo por un par de ojos dorados. Atsuki siguió la sombra, preguntándose como sería realmente la criatura. “Parece que te regodeas de ese hecho,” dijo una voz tranquila, pero que a la vez sonaba como el trueno. “Algo que compartes con muchos de tus predecesores.”
El Escorpión miró dentro de esos ojos, sin miedo. “¿Has cambiado alguna vez el mundo, Togashi?”
Hubo un profundo silencio, más expresivo de lo que pudieran haberlo sido las palabras. El Bayushi rió sombrío, su cara tensa con rencor. “Es algo que tu nunca sabrás.” Vaciló por un momento, preguntándose donde dibujar la línea entre el poder y el miedo. “He hecho lo que tu nunca te atreviste a hacer, Togashi.”
“He cambiado el mundo.”
La voz de Togashi era indescifrable, “Lo sé.”
Atsuki se quitó su máscara, su arrugada cara mirando a la cara del Dragón, sin esconder nada y sin ver nada a cambio. “Mis predecesores han venido siempre buscando tu conocimiento, Togashi. Ellos han usado tu sabiduría para el beneficio de mi clan…”
“Pero no tienes nada que yo necesite saber.”
En la oscuridad. El Kami cambió, sus ojos aún incognoscibles mientras observaba al Maestro de los Secretos. Entonces, llegó la misma voz, como un trueno distante. “Tomarás las respuestas por tu cuenta.”
“Incluso si voy al Toshigoku, no tendré remordimientos,” le dijo el Escorpión a Togashi, sus pequeños ojos negros ardiendo con alegría a cada palabra, “Nos hemos convertido en los maestros, y hemos arrebatado lo que un hombre con la sangre del Cielo no pudo mantener. El Mandato del Cielo es mío.”
Atsuki se levantó, recogiendo su daisho y colocándose su máscara. El Escorpión se alejó del inmortal Dragón, y ya casi se había ido cuando unas palabras le hablaron tanto a sus oídos como a su mente.
“Todos los mortales tienen una oportunidad para cambiar el mundo, Atsuki. Lo que importa no solo es el momento, sino también a lo que se llega al final.”
Se dio la vuelta, preguntándose que secreto contenía las últimas palabras del Kami, pero durante el momento que le llevó al Bayushi encararse con él, la presencia de Togashi ya se había ido.
* * *
Tres semanas más tarde, la corte lloraba la muerte de Hantei Fuwija, el Emperador Espléndido. Se dijo que el Príncipe Resplandeciente llamó a su hijo días antes de su muerte, y que sus últimas horas fueron pasadas en presencia de Kusada, trasladándole los secretos de la línea Hantei.
Cuando fueron preguntados por estas palabras, Doji Raigu y Shiba Gaijushiko rechazaban la idea como un sin sentido; de echo, el Escriba Imperial no escribió nada de las últimas horas de vida de su maestro. Varios cangrejo y dragón tomaron esto como un imperdonable descuido, pero sus palabras no valían nada ante el hombre que iba a ser escriba de un segundo Hantei.
Se ha dicho que hubo un momento, cuando el grulla y el fénix fueron llamados para atender a la ascensión del regente que Fuwija fue capaz de hablar a solas con su hijo. Con una mano temblorosa, el Emperador hizo señas a su hijo…
En ese momento, ni siquiera el Shosuro pudo oír los suspiros de Hantei, y ninguna fuente registró las últimas palabras del Príncipe Resplandeciente.

Un Emperador surge.
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:41 pm

El Peón
Capítulo 8



“La estrategia no es nada más que el conocimiento de cómo engañar” - “Niten” de Mirumoto

Desde el momento en que su padre murió, Hantei Kusada supo que era un prisionero.
Un prisionero, y un peón.
Le hubiese parecido una ida absurda en su infancia, que los clanes pudiesen manipular y controlar las acciones del Hantei. Si no fuera porque lo había visto con sus propios ojos, el joven se hubiera reído ante al idea, pero la verdad es que no encontraba mucho por lo que reírse. La breve regencia de Tohojatsu había pavimentado el camino del Gozoku, a través de un número de concesiones de independencia cedidos a los clanes.
El Gozoku no le tenía de rehén, tanto como tenían de rehén al propio Imperio.
“Parecéis preocupado.”
“Encuentro poco por lo que estar feliz estos días.”
Desde su lugar al lado de la cama del Emperador, la muchacha se incorporó y se acercó a su señor. Kusada había conocido a Doji Inosenko desde que eran niños; En la Academia Kakita ella le había cautivado con su hermosa figura y con esos agudos e inteligentes ojos azules. De todos los grulla de la capital, era la única en la que el Emperador confiaba…
La única con la que hubiera compartido su vida, si tuviese el poder de tomar esas decisiones.
