El primer Gozoku: Libro 3º

En rokugan hay muchas tradiciones, y detalles que aprender.<br>¿Que mejor que hacerlo de la mano de uno de los maestros?.
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Kakita Koji
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El primer Gozoku: Libro 3º

Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:49 pm

Regalos y Favores
Capítulo 21



“Un hombre se sentirá obligado por todo lo que le has dado.” - “Mentiras” de Bayushi

“Todavía estoy insegura sobre lo que Lord Gaijushiko planea hacer para tratar con este asesino,” admitió Kakita Chikuma tranquilamente, con sus manos suaves doblándose ligeramente para verter té. El líquido se arremolinó hasta llenar la copa casi instantáneamente, con sus delgados zarcillos de calor calmando el frío aire de la mañana.
Doji Raigu no dijo nada mientras escuchaba a la Consejera Imperial, con sus oscuros ojos observándola mientras vertía para ella misma el té. A pesar de que no era una maestra de la ceremonia, la elegancia y belleza de Chikuma eran difíciles de pasar por alto; él aceptó la bebida reverentemente, sorbiéndola y observando los jardines cercanos.
“Ha pasado mucho tiempo disfrutando de los trabajos recientes de los artesanos. El joven príncipe le acompaña constantemente,” añadió ella, parándose lo suficiente como para dar un delicado sorbo a su taza. “No parece preocuparse por que el asesino actúe en general.”
“Este asesino no es el verdadero problema,” dijo el Campeón Esmeralda.
“Raigu-sama, ¿qué queréis decir?”
Doji Raigu bajó su copa gentilmente, permitiéndole a Chikuma servirle un poco más de té. “Mi padre era un habilidoso guerrero, Chikuma-san; mató a muchos miembros del Clan Cangrejo en batalla y en duelos. Sin embargo, al final, los traidores Yasuki permanecieron sin castigo… ¿por qué piensas que ocurrió?”
Ella levantó la mirada hacia el Campeón Grulla, sin ver nada más que la verdad en sus ojos. Raigu continuó, “Mi padre era un hombre de acción, pero las guerras son ganadas con ideales. Para la Grulla, no había nada por lo que creer en la manera en que mi padre luchaba. Vieron a los Yasuki por lo que realmente eran, y ya no querían nada más de ellos.”
Chikuma asintió lentamente. “Así que, debemos encargarnos de los Imperialistas antes que con el asesino…”
“Eso es precisamente lo que creo que intenta hacer Gaijushiko.” Raigu vaciló por un momento, perdido en sus pensamientos mientras tomaba su té. “Sin embargo, hay algo que puede ayudarnos, alguien que él no considerará.”
La Consejera Imperial asintió, comprendiendo al instante lo que significaban las palabras de su señor.

