El primer Gozoku: Libro 2º

En rokugan hay muchas tradiciones, y detalles que aprender.<br>¿Que mejor que hacerlo de la mano de uno de los maestros?.
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Kakita Koji
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El primer Gozoku: Libro 2º

Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:37 pm

Como Hojas Que Caen
Capítulo 11



“Un samurai no tiene razones para ser cruel.” - “Bushido” de Akodo

Hantei Kusada observó como las hojas otoñales caían lentamente hasta tocar la superficie del agua, su propio reflejo danzando y cambiando mientras las ondas lo atravesaban. El largo pelo negro del Emperador se agitaba en el frío viento como una bandera, mientras que su joven rostro estudiaba el estanque con una mirada ausente.
Habían pasado siete años desde que el muchacho se había convertido en un dirigente: siete años de observación, mientras el Gozoku le usaba como su peón. Kusada había visto como los tres samurai sacaban adelante sus sueños de un renacimiento dorado cada vez más y más, y con cada día que pasaba, llegaba a estar más acostumbrado al cambio.
El reflejo de su “sombra” en el agua era simplemente otra de esas cosas ahora tan triviales.
Kusada nunca había considerado encargarse de su silencioso compañero; el observador era demasiado competente como para capturarlo, y eso solo significaría la aparición de un desconocido par de ojos nuevo. Este hombre probablemente habría estado con él desde los primeros días de la conspiración: se conocían el uno al otro, a pesar de que ni una sola palabra se había pronunciado entre ellos.
Esos ojos oscuros habían estado sobre él durante su fracaso en el Torneo del Campeón Esmeralda.
Esos familiares ojos habían estado sobre él cuando salía a dedicar un monasterio o un templo.
Esos ojos desapasionados habían estado sobre él cuando le hacía el amor a su mujer en el dormitorio.
Era extraño, pero ante un futuro incierto, el Hantei sentía un raro consuelo con la presencia de esos ojos sin nombre.
Sus propios ojos vagaron hacia el palacio a su espalda, y Kusada no pudo si no preguntarse que es lo que le depararía el día. Todo el Imperio estaba preparado para regocijarse por su señor al nacimiento de su primer hijo, pero el Emperador solo podía preguntarse que clase de destino aguardaría al Hantei a punto de nacer.
Las oportunidades pasadas parecían tan elusivas para él ahora, yendo a la deriva como hojas llevadas por el viento.
El sonido de muchas pisadas sacaron al hombre de su ensueño, mientras la Consejera Imperial y su séquito salían del palacio hacia la brillante luz. La cara de Kakita Chikuma era reservada y respetuosa mientras se inclinaba ante el Emperador. “Ha nacido un hijo, mi señor Hantei.”
Kusada dejó ir tanto las hojas como la precaución, dejando atrás a la grulla para volver a su hogar.
* * *
Hantei Ayatsuro nunca había sentido tanto alivio o cansancio; su cuerpo le dolía y palpitaba, como si aún quisiera librarse del esfuerzo del día. Mientras tomaba aliento tras aliento, la puerta de shoji se abrió, dejando que un largo dedo de luz se deslizase dentro de la habitación. Una suave mano le rozó ligeramente la frente, revelando una delicadeza que pocos le habrían atribuido al hombre que estaba ante ella.
“Mi señor,” dijo suavemente la Emperatriz. “Un hijo.”
La suave cara de Kusada era normalmente una mascara de preocupación, pero mientras él la miraba, la mirada del Emperador era inusualmente serena. En lo años desde que lo conocía, la mujer había aprendido mucho de los manierismos de su esposo; no era capaz de esconder bien la verdadera felicidad. Esa sonrisa calentaba su corazón mientras yacía exhausta ante él, y por milésima vez Ayatsuro deseó que el mundo fuese diferente de lo que era hoy.
Pero tras el Emperador surgió la mirada tranquila de Kakita Chikuma, con sus ojos verdes siendo un silencioso recordatorio del deber y del precio del fracaso.
“Los sacerdotes me dicen que el niño es sano,” dijo serenamente la Consejera Imperial, su voz trayendo de vuelta la amargura a los ojos del Emperador.
“¿Y que,” preguntó quedamente Kusada , “te dice Lord Gaijushiko, consejera? Seguramente tiene algo que decir al respecto…”
El Abanico Negro tocó su obi sin hacer un solo ruido, manteniéndole la mirada a Ayatsuro. “Los Shiba han pedido que el niño sea criado en sus tierras, mi Emperador. Cuando sea lo suficientemente mayor, Lord Gaijushiko desea encargarse personalmente de la tutela del príncipe.”
Ayatsuro vio su corazón rendirse, como siempre hacía, ante otro golpe de la espada del Gozoku. Mientras su mano continuaba acariciando la caliente frente de su mujer, Kusada asintió. Rindió a su propio hijo, sin ni siquiera una palabra de protesta.
“Dile al Fénix que estoy agradecido por su oferta… ¿presupongo que no hay objeciones por parte de la Grulla?”
“Lord Raigu se presentará en la corte esta noche, pero yo hablo en su nombre,” Chikuma replicó con la misma frialdad acerada. “Los Doji respetan la sabiduría de los Shiba, y están contentos con permitir que el Príncipe Resplandeciente los siga en su camino.”
El Hantei inclinó su cabeza. “Que así sea, Chikuma. Ahora déjame ver a mi hijo.”
* * *
Un estallido de movimiento danzaba a través del papel, cada giro cuidadoso y deliberado, creando imágenes y arte de golpes y giros y líneas afiladas. Mientras su mano pulía la superficie, el samurai se concentraba en los movimientos de su pincel en la oscuridad, en su creciente imagen, surgiendo inflexible de su mente.
Cuando acabó, un gran dragón se arremolinaba en el abrazo de una mano y una flor de cerezo, con sus escalas tambaleantes pero firmes como las armaduras de antaño. Bayushi Atsuki se apartó de su trabajo con una pequeña sonrisa, uno de los pocos rasgos genuinos que aún se las apañaban para aparecer en su rostro.
“Pasable,” comentó el escorpión, sacando de su bolsillo un pañuelo blanco para limpiar sus manos manchadas de pintura.
Fue el sonido de jinetes lo que hizo que el Bayushi se moviese hasta su ventana, mirando sin su máscara a las últimas llegadas del día. El Campeón del Escorpión había estado en la Ciudad Prohibida durante la última semana, atendiendo a los más sutiles arreglos para el nuevo Hantei. Mientras miraba, Atsuki sonrió de manera más siniestra mientras el Campeón Esmeralda hacía su aparición.
Raigu había llevado su cargo con las usuales marcas de un distinguido Campeón Grulla: dignidad, excelencia y tranquilo equilibrio. Mientras el joven se quitaba su casco, levantó su mirada para encontrarse con la de su aliado, su pelo largo deslizándose para formar un marco de marfil.
Se encontrarían esta noche, para discutir el futuro… era un tema que el Campeón sentía más urgente ahora, mientras miraba el rostro del señor de la Grulla. Cuando se había encontrado con él por primera vez, Raigu poseía la barata belleza de la juventud, pero ahora había ganado una nobleza que el escorpión comparaba con la de los Emperadores de antaño.
“Será una larga reunión,” comentó el samurai.
La voz de Norihisa vino de algún lado de la esquina más alejada, como siempre reservada y modesta. “Lord Raigu ya os ha enviado un mensaje, Lord Atsuki. No quería interrumpir vuestra pintura.”
El escorpión se volvió hacia el ninja, pero apenas se sorprendió cuando no pudo ver la forma del Shosuro. “¿Es tu vida tan aburrida que tienes tiempo para jugar a ser un mensajero, Norishisa, o es simplemente que disfrutas presenciando mi arte?”
“Vuestra técnica ha mejorado enormemente,” replicó jocosa la voz. “Me sorprende que no atendáis las necesidades culturales del Hantei.”
Atsuki sacudió su cabeza con una mofa mientras recogía su mascara y su daisho, sumergiéndose otra vez en los fríos acompañamientos del mando. Dejando aparte al arte y al sarcasmo, sabía que hacía más de un año desde que los tres maestros se habían reunido…
Iba a ser un día muy largo.
* * *
Esa noche la Corte Imperial celebró con grandes festejos el nacimiento del primer hijo de Kusada, otorgándole regales y honores. En los jardines de Otosan Uchi, artesanos y artistas trataban de llamar la atención del Emperador Espléndido, prendiendo el aire otoñal con blancas flámulas y kimonos prismáticos.
Doji Raigu miró el despliegue con una mirada silenciosa, cansada. El Campeón Esmeralda había tenido poco tiempo para gastar en festivales y juegos; su tiempo estaba constreñido entre las leyes del Imperio y los asuntos diarios de la Grulla.
A veces, Raigu se preguntaba si aun era de verdad un miembro del Gozoku o solo otro peón más, colocado en un puesto más prominente en el juego.
“Parecéis cansado, Lord Raigu,” le dijo una voz familiar al señor Grulla. Otomo Reju se inclinó ante el Campeón Esmeralda, su alto sombrero negro casi se cae mientras lo hacía. El cortesano llevaba una pequeña copa de sake en su mano derecha, y sus finas ropas doradas re recordaron al Doji la riqueza que hacía que el apoyo de este hombre fuese tan valioso para su causa.
“Los deberes de la Armadura Esmeralda no son algo que me tome a la ligera,” replicó el hombre, permitiendo que su mano se posase sobre su espada familiar.
Reju asintió, su cara redonda se inclinó ingeniosamente hacia el más cercano de los guardias imperiales. “Desde luego. He oído que ha habido varios problemas en las provincias León. Los daimyo se han vuelto más imprudentes e ignoran los decretos del Emperador…”
La cara de Raigu se tornó áspera. “Basta. No he venido aquí para que se me recuerden mis obligaciones.”
“Mis disculpas,” dijo rápidamente el cortesano, inclinando su cabeza como lo haría un sirviente. Levantó su mirada tras un momento, “¿pero Lord Raigu, si puedo preguntar, por qué estáis aquí? No habéis atendido la corte del Hantei en varios meses…”
El grulla entrecerró sus ojos, con un barrido de su mirada calculando la distancia entre los dos hombres y el resto de la corte sonriente. Cuando estuvo satisfecho, Raigu frunció el ceño y dijo, “Habrá una reunión esta noche. El heredero de Lord Kusada es importante para la restauración de la verdadera línea de los Hantei.”
Reju asintió, con sus pequeños ojos aún observando de cerca al Campeón Esmeralda. “Ya veo. Creía que Gaijushiko había pedido que su familia fuese responsable de la educación del joven Príncipe. La Consejera Imperial ya ha hablado con el Emperador…”
“Hay más en esa reunión de lo que me contáis, Lord Raigu,” finalizó el Otomo con una sonrisa confidente.
“Preocupaos por los deberes que te pedimos, Reju-san. El Gozoku actúa por el interés del Imperio… ¿O acaso los últimos años han cambiado tu parecer?”
“No lo han hecho,” dijo rápidamente Reju, sin perder nunca la compostura. “Nunca he visto al Imperio florecer tanto en arte y cultura,” dijo el cortesano con un largo vistazo sobre la fiesta, “y la altura de los cofres del Emperador continua creciendo.”
El Otomo se volvió para analizar al Campeón Grulla. “Al igual que vuestros cofres, a no ser que me equivoque.”
De nuevo, una mano cambió, descansando más pesadamente sobre la antigua espada. Doji Raigu se alejó del cortesano sin responderle, con sus ojos concentrados en otra meta. Reju le observó en silencio por un momento: era obvio que algo más importante que el niño de Kusada preocupaba al señor Gozoku.
“Una complicación,” dijo el cortesano a nadie en particular. Tras un ultimo vistazo a como el Campeón Esmeralda se marchaba, Otomo Reju volvió a la fiesta, sus pensamientos mucho más preocupados mientras cruzaba las hojas caídas…

Cae la noche…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:37 pm

Conspiraciones
Capítulo 12



“La sabiduría llega encontrando las oportunidades que los dilemas presentan.” - El Tao de Shinsei