“Sé que todo esto ha sido difícil para ti, Kusada,” le dijo, apartando su largo cabello blanco sobre el hombro de su kimono azul pálido, “pero no necesitas temer nada más. ¿Por qué te atormentas tanto?”
“Porque soy Emperador…como lo fue mi padre.”
Los grandes ojos de Inosenko se tensaron; había aprendido mucho sobre la situación de Hantei, y a pesar de las maquinaciones de su señor, de alguna manera la Doji permanecía cerca. “Te ayudaré, Kusada. Sé que… Sé que puedes ser el Emperador que Lord Raigu desea ver.”
Un ligero ruido contra la puerta llamó la atención de la pareja. “Habla,” dijo con suavidad Kusada, conociendo ya lo que iba a pasar.
“Mi señor,” sonó una voz brusca de un miharu, “la corte os aguarda.”
Kusada asintió, y permitió a sus ayudas de cámara entrar y acabar de vestirle. Este era un día auspicioso para el joven Emperador…hoy escogería a su esposa.
* * *
Doji Raigu llevaba su mejor kimono, azul y blanco con hilos plateados a lo largo de las mangas. Mientras el Campeón Grulla entraba en la corte, se dio cuenta de los murmullos y preguntas de los cortesanos; era algo común para el bushi llamar la atención con cada giro de abanico o de espada.
El samurai se encaminó a saludar a sus invitados con profundas reverencias y la dignidad apropiada; vio muchas caras que ya le eran familiares, que se convirtieron a su causa en los últimos fructíferos años. La Corte Imperial entera estaba enredada en el fresco esplendor traído por Fuwija y por el reinado de su regente…
Y ahora había un nuevo Hantei sentado en el trono.
“Parece que se acomoda bien a la situación,” observó quedamente Shiba Gaijushiko, observando a Kusada contemplar la abarrotada habitación. La hermosa y pálida cara del joven Hantei estaba tensa y controlada; sabía a quien mirar y se encontró con los ojos de Raigu.
El Doji asintió con una reverencia al Campeón Fénix. “Es un día importante para el Hijo del Cielo, Gaijushiko-san. Para todos nosotros.”
Una parte de la multitud anunció la llegada de Bayushi Atsuki, sus ganchudos dedos tensos sobre el obi, como si le protegiesen de un frío imaginario. Como Raigu, el señor Escorpión iba vestido con finas sedas, pero las suyas eran netamente negras con retazos de oro y plata, reflejando de manera extraña la luz del gran salón.
Él ignoró las reverencias de sus propios cortesanos y diplomáticos, con su máscara de hierro batido ocultando totalmente sus estrechos ojos. La voz del viejo era pesada, como si cada palabra cayese forzada. “Saludos a ambos. ¿Cómo se encuentra nuestro señor?”
Raigu echó un vistazo alrededor, su penetrante mirada haciendo retroceder algunos de los ojos de la corte. “Lord Kusada parece haberse acomodado bien a la posición de su padre…”
“No estoy de acuerdo,” murmuró Atsuki, interrumpiendo al grulla. “Nunca será como su padre.”
Estas palabras significaban muchas cosas para los cortesanos y bushi reunidos, pero para el Gozoku el significado estaba claro. “Es más fuerte que su padre,” dijo abiertamente el Bayushi, ganándose algunas sonrisas tras los abanicos que se movían. “Nunca se avendrá a las limitaciones del ultimo Hantei.”
La Consejera Imperial llamó a las prometidas, cada una con un hermoso arreglo preparado por los maestros de la Grulla. Doji Raigu observó como cada mujer pasaba delante de Kusada, contento con el deber y la disciplina que había detrás de sus perfectos ojos.
Doji Inosenko fue la última en adelantarse. Al lado del Campeón Grulla, Gaijushiko acarició su mejilla y se concentró intensamente.
Fuerza o debilidad, independencia o complacencia, Kusada se revelaría a sí mismo aquí y ahora.
* * *
Le estaban observando, incluso más de cerca que el resto del Imperio, mientras Hantei Kusada se levantaba de su trono. Esos tres, más que ningunos otros, comprendían la gravedad de lo que estaba ocurriendo allí. En ese momento, mientras miraba a las bellezas que el Gozoku había reunido para su Emperador, mil opciones diferentes atravesaban la mente del joven.
Una vida de triunfo, renegando de la tríada aquí y ahora, y permaneciendo al lado de su amor mientras el Imperio daba un paso hacia una nueva edad dorada.
Una vida de desgracia y fracaso, controlado por el Gozoku hasta su muerte, recordado solo como una débil y torpe línea en la línea de los Hantei Imperiales.
Los ojos de Shiba Gaijushiko se concentraron en el Hijo del Cielo, mientras los labios de Kusada temblaban con rápidas respiraciones. El Campeón Fénix miró en lo profundo de los ojos del chico y le hizo conocer la verdad; el Gozoku destruiría el Orden Celestial si se veía forzado a ello, antes que dejar a los Hantei continuar como la despótica y corrupta dinastía que los bushi pensaban que era.