* * *
Las vigas de la casa se fueron definiendo lentamente, como si los ojos de Mochiko necesitasen tiempo para recuperar su fuerza. Moviéndose en su sitio, la ronin hizo una mueca, sintiendo una rigidez en su pierna mientras se volvía de lado. Ella no reconocía este lugar como algo familiar… pero al menos no era una celda.
Sentándose con otro gruñido, Michiko observó la habitación a través de largas tiras de pelo rojo, estudiando los vendajes limpios que envolvían su pierna desnuda. El daisho de la ronin estaba apoyado en una esquina, y el único sonido en la pequeña habitación era el repiqueteo de las cuentas contra la funda de madera.
Una puerta se abrió y la samurai-ko se tensó por un momento. Yasuki Eirin le ofreció una nerviosa mirada mientras entraba, con su cara redonda revelando su sorpresa.
“Sintiéndote mejor, ¿verdad?”
Mochiko buscó a través de su kimono más cercano por su kiseru, ignorando al mercader mientras tomaba asiento cerca de la pared. “No te ofendas, Eirin, pero este lugar es una mierda, y teniendo en cuenta los lugares que he visto eso significa mucho.”
“Lo siento,” replicó suavemente el Yasuki. “Mi familia posee esta serie de casas; me figure que llamaría menos la atención que algo más bonito. Además, no podía llevarte a cuestas mucho más.”
Ella asintió, aún buscando a través de sus ropas dobladas. “Me imagino que me desmayé.”
“Después de que matases a nuestros atacantes,” dijo Eirin, sacando la pipa de la ronin, quién se la arrebató inmediatamente. “De hecho, me sorprendisteis, luchando tan bien con una herida así. Incluso les pateaste durante un rato antes de desplomarte…”
“Soy una León,” dijo de manera cortante. “Sobrevivir a la batalla es a lo que nos enseñan a hacer.”
Mochiko miró a los vendajes de nuevo. “¿Hiciste tú esto, Eirin?” Él asintió y ella soltó una risotada. “Nunca pensé que alguien como tú pudiese tener alguna experiencia en este tipo de cosas; ¿son los mercaderes entrenados en medicina de campaña?”
“Los mercaderes cangrejo sí. Mi madre era una Kuni,” explicó. “En el sur, todo el mundo lucha. Aquellos que no pueden luchar atienden a los caídos.”
“Puedo respetar esa mentalidad. Y me imagino que te debo una,” dijo mientras se ponía su kimono sobre su cuerpo. Cogió su katana, atándola en su obi mientras se levantaba. “Debería ponerme en marcha de nuevo. He perdido un par de horas…”
“Estuviste durmiendo durante casi dos días.”
Mochiko se paró, estudiando durante un segundo al cangrejo, buscando en la redonda cara de Eirin una mentira. A pesar de que no encontró ninguna, la ronin seguía sintiéndose cansada hasta la médula. No era el tipo de cansancio que podía solucionarse con un largo sueño; se filtraba en su cuerpo, sobrecargándola como una piedra.
“Me voy. Estaré en contacto.”
* * *
“Mi pregunta es sencilla: ¿porqué acudes a mí?”
Kakita Chikuma parpadeó ante la pregunta; la había esperado, pero a veces le tocaba fingir sorpresa y alabar la “previsión” de su objetivo. De pié en el jardín vestida en azul y dorado, la Cortesana Imperial se permitió una genuina sonrisa. “Por que sé que hay ciertas cosas que solo un Emperador puede hacer.”
Hantei Kusada se volvió para mirar a la representante Gozoku por encima de su hombro derecho, el movimiento velado durante un breve momento por el vaivén de su largo pelo. El Emperador escrutó su rostro buscando falsa sinceridad, pero incluso si esta existiese, ella sabía que no la vería.
“¿Que pretendéis que haga, Chikuma? Estos ‘Imperialistas’ no son más sirvientes míos que tuyos. Sirven a su propio honor…”
“Pero os escucharán.” Dijo la Kakita, suplicante. “Sé que no estáis de acuerdo con lo que ha echo el Gozoku al Imperio,” admitió, vigilando su expresión. “He visto que os duele, el saber lo que ellos… no, lo que nosotros hemos echo con vos.”
Kusada se encaró con la grulla, pareciendo apenarse por ella incluso mientras consideraba sus propias cuitas. “Y sin embargo todavía pedís más de mí…”
Ella asintió. “Os he observado durante mucho tiempo, Hantei Kusada. Conozco la clase de hombre que sois y la clase de hombre que no sois.”
“No dejéis a los Imperialistas y al Gozoku destruir el Imperio.”
“El poder para parar este conflicto es vuestro.”
Kusada se detuvo, sorprendido por lo que la cortesana estaba diciendo. Miró a Chikuma en completo silencio durante un momento, su pálido rostro sin cambiar en absoluto. La Kakita sonrió, inclinando su cabeza y acercándose al Emperador, permitiéndole encontrarse con sus pálidos ojos verdes.
“Toda vuestra vida habéis sido controlado, Lord Kusada. Incluso nosotros no sabemos el tipo de líder que podríais llegar a ser.” Sus ojos eran hermosos, pero cuando miraba al Emperador, podía ver la tristeza que había visto hacía tantos meses. “Ahora os damos esa oportunidad.”
“Dad la orden. Parad el derramamiento de sangre. Sois el único que puede.”
El Hantei sonrió cálidamente a la Consejera Imperial, sorprendido por lo que había oído. “Esperaba oír demandas y órdenes de tus maestros; estaba preparado para soportar el impacto de cualquiera de sus palabras. Ya había decidido oponerme a los deseos del Gozoku en esto…”
El la miró. “Pero estaba equivocado. Las vidas de las personas son más importantes que las metas de tanto el Gozoku como de los Imperialistas.”
“Hablaré con ellos, Chikuma. Por ahora, les haré ver.”
* * *
“Mientes más convincentemente de lo que incluso yo soy capaz. Es un maravilloso talento el que has cultivado, Abanico Negro. Estoy seguro de que vuestro señor estará complacido.”
Kakita Chikuma se giró hacia una esquina del jardín, donde Bayushi Atsuki se sentaba quedamente, con su oscuro kimono añadiendo sombras al aire iluminado por el sol. Levantando la vista de su libro, el Maestro de los Secretos le ofreció a la cortesana que se aproximaba una ligera sonrisa, con su actual mascara de blanco ofreciéndole a ella una visión de su sonrisa torcida.
“Pensaría que no creéis en nada,” dijo la Consejera Imperial con una mirada fría.
“Creo en resultados, los cuales has aportado,” replicó impasible, dejando su libro para estudiar a la grulla con aquellos estrechos y negros ojos. “Ninguno de nosotros podría haber cambiado la opinión de Kusada. Como he dicho, habéis hecho un servicio con vuestras palabras…”
“Pero sería precavido antes de revelar demasiado de vuestro corazón.”
Kakita Chikuma permaneció allí pensativa durante un momento, considerando al Campeón Escorpión como si tratase de decidir lo que él verdaderamente deseaba que viese. Él podía ver a su aguda mente envolviéndose en sí misma alrededor de sus filosofías… Ella las buscó, buscó con fuerza… y luego las dejo ir.
Ellos nunca estarían de acuerdo sobre el futuro de Rokugan. No importa el campo.
Volviéndose hacia el palacio, el Abanico Negro le dio una última mirada al Maestro de los Secretos. Sus ojos verdes brillaban con pasión, y cuando habló, lo hizo con coraje y autoridad. “Os dije una vez que siempre serviría al Imperio, Atsuki-sama. Quise decir eso… y yo no sirvo con palabras vacías.”
“Lo que le dije a Kusada, lo hice aparte de los deseos de Lord Raigu de acabar pacíficamente con este conflicto, y la emoción que le mostré era verdadera.” Se alejó, caminando tranquilamente hacia la luz del atardecer.
“¿Y como lucharás por algo en lo que no crees, samurai?” le preguntó, paralizando a Chikuma con el veneno en sus palabras.
Se volvió una última vez, mirando a la oscura y silenciosa forma de Atsuki. Durante largo rato, los dos se miraron mutuamente en silencio, demasiado conscientes de la naturaleza del otro como para tener miedo y demasiado sabios como para no ofrecer alguna muestra de respeto.
Al final, Kakita Chikuma no tenía respuesta para la pregunta de Atsuki. Volvió al castillo, dejando solo silencio en el aire del jardín. El Maestro de los Secretos la miró irse con una sonrisa, contemplando el futuro con sus ojos, complacido con lo que estaba aún por llegar.
* * *
Así, otro año cerró su círculo en el Imperio Esmeralda, lleno de sutiles maquinaciones y de guerras susurradas y encubiertas. La Corte de Invierno se celebró en Shiro Akodo, donde Hantei Kusada pidió a los imperialistas que contuviesen sus manos. A pesar de que muchos entre los clanes Cangrejo y León creían que el Campeón Esmeralda había presionado al Emperador, la mayoría se inclinaron ante sus deseos de un final del creciente conflicto.
Al verano siguiente Shiba Gaijushiko cimentó la paz usando a los artesanos del Imperio para celebrar la Gloria de Rokugan, volviendo los ojos de los samurai a su deber para con la tierra y su gente, mientras su juramento a Hantei permanecía tranquilamente oculto. El título de imperialista quedó relegado a través de estas maquinaciones, aunque el Gozoku sabía lo suficiente como para creer que habían visto a tales ideales ser destruidos de verdad.
Y en Otosan Uchi, los asesinatos continuaron, su efectividad ligeramente constreñido por las estrechas guardias de los Magistrados Esmeralda. Llegó a ser algo habitual escuchar la muerte de un magistrado o diplomático a manos del siniestro monstruo.
Así el Imperio resistió tanto la sangre como la violencia, hasta el verano del decimosegundo año de Hantei Kusada…
El equilibrio cambia…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:49 pm