El monasterio descansaba en el terreno accidentado al norte y este del Paso Beiden, media docena de estructuras escudadas de lo peor del viento y la lluvia. El ligero tamborileo de la lluvia crecía mientras el crepúsculo descendía sobre los sencillos edificios, mandando a los monjes de vuelta a sus habitaciones para prepararse en silencio para el día siguiente.
A un lado del templo, sin embargo, uno de ellos se retrasaba, observando la luz tenue mientras el agua se deslizaba por las escarpadas e inclinadas tejas. Vestida con las sencillas y gruesas prendas que eran la parafernalia de la pobreza y la sabiduría, la figura lanzó su mirada hacia el sol poniente. Por espacio de una hora, esos ojos siguieron las brasas mortecinas del atardecer, observando y esperando, como si buscase una señal del cielo.
“Llegas tarde,” dijo enfadada.
La ronin clavó una mirada a la monja por debajo de su estropeado sombrero. “No pude evitarlo.”
“Entra. Hace demasiado frío esta noche.”
* * *
La habitación era ligeramente más cálida que el aire del exterior, sus simples paredes eran el más sencillo escudo contra el viento y la lluvia. Sentándose al lado de la puerta, la ronin dejó su katana a un lado y echó un vistazo a la vivienda. “Difícilmente el tipo de lugar en el que se me ocurriría buscarte.”
Doji Inosenko sonrió débilmente a la samurai, con su mano izquierda moviéndose, acariciando lo poco que quedaba de su cabello rapado. Habían pasado años desde que ella decidió desaparecer de las mentes y los ojos de sus compañeros, y sin embargo la samurai-ko siempre hacía el mismo comentario.
“Tienes buen aspecto, Mochihime.”
“Mochiko,” corrigió la mujer, como hacía siempre.
Inosenko asintió. “Por supuesto. Tienes buen aspecto.”
La verdad, ella no lo tenía. La antigua Matsu había cambiado mucho desde su encuentro hacía ya siete años, y a pesar de la ayuda que su nueva vida le aportaba, la Doji consideraba que la mayoría de los cambios fueron a peor. Las cicatrices cruzaban los antebrazos morenos de la bushi, y su rostro estaba oculto por largos mechones rebeldes de pelo rojo mal teñido.
Rebuscando en su manchado kimono, la mujer sacó una larga pipa con una sonrisa forzada, inclinándose ligeramente en aprecio por las educadas palabras de la monja. “Tu también, Ino. Los chicos querían saludarte, pero no ha podido ser. Unos pocos aún te vigilan, ya sabes.”
Inosenko asintió. “Escorpión, mayormente. Raigu me borró de su juego hace mucho tiempo, pero aún así el Bayushi ha colocado espías aquí.”
Mochiko dio una larga calada a su pipa y exhaló, sonriendo al ver a la monja arrugar la nariz ante el olor. “¿Es seguro hablar aquí?”
“¿Cuánto tiempo ha pasado,” preguntó la antigua grulla, “desde que te sentiste segura?”
La ronin rió, acariciando una larga cicatriz que le recorría la parte izquierda de la nuca. “Estás evitando la pregunta, Ino.” Mochiko rebuscó en su kimono y sacó una pequeña bolsa, lanzándola al suelo con una pequeña sonrisa.
“¿Que es esto?”
“Botín,” dijo la Matsu como una matona barata. Deshizo el paquete con una mano sin dejar su pipa, “Arrebatado a algunos de los chicos de Raigu. Parece que las caravanas están cada vez mejor pagadas para pasar a través de las carreteras cercanas a Foshi…”
“Se está volviendo más duro, lo admito,” dijo Inosenko mientras manipulaba las pilas sueltas de plata y oro. Los koku y los tesoros que Mochiko le traía siempre tenían el mismo objetivo; sobornos usados para reunir información que sirviese para futuras incursiones. “Incluso con todo lo que sabemos.”
Mochiko asintió cortante, su viejo y antiguo comportamiento dejándose entrever. “Sí, se están volviendo más duras. El Campeón Esmeralda hace todo lo que puede por acabar con el crimen y la corrupción,” la ronin resopló ante la ironía, tomándose un segundo para contemplar el final de su pipa.
“Nosotros no éramos importantes, a la larga.”
Inosenko ajustó sus ropas contra su cuerpo, tratando de ignorar la dureza que acompañaba a su nueva vida. “¿Debo considerar que has echo algo que llame la atención sobre nosotros?”
La risa era más alta de lo que a la monja le hubiese gustado; la ronin se levantó de su asiento y sacudió la cabeza, manteniendo su pipa firmemente sujeta entre sus dientes blancos. “Aun no, Ino, pero tarde o temprano creo que lo haré. Eso es justo lo que me preocupa de nuestro pequeño juego…”
“Parece que apenas marquemos una pequeña diferencia, incluso tras todos estos años.”
La Doji sonrió. “Preocúpate más de las buenas acciones que de las grandes, Mochihime.”
“Mochiko,” corrigió ácidamente la ronin. “Regresaré en tres semanas tal como planeamos.”
* * *
“Es fácil para vosotros el sentaros aquí y decir eso,” dijo tranquilamente Raigu, con sus duras y encallecidas manos deslizándose sobre el borde del muro oeste del palacio. “¿Cuánto hace que no habéis tratado asuntos de fuera de este palacio, Atsuki-san? ¿Has hablado con tus magistrados?”
Bayushi Atsuki se abrazó enfadado, preguntándose por décima vez que asuntos han retrasado al fénix durante tanto tiempo. “Soy consciente de la situación, Raigu… quizás más de lo que crees. Los señores provinciales están gobernando sus propios territorios, y en algunos casos están ignorando la ley Imperial. Eso hace tu trabajo difícil, vigilar un imperio que ya no paga el debido tributo a la Armadura Esmeralda.”
El grulla miró a los ojos de su aliado por un momento. “Pareces… desinteresado.”
El Maestro de los Secretos asintió. “Lo estoy, Raigu. Tus asuntos son justamente eso… tuyos. Escogiste portar esa armadura, y el Clan Escorpión te ha dedicado todo lo que nos has pedido en estos últimos años. Usar tropas y edictos para reforzar el Mandato del Cielo... una estupidez y un desperdicio.”
“Estas jugando a algo mayor…”
“Siempre,” replicó el escorpión.
Tras lanzar un vistazo a través de la ciudad durmiente, Atsuki se fijó ceñudo en una última mancha seca de pintura negra sobre sus manos. “Eres Gozoku, Raigu, y eso significa que no necesitas actuar solo. Fueron los Hantei los que asumieron que un único samurai podría tratar con los problemas de Rokugan en solitario…”
“Debemos ser más realistas, si queremos tener éxito.”
El sonido de pisadas en la fría piedra alertó a los dos Campeones, quienes silenciaron su conversación y observaron las escaleras más cercanas.
La cara de Shiba Gaijushiko era la misma de siempre, aparentemente calmada y sin edad, mientras se erguía para encontrarse con el creciente viento. Vestido con su mejor kimono, el Campeón Fénix se quedó observando al grulla y al escorpión por un momento, antes de ofrecerle a cada uno una larga y profunda reverencia.
“Mis disculpas por la espera. Estaba atendiendo al joven Príncipe.”
Nadie replicó.
* * *
Habían llegado a conocer las costumbres y opiniones de cada uno profundamente en estos años; difícilmente sería esta la primera vez que los líderes del Gozoku tuvieran motivos para discutir. Las cargas de guiar el destino de un imperio eran algo que los tres apreciaban; no podían permitirse pequeñas divisiones, especialmente ahora.
Ahora estaban ante el inicio de un problema, lo que requeriría una decisión unificada.
“Cuando escuché sobre tu petición acerca del niño de Hantei, me aseguré de que Chikuma hiciese que pareciese estar sin oposición.” El pelo blanco de Raigu fue alcanzado por el viento y se mecía ligeramente mientras continuaba, “pero la verdad es que estoy preocupado… ¿qué razones tienes para romper la tradición de que los Kakita eduquen al hijo del Emperador?”
La cara de Gaijushiko se tornó especialmente severa; era una cara que incluso sus bushi apenas veían, porque normalmente estaba escondida entre la parafernalia de la guerra. “No deseo que esto se vuelva una cuestión, Raigu, pero mis opiniones al respecto son muy claras. Los Kakita entrenaron tanto a Fuwija como a Kusada… hombres no adecuados para actuar por los intereses de Rokugan.”
“No dejaré a este niño ante el mismo destino.”
El grulla asintió despacio, buscando compromiso y no viendo ninguno. “¿Así que piensas que los instructores de los Shiba pueden hacerlo mejor que mi propia gente?”
Una sonrisa cruzó el rostro del anciano. “No he dicho nada de permitir a mis sensei estar cerca del niño.”
“Al grano,” demandó Atsuki burdamente. “Hace demasiado frío como para jugara a estos juegos.”
“Yo entrenaré al hijo de Hantei,” dijo Gaijushiko. Su declaración impresionó a los dos hombres, aunque cada uno era demasiado disciplinado para mostrarlo.
El escorpión colocó una mano sobre su mascara, acariciando los toscos bordes de madera mientras tomaba en consideración el plan del Shiba. “Eso hará las cosas más difíciles para todos nosotros. No estarás disponible para ninguno; ¿quien vigilará las cortes mientras instruyes a este niño?”
“Kakita Chikuma ha aprendido de mis movimientos,” replicó con una sonrisa. “Tengo fe ilimitada en que ella puede manejar nuestros intereses, mientras tus informadores mantengan quietas las manos de Kusada.”
“Tengo fe en tu decisión,” dijo el Doji al cabo de un rato. “Pero esto hará que salgas prácticamente de escena…”
“Es por el futuro del Imperio y de la línea de los Hantei. Seguramente puedas entender la necesidad de tal sacrificio, Raigu” El samurai podía ver a su compañero buscar un apoyo en él; los ojos de Gaijushiko eran firmes, pero sabía que lo mejor sería no forzar su voluntad.
El Campeón Esmeralda asintió. “Coge al crío. Entrénale como desees.”
El Campeón Shiba se inclinó ante sus compañeros. “Entonces, dejo el Gozoku en vuestras manos.”
* * *
“Esto es un error de cálculo,” Atsuki dijo con frialdad mientras miraba al señor Fénix volver a sus aposentos. “Sus ilusiones sobre un futuro dorado nublan su mente a la verdad.”
Raigu asintió. “Gaijushiko porta el Alma de Shiba, Atsuki-san; no ve lo que nosotros vemos.”
El Maestro de los Secretos gruñó molesto tanto por la situación como por el frío. “Y me he dado cuenta de que no le has mencionado los problemas que crecen en las provincias exteriores…”
“Hay alguna oportunidad para encontrar en esta decisión,” dijo quedamente el joven. “Nuestra voluntad portará lo que el corazón de Gaijushiko no puede.”
Los ojos del grulla brillaron blancos bajo la luz de la luna. “Dime que debemos hacer.”