Que los bushi creían que era.
Hantei Kusada miró a Doji Inosenko, radiante con un kimono rojo ajustado con botones blancos y hojas rosa pálido. En otra vida, en otro mundo, no le podría pedir nada más a Amaterasu que estar con ella.
El Emperador anunció su decisión, y su palabra se era ley.
* * *
Esa noche los tres mantuvieron un concilio.
“Así que escoge a Doji Ayatsuro; una mujer a la que nunca ha hablado, y además una comprometida con nuestra causa.” Bayushi Atsuki deslizó una mano sobre el filo metálico de su mascara en tranquila meditación mientras hablaba, “En nada parecida a la decisión que sugeristeis, Raigu.”
“Lord Kusada ha estado cerca de Inosenko desde los últimos años de su entrenamiento.” El Señor Doji no miraba al Escorpión, si no que dejaba reposar sus oscuros ojos sobre la profundidad del oscuro y vacío salón. “Él le ha roto el corazón; no lo haría sin razón. Chikuma me ha dicho que Inosenko ya ha regresado a nuestras tierras.” Ellos pudieron ver la tristeza del grulla en sus palabras.
El Bayushi asintió con sarcástica simpatía. “Quizás Ayatsuro revuelva más que su corazón…”
Al lado, el Fénix rió en silencio ante la idea. La joven cara de Gaijushiko se arrugó, “Creo que tenéis más razón de la que algunos de nosotros creemos, Atsuki-san.”
“Explícate,” dijo el Escorpión.
“Fuwija cedió a nuestras demandas porque nosotros teníamos a alguien importante para él; su hijo lo ha comprendido. Se distanciará de Inosenko a partir de ahora, creo…se distanciará de cualquiera que podamos usar contra él.”
La voz de Raigu rozó el respeto mientras respondía, “Es una decisión admirable, pero irrelevante. Tohojatsu ha puesto el verdadero poder del Imperio en las manos de los señores provinciales y los daimyo de clan. Sin el Gozoku, no tiene Imperio.”
“¿Piensas que es incapaz de traicionar?” preguntó Atsuki con una sonrisa que rezumaba a través de su máscara en cada palabra. “Que extraño.”
“Sabes algo más que nosotros, Atsuki.” Los ojos del grulla se cerraron ligeramente, más por molestia que por genuino disgusto.
La voz de Gaijushiko era más desapasionada. “¿Que planea el Emperador?”
* * *
De la mañana a la noche, nada había cambiado en la cama del Emperador; las ventanas permanecían abiertas para dejar entrar la suave luz del final del día. Hantei Kusada observó la Ciudad Imperial, su corazón más consciente que nunca de que todo había cambiado. Los Doji le habían ensañado a escuchar, y en estos tiempos de cambio muchos rumores llegaban incluso a los oídos del Emperador.
“Parecéis preocupado,” dijo su esposa desde su lugar a su lado, su pálida piel dejándose ver entre una túnica de verde y dorado.
El joven se volvió y deshizo su largo cabello, dejándolo caer y cubrir su rostro mientras se movía. “Para nada,” mintió quedamente a la sirviente Gozoku, “conozco mi lugar en el Imperio, un Hantei sobre su trono. Por ahora, me conformaré con eso.”
Ayatsuro sonrió, con sus grandes y oscuros ojos concentrados en su esposo. “Me complace oíros decir eso, mi señor.”
Manteniendo sus ojos cerrados, el Emperador se rindió al abrazo de su guardiana, permitiendo que el conmovedor sentimiento del contacto humano disipase lo que pudiese del largo y doloroso día. Su mente estaba inundada con pensamientos acerca del mañana que se aproximaba…
Una oportunidad más para arrebatar el juego.

Un reto se lanza…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:42 pm

Campeones
Capítulo 9



“‘Nada me ata – Soy el Emperador.’ ‘Una contradicción en sí misma.’” - El Tao de Shinsei

Mirumoto Chokuto había sido escogido Campeón Topacio hacía seis años, y después de eso su leyenda no paraba de crecer. Los Dragón decían que él sería escogido como el próximo daimyo de la familia Mirumoto, y que su esgrima sobrepasaba a la de todos los demás. En todos los aspectos, el famoso bushi era un auténtico sirviente, ansioso por demostrar su habilidad y sacrificarse en nombre de su Emperador…
Chokuto vendría a ayudarle. Kusada sabía que lo haría.
No fue sencillo despachar un mensajero; el Hantei se había acostumbrado extrañamente a la constante atención de ojos ocultos. El Miya cabalgaría raudo, hacia el norte de la ciudad para atenuar sospechas; el joven señor dudaba de que incluso Atsuki supiese que el espadachín Mirumoto se había trasladado recientemente a visitar a su familia cerca de Kyuden Seppun.