Espadas Cruzadas
Capítulo 22

por Kakita Brent y Mirumoto Chris

Traducido por Akodo Dani


“En la espada, puedes encontrar la verdad.” - “Ken” de Kakita

Le había llevado más de un año a Eirin el prepararlo, comprando lo que era necesario con promesas, secretos y mentiras. El Yasuki se movía despacio a través del vientre de la Corte Imperial, consciente siempre que estaba siempre vigilado por ojos cautelosos.
Todo el poder de los mercaderes Yasuki estaba ahora con él, y sería un tonto quién creyese que tal poder pudiera ser completamente discreto, apartado. Y por eso él adulaba y hacía regalos a los miembros del Gozoku a los que era capaz, jugando con sus fortunas para mantener sus miradas fijas en otro lugar.
Así fue como el mercader cangrejo fue invitado a la residencia privada de Doji Tenshu, el magistrado actualmente designado para encargase de los enemigos de la Ley del Emperador. Mientras estaba allí, Yasuki Eirin hizo muchas observaciones, y se dijo que se había disfrutado enormemente de su visita.
Después de eso, fue algo simple el organizar una fiesta.
Era sabido que todo el mundo que era alguien estaría allí.
* * *
Las cartas de Inosenko siempre se las arreglaban para encontrar a Mochiko; venían de varias fuentes, portadas por un monje, un campesino, o a veces Katai. Nada de lo que escribía la mujer tenía algo que ver con ayudar en los asesinatos; la ronin sabía por el tono formal que las cartas eran en honor de una antigua amistad, una que terminó hacía ya tiempo.
Era una noble manera de preservar el cuerpo, incluso a pesar de que contuviese un alma caprichosa.
Esta noche, sin embargo, Mochiko no deseaba pensar sobre cosas como la amistad y el honor; se concentró solo en su misión, como un tigre acechando a su presa. No era algo sencillo navegar en las calles de Otosan