Se forma un plan…
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:38 pm

Donde Shinsei Permaneció
Capítulo 13



“El enemigo vano es derrotado por la humildad.” -”Niten” de Mirumoto

Era un hermoso templo, sus paredes decoradas con un delicado aguafuerte de plata y oro. Hantei Kusada sonrió mientras contemplaba la construcción desde su sitio entre los árboles de la parte de atrás del jardín. En unas pocas semanas, el trabajo estaría finalizado, y el Templo a Ryu Izumi sería oficialmente dedicado a la Hermandad de Shinsei.
Era un gesto fútil, se daba cuenta, pero era uno que el Gozoku siempre le permitía. Mientras Kusada jugase sus juegos con monjes y templos, ellos se lo permitirían…pero esa libertad le aportaba poco más que una distracción. La Hermandad apenas podría resistirse a los tres Campeones…
Le dolía, pero Kusada casi pensaba que era mejor así.
Sin embargo, esto era lo que podía hacer para cultivar el apoyo de la gente de la que el Gozoku no se daba cuenta; algún día, en el futuro, el Hantei intuía que necesitaría el apoyo de verdaderos amigos. Por ahora, cada movimiento parecía solo un gesto fantasma, pero losDoji le entrenaron, y por ello continuaba mirando hacia adelante.
El sonido de pisadas alertó al Emperador sobre el recién llegado, seguido por el movimiento del más cercano, y nervioso, Seppun. Kusada sonrió mientras uno de los monjes bajaba del templo, sus ropas grises estropeadas por el trabajo y su rostro completamente lleno de una ancha sonrisa.
“Lord Kusada,” dijo el monje con una profunda reverencia.
El Emperador sonrió. “Gaman.”
El Maestro de los Cuatro Templos se parecía muy poco a su predecesor; Gaman había sido un miembro de la Hermandad desde su juventud, y aun le maravillaba lo lejos que su camino parecía llevarle de la vida mundana. Sin embargo, tras treinta años, el monje era el mismo que había sido entonces: un humilde sirvirente, de Shinsei y de los Hantei.
“Es un buen día para que visitéis el templo, señor,” dijo el monje con su sonrisa solemne habitual. “Los obreros han hecho grandes cosas, y podréis dedicar el templo con las primeras nieves del invierno.”
Kusada asintió, mirando alrededor como si buscase a alguien a quien esperase al cien por cien que estuviese allí .
“¿Quieres darme una vuelta guiada por el templo, Gaman?”
El monje arqueó una ceja, pero luego se inclinó ante la voluntad del Hantei.
* * *
La verdad es que el Templo Ryu Izumi era poco más que un laberinto retorcido de pequeños pasillos y estrechas celdas; los diseños habían sido los que el Emperador había ordenado, pero hacía difícil para el monje el llevar a cabo los “tours” de Kusada. Mientras los dos hombres caminaban solos a lo largo de la estructura, Gaman permaneció obedientemente callado…
Era aquí donde atendía al alma de su señor.
“Parece que otro invierno está ya sobre nosotros,” dijo Kusada tras un momento, alzando sus manos para acariciar la piedra pulida. “No ha pasado mucho tiempo desde que comenzamos, pero parece que haya sido una eternidad.”
Tocó el borde de su túnica dorada. “Parece…bastante mundada.”
Gaman perdió su sonrisa, levantando sus manos duras y llenas de cicatrices para sentir la misma pieza de piedra. “Parece bastante…ordinaria,” comentó cálidamente. “Hay cierto consuelo que puedes encontrar en la naturaleza de la piedra.”
“No creo que disfrute con el toque de lo mundano,” dijo Kusada al monje con una triste y pequeña sonrisa, con su largo cabello negro meciéndose mientras se movía. “Quizás sea solamente algo sobre la vida que necesito aprender a aceptar… como el frío….”
“Ropas gruesas,” Gaman añadió con una sonrisa.
Kusada se encontró riendo, sacudiendo su cabeza ante el monje. Los ojos del Emperador se encontraron con la mirada de su compañero durante un momento, y parecía que Gaman miraba su interior, como si fuese un pescador buscando un estanque profundo. Cuando habló, trajo al Hantei de vuelta a la realidad:
“Hay algo que creo que deberíais ver.”
Gaman llevó al Señor de Rokugan a un pequeño jardín en el centro del templo, inclinándose ante unos pocos artesanos que se cruzaban en su camino mientras se movían. Kusada pensó que había visto algo extraño en las miradas que los hombres le ofrecían, pero esos pensamientos se desvanecieron mientras los dos hombres salían al sol.
La leyenda dice que Shinsei había despertado los espíritus del agua del arroyo como un ejemplo de sus filosofías, y hasta hoy una delgada línea de agua se deslizaba de entre tres piedras muy gastadas. Ahora rodeado por un camino y unos pocos lugares para que los suplicantes quemasen incienso, el humilde lugar trajo una profunda alegría a la mente del Emperador.
“Hermoso,” dijo suavemente Kusada.
“Pero no fácil,” replicó Gaman . “Los escultores y pintores sufrieron durante meses para decorar estos escasos pasos de camino abierto, mi señor; era un reto dejar el templo intacto. Uno de sus aprendices me preguntó si podíamos desenterrar una de las piedras para colocar mejor el sendero…”
Kusada permaneció callado durante un tiempo. ¿Qué le dijisteis?”
“Que la apreciación de la belleza es el inicio de la iluminación.”
“¿Lo entendió?” preguntó el Emperador.
Gaman simplemente sonrió. “¿Lo entendéis vos?”
* * *
Era normal para Chikuma el tener problemas para conciliar el sueño: se sacudía y daba vueltas casi constantemente, atormentada por sueños que no podía recordar. Por ello no era extraño que la Consejera Imperial se encontrase de pie ante la luna mirando los jardines de Hantei…aunque era curioso, cuando ella se dio cuenta de que no estaba sola.
Hantei Kusada estaba allí, vestido con un grueso y sencillo kimono para protegerse del frío de la noche, su largo pelo Negro meciéndose tras él mientras miraba el jardín a través de unos ojos silenciosos. La cortesana apenas se había dado cuenta de su presencia, y rápidamente alisó sus ropas y sus cabellos.
“¿No podéis dormir, mi señor?”
El Emperador asintió algo ausente, observando a la Gozoku por el rabillo de sus ojos. “Me sorprende verte aquí, Chikuma…No sabía que tu también tienes problemas de insomnio.”
Por alguna razón, el corazón de la Kakita se compadeció de él; algo le dolía enormemente al Emperador, a pesar de que ella no estaba segura de lo que podría ser. Sus finos dedos apartaron su largo pelo blanco para esconderlo tras su pequeña oreja. “Tengo muchos problemas estos días, Lord Kusada…pero no creo que los míos me duelan tanto como parece que los vuestros os afectan.”
“¿Es así” le preguntó suavemente, mirando como el viento movía las jardines en la noche.
“Estaba considerando la naturaleza de la belleza,” dijo Kusada tras un momento, mirando a su guardiana y ayudante. Chikuma se sonrojó ligeramente mientras él la miraba, sus ojos deslizándose sobre su pálida piel y sus grandes ojos verdes.
La Kakita deseó tener un abanico tras el que esconderse; incluso serviría el de su odiado apodo. “¿Belleza, mi señor?”
Él asintió, pareciendo muy serio mientras miraba a las hojas que caían. “Estoy rodeado de ella, Chikuma. Belleza, elegancia y perfecto equilibrio. Son mi parafernalia,” dijo echando un vistazo a sus finas ropas, “incluso cuando se ha ido cualquier semblanza real de poder o dignidad.”
Ella sintió una lucha, pero el Emperador simplemente continuo su lamento, “Nunca la he apreciado, por lo que puedo ver. No entiendo el encanto de la belleza,” se acercó a ella, dando al impresión de estar de nuevo examinando su forma. “No entiendo porque aprecio estas cosas como lo hago.”
Chikuma retrocedió y vaciló; no era propio de Kusada malgastar su tiempo con ociosa filosofía. Sabía que él odiaba el Gozoku por lo que le habían hecho, y por ello se mantenía ocupado con el apoyo a artistas y la consagración de templos. Por un momento, a ella le preocupó que hubiese formado algún estúpido plan para obtener poder personal…pero luego vio esa tristeza, llenando sus ojos.
Hantei Kusada realmente no lo comprendía.
La grulla inclinó su cabeza ligeramente, preguntándose si las palabras que pronunciaba realmente tenían aún algún hueco en su alma. “No digas que el honor es el hijo de la audacia, ni creas que la muerte sola puede pagar su precio: No es a una acción sola a lo que se debe el honor, si no a la vida que lo envuelve.'“
“Lady Doji,” dijo suavemente. “Conozco bien esas palabras.”
“Entonces lo comprendéis, mi Emperador. EL honor no vive en el momento,” dijo, “si no en ver el amor y la determinación en su creación. Ahí es donde debería estar vuestra apreciación, Lord Kusada.”
Él asintió. “Pero estamos discutiendo sobre la belleza, no sobre el honor.”
“Honor es belleza, Lord Kusada…Son uno y el mismo.”
Ella le sonrió, a su triste manera. Kusada miró a la Consejera Imperial mientras se daba la vuelta, y vio algo Nuevo dentro de ella, vislumbró un pequeño pedazo del dolor que ella sentía con cada vida que había ayudado a su señor a destruir. En ese momento, el Hantei asintió con una nueva convicción.
La belleza no podía crecer de las cosas que el Gozoku había creado; mientras miraba a la Consejera Imperial alejarse, el Emperador supo que no podía ver morir esas cosas.
A la mañana siguiente consagró un nuevo templo, pero volvió su atención a mayores asuntos.
* * *
Bayushi Atsuki se sentó dando la espalda a la Consejera Imperial, su pincel trazando línea tras delicada línea. El Campeón Escorpión permaneció callado un largo rato antes de hablar, permitiendo que el silencio hiciese lo que pudiese para poner nervioso al peón de su aliado.
“Se me ha dicho que hablasteis con Kusada la pasada noche,” dijo sin volverse del sitio. Chikuma se preguntó si el viejo llevaría puesta su mascara esta mañana; como muchos Bayushi, el trataba de no revelar su rostro. “Hablasteis de…belleza, de entre todas las cosas.”
“El Emperador estaba descorazonado…”
Atsuki la cortó con una fría réplica, “como siempre debería estar.”
Chikuma no mostró su sorpresa, pero de la sonrisita del Maestro de los Secretos dedujo que él la sentía aún en el aire. Los delgados dedos de Atsuki levantaron un pañuelo blanco de su mesa, limpiándose tranquilamente su pincel como un duelista sacudiría la sangre de una espada. “Hantei Kusada se nos opuso desde el principio, Abanico Negro. No es como su padre…nunca será un peón voluntarioso. Kusada es el enemigo del Gozoku…”
“Nuestro enemigo,” finalizó con mofa.
“Vuestro enemigo,” corrigió la Consejera Imperial con una mirada desafiante. La mano de Chikuma descendió hacia su obi, tocando los bordes de su abanico de cortesana. Atsuki no se volvió de su lugar, pero el samurai cesó de limpiar sus pinturas. Ella observó, tensa, como esas pálidas, descoloridas manos se posaban ligeramente sobre los bordes de su mesa de artista.
Tres alientos pasaron entre ellos, antes de que ninguno se atreviese a pronunciar otra palabra.
“¿Desde cuando has dudado de nuestro sueño, Chikuma? ¿Sirves al Imperio, o al Trono Esmeralda?”
Ella vaciló, sorprendida ante la calma y la tristeza del escorpión. “Siempre serviré a Rokugan, Lord Atsuki.”
“Lo veremos, Abanico Negro. A tiempo.”

Llega el Otoño…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:38 pm

Cambiando de Tácticas
Capítulo 14



Matsu Mochihime había conocido a estos hombres.
Difícilmente sería la primera vez que antiguos compañeros habían caído en un ataque a una caravana; Doji Raigu comandaba la lealtad de los Magistrados Esmeralda, fuesen leones o grullas. Pero esta vez, mientras permanecía erguida entre los esparcidos restos de Matsus y Akodos, la ronin supo que algo iba mal.
“Todos leones,” comentó sombría. “Cada uno.”
Como si sus palabras la atrajesen, una de las asaltantes se le acercó a la carrera, su simple cara llena de preocupación. Mochiko reconoció a Katai inmediatamente; la joven bushi tenía su yumi colgado sobre el hombro como siempre, y su pálido kimono se mecía con el aire frío.
“Han sido enviados refuerzos desde Shiro Matsu,” le dijo a su comandante, con un pesado paquete lleno de objetos de valor colgando de su delgada cadera.
La ronin se llevó la mano a su pelo rojizo con una maldición; sabía que Shiro Matsu no estaba siendo usada como base para los soldados personales del Gozoku, lo que significaría más tumbas león. Observando a los restantes tesoros, Mochiko gruñó.
“Dispersaos y desapareced; nos encontraremos dentro de dos semanas.”
Katai miró a la ronin. “¿Inosenko?”
Mochiko asintió, y luego se fue.
* * *
“Cada uno de ellos eran bushi León, Ino. Y lo que es más importante, ninguno de ellos portaba un Sello Imperial.” Mochiko maldijo mientras rebuscaba en los pliegues de su kimono por algo con lo que llenar su pipa. “Eran Magistrados del Clan León, no los guardias del Campeón Esmeralda.”
Inosenko asintió, pasando su mano sobre una carta que parecía que había sido doblada muchas veces. “Raigu ha disuelto grandes cantidades de los Magistrados Esmeraldas; al parecer tus incursiones han tenido un mayor efecto del que creías.”
“Así que, ¿debemos prepararnos por si él nos lanza todo lo que tiene? Preguntó Mochiko con una sonrisa que se curvaba alrededor del Kiseru en su boca.
La monja sacudió su cabeza. “Raigu ha liberado a sus magistrados… y no para servir en las Legiones. Miembros de cada clan, pero particularmente del León y el Cangrejo, tienen órdenes de regresar a sus provincias natales. A los gobernadores provinciales se les ha dado control directo sobre sus impuestos y territorios…”
Mochiko asintió solemnemente y dijo, “En otras palabras, estaré luchando contra mi propia gente.”
Inosenko asintió lentamente, leyendo la estropeada carta de nuevo. “Raigu es inteligente; sabe que mientras delegue responsabilidades, nuestras acciones caerán sobre aquellos que no nos han hecho nada malo.” Alzó su cabeza. “Saben que tu principal apoyo viene de entre los Matsu y los Ikoma; ¿cuantos de tus hombres fueron antaño leones como tú?”
“Demasiados,” admitió ácidamente. “No soportarán matar a sus amigos.”
“Necesitaremos movernos.”
“Estoy de acuerdo contigo,” dijo la monja, “pero no es difícil creer que nuestros enemigos seguramente sepan lo que pretendemos hacer. Estarán atentos a cualquier movimiento, Mochiko… y saben quien eres.”
La samurai-ko resopló ante la información; hacer salir fuera a los miembros de la conspiración era importante, incluso si eso significaba que su cuerpo atrajese espadas. “No es la primera vez que he sido herida, Ino… lo que es más importante, tus ojos mantienen a raya la mayor parte de las amenazas.”
“No creo que eso sea suficiente esta vez, Mochihime.”
Ella dobló la carta y la guardó. “Creo que necesitaremos algo más.”
* * *
Las calles de Ryoko Owari aun estaban abarrotadas con el invierno a las puertas, llenas con una mezcla de los desamparados y de la élite. De entre su estropeada casa, Mochiko observó al mundo a través de una neblina de molestia: odiaba dejar a sus compañeros, y odiaba aun más dejar su provincia.
No conocía estas tierras como conocía los territorios León; era peligroso tener enemigos en esta ciudad, donde cualquier posada podía albergar espías y cualquier callejón podía no tener salida.
Tragándose sus preocupaciones, la ronin pasó la siguiente hora yendo de persona en persona, enlazando direcciones a partir de la información que le había dado Inosenko. Mochiko conocía lo suficiente a la monja como para pedirle que la acompañase: para todo lo bueno que ella quería que ocurriese, la joven mujer no tenía estómago para duras realidades como el mal tiempo y caminos pisoteados.
O cadáveres de samurai, añadió ociosa su mente mientras la samurai-ko continuaba su búsqueda.
No es que Mochiko condenase a Inosenko por sus debilidades; había vivido el tiempo suficiente en el mundo de los campesinos como para darse cuenta de que la fuerza proviene de diferentes formas. La ronin no tenía duda de que jamás habría podido cultivar la red de informadores y aliados que la monja tenía.
Ella no tenía estómago para bromas; las verdades se investigan mejor con una espada.
Girando una esquina, la ronin se encontró en el barrio de los mercaderes; un puente cruzaba el río que dividía la ciudad, permitiendo a Mochiko un poco de espacio para comprobar de nuevo su mapa.
“Parece que es el lugar,” dijo a nadie en particular.
Era hora de averiguar que tipo de hombre era este “Eiriz.”
* * *
“Tienes que estar bromeando.”
Yasuki Eirin parpadeó una vez desde su lugar al frente de su pequeña tienda, mientras una mirada de confusión cruzaba su cara lisa y rechoncha. El mercader sonrió tan educadamente como pudo a la ronin de mal aspecto que tenía ante él, ofreciéndole una reverencia y un feliz, “Buen día, go-ronin-san.”
La mujer le ofreció una amplia sonrisa a la vez que colocaba su kiseru hacia un lado de su boca. “Un maldito tendero. No es para nada lo que esperaba.”
“¿Perdón?”
Ella resopló una risa y le lanzó algo, golpeando al mercader sonoramente en el pecho. Eirin se tambaleó hacia atrás, mientras su mano se alzaba para agarrar el pequeño y redondo objeto contra su cuerpo. “¿Que estás haciendo?” Demandó con una mezcla de enojo y sorpresa.
Mochiko sonrió de nuevo mientras los ojos del Yasuki contemplaban lo que estaba en su mano. Era una cuenta de madera, del color del cabello de la ronin. El símbolo del Emperador estaba inscrito en su superficie.
“Por Lady Doji,” apenas susurró.
“Cierto… pero deberías recordar que perteneces al Clan Cangrejo ahora.”
* * *
La parte de atrás de la tienda de Yasuki Eirin era bastante escasa y sencilla; Mochiko asumió que el cangrejo hacía buenos negocios, si sus reservas eran así de bajas. Sentándose contra uno de los muros la ronin sofocó malamente un bostezo; para toda la sorpresa que el Yasuki le había mostrado, él muy rápida y discretamente la había dejado de lado.
Aún había una hora de luz, y supuso que eso significaba que aún había dinero que ganar.
El eco de pisadas captó la atención de la ronin; Mochiko dejó que su mano descansase sobre la empuñadura de su espada. La puerta exterior se deslizó suavemente, revelando la ancha cara de Eirin otra vez. El cangrejo retrocedió ante su expresión, pero la samurai-ko simplemente sonrió y le dio una calada a su pipa.
“Te pido disculpas por hacerte esperar… Mochiko-san, lo admito,” dijo mientras tomaba asiento a su lado. “Aún tenía un par de patrones a los que ver.”
“Podías simplemente haberlos mandado fuera, ¿sabes?…”
Él sacudió su cabeza, haciendo danzar su corta coleta. “De echo, eso no es cierto. Tengo un deber para con mi clan… un deber que Doji Raigu parece determinado a destruir. Odia a los Yasuki por lo que pasó durante la guerra hace unos años; esto es todo lo que podemos hacer ahora para mantener a nuestros parientes alimentados.”
“Por eso es por lo que ayudas a Inosenko.”
El asintió con gravedad. “Cierto.”
Mochiko sonrió de nuevo, sabiendo plenamente como eso parecía poner nervioso al comerciante. “Bien, entonces no te importará ser de un poco más de ayuda. Necesitamos dinero, y una tapadera para movernos a una base diferente.”
Las espesas cejas de Eirin se arrugaron en concentración. “Lo del dinero lo puedo arreglar inmediatamente; para el resto, se necesitará algún tiempo.”
“Tómate tu tiempo, Yasuki,” replicó serena. “Estaré dando vueltas por aquí hasta que estés listo.”
* * *
A la mañana siguiente, la bolsa de Mochiko estaba llena de dorados koku, y los planes para mover la banda de la ronin se hallaban en marcha. Echándose la pesada bolsa al hombro, la samurai-ko sonrió ligeramente. “Tengo mis ideas acerca de los mercaderes, Yasuki, pero tengo que decir que trabajas rápido.”
Eirin asintió, con sus gruesos dedos acariciando ociosamente el borde de su ropa. “¿Que harás con todo eso, Mochiko?”
“Lo que he estado haciendo. Asaltar caravanas, robar oro.”
La voz del Yasuki se tensó, llenándose con fuerza y determinación. “Mi familia puede proveerte de todo el oro que necesites, Mochiko-san. Y no son guardias de caravana lo que deseamos ver muertos.”
“¿Que estás sugiriendo?” preguntó tajante la ronin.
“Simplemente que vulgares bushi no son los verdaderos objetivos de tu espada. Con tus habilidades, mis recursos y la información de Inosenko-san…”
Una simple mirada de la ronin le hizo callar, como si esa mirada le acuchillase con sus fieros ojos. La mano de Mochiko descendió hasta tocar su katana, y durante un momento se quedó mirando los estropeados filos de su sencilla espada. “Tienes razón sobre mi katana, Eirin… No empecé esta pequeña venganza por esta sangre.”
El Cangrejo sonrió un poco mientras la ronin se giró y se marchó de la calle sin otro comentario.
El invierno se acercaba, y esos pensamientos la acompañarían hasta casa.