Solo deseaba que eso fuese suficiente.
El Hantei frotó sus manos para luchar contra el frío en el aire mientras su escriba entraba. Ayatsuro se inclinó ante el Campeón Shiba, dando un paso atrás mientras él se movía hacia el lado de Kusada. “Vuestro palanquín ha sido preparado, Lord Kusada. Si no os dais prisa, os perderéis el inicio de la Prueba.”
La Prueba del Campeón Esmeralda… La última oportunidad de Kusada de obtener fuerza real. El Gozoku no se lo esperaría de él, pero le preocupaba mucho que a Gaijushiko pareciera no importarle. Incluso un samurai como él podía ser sacudido… a no ser que el joven Emperador estuviese perdiendo el tiempo.
Fijó su mirada con la del anciano, maravillándose de la infinita profundidad que se reflejaban en esos ojos. Sabía que Gaijushiko portaba el conocimiento del alma de Shiba… que tanta sabiduría se hubiera vuelto contra él era un pensamiento que sobrecogía incluso al Hantei.
“No hay necesidad de que me trates como a un igual aquí, Shiba. No hay nadie aquí salvo yo mismo y tus espías.”
El campeón no lo negó, mientras una mirada enormemente insatisfecha llenaba su rostro. “Te has convertido en un buen hombre, Lord Kusada, y a mis ojos ya le has echo un gran servicio al nombre de tu familia. No saques adelante la naturaleza imprudente de tu padre… No hace ningún bien aquí.”
Kusada cerró sus ojos, entristecido, su voz contenida con gran esfuerzo. “Sabes que solo un Emperador puede gobernar el Imperio, Gaijushiko… y tu no eres Hantei.”
Nunca en su vida Hantei Kusada había sido golpeado con ira; su entrenamiento había sido simple y raramente con confrontaciones directas, con los golpes siendo amortiguados con blandas espadas de prácticas. La mano de Gaijushiko lanzó al Emperador al suelo con un grito sobresaltado… un grito que anteriormente hubiera convocado un grupo de guardias Seppun.
“¿Tanta arrogancia de un samurai, especialmente de uno del más noble linaje? He visto lo que los Hantei han hecho con el Mandato del Cielo,” dijo triste el anciano, sin ninguna pinta de enojo mostrándose a través de su estoica cara. El Hantei probó la sangre en sus labios, y sorprendentemente Ayatsuro estaba a su lado. “Ellos se merecen algo mejor que tu, Kusada. Deshonras tu propia sangre.”
“Lord Gaijushiko,” dijo fríamente la Emperatriz. Su tono llamó la atención, sacando al Shiba de su discurso.
Gaijushiko se inclinó ante el hombre caído, como si quisiese ayudarle. “Yo…no debería haberos hablado de esa manera, lord Kusada. Vos sois… lo que sois. Al igual que yo.” Luego el Fénix se giró y se fue.
“No debería haberos golpeado,” dijo la grulla mientras observaba al delgado hombre levantarse como si se acabara de caer en un sueño. La mano de Kusada estaba manchada de sangre, y la miraba con silencioso pasmo. “No tiene ningún derecho para tocar al Emperador.”
“Sobrepasé mis límites,” replicó algo ausente mientras se limpiaba el labio con pañuelo de seda plateada. El Emperador se volvió y miró a su mujer, “Tu también me has sorprendido, Ayatsuro. Pensé que eras el peón de Gaijushiko.”
“Muchas cosas han cambiado en el mundo, mi señor,” dijo la hermosa mujer sacudiendo su largo cabello negro, “pero no todas. Tú eres el Emperador.” Sus ojos, tan diferentes de los de Inosenko, lo traspasaron con su determinación y pasión.
“Solo tú eres el Hantei.”
* * *
Doji Raigu tensó las ataduras de sus protecciones para los brazos, tirando de las borlas plateadas suavemente hasta que las sintió firmes. Los ojos oscuros del samurai se entrecerraron ligeramente mientras observaba el campo de batalla que le aguardaba; un campo marcado por brillantes banderas y una creciente multitud de samuráis de los Seis Clanes. El Campeón Grulla tenía pleno conocimiento de lo que Kusada hubiera deseado que transpirase aquí…
Pero nadie daría un paso adelante para salvar al Hantei de sus ilusiones de captura y manipulaciones no merecidas; Raigu era un maestro del Estilo Un-Golpe… la sangre del propio Kakita corría por sus venas.
Ninguno de vosotros sois merecedores de esto, pensó el Bushi mientras caminaba hacia el campo.
* * *
Otomo Reju era un hombre modesto; sus sencillas ropas marrones y su sombrero negro sugerían muy poco del noble, tan poco que incluso Shiba Gaijushiko casi era incapaz de recordarle en las Cortes de Invierno del Emperador. Con un rostro suave y calmado, no parecía en absoluto el tipo de hombre que controlaba vastas fortunas que tanto su padre como su abuelo habían cultivado…
Otra razón para no juzgar las apariencias, bromeó consigo mismo el Campeón Shiba, asintiendo respetuosamente mientras el cortesano imperial se arrodillaba.
Los Otomo eran los anfitriones de la Prueba del Campeón Esmeralda; Gaijushiko casi había esperado que Kusada tratase de apartar a Raigu del juego. Tampoco había esperado ver a un Otomo postrarse ante él, “Me hacéis un gran honor, Reju-san. Yo no soy el Emperador.”
Una mirada le dijo que el cortesano no opinaba lo mismo. “Vos no sois el Emperador,” dijo Reju honestamente, su voz pareciendo bastante mundana. “Pero he visto cambiar las cosas… cosas que el Emperador no ha hecho.”
“Habéis cultivado la prosperidad, repartido honor… y traído gran gloria tanto al Imperio como al Clan.”
Gaijushiko observó al hombre ante él de manera diferente a la de hacía un momento; Los ojos y palabras de Reju no mostraban ni pizca de engaño o medias verdades. El alma de Shiba podía ver a través de casi cualquier mentira. Había respeto y esperanza en aquellas palabras, más que en ninguna otra cosa.
Una mirada así, de un hombre con el que nunca había hablado, hizo que el encuentro con Kusada volviese al frente de los pensamientos del Shiba.
“Pensáis demasiado bien de mi, Reju-san. Tengo tantos defectos… como la mayor parte de los hombres.”
El Otomo se levantó, ajustándose su alto sombrero negro. Miró al Fénix con una triste sonrisa. “He visto algunas de las cargas que habéis tomado sobre vuestros hombros, Lord Shiba. Sé que, a pesar de vuestra… posición, sois mortal y podéis equivocaros de vez en cuando. Si os voy a prestar los recursos de mi familia, no os pido la perfección…”
“Solo os pido que lo intentéis.”
Gaijushiko miró hacia donde el Emperador observaría las ceremonias; ahora él nunca confiaría en el fénix. “Lo intentaremos juntos, Reju-san. Entre todos nosotros, creo que eso será suficiente.”
* * *
Kakita Chikuma se inclinó ante los dignatarios reunidos, analizando con un simple vistazo el estado de la multitud. Los clanes León y Cangrejo estaban desesperados por alguna forma de acción; no habían olvidado lo que Shiba Dohrei le había hecho a los Akodo tras las infortunadas palabras de una muchacha indiscreta. Los Dragón eran pocos, y los que se quedaron eran meros correos…no una amenaza, solo estaban allí para llevar las noticias a sus tierras.
Mientras miraba a Doji Raigu con su largo kimono gris y sus brillantes brazales, la cortesana supo en su corazón como acabaría el día.
Bayushi Atsuki se acercó a ocupar su lugar como Maestro de Ceremonias, su serpentina voz reservada y calmada. “¿Apenada, Chikuma-san? Eso difícilmente concuerda con tu reputación como el “Abanico Negro.”
Ella ignoró al daimyo Escorpión, pasando automáticamente a los muchos saludos y frases que precedían la apertura de la Prueba. Chikuma odiaba el apodo que los león le habían dado tras lo que pasó con la samurai-ko Matsu; le dolía a su alma más de una vez saber como la gente temía lo que ella podía hacerles…
Le dolía más que ella mereciese esas palabras.
Mientras continuaba con las proclamaciones, el pequeño cambio que Atsuki había pedido entró suavemente, un simple giro de unas pocas palabras antiguas. Varios ojos se elevaron para encontrarse con los suyos cuando el Consejero acabó, con un chasquido de su abanico dorado señalando que el anuncio estaba hecho.
“¿Los duelos serán a muerte, Chikuma-sama?” Preguntó una joven y confusa fénix; la hermana de Dohrei, que sabía que su hermano iba a participar.
“A muerte,” dijo fríamente la Gozoku, sus hermosos ojos fijos en la forma perfecta de Doji Raigu. “El Hantei desea ver la resolución de sus mejores samurai. Si alguien se rinde, sin embargo, por supuesto que los Escorpión no permitirán que caiga ninguna hoja.”
Tras su máscara, Atsuki estaba sonriendo; Chikuma podía sentirlo, como el toque de unas frías uñas contra su nuca. Las oscuras miradas de los León, Cangrejo y varios competidores más le mostraron que estaban determinados a luchar contra las crecientes acciones del Gozoku… y que nadie se rendiría en esos duelos.
Por una oportunidad de acabar con el Campeón de la Grulla, los otros clanes arriesgarían cualquier cosa…
Ocultando su miedo en lo profundo de su corazón, Kakita Chikuma se volvió mientras el Emperador y su esposa hicieron su entrada. La cara pálida de Kusada lanzaba rápidas miradas arriba y abajo de la multitud…
* * *
Ningún miembro del Clan Dragón se adelantó para ser el defensor del Emperador.