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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:39 pm

Pisadas en la Nieve
Capítulo 15



“No temo a un hombre que me odie abiertamente, pues eso es todo lo que es capaz de hacer.” – “Mentiras” de Bayushi

Atsuki amaba el frío del invierno, incluso aunque se le pegase a sus huesos. Envuelto en un cálido kimono y en unas mantas, el Maestro de los Secretos y su palanquín cubrían la última milla que le llevaría a la Corte de Invierno. El Campeón sonrió mientras consideraba los planes y estratagemas que serían reveladas en Kyuden Seppun durante los largos y fríos meses que se acercaban…
Casi se apenaba de Raigu, malgastando la temporada en las salas Akodo.
No era raro que Kusada tuviese su corte entre los Seppun durante el invierno; era cercano a ellos, y los Cuatro Templos parecían un segundo hogar. El Bayushi sonrió mientras se preguntaba si el Emperador se sentiría más cómodo lejos de la capital: era un estúpido sentimiento, en el caso de que existiese, porque no estaba en ningún lugar sin los ojos de Norihisa sobre él.
O los ojos de Ayatsuro, en realidad.
Atsuki no comprendía plenamente a la Emperatriz; no la conocía de antes de la boda, y sus respectivas misiones les dejaban escaso tiempo libre. El escorpión había aprendido solamente que ella era una estudiante de las Academias Kakita, y que provenía de una prestigiosa familia.
Era obvio que ella había triunfado en al menos uno de sus deberes; el Bayushi frunció el ceño mientras pensaba en Gaijushiko y en el joven hijo de Hantei.
Con el tiempo, el chico podría ser una amenaza para ellos. Sería el hijo de Kusada, y Gaijushiko era demasiado honesto como para entrenar a un peón.
Cruzando sus brazos, la mente del escorpión se tornó hacia cosas más oscuras…
* * *
Un sencillo vistazo le dijo a Otomo Reju que este sería un invierno interesante; sus ojos se llenaron de crecientes maquinaciones, algunas en nombre del Gozoku y otras en interés del Hantei. Mientras el cortesano imperial escuchaba educadamente las historias de uno de los visitantes Ikoma, dejó su mente vagar, buceando entre cada individuo, buscando corazones y mentes.
Akodo Geboshi se había vestido con su mejor atuendo cortesano; dicho esto, el viejo samurai seguía pareciendo simple allí de pie con su barba blanca y su pelo encanecido. Reju sabía que el León deseaba poder aligerar algunos de sus impuestos aprovechándose de la ausencia de Shiba Gaijushiko; incluso trataron de cortejar el favor del Campeón Esmeralda, para todo el bien que les haría.
Allí de pie, portando orgulloso sus oscuros colores del Clan Cangrejo, Yasuki Eirin era más que una sorpresa. Reju había oído que había estado destinado en Ryoko Owari; era un hombre rico, pero su habilidad para conseguir una invitación para la Corte de Invierno había sido una sorpresa. El Otomo solo podía imaginarse que planes estaba escondiendo esa suave y rechoncha cara…
Devolviendo su atención al Ikoma, Reju se prometió jugar ese juego otro día.
* * *
Los ojos de Hantei Kusada estaban tensos mientras reflexionaba sobre el juego que estaba ante él; el tablero estaba plenamente contra él, con solo unas pocas piezas en juego. Mientras movía, el Emperador podía sentir la burlona sonrisa de su enemigo, ignorando sus intentos como si fuese poco más que un niño pequeño.
“Haces trampas,” murmuró ceñudo.
Hantei Ayatsuro puso su más inocente expresión, mirando a través del tablero de go hacia donde su marido se encorvaba pensativo. Kusada pasó su mano sobre su largo cabello con otro gruñido y ella le sonrió, preguntándose si ella le dejaría ganar.
Odiaba que hiciese eso.
Odiaba aun más perder.
A ella le gustaban cada vez más estos momentos en los que los dos estaban a solas; eran escasos, y usualmente llegaban bien entrada la noche. La suave mano de Ayatsuro se deslizó sobre las piedras negras con las que ella jugaba con una sonrisa. “Aún tienes una oportunidad, lo sabes.”
Kusada no dijo nada, torciendo sus labios en una mueca ácida mientras ella eliminaba tres piezas suyas más.
El sonido de pisadas señaló en final de su pequeño momento privado mientras el Emperador se daba la vuelta desde su sitio en el jardín cubierto de nieve. Parecía brillar mientras la Consejera Imperial aparecía tras una esquina, seguida por la forma, a simple vista fría, del monje, Gaman.
La Emperatriz sonrió, contenta de ver un poco más de calor en la cara de Kusada.
“Buenos días a ambos, Lady Ayatsuro, Lord Kusada,” dijo Kakita Chikuma con una educada sonrisa, con su cabello blanco trenzado de manera intrincada para combinar con el diseño de su traje esmeralda. Ella bajó la mirada hasta el tablero de go con una pequeña sonrisa, pero no dijo nada de la partida.
Gaman no fue tan compasivo.
“No parece que lo estéis haciendo bien este día, Lord Kusada,”observó el monje mientras reprimía un escalofrío o dos. “¿O es sencillamente que planeáis sorprendernos con el verdadero esplendor de vuestra próxima estrategia…?”
El Hantei sonrió mientras colocaba una piedra blanca en una esquina. “Recordad que Fu Leng pensó que ya había ganado cuando apareció Shinsei.”
La piedra de Ayatsuro sonó de manera audible contra el tablero, señalando el final de la partida. Tanto Gaman como Kusada parpadearon en silencio ante lo abrupto de su derrota, pero la Cortesana Imperial meramente sacudió su cabeza y rió ante las caras sorprendidas de los dos hombres.
“Quizás sería mejor si no llamaseis a vuestra esposa ‘Fu Leng’,” dijo.
El Emperador asintió diligentemente, levantándose de su asiento con una sonrisa desviada. “Quizás no esté hecho para ganar en materias de estrategia. Debería dejas esas cosas en manos de jugadores más competentes… ¿estarías de acuerdo con eso, Gaman?”
En su ancha cara se deslizó una pequeña sonrisa, mientras el monje tomaba el sitio del Hantei. “Olvidáis que tenéis sangre de héroes, Lord Kusada…”
“Y un héroe no necesita enfrentarse solo al Oscuro.”
Hantei Ayatsuro arrugó su cara ante el comentario y se preparó para darle al hombre una paliza digna de Fu Leng.
* * *
Norihisa odiaba el invierno; le añadía dificultad al juego. La idea de deslizarse sobre nevados tejados y balcones no le parecía atractiva al ninja, y él detestaba el frío y el viento más que las demandas de Atsuki de constantes informes sobre el Hantei.
Cada dos horas, excepto cuando estaba durmiendo… hacían que el juego de go pareciese un muy largo día.
Y ahora el mundo estaba durmiendo… el inicio de una muy larga noche.
Dejándose caer sobre uno de los balcones, el Shosuro se preparó para realizar sus próximas rondas. La Corte de Invierno estaba llena de todas clases de personajes interesantes, e incluso el Maestro de los Secretos no tenía tantos ninja para gastar. Norihisa empezó a atravesar el jardín silenciosamente…
Fue allí donde se dio cuenta de las pisadas en la nieve.
No es que no hubiese cientos de otras marcas procedentes de la mañana, pero Norihisa había visto como todas estas se hacían. Estas pistas cruzaban a través del jardín directamente, evitando las áreas abiertas cercanas al tablero de go para detenerse en la sombra. Arrodillándose para tocar las huellas el ninja frunció el ceño.
Habían sido hechas recientemente, y rodeaban la habitación del Emperador.
Maldiciendo, el Shosuro se desvaneció de vuelta al Kyuden instantáneamente, sus pisadas y el desenvainado de su daga no hicieron el menor ruido…
* * *
Un sonido fue todo el aviso que se le dio a Kusada, pero por alguna razón el ruido le sorprendió y despertó. Los ojos del Emperador se volvieron hacia el techo; un pedazo de metal descendió, seguido por la forma negra de un cuerpo.
Gritó de sorpresa y alarma mientras el asesino caía sobre él, pero en ese momento un movimiento y una presión firme veló sus ojos.
El acero golpeó el suelo mientras el Emperador se tambaleaba, sus movimientos desesperados desenredándole de la manta que se había cruzado en sus ojos. Ayatsuro estaba despierta, y había lanzado su futón y mantas entre su marido y su atacante; ella le sorprendió con su fluidez, y también por el fuego que brillaba en sus ojos.
Kusada gritó llamando a los miharu, pero sabía que no llegarían a tiempo.
El asesino iba vestido con un kimono negro, y portaba un daisho. Usando su wakizashi en vez de la más grande katana él sonrió, con un malévolo regocijo llenando sus ojos. “Estás en mi camino,” respiró toscamente mientras Ayatsuro se interponía entre los dos.
De nuevo ella sorprendió a su marido, agachándose hasta una postura de lucha y entrecerrando sus concentrados ojos. “Entonces haz que me aparte.”
Todo pasó en un instante, pero los agudos ojos de Hantei Kusada no se perdieron detalle. Bajando su espada corta, el asesino se lanzó para apuñalar a Ayatsuro, pero la Emperatriz cayó sobre una rodilla mientras él pasaba a su lado, su hombro izquierdo impidiéndole alcanzar a su señor.
En ese mismo momento, sus delgadas manos agarraron la katana del hombre, desenvainándola horizontalmente con una sorprendente cantidad de gracia. El asesino atacó con un golpe del revés con su espada hacia ella, pero antes de que el acero pudiese tocarla el hombre titubeó, permitiendo a la katana de Ayatsuro volver sobre sus pasos.
La sangre se esparció a través de la habitación mientras el ataque perforaba las costillas del asesino, cortando nervios y tendones, destruyendo instantáneamente la amenaza que una vez fue.
Mientras el asesino caía hacia atrás con un gorjeo de sorpresa, las puertas se abrieron, revelando las caras de unos apresurados guardias Seppun. Hantei Kusada sonrió de alivio mientras su mujer dejaba que la katana cayese al suelo, con sus ojos sobre él, inspeccionando su cuerpo con sus ojos.
“¿Estáis herido?” Preguntó Ayatsuro nerviosa, ignorando su propio kimono manchado de sangre.
El Emperador sacudió la cabeza. “Estoy a salvo, ahora.”
Más allá de la luz de la linterna del miharu, Kusada imaginó que había oído un suspiro aliviado…

Cae la nieve…
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:40 pm

Preparativos
Capítulo 16



“No puedes esconderte de ti mismo.” - “Bushido” de Akodo

Colocando una mano sobre su katana, Doji Raigu aguardaba entre la nieve. El invierno parecía moverse más suavemente al pasar a su lado; echaba de menos la presencia de sus antiguos compañeros, y detestaba el aburrimiento completo de los Salones Akodo. Los leones eran tan simples en astucia y dones; a veces, el Campeón Esmeralda se sorprendía de que poseyesen tanta habilidad y sutileza en el campo de batalla.
Se giro ante el sonido de unas pisadas, y se inclinó ante su visitante con una mirada seria. Vestido con el oro y verde de un sirviente imperial, el grulla no podía menos que brillar como el sol…
Pero Bayushi Atsuki parecía no advertir el esplendor, envuelto con su máscara negra y sus ropas color sangre.
Le había sorprendido al Doji que Atsuki había demandado venir y verle; el escorpión disfrutaba tratando los problemas de la Corte de Invierno del Emperador, y no era apartado de allí fácilmente. Para arriesgarse a los peligros de los caminos traicioneros y al mal tiempo, algo horrible debería haber tocado su mente.
“Has llegado más rápido de lo que esperaban los León,” dijo el Campeón Esmeralda a su igual.
“Mejor que esta información te llegue por mi boca que dejar que te sorprenda,” replicó el viejo. “Ha habido un atentado contra la vida de Hantei.”
Los ojos de Raigu se entrecerraron. “¿Fue herido de alguna manera?”
“Para nada,” replicó el escorpión. “Mi hombre y su esposa se condujeron bien…”
“Maldito seas, Atsuki, no deberías jugar a estos juegos.” El Grulla se abalanzó sobre la ventana más cercana, bajando su mirada para observar la nieve pisoteada. “Sé que disfrutas con estas pruebas a tus sirvientes, pero esto es peligroso…”
El Campeón Escorpión gruñó. “No ordené el asesinato del Hantei.”
Doji Raigu se volvió, clavando su mirada en su compañero enmascarado. ¿Entonces quién?”
“Quién….”
* * *
Los ojos de Mochiko se elevaron hacia el techo, tratando de no darse cuenta del frío cortante. A pesar de que la nueva base a las afueras del Paso Beiden cumplía su propósito de minimizar los peligros para el grupo, estaba llena de vientos aullantes y a menudo nevadas copiosas. La samurai-ko rara vez consideraba cosas como el clima como un peligro; su vida normalmente no era lo suficientemente segura como para preocuparse de las amenazas pasivas de cosas como esa.
Congelarse hasta la muerte parecía la muerte de un plebeyo, y su lentitud y delicadeza no se parecía en nada al final que Mochiko podía ver.
Fuera, el sonido de un hacha golpeando leña se elevaba hasta alcanzarla; Había solo unos pocos miembros desgastando la ventana sobre la colina cercana a ella; lo que significaba que probablemente era Katai.
La joven se había vuelto más útil recientemente, especialmente con todos los problemas que habían acompañado al traslado. Se estaban acomodando todos bien a la vida entre ladrones y asesinos…
Los pensamientos de Mochiko fueron interrumpidos a la vez que el hacha cesó de caer. Un momento más tarde, Katai entró caminando trabajosamente en la pequeña choza de montaña con sus brazos totalmente cargados, con una extraña mirada de alegría cruzando su joven y mundana cara.
“¿Llamas alguna vez?” Preguntó sin rodeos, dándose la vuelta para tratar de ganar más del calor de la manta.
Katai se empezó a reír fuertemente, mientras encendía un pequeño fuego, sacándose su larga bufanda y arrojándola sobre un flojo montón de ropa al otro lado de la habitación. “Como haces tú siempre, ¿no? Etiqueta samurai, o algo por el estilo…”
“Pienso que es más como ‘no le des una excusa al jefe para apuñalarte con una espada’.”
Ella simplemente sonrió y se sentó a preparar la comida; una de las muchas cosas sobre una casa que Mochiko nunca había aprendido a hacer. Mientras la joven ronin se ocupaba de buscar lo que había disponible, dejó a la antigua León con sus pensamientos…
Sabía lo que el Yasuki estaba sugiriendo… e iba contra todo en lo que ella había creído.
Justo igual que el Gozoku.
“Joder,” maldijo tras un momento, levantándose y frotándose los ojos. Al otro lado de la habitación, Katai estaba mirándola, y Mochiko puso una cara de enfado mientras buscaba por donde quiera que se hubiese ido su kiseru.
“¿Cual es el problema, Katai? ¿Nunca habías visto antes a una mujer?”
Sonrió ampliamente ante la vergüenza de su compañera, pero Mochiko sabía que ella estaría más alarmada que otra cosa. La corta ropa interior de la samurai-ko mostraba sus brazos y hombros, densamente musculosos y marcados por varias cicatrices profundas. Con un cuerpo como este le hacía feliz poder cubrirse con su sucio kimono marrón; le quedaba mejor que los recuerdos de incontables peleas.
Katai sonrió nerviosa, entregándole un tazón de arroz recién cocinado. “Lo siento… Me imagino que me lo merezco, entrando sin permiso y todo…”
“Cállate, Katai,” replicó fríamente. “Estas comportándote como una idiota.”
Ella asintió, y comieron su comida en paz.
* * *
Inosenko amaba los persistentes días del invierno, e incluso el frío que trepaba por sus pies descalzos hacía muy poco para disminuir ese sentimiento. Para la naturaleza, el invierno era un tiempo de muerte, pero para Rokugan, la monja lo consideraba un tiempo de renacimiento. No habían guerras, ni batallas… era como si a la tierra entera se le hubiese traído una pacífica sanidad gracias a la nieve.
Pero ahora, esos días estaban acabándose, tan inevitablemente como el amanecer. Inosenko suspiró ante el pensamiento de tal firme regularidad para el derramamiento de sangre y el caos, un momento antes había escuchado el sonido de unos pies cercanos.
Hablando de lo inevitable, pensó la monja con un suspiro más alto.
“Entra, Mochiko.”
La voz estaba más sometida de lo que ella recordaba. “Gracias, pero así está mejor.”
Entrecerró los ojos ante el comentario, pero entonces tomó asiento. “Como desees, Mochihime. Asumo que estas preparada para empezar a ocuparte de las caravanas en el Paso Beiden…”
“Katai está preparada para las caravanas; hará mella en sus ganancias muy pronto.”
Inosenko permaneció en silencio, sintiendo algo extraño entre las respiraciones y las palabras. “Ya veo.” La monja vaciló, preguntándose si realmente deseaba saberlo.
“¿Cual es el problema, Mochihime? Pareces…”
* * *
“…diferente, de algún modo.”
Bajo su kasa, la ronin apretó sus ojos en firme determinación; había venido desde muy lejos como para no decírselo ahora. Tragándose su orgullo, la voz de Mochiko se tornó cenizas. “No es… nada,” se mintió a si misma, maldiciendo la debilidad de su corazón. “Me tengo que ir.”
El sonido de un panel shoji abriéndose la detuvo, y Mochiko se dio la vuelta para encararse a la frágil forma de Inosenko. La monja parecía medio desnutrida por el largo invierno, y su pálida piel parecía casi azul por el frío. En ese momento, no sintió nada más que pena por la pequeña mujer, no viendo ninguna fuerza en ella, a pesar de la mirada de acero azul endurecido.
“Mochiko,” Inosenko dijo oscura, usando el nombre de la ronin, “estás mintiendo. ¿No puedes confiar en mi?”
“Siempre podré confiar en ti,” replicó entristecida Mochiko. “Tu siempre… siempre haces lo correcto.”
Ella miró fija y duramente a la monja. “Sé eso sobre ti.”
“No crees en medias tintas, Ino… Inosenko. No rompes tu palabra, o tu código… no importa el coste. Ni siquiera cuando eso te priva de tu vida, tu hombre y tu futuro.” Mochiko se aseguró de que su kasa escondía la tristeza en su mirada. “Eres una persona fuerte, pero eres demasiado pura para esta lucha.”
“Voy a intentar algo diferente… algo que ellos tendrán aún que ver.”
La monja cerró sus ojos y asintió, quizás escuchando más en el tono que en las palabras. Se acercó a la ronin, tocando el lateral de su katana; Mochiko observó mientras Inosenko entrelazaba una larga línea de cuentas del Tao alrededor de la espada, atándola como si quisiese sellar el filo.
“Eirin siempre quiso verte actuar como una asesina,” dijo tras un momento, “pero le dije que el asesinato no era el principal asiento de tu alma. Argumentamos sobre tu vida como si fuese nuestra para jugar con ella. Supongo que debería haberme dado cuenta de a quién pertenecía realmente esa decisión.”
La monja se alejó de la ronin, con su mirada de profunda compasión más dolorosa que cualquier palabra. “No creo que nos volvamos a ver nunca más, Mochiko. Adiós.”
En ese momento, mientras el shoji sellaba el mundo entre ellas, Mochiko sintió el frío del mundo más agudamente que hace un momento, y deseó ser llamada “Mochihime” aunque fuese solo una vez más.
* * *
Las pisadas de los tres hombres eran fáciles de seguir entre la persistente nevada, incluso a pesar de la oscuridad que acompañaba otra noche sin luna. Le llevó unos momentos, pero la espadachina se acercó, asegurándose de mantener alejada el agua de sus espadas. Habían solo unas pocas calles que llevasen al barrio del placer; adelantarse a ellos era simple, siempre y cuando supieses que hacer.
Estaba esperando mientras cruzaban el último callejón antes del barrio mercader, observando cual de ellos se tambaleaba y cual todavía caminaba con equilibrio.
El último sonido que escucharon los tres hombres fue el sonido de unas cuentas siendo aflojadas, seguido de húmedas pisadas y el siseo del acero mordiente.
La muerte ha llegado…
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:41 pm