Ni uno solo.
Su corazón se hundió mientras que se daba cuenta de la verdad. Entre su respiración, la voz del Emperador estaba agitada. “Él no vendrá.”
“¿Mi señor Kusada?” La voz de la Consejera Imperial era tranquila y encantadora en medio del aire de verano. “¿Pueden comenzar vuestros campeones?”
A pesar de si mismo, el Hantei se sentó, colocando una mano sobre la mano de Ayatsuro. La Emperatriz le sonrió radiante; casi era suficiente para hacerle olvidar lo que ella representaba, de la parodia en la que se había convertido. Más allá de la multitud, Doji Raigu esperaba, mirando a Kusada como si lo que estaba a punto de suceder fuese una llamada personal.
“Empezad,” ordenó el Emperador mientras la luz del sol partía el día.

Cae la esperanza…
"La genialidad no es más que la locura revestida de triunfo"

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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Vie Jun 11, 2010 2:43 pm

Miradas
Capítulo 10



“Tanto en tiempos de paz como en Guerra, la actitud de uno debería ser la misma - refinada, noble y disciplinada.” - “Ken” de Kakita

“No deberías estar aquí.”
Mochihime entrecerró sus ojos ante su hermano; Banichi era unos pocos años mayor, y parecía impresionante vestido con un kimono de un dorado profundo hilado con pájaros de plata. La cara del samurai león era una mascara de forzada hostilidad, a pesar de que ella tenía pequeñas dudas de que hubiese ira real tras sus palabras. “Vete a casa, hermana. Hay un monasterio esperándote allí.”
La bushi caída hizo una mueca, enfadada con la verdad de esas palabras más que con el propio Banichi. La ronin gruñó mientras se pasaba una mano por su pelo corto, “No habría venido aquí, Banichi… hasta que escuché lo estúpido que estás a punto de ser.”
Él se volvió, sus pequeños ojos lanzándole una mirada de desdén. “No tengo tiempo para esto.”
Mochihime agarró a su hermano por el hombro; Banichi era más fuerte y con un empujón la apartó. “Vas a conseguir que te maten, justo lo que ellos quieren.” Su cara temblaba de ira, suficiente para hacerle dudar de moverse. “Eres el mejor practicante de Iaijutsu de nuestra familia, Banichi… ¡Ellos quieren que malgastes tu vida ahora!”
“Cállate,” ordenó enfadado. “Tu caída fue por causa de esta misma falta de autocontrol. No avergüences al Clan León de nuevo este día.”
La samurai-ko bajó su cabeza. “Entonces, ¿no hay nada que pueda hacer que te haga cambiar de opinión?”
Matsu Banichi tocó la empuñadura de su katana y dijo, “El honor no cambia, Mochihime. Permanece fiel a sí mismo.”
* * *
Para cuando el sol alcanzó su cenit, solo quedaban cuatro. Shiba Gaijushiko permanecía en los lindes del gran campo al lado de Otomo Reju, su cara libre de incluso la más pequeña preocupación. “¿Que pensáis de nuestros restantes competidores, Lord Gaijushiko?” Preguntó el cortesano imperial con una voz ni excitada ni aburrida. “Parecen bastante serios.”
“Por supuesto que lo parecen,” replicó el Shiba. “Después de todo, han puesto sus vidas en sus espadas.”
“Algo sin significado,” replicó Bayushi Atsuki, sus brazos doblados bajo el kimono mientras se colocaba a su lado. “Todos los bushi ponen sus vidas sobre sus espadas, Gaijushiko-san. Eso difícilmente explica este nivel de competición y calma.”
Otomo Reju lanzó una mirada hacia el daimyo Escorpión, “¿Y que creéis que significa esto, Atsuki-sama? ¿Quizás la orden del Emperador? ¿O se trata… de un juego mayor?”
“¿Quien puede entender la voluntad del Cielo?” Preguntó fríamente Atsuki al joven, su mirada alterando la calma de Reju. Mientras el cortesano reajustaba su alto sombrero, el viejo rió. “Lord Kusada parece estar bastante interesado en su futuro Campeón…”
“Como debe ser,” dijo Gaijushiko, levantando una mano para tocar su suave barbilla.
“¿Quien pensáis que reclamará la victoria, Lord Atsuki?”
El escorpión lanzó una mirada hacia Otomo Reju. “Una pregunta estúpida, desde luego.”
* * *
Había muchos entre el León que habían deseado ver a Shiba Dohrei enfrentarse a la espada de Matsu Banichi; ellos nunca olvidarían lo que el bushi fénix les había hecho, y solo el considerable poder de su señor lo había mantenido a salvo durante tanto tiempo.