Viento y Nieve
Capítulo 17



“La distracción alimenta el desastre.” - El Tao de Shinsei

Kusada se impresionaba siempre de como la Corte de Invierno continuaba, a pesar de los rumores y la sangre. El Emperador frunció el ceño mientras observaba la actuación de su esposa, con sus manos deslizándose adelante y atrás delicadamente, guiando suavemente su brillante espada.
Nunca se le había ocurrido preguntar donde había entrenado Ayatsuro; era algo inusual que la Emperatriz tuviese experiencia como bushi, y a pesar de su perfecta compostura, Kusada se preguntaba si incluso Bayushi Atsuki se había sorprendido al conocer sus habilidades.
Aparentemente Raigu había deseado realmente defender al Emperador… pero eso era solamente algo práctico, proteger su precioso peón.
Un último remolino de la katana señaló el final de la demostración de la Emperatriz, acompañado por un único repique de sonido mientras expertamente envainaba su espada. La corte rió y aplaudió excitada inmediatamente, la mayoría de ellos sorprendidos y eufóricos ante el llamativo despliegue de la Hantei.
“Ha sido increíble,” dijo cálidamente Kusada mientras su esposa se le aproximaba, con su rostro ligeramente manchado con pequeñas cuentas de sudor. “Había pasado mucho tiempo desde que contemplara las técnicas Kakita.”
“No soy merecedora del elogio,” dijo educadamente Ayatsuro, entregándole su hoja a un asistente. “Mi padre insistió en mi aprendizaje, pero nunca he sobresalido con la espada.”
“Te concedes muy poco mérito. Sé lo que veo en una espada.”
Tras su rostro, la mente del Emperador retrocedió hasta Raigu, Keizo y el duelo de hace ya tanto tiempo.
* * *
“Tu deber es vigilar al Emperador e informarme de sus acciones,” siseó enfadado el Campeón Escorpión. “No está en la posición de un mero ninja el interferir.”
Shosuro Norihisa bajó su cabeza en silencio, sometiéndose a la reprimenda como el sirviente diligente que era. Su posición alrededor del Hantei le permitía al shinobi una cierta libertad a la que había llegado a acostumbrarse. Le molestaba ser cuestionado ahora. Incluso por su señor.
“El Emperador estaba en peligro. Tomé una decisión.”
“Tomaste una decisión,” replicó fríamente Atsuki, “pero te dejaste algo atrás.”
Norihisa asintió despacio, conociendo de antemano lo que el Escorpión portaba en su arrugada mano. El pequeño tanto que el ninja había lanzado durante la riña, aún manchado con sangre procedente de golpear la rodilla izquierda del bushi. Pensaba que era muy dudoso que alguien lo hubiese notado durante el combate, pero había sido un riesgo sin embargo.
Lo hubiera echo de nuevo, dada la oportunidad.
“No te escogí para que cometieses este tipo de errores, Norihisa,” dijo fríamente el Bayushi, lanzándole la daga a su sirviente con un giro de muñeca. El Shosuro cogió el arma fácilmente, bajando los ojos hasta que el anciano se giró. Atsuki volvió a su pintura, su pincel planeando sobre la forma emergente de un samurai.
Conocía a su maestro lo suficiente como para pensar que estuviese realmente enfadado con él. Lo que odiaba Bayushi Atsuki era no saber lo que iba a pasar, y el intento de asesinato había tomado al Escorpión por sorpresa. No había habido avisos ni movimientos en los bajos fondos; era difícil creer que sus espías obviasen algo como aquello.
“¿Podría estar relacionado con las muertes en Otosan Uchi?”
“Poco probable,” replicó Atsuki. “Los asesinatos fueron más rápidos y más habilidosos de lo que he oído; dudo que Ayatsuro o Kusada hubiesen sobrevivido a un encuentro con ese asesino.”
Norihisa asintió y se dejó resbalar de nuevo hacia las sombras; le gustaba más cuando Atsuki no podía verle, y la práctica en engañar al Campeón Escorpión era siempre algo bienvenido. “Raigu cree que el asesino puede tener alguna conexión con el Clan León; a ellos nunca les preocuparon las debilidades de Kusada, y la ausencia de Gaijushiko parece haber avivado algo de su antigua valentía…”
El ninja escuchó atentamente el tono de su maestro. “No estáis de acuerdo con el Campeón Esmeralda.”
“No, no lo estoy. Los Ikoma carecen de los recursos para procurarse un asesino habilidoso; incluso si tuviesen los medios, es poco probable que su honor les permitiese tal crimen.”
“Entonces, hay un nuevo jugador…”
La mente maestra del Gozoku gruñó ante la idea. “Regresa a tu misión, Norihisa. Yo me encargaré de la mía.”
* * *
Yasuki Eirin nunca se había sentido seguro en la oscuridad; ese era el lugar para los escorpiones y los asesinos, y apenas el lugar para que un mercader se escabullese. Su padre le había enseñado la importancia de permanecer a la vista: era allí donde nadie te buscaba, haciendo curiosamente sencillo el esconderse.
Así que el cangrejo tomó asiento en el jardín, sonriendo cortés ante unas pocas damas Grulla que pasaban mientras buscaba la carta en su kimono.
No es que necesitara leerla realmente. No había nada escrito que la corte no supiese ya.
Mochiko había atacado a un par de dignatarios Gozoku en Otosan Uchi; ella había estado ocupada tras ese primer encuentro, y la cuenta seguía creciendo. Los magistrados locales no eran rival para la astucia de la ronin Matsu; la idea hacía sonreír a Eirin a su perversa manera.
Había incluso rumores de que el Campeón Esmeralda marcharía hacia la capital dentro de dos semanas.
El rápido progreso no sorprendía realmente a Eirin; aquellos que servían al Gozoku se consideraban casi invencibles, y era inusual que se enfrentasen a un oponente con las habilidades de Mochiko. Con ciertas poderosas excepciones, el Gozoku eran blandos y mimados diplomáticos y nobles… ellos luchaban sus batallas con abanicos y flores, dejando a bushis de menor rango agitar sus espadas.
Tarde o temprano sin embargo, le dijo su mente, moriría la persona equivocada. Cuando eso ocurriese…
“¿Una carta del hogar, Eirin-san?”
Le tomó cierto control el no apresurarse a esconder la carta, pero sin embargo el mercader cangrejo levantó sus ojos con una sonrisa mientras calmadamente la devolvía a su abrigo. “Desgraciadamente, hay pocos en casa que pensarían en escribirme, Reju-sama.” Se levantó e hizo una reverencia ante el rígido imperial, considerando de nuevo lo pequeños y blandos que podían parecer sus oponentes.
“Son gente ocupada,” replicó cálidamente el viejo. “Estoy seguro de que se preocupan por vos.”
Eirin asintió educadamente, preguntándose si Reju había vislumbrado algo durante el breve momento antes de que hablasen. “¿Que lugar puede ser más seguro que la Corte de Invierno del Emperador?”
“Eso depende de lo que temas.”
El Yasuki miró con detenimiento al partidario Gozoku, llevándose una mano lentamente a su suave y redonda barbilla. “Asesinos no, entonces.”
Hubo un momento, tras la frase, donde Otomo Reju permitió a sus ojos detenerse sobre el Yasuki, observando a Eirin tranquilamente por lo que pareció mucho tiempo. Luego, el cortesano dejó que su cara dibujase una sonrisa.
“Ciertamente no, Yasuki-san.”
* * *
Una piedra negra tomó tres piedras blancas, llevando una sonrisa a los ojos del monje. Los dedos de Gaman se deslizaban sobre el tablero con una fluidez embaucadora, luchando por la supremacía de la partida. Su oponente frunció su frente en gran concentración, con sus ojos siguiendo cada movimiento de las piedras.
“Eres más habilidoso de lo que cualquiera de ellos te cree capaz,” dijo con una sonrisa amistosa.
Hantei Kusada sonrió, colocando una piedra de vuelta a su lugar. Sus movimientos eran rápidos y decisivos, como eran siempre que no había ningún otro cerca para verle. Solo Gaman sabía la verdad sobre el asesino del Emperador; incluso Bayushi Atsuki no lo creería, si la verdad saliese alguna vez a la luz.
“Solo hice lo que era necesario,” replicó tranquilo el Hantei. “Necesitaba saber…”
“Y si ellos no valorasen tan altamente tu vida, estarías muerto. Es extraño verte confiar en la habilidad de tus enemigos…”
“Tienen sus límites,” dijo sencillamente Kusada. “Las limitaciones son cosas que necesito conocer.”
“Limitaciones que pueda usar.”
Gaman asintió con su pequeña sonrisa, sus delgadas ropas ofrecían poca protección ante el lánguido frío. Frotando sus enguantadas manos, el monje dijo, “Se que arriesgarías tu vida por tu imperio, que morirías por Rokugan, por los Hantei, pero…”
“Puede que te necesite algún día, Gaman.” Los ojos de Kusada se deslizaron hasta observar intensamente a su oponente. “Me ayudarás, ¿verdad?”
No había compromiso en aquellos ojos, los cuales muchos otros veían como un hogar para la ignorancia y la debilidad. El Maestro de los Cuatro Templos miró a su Emperador con una seria expresión; de algún modo conocía lo que el Hantei planeaba hacer.
Un día, Hantei Kusada lucharía contra el Gozoku.
En ese día, la Hermandad de Shinsei cambiaría para siempre.
“La Hermandad siempre servirá al Emperador,” replicó Gaman tras un momento.
Hantei Kusada se levantó con una sonrisa, inclinándose ante su invitado y alejándose de la inacabada partida. Mientras le miraba irse, el monje no podía si no sentir el flujo y reflujo del mundo a su alrededor. Hantei Kusada cambiaría al mundo…
Destruiría el Gozoku, o rompería el Trono Esmeralda.
De pronto, el pequeño hombre sintió más intensamente la helada del invierno, y se preguntó cuanto de esa sensación era producto del frío.

El futuro llama…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:41 pm

Calle a Calle
Capítulo 18



“Seguir una luz falsa solo te lleva a lo profundo de la oscuridad.” –El Tao de Shinsei

La primavera llegó temprano a la Ciudad Imperial, trayendo consigo nueva vida que deleitaba los ojos y danzaba cerca de los oídos. Todo Otosan Uchi estaba vivo con festivales de primavera y celebraciones, con sus coloridas banderas y equipos llenando las calles. La gente de Rokugan recibía con alegría y gusto el fin de un largo y frío invierno, aclamando el regreso de su Emperador como también aclamarían seguramente la nieve que se desvanecía.
En medio de ese esplendor se hallaba Mochiko, con un estropeado kasa bien calado sobre su pelo escarlata. El oscuro kimono de la ronin estaba envuelto alrededor de ella como una mortaja, mientras se mantenía al margen de las celebraciones imperiales, con sus ojos buscando cosas que deseaban no ser vistas.
Una mirada de complicidad entre dos oficiales.
Una conversación entre un Magistrado Esmeralda y un guarda de caravana.
Cada uno, por si mismos, no significaban nada… pero Mochiko sabía que buscar, y sabía lo que esas señales significaban.
El Campeón Esmeralda estaba en Otosan Uchi. Había vuelto en silencio desde las provincias Akodo para prepararse para saludar al asesino que retaba la seguridad de “su” ciudad, y con el había traído a sus hombres más talentosos.
Mochiko sonrió con una mueca alrededor de su pipa, para luego adentrarse en lo profundo de las calles…
* * *
Esto no funcionará.
Ese sencillo pensamiento se repetía en la mente de Doji Raigu mientras observaba ausente el festival; el Campeón Esmeralda estaba más molesto que lo usual, mientras miraba el ocasional destello de verde y oro donde se movía un magistrado. Le parecía poco probable al señor Grulla que en una trampa así cayese un asesino que parecía tan competente…
Pero, recordó, no era su verdadero propósito en absoluto.
Durante un mes el Doji había considerado sus opciones; estaba seguro de que sus hombres podían capturar al asesino en la ciudad, pero eso traería consigo muchas bajas, ya que ni el Campeón ni sus hombres conocían al enemigo. Hoy, el asesino cometería otro asesinato; Raigu no tenía ningún indicio que lo sugiriese, pero estaba seguro de que se daría el caso.
Los asesinos vivían entre las multitudes y la confusión…un verdadero fanático no dejaría pasar una oportunidad como esta.
Y cuando golpease, los magistrados esmeralda estarán allí para probar a este asesino. De una forma u otra, Doji Raigu vería que tipo de persona era su enemigo.
* * *
Mochiko prefería tratar con sus enemigos de manera cercana y personal; le permitía usar su significativo tamaño y velocidad para conseguir una mayor ventaja, y era más fácil corregir algunos errores. En este caso, sin embargo, dicha actitud difícilmente era provechosa: Habían demasiados enemigos esperando verla realizar algún movimiento, y por eso la ronin no se podía permitir más que una ondulación en el agua.
Deslizándose a través de la puerta trasera de unos almacenes vacíos, Mochiko le permitió a sus ojos que se ajustasen a la oscuridad: así era como operaba, y como Eirin la suplía de las cosas que necesitaba para matar. Mientras recorría con una mano una de las cajas marcadas con el mon Yasuki, la ronin localizó el compartimiento oculto; comprobó una vez más que no hubiese ojos curiosos.
Al no ver ninguno, la ronin apartó la pequeña puerta y se adentró en ella, sacando un yumi y una única flecha cortacarnes.
Yasuki Eirin no era ni honorable ni noble, pero nunca la defraudaba.
Sosteniendo la flecha, ella también sabía que él no creía en los errores.
Acercándose a una de las pequeñas ventanas del almacén, Mochiko dejó que su respiración se hiciese más lenta y profunda, reptando hacia una de las contraventanas y abriéndola lo suficiente para poder ver. El edificio ofrecía una buena posición, permitiéndole a la bushi ver a los viajeros mientras llegaban desde la Aldea Oeste. En un mar de celebración y brillantes colores, un disparo sería difícil…
Sería, pensó Mochiko con una sonrisa, si el objetivo no fuese un hombre tan arrogante.
El jinete era un hombre llamado Soshi Akashatsu; se sentía bastante importante, habiendo comprado su entrada en la Corte Imperial. Mochiko odiaba a los hombres como él, que usaban dinero y aliados en vez de habilidad y determinación para avanzar en sus deseos y conseguir sus metas. Vestido con un kimono rojo profundo, el escorpión se aproximaba a la posición del asesino montado sobre un pequeño pony, con su máscara plateada brillando horriblemente con la luz de mediodía.
La mayor parte de guerreros escudarían sus ojos ante tal resplandor.
Para Mochiko, era el lugar perfecto donde apuntar.
* * *
Siempre le sorprendía la rapidez con la que sucedía un asesinato; un disparo siseó a través del aire como una serpiente, golpeando al shugenja de lleno en el rostro. Cayó derribado, el sonido precedido por el grito de su Yojimbo; Mochiko se apresuró a escapar sin mirar a la sorpresa y al caos que llenaba las calles.
Lanzándose a través de la puerta de atrás, las piernas de la ronin se pusieron en movimiento; se movía veloz por las callejuelas y los callejones tortuosos que separaban la calle de entrada del propio Otosan Uchi, oyendo ya los gritos que anunciaban a un apurado grupo de magistrados.
Unas pisadas le dijeron que algunos de los perros de Raigu habían sido más rápidos que los otros; Mochiko apresuró el paso una vez más, subiendo a la carrera las escaleras que llevaban a uno de los templos en construcción más cercano. Durante este día, ningún obrero estaría atendiendo la última obra maestra de Kusada; estaban solos ella y sus perseguidores cuando alcanzó el alto de las escaleras.
“¡Detente en nombre del Campeón Esmeralda!” fue el grito que oyó tras ella mientras Mochiko se volvía. Tres corredores con las espadas desenvainadas estaban cerca de ella, con sus insignias oficiales desplegadas abiertamente ahora, y con sus ojos entrecerrados en anticipación de la lucha.
La antigua león saltó sobre ellos, su súbito cambio de dirección trayendo otro grito a sus gargantas. La katana de Mochiko estaba desenvainada en medio de una repiqueteante cascada de cuentas del Tao siendo apartadas, cortando a través de la katana alzada del primer hombre para enterrarse en su pecho. A su derecha, el segundo corredor trataba de ajustarse a la superficie desigual que proveían las escaleras, mientras el tercer hombre, más abajo, era apartado por el cadáver de su compañero.
Sin malgastar el momento, Mochiko atacó al segundo hombre antes de que estuviese preparado, con su hoja moviéndose horizontalmente para cortar a través de su estómago y aplastándolo contra el suelo. La ronin sabía que sus técnicas Matsu la daban la ventaja en esta primera parte del combate; contra las rápidas reacciones de los Magistrados Esmeralda, ese beneficio era algo que ella necesitaba desesperadamente.
“¡Detente o muere!” gritó el tercer hombre mientras esquivaba a sus compañeros asesinados, pero Mochiko ya se había apresurado a volver a subir las escaleras. Resbalándose hasta detenerse en una meseta que habían construido los obreros, la asesina congeló a su perseguidor con una mirada.
“Estás detenida,” proclamó en alto, con su herencia Grulla mostrándose abiertamente en sus pálidos ojos y en su bello rostro de altas mejillas. La ronin miró sus manos mientras sostenían su katana, revelando los tatuajes que le marcaban como un miembro de los Daidoji. “Ríndete, o muere donde estás.”
Mochiko envainó su espada ensangrentada con un siseó malicioso, tomando una postura de iaijutsu larga y extendida.
El grulla no siguió su sugerencia, pero sin embargo inclinó su hoja. Él le dio una mirada que decía que ya había sido derrotada; tras él los sonidos de la búsqueda se acercaban, recordándole a la asesina que tenía poco tiempo.
“Que así sea. Ahí voy.”
Ella atacó, cargando contra él con su cabeza baja y escondida tras su kasa; el grulla lanzó hacia abajo su espada, verticalmente, tratando de parar el desenvainado de la Matsu. El acero cesó al acero en un choque que resonó por toda la colina; el poder del golpe de la ronin lanzó por los aires la espada de su enemigo…
Ese mismo ímpetu hizo que girase el cuerpo de la asesina, dándose la vuelta para enfrentarse cara a cara con su sorprendido oponente, con su mirada de acero encontrándose con sus ojos abiertos.
La sangre salpicó el suelo con un solo movimiento hábil, manchando el suelo santificado con los colores brillantes del dolor y la muerte.
* * *
Doji Raigu caminó tranquilo a través de los cadáveres de sus magistrados, con su cara marcada con un ligero fruncimiento. Tras él venían varios de sus más habilidosos asistentes, la mayor parte de ellos impertérritos ante la carnicería.
Los agudos ojos del Campeón Esmeralda trazaron el desarrollo de la escaramuza con facilidad; se paró en lo alto de las escaleras, observando hacia donde sus hombres examinaban la matanza. “El asesino muy probablemente mató a Fasuto con un golpe en salto, antes de que pudiese ajustar su postura.”
Uno de los otros hombres cogió la hoja rota de una espada; prueba de que el ataque había roto un apresurado intento de guarda. Raigu asintió sin emoción, siguiendo el combate. “Jisho nunca tuvo tiempo para tomar represalias…”
“Sus huesos fueron cortados limpiamente,” dijo con un asentimiento uno de los magistrados.
“El asesino re retiró hasta el área del templo,” dijo el Campeón Esmeralda mientras caminaba hacia donde yacía el cuerpo del último hombre. “Seguramente bloqueó y apartó la defensa de Daisen, luego pivotó, aprovechando el poder del desenvainado…”
“¿Matsu Ryu?” preguntó uno de los hombres.
Raigu asintió. “Pero mucho más preciso de lo que yo había visto. Y mucho más mortal, sin duda.”
“Con un asesino de este calibre en la ciudad…,” empezó uno de los magistrados.
“Incluso lord Kusada puede no estar a salvo,” dijo Raigu con una mirada seria, casi salvaje. Alejándose de los muertos, el Campeón Esmeralda llamó a sus lugartenientes. “Debemos parar a este asesino antes de que su influencia se extienda, y pronto. Prepararemos una redada, y vigilaremos tanto las Aldeas como la ciudad…”
Uno de los hombres mordió sus labios, pensativo, antes de hablar. “Este plan no será fácil.”
Doji Raigu simplemente observó más allá del hombre hacia donde Daidoji Daisen había caído, contemplando su propio reflejo en el oscuro charco de sangre. “La justicia rara vez lo es.”