Ahora, no había nada que Gaijushiko pudiera hacer para salvarle.
El Matsu se arremangó las mangas de su kimono con un suave movimiento, su kimono brillaba con la luz del sol mientras se movía. El obi que el león había escogido llevar era de cara seda y ricas texturas; lo había conseguido tras ganar el Campeonato Topacio, y quería que sus oponentes lo recordasen.
Su bello rostro se giro para enfrentarse a Dohrei con serenidad, con una mirada de perfecta compostura que le sobrepasaba. “He oído de tu duelo con Akodo Deruku. No lo hiciste muy bien.”
“Pienso que Hida Tsubachi y Miya Konishi hablarían mejor de mis habilidades,” contestó el fénix, manteniendo imparcial su voz, mientras fruncía el ceño bajo su barba. Él lanzó un vistazo hacia su Campeón con una expresión tranquila, pero lo que fuera que ocurrió entre ellos no fue traicionado ante los ojos del Matsu.
Tomando una postura con su mano baja y cercana a su cuerpo, el bushi león asintió. “Konishi era un amateur, y me sorprende que el Hida incluso tuviese espada. No malgastes mi tiempo con vanas amenazas. Eso no le cuadra a la humildad de los Shiba.”
Dohrei miró a su hermana; Shiba Uiko parecía bastante sencilla y simple al lado del Canciller Imperial, incluso mirada con los amantes ojos de un hermano. Tocando su espada familiar mientras miraba la señal de Chikuma. El delgado fénix miró sobre su hombro a Banichi con una mirada tranquila, llena de determinación.
“Tú también eres un amateur, Banichi. Nosotros ya hemos ganado.”
El abanico de la Canciller se cerró con un chasquido, y el Matsu no perdió el tiempo. La espada de Dohrei saltó, cortando a través del aire. El acero de Banichi corrió contra ella y el pequeño hombre se encogió…
Todo el sonido desapareció del mundo, mientras la katana del Shiba volaba por los aires. Un corte, paralelo a la tierra, se abrió en el pecho del fénix antes de que su espada tocase el suelo; Dohrei torció el gesto ante el dolor, mirando a Banichi mientras permanecía con su hoja extendida.
“Háblame ahora de tu victoria,” susurró el Matsu con un siseo.
Dohrei miró a la multitud, más allá de su hermana, fijando su mirada con la del Campeón de la Grulla. Los ojos de Banichi se entrecerraron cuando se dio cuenta de la mirada escrutadora del Doji, pero Raigu simplemente se inclinó una vez ante el caído y se fue. Para cuando se dio la vuelta, el cuerpo de Shiba Dohrei se había estrellado contra el suelo ante él, pero no antes de que se hubiese dado cuenta del verdadero propósito del fénix. Los partidarios de su clan se adelantaron para felicitar a su campeón, extasiados ante la caída de un odiado enemigo.
Matsu Banichi sintió un frío atravesar su cuerpo como si fuese una advertencia, y se preguntó donde estaría su hermana ahora…
* * *
Hantei Kusada se sentó silencioso mientras los últimos rituales estaban siendo llevados a cabo ante él; el Emperador apenas se había movido desde el inicio del torneo, pero cualquiera que le mirase podía ver la vitalidad en sus ojos. El joven observó como Raigu acabó con su último oponente fácilmente; al igual que Keizo antes que ellos, parecía que estos oponentes nunca tuvieron ni la más mínima oportunidad de arañar al grulla.
“Parecéis aprensivo, esposo.”
El Hantei miró a su mujer tranquilamente. “Para nada. ¿Cual es tu opinión sobre este torneo? ¿Seguramente tendrás un favorito para el próximo duelo?” Era duro mantener la compostura ante ella, pero Ayatsuro aún era una desconocida en esta creciente batalla; Kusada no podía permitirse colocar confianza donde no era merecida, no importa lo que le contaran ni sus ojos ni su corazón.
La Emperatriz dobló sus brazos con una sonrisa, observando como los dos hombres preparaban sus espadas. “Matsu Banichi parece lo suficientemente habilidoso como espadachín,” dijo con un giro de su largo cabello negro, “pero no sé si es un líder. ¿No me reprocharéis que escoja a Lord Raigu, verdad marido?”
“Por supuesto que no. Es tu naturaleza, después de todo.”
Los ojos oscuros de Ayatsuro parecían deslizarse sobre el Emperador por un momento, pero tan pronto como ocurrió ella sonrió de nuevo. “De cualquier modo, estoy segura de que el Imperio prosperará.”
Pero Kusada no la estaba escuchando. Sus ojos vagaron hacia los dos últimos guerreros; más allá, hacia donde la pequeña delegación dragón esperaba y observaba. El Emperador sintió de repente un estallido de traición mientras miraba como los pocos monjes y cortesanos murmuraban entre ellos a un lado del gran campo de duelos.