Primera sangre…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:42 pm

Imperialista
Capítulo 19



“La fuerza pura no puede tener éxito sola. Uno también necesita estrategia.” - Akodo

Durante el verano del octavo año de reinado de Hantei Kusada el Gozoku le declaró la guerra al misterioso asesino y a todos sus aliados, pintando de rojo las calles con sangre. Doji Raigu personalmente lideró una redada a través de la ciudad y de las Aldeas, capturando y confiscando armas, información y provisiones. Se dice que el Campeón Esmeralda ejecutó más de cincuenta criminales en su búsqueda en la Ciudad Imperial…
La opinión de la ciudad era que el asesino no estaba entre los muertos.
Otomo Reju despreciaba este tipo de tácticas brutales entre el Gozoku; creía que el mundo viviría mejor bajo la paz y el compromiso que bajo el eterno ciclo de Rokugan de muerte y guerra. Mientras el cortesano escuchaba a la corte, empezó a oír los sonidos de otro reto…
Más peligroso que cualquier asesino, “Imperialistas” era su nombre.
En los años recientes, los Cangrejo y los León se habían vuelto más independientes; se frustraban ante la idea de retar a las cortes del Grulla y del Fénix, y aplicaban sus recursos a otras guerras. Aquellos que permanecían eran más duros, más determinados… y lo que es peor, ellos lo sabían.
Sólo un poco, pero ellos lo sabían, cuando miraban a los ojos de Doji Raigu o Bayushi Atsuki. Y con ese conocimiento vino una determinación que Reju admiraba, y un odio tan despiadado como el acero.
“Debemos encargarnos de ellos.”
Reju observó lentamente al Maestro de los Secretos, tratando de no encontrarse con sus ojos. Durante los meses desde el casi asesinato de Kusada, el daimyo Escorpión se había vuelto difícil de soportar, y saturaba la ciudad con informadores y espías. Había sido uno de los primeros en oír algo acerca de los Imperialistas…
Pretendía ser el que acabase con ellos.
Al lado del Otomo la Consejera Imperial asintió con su cabeza a modo de confirmación; Kakita Chikuma se había teñido su largo pelo blanco y lo había trenzado a la manera de la actual moda veraniega, e incluso en la suave luz del crepúsculo su belleza hizo acelerar el pulso de Reju. “Ellos tienen poca influencia de momento, pero eso puede cambiar. Por ahora, su propio daimyo les presta poca atención, prefiriendo someterse a las decisiones del Hantei antes que oponer un frente unido.”
“No podemos confiar en que esto permanezca así,” dijo Reju de manera concisa. “Este asesino elogia sus preocupaciones, y no sabemos cuanto saben estos Imperialistas.”
“Saben lo suficiente para ser peligrosos, Reju-san,” dijo serenamente la Kakita, “aunque no comprenden lo que ven. Hasta ahora los tres clanes han logrado operar por separado…”
El Maestro de los Secretos bajó su mirada y observó la oscuridad. “Pero si pretendemos ocuparnos de este asesino, ese puede no ser más el caso.”
Chikuma asintió al Campeón Escorpión, con su largo cabello danzando mientras se movía. “Cierto. Lord Raigu cree que hay significativos recursos siendo usados para favorecer a esta persona. Requerirá más que buscar por la ciudad…”
“Y sin embargo tu señor continua malgastando su tiempo.”
Sus pálidos ojos verdes se deslizaron sobre el enmascarado escorpión, calibrándolo, y por un momento Reju pensó que la Consejera replicaría con algo más que palabras. La voz de Chikuma estaba controlada y acortada mientras decía, “Él procede así porque obstaculiza los movimientos del asesino, y previene las muertes de sus presas.”
“Entiendo que le dais poca importancia a las vidas de otra gente, Atsuki-sama, pero esos objetivos son nuestros aliados… y nuestros amigos.”
* * *
Se estaba volviendo difícil.
Mochiko no había pensado mucho en las redadas cuando comenzaron; eran sencillas de evitar, requiriendo solo un poco de paciencia y tiempo. Pero ahora, mientras sacaba lentamente su espada del cuerpo de su objetivo, la samurai-ko era más consciente de la amenaza que representaba el plan de Raigu.
Era sabido que el Campeón Esmeralda sabía que el asesino fue un samurai; un samurai que podía matar como el rayo y resistir dolor, incomodidades y heridas profundas. Lo que pretendía el plan de Doji Raigu no era un golpe como en Iaijutsu, si no una larga y abierta guerra de desgaste.
Su mano se deslizó hacia su pierna izquierda, donde el bushi la había herido con su espada.
Había sido bueno.
Durante las primeras semanas había sido fácil encontrar descanso y curación; los templos de la ciudad habían florecido bajo Hantei Kusada, y en las Aldeas había muchas posadas con las puertas abiertas. Ahora, mientras la asesina cojeaba lentamente hacia las sombras, no podía pensar en un sitio seguro donde pasar la tarde… los magistrados merodeaban la ciudad sin descanso, y un lugar que era seguro un día podía significar la muerte segura al siguiente.
Fue por ello por lo que Mochiko se sentó en las ruinas de un templo caído, vendando su reciente herida en silencio y luchando contra la necesidad de dormir. Se arriesgaría al aire abierto del verano, en vez de atraparse ella misma en alguna casa estrecha o algún agujero en un callejón.
“¿Duele?” preguntó suavemente una voz.
Mochiko se erizó, luego bajó sus ojos. “Estoy demasiado cansada como para que duela… Apenas lo siento.”
Katai salió de las sombras preocupada, con la parafernalia de un mercader itinerante escondiéndolo todo de la preocupada cara de la ronin. Se acercó y se arrodillo al lado de la antigua Matsu, dándole un trago de agua fresca y luego vertiendo una poca sobre su pierna ensangrentada.
“Esto debería verlo un médico,” dijo la pequeña samurai-ko, examinando la herida de espada.
“¿Hay algo de Eirin?” Preguntó sin darle una réplica.
Katai asintió, quitándose su sombrero y sacando un papel oculto en el tejido. La ronin le entregó la nota y pasó una mano sobre su corto cabello. “Deberías dejar la ciudad por un tiempo, Mochiko. Se está poniendo más difícil, incluso el seguirte. Llevó tres días…”
De nuevo, ella ignoró a la pequeña mujer, sus ojos fríos tras su pelo teñido de rojo. “Esto es de Inosenko, Katai…”
“Sí,” dijo mientras se arrancaba una tira de su kimono para producir una venda casera, “sus cartas nos siguieron hasta el Paso Beiden. Aparentemente aún oye mucho sobre cosas como los “Imperialistas” y todo eso. Me imagino que quiere ayudarte…”
Mochiko no dijo nada, leyendo silenciosa entre líneas.
“Las cosas se van a volver pronto más sangrientas, Katai.”
“Shiba Gaijushiko está regresando a Otosan Uchi.”
* * *
Desde los puertos Shiba eran tres semanas hasta las orillas de Otosan Uchi; pocos viajeros se arriesgaban a un viaje marítimo tan largo, particularmente ante la costa rocosa Fénix. Aquellos que hacían el viaje a menudo eran hombres que manejaban sus mercancías entre el lejano norte y la Ciudad Imperial; y donde había mercaderes, había guardas preparados.
Guardias que a menudo encontraban que sus habilidades quedaban sin uso entre el vacío horizonte de aguas azules, y pasaban su tiempo entre violentas tormentas.
El samurai estaba sentado con su espalda apoyada en el mástil del pequeño barco, con sus brazos recogidos y su cabeza inclinada, como si durmiese. A primera vista, parecía bastante ordinario, con un sencillo peinado y con su rostro oculta tras una corta barba. Pero descansando sobre su hombro se hallaba una extraña arma, con tres brazos extendiéndose del eje central como una cruz ante el sol.
Era esa lanza larga lo que llamó la atención de los hombres; observaron al bushi durante un momento, pero pronto se cansaron de ese juego. “Hey, samurai,” le llamó bruscamente uno de ellos, “¿Que clase de arma es esa de ahí?”
“¡No es un arma, Goro! ¡El bastardo robó la mitad del arco torii de alguien!”
“No os burléis del palo del samurai,” se mofó alegremente otro. “Podría retaros a un duelo.”
Cuando el no respondió, el pequeño grupo siguió presionándolo de cerca, su líder observando al hombre sentado a través de unos ojos estrechos. “¿Un hombre con tan extraña arma, puede que para asustar a la chusma? Nunca había visto una lanza como esa… ¿puedes usarla o es solo para enseñarla?”
Un par de ojos se elevaron para mirar al orador, su frígida naturaleza haciendo retroceder al líder. El samurai se levantó lentamente, su pequeña y delgada figura concentrada y silenciosa mientras se movía.
“Preguntasteis acerca de mi arma,” dijo simplemente, “pero el yari de un samurai no es para enseñar. Para demostrároslo debería mataros con él.”
Esos ojos de depredador, tan extraños en una cara tan casual, se deslizaron sobre los guardias. “¿Deseáis verlo?”
* * *
Todo ocurrió durante un movimiento del barco en el agua, acompañado por el sonido de un kodachi siendo desenvainado. El pequeño samurai giró el largo eje de su arma con un movimiento de torsión, elevando bruscamente la parte final de su yari para aplastar la mandíbula de su atacante.
Mientras el hombre se tambaleaba, todos los ojos se fijaron en el arma del bushi, ya que el movimiento había sacudido las vainas de sus tres finales, revelando unos filos brillantes a la luz del sol de mediodía. Continuando con su movimiento giratorio, el samurai bajó y extendió su lanza, acuchillando con sus filos justo por debajo de su brazo.
Un golpe y el guarda estaba muriéndose, empalado en la más larga de las tres hojas.
Un hombre maldijo en voz baja mientras el sorprendido grupo se echaba atrás de repente, con sus manos asustadas dejando caer dagas y espadas. El delgado samurai levantó sus ojos para seguir la sangrienta mancha que estropeaba la hoja central de su arma. Permaneció allí durante un largo momento, observando la sangre deslizarse desde su hoja. Levantó la vista, despacio, como si tuviese la certeza de que su audiencia se había ido.
Otra larga y feroz mirada y sí que se fueron.
El resto del viaje transcurrió en silencio, con los pasajeros observando nerviosos al samurai, mientras él lavaba su yari cruciforme en el mar. Cuando el barco alcanzó los puertos de la Ciudad Imperial todos los mercaderes desembarcaron apresurados, impacientes por manejar sus fortunas lejos del portador de la extraña hoja.
De pie entre los marineros y guardias que se iban se hallaban cuatro Magistrados Esmeraldas, sus lealtades mostradas abiertamente por sus jitte y sus insignias de jade. Mientras el samurai bajaba por la pasarela con la lanza apretada sobre sus pequeños hombros, los cuatro hombres se inclinaron profundamente ante él.
“Soy Doji Tenshu,” dijo educadamente uno de los magistrados, con su larga coleta ondeando al viento del mar. “Apreciamos vuestra rápida llegada. ¿Vuestro nombre?”
“Shiba Honkai,” replicó calmado el hombre, con sus ojos deslizándose hacia delante y hacia atrás entre los cuatro hombres. Ajustó su agarre sobre el yari antes de continuar.
“Hatamoto de Shiba Gaijushiko, enviado aquí a su orden.”
Tenshu se inclinó profundamente ante el maestro lancero. “Sígame, Honkai-dono. Vuestros deberes aguardan.”