El Hantei había aprendido a observar de los Doji; sus ojos eran más habilidosos que su brazo armado, y eran definitivamente más útiles ahora.
“¿Mi señor?”
Kusada volvió a la realidad; Kakita Chikuma estaba ante él con la reverencia de un shugenja, cuyos labios pintados se convertían en una diminuta sonrisa. La Canciller se inclinó ante el cautivo Emperador. “Mi señor Hantei, vuestros campeones están preparados para iniciar el duelo final.”
Él miró al Abanico Negro durante un rato, probando sus límites con las técnicas que la propia Chikuma conocía bien. Tras un buen rato, el joven simplemente asintió.
“Haz lo que quieras, Kakita. Este campeonato es cosa tuya.”
* * *
Cuando el día acabó había dos guerreros erguidos entre las primeras gotas de lluvia. Los sirvientes trajeron baldaquines y paraguas para sus maestros, convirtiendo el torneo en un estallido de colores diseños. Doji Raigu y Matsu Banichi se inclinaron en medio del silencio, sus ojos fríos como espejos donde se reflejaba la mirada del otro.
“Aquí estamos, justo como esperaba.” La voz del león era fría y cáustica mientras miraba al Doji.
Doji Raigu no dijo nada, mostrando sus intenciones con una mirada baja y una espada dispuesta.
Allí, en el espacio entre los sueños y la ambición, los dos hombres atacaron.
Sus golpes chocaron y se separaron, tintineando claramente entre el gentil sonido de la lluvia. El hombro de Matsu Banichi se abrió ampliamente, y se tambaleó, pasando a través de su oponente sin ni siquiera nivelar su único golpe. La multitud permaneció en silencio mientras el samurai se apoyaba en una rodilla y agarraba furioso su profunda herida; los curanderos Kitsu vacilaron en el borde del campo, contenidos solo por el abanico del Canciller.
Él se levantó y se dio la vuelta para mirar a Doji Raigu; el largo pelo blanco del Campeón Grulla colgaba pesadamente sobre un hombro, y su espada brillaba con una mezcla de limpia lluvia y sangre roja. No había ninguna mirada de victoria o alivio en la bella cara del hombre…
…Banichi pudo sentir que su enemigo aún no había acabado.
“Abandona.”
La respuesta fue automática, nacida de la tozudez y el orgullo. “No.”
Era todo lo que el samurai necesitaba oír.
El corte de Doji Raigu cogió a Matsu Banichi a través del rostro y dentro de su pecho; el bushi león apenas reaccionó mientras su forma se dividía y caía. Un jadeo salió de la multitud mientras la saya vacía del hombre caía sobre el suelo húmedo y el vencedor limpiaba su katana; todos los ojos se volvieron hacia el Emperador, esperando ver lo que él haría.
Los ojos y la voz de Hantei Kusada eran ilegibles mientras el Gozoku se inclinaba fríamente ante él, y sus palabras eran la viva imagen del control y la calma. “Tú eres hoy el campeón, Doji Raigu. Coge tu armadura y luego vete. El Imperio te necesitará.”
Sin ni siquiera una mirada hacia sus aliados, el nuevo Campeón Esmeralda se alejó del campo, dejando el cadáver de su oponente sangrando entre la hierba y el barro.
* * *
“¿Que harás?”
Mochihime se volvió hacia las sombras del campo vacío, su mano derecha alcanzando su espada. Los ojos agudos de la ronin vieron el aleteo de unas pálidas túnicas. “Haré lo que pueda,” gruñó enfadada, mirando con más atención hasta que vislumbró la forma frágil de una mujer. “Detendré a la gente como tú de gobernar el Imperio.”
“¿Gente como yo?”
La antigua león gruñó, desenvainando su katana ante la luz de la fría luna. “Reconozco la voz de un Grulla en cuanto la oigo.”
La figura no se movió de su lugar, parecía no darse cuenta de la espada. “¿Y por eso soy tu enemiga? No tienes ni idea de a cuanta gente ha hecho daño el Gozoku.”
“¿Quién eres tú?” Preguntó la bushi suavemente, lanzando rápidas miradas buscando imaginarias emboscadas y agarrando fuertemente aún su katana. “No eres una de ellos. ¿Qué quieres de mi, Grulla? Tu señor es parte de esta conspiración; ¿porque debería confiar en un sirviente de uno de los que traicionaron mi clan?”
“Porque, Mochihime-san, ellos también me robaron mi vida.”
Los pálidos ojos de Doji Inosenko estaban vacíos de calor o belleza mientras salía de la oscuridad. Ella le mostró a la Matsu la misma mirada de dolor y angustia que la samurai había sentido cuando su hermano murió. La espada se deslizó lentamente hacia el suelo.
“Te escucharé,” dijo, “pero sé rápida.”

La Guerra continúa…
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