El retador ha llegado…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Lun Jun 14, 2010 5:42 pm

Pasiones
Capítulo 20



“Cuando el enemigo nos cargue con urgencia y fuerza, dejadle pasar.” - “Niten” de Mirumoto

El camino que llevaba a las propiedades del Campeón Esmeralda era ancho y estaba bien cuidado, cruzaba las calles de la Ciudad Imperial donde la línea de la costa se encontraba con el mar. Mientras se movían, los cuatro magistrados se aseguraban de darle a su protegido un amplio espacio entre la calle abarrotada, aunque muchos echaron un vistazo al arma del hombre y simplemente se alejaban.
“Habéis escogido una buena época para venir a Otosan Uchi,” dijo Doji Tenshu al Shiba mientras lanzaba una mirada hacia el hombre severo. “El verano es una estación tan hermosa en los jardines del Emperador; cuando matéis a este asesino, puede que el Campeón Esmeralda os honre con un banquete.”
“Todos hemos oído de vuestro valor,” añadió otro de los magistrados grulla, un hombre delgado que se había presentado simplemente como Yashio. “Vuestra fama se expande incluso en la Corte del Emperador.”
“¿Qué sabéis de este asesino?” La voz de Honkai era más severa de lo que los magistrados habían esperado del joven bushi, pero tras oírla, Tenshu cambió inmediatamente a una cara más seria y concentrada.
El Doji continuaba caminando mientras hablaba, con su voz entrenada lo suficientemente elevada lo justo para que llegase a su pequeño grupo. “El asesino es una mujer.”
“¿Una mujer?” La voz de Honkai mostró su propia y genuina sorpresa.
Tenshu asintió. “Y hay más. Nuestros shugenja han hablado con algunos de los espíritus de las víctimas, y Lord Raigu ha examinado los cadáveres de aquellos a los que el asesino ha matado. Nuestro enemigo es un estudiante de la Matsu Ryu…”
Honkai no replicó nada ante las declaraciones de la grulla, prefiriendo tratar el asunto en su propia mente. En muchas maneras esto haría su trabajo más simple; las samurai-ko no eran algo común entre los samurai imperiales, quienes deseaban que sus mujeres fuesen bonitas, finas y débiles. Una estudiante de los Matsu debería haberse destacado rápidamente ante el Campeón Esmeralda…
Pero esta era una Matsu inusual, poseyendo un sigilo y una sutileza extraños para su familia.
“…algunos incluso creen que hay una revuelta en ciernes.” El tono zumbón de Tenshu apartó al Shiba de su subconsciente, llamando su atención con horribles palabras. “Y que la asesina es una Imperialista, preparando el camino con sangre.”
“Eso hace las cosas más difíciles para mi,” replicó Honkai . “Soy un guerrero, Tenshu-san, no un político.”
Doji Tenshu simplemente sonrió al Shiba. “No os preocupéis, Honkai-dono. Estoy seguro de que vuestro señor se encargará de esas cosas.”
* * *
Una de las primeras cosas que un cortesano aprendía a observar era la apariencia de una persona; decía mucho de la situación el mirar bien como un samurai entra en una habitación. Shiba Gaijushiko salió de su palanquín con una mirada severa y una sonrisa. Echó un vistazo a las torres, y luego a los cielos, como si buscase algo entre la parte más azul.
El Campeón del Clan Fénix volvía al juego con una nueva fuerza, y con él llegaba la pequeña figura del próximo Hantei.
Kakita Chikuma se inclinó profundamente ante el Escriba Imperial mientras avanzaba, con su pequeño estudiante siguiendo los pasos del hombre con una increíble compostura. La grulla estaba asombrada por el nivel de control y entendimiento que veía en los ojos del pequeño; gracias a su sonrisa, Gaijushiko se dio cuenta, y estaba complacido.
“Ha pasado mucho tiempo, Chikuma.”
Ella se inclinó una vez más. “Justo sobre un año, mi señor Gaijushiko.”
Él se volvió hacia uno de sus asistentes y les ordenó que llevasen al joven príncipe a sus habitaciones; Chikuma notó que no dijo nada concerniente al padre del niño, y supuso que a Kusada no se le permitiría estar cerca del pequeño. “Ha crecido mucho en poco tiempo,” dijo la Consejera Imperial mientras lo observaba. “Me maravilla ver tanta gracia en una figura tan diminuta.”
“Porta una pesada carga, Chikuma,” dijo el Shiba con una mirada anciana en los ojos. “Él lo entiende, incluso ahora.”
“Todavía es un niño, y solamente acaba de ver llegar su segundo otoño. ¿Cómo podéis cargarlo así?”
Gaijushiko observo a la cortesana con otra cálida sonrisa. “A veces olvido que eres una mujer, por lo bien que escondes tu corazón. Pero entiende que le enseño como lo hago por una razón… porque podemos no estar ahí cuando nos necesite, Chikuma, y el Imperio debe resistir después de que nos hallamos ido.”
“Ven,” continuó, “y tratemos este nuevo problema tan pronto como podamos. El príncipe pronto esperará sus lecciones.”
“No parecéis preocupado por este problema, Gaijushiko-sama. ¿Debo creer a mis fuentes cuando me dicen que vuestras piezas ya están en juego?”
El anciano observó a la Consejera Imperial durante un momento, sus ojos convertidos una vez más en los tristes objetos que ella había llegado a conocer. “Ojalá no tuviésemos que enfrentarnos a la carga que suponen estos así llamados Imperialistas, Chikuma. El Imperio no puede ser servido a través de este baño de sangre.”
“Debemos acabar con esto, y pronto.”
“¿Los Imperialistas o el asesino, Gaijushiko-sama?”
“Primero el corazón, Chikuma. Luego la espada.”
* * *
Le llevó un poco de trabajo el perderse en los bajos fondos, pero Otosan Uchi era como cualquier ciudad, y cuanto más brillaba, más tenía que esconder. Mochiko no se preocupaba demasiado por la compañía de criminales y de adictos al opio, pero sus opciones eran limitadas… el lado oscuro del Imperio sufría tanto como ella por la cruzada de Raigu, y por ello ellos constituían un lugar adecuado donde esconderse.
Adecuado… pero nada más.
La ronin encontró a Yasuki Eirin sentado en compañía de una de las muchas mujeres que llenaban esta supuesta posada. Observando al mercader con sus elegantes ropas, la bushi consideró estrangularle por buenas razones… a él o a su esbelta, bonita, vulgar y joven chica.
“Tú no lo apruebas,” observó el hombre mientras despedía a la prostituta, sonriendo con satisfacción mientras fingía un pequeño puchero. “Solo trato de amoldarme al entorno… No le haría ningún bien a un miembro del Clan Cangrejo el ser visto en un sitio así.”
Mochiko no dijo nada, dejando su daisho encima de la mesa que la separaba del cangrejo. Echó una mirada alrededor de la sala abierta y luego al Yasuki de cara redonda, repugnada ente lo libremente que él se sentaba entre la corrupción y el vicio. “¿Supongo que esta es tu idea de un punto de encuentro? ¿Escondido entre borrachos y putas?”
“¿Qué mejor lugar para esconder a un respetable mercader?” le preguntó. “Seguramente nadie admitiría haber estado aquí, mucho menos haber estado aquí el tiempo suficiente para ver a alguien más.”
Resistiendo la necesidad de asentir, Mochiko se quitó su kasa estropeado, lanzándolo al suelo con una mano cansada. La suave cara de Eirin trabajó duramente para no retroceder ante el rostro de la ronin. “¿Quién te hizo esto?”
Ella sabía lo que estaba viendo, y a pesar de ella misma Mochiko se sonrojó ante la visión. Tras su cabello rojo, la cara de la ronin estaba hinchada y ennegrecida todo a lo largo de su lado derecho, y ambos ojos tenían profundas ojeras procedentes de la falta de sueño. Eran las marcas de su último asesinato… El Shiba había sido duro de matar.
“No es nada,” le dijo Mochiko. Su tono no daba pié a decir nada más.
“Estás exhausta,” dijo tras un momento, sirviéndole a la ronin una copa de sake, el cual se lo tragó rápidamente para evitar el sabor amargo. “Esta búsqueda en la ciudad se ha prolongado por semanas, y a pesar de sus fallos parece que el Campeón Esmeralda no está descorazonado en absoluto. He estado preocupado por que esto sea demasiado para que lo manejes tú sola.”
“¿Es por eso por lo que estás en la ciudad?” Preguntó con burla Mochiko. “¿Preparado para ensuciarte las manos?”
Él sacudió su cabeza. “No. Sabes que no soy un guerrero, pero ahora que estoy aquí puedo proporcionarte cosas más importantes que otra espada…”
Eirin se levantó sonriendo. “Mi familia posee una casa en este distrito, Mochiko.”
Ante la idea de pasar una noche lejos de los piojos y la basura, todo pensamiento de seguridad y cautela abandonó la mente de la ronin.
* * *
Eirin no era el tipo de hombre hecho para soportar grandes cargas; toda su estructura se sacudía con esfuerzo, mientras abrazaba la tambaleante figura de Mochiko. “Me cuesta creer que no puedas aguantar el sake,” gruñó el cangrejo, con cuentas de sudor llenando sus mejillas regordetas mientras luchaba con la linterna en su mano libre.
Debajo de su kasa, la samurai-ko no dijo nada, su mano pendiente aferrada a su espada larga. Los dos habían estado tambaleándose calle abajo durante lo que parecía una eternidad; Mochiko sentía un dolor agudo con cada movimiento, que la apuñalaba con cada sacudida.
Se preguntaba que era más embarazoso: mentirle a Eirin sobre lo que había bebido, o admitir ante el Yasuki que simplemente no era capaz de caminar más. Cualquiera parecería una burla a su fortaleza, pero a pesar de los vendajes de Katai, la herida de la pierna había ido a peor.
Además, admitió con remordimientos, ya era tiempo de que él ayudase en algo con la carga.
Ella los sintió antes de que el camino de Eirin se congelase de pronto; el Yasuki inhaló de manera cortante, con sus ojos negros observando la estrecha calle. Levantando su cabeza, la asesina sintió tres figuras medio ocultas en la oscuridad; vestidos con unos kimonos horriblemente estampados, bloqueaban el camino del dúo con cuchillos desenvainados.
Hombres del fumadero de opio, advirtió Mochiko ácidamente. Vulgares matones que nunca en sus vidas ofenderían a un samurai, a no ser que se lo encontrasen borracho o desarmado.
“Déjame… ir,” le dijo toscamente a Eirin, observando como los aspirantes a héroes avanzaban sobre sus presas.
Sería un error que lamentarían durante mucho tiempo.
Cuatro alientos sobresaltados, para ser precisos.
* * *
Las pisadas arañaban la calle vacía bajo la luz de la luna, convergiendo sobre el reflejo de la sangre. Avanzando con una mirada vacía, el Shiba se arrodilló ante la carnicería. Los ojos de Honkai se deslizaron arriba y abajo sobre los tres hombres como un artista observando un lienzo.
Sonrió. “Matsu Ryu. Desenvainado de mano inversa.”
Como si las palabras del hombre fuesen un catalizador, una linterna parpadeó apagándose en algún lugar de la calle vacía, dejando a Honkai escuchar el sonido de una puerta que se cerraba. Durante un buen rato, el Shiba se quedó allí entre los cadáveres y considerando el negro sendero que tenía delante. Una larga línea de casas adosadas se extendía tan lejos como la vista del samurai pudo mostrarle, sus colores lavados limpiamente por la luz de la luna silenciosa.
Sacudiendo su cabeza con una sonrisita, Shiba Honkai se llevó su lanza a los hombros de nuevo. Alejándose de los muertos sin ningún otro movimiento, el samurai desapareció, sus pasos retrocediendo una vez más dentro de la noche.

En otro momento
"La genialidad no es más que la locura revestida de triunfo"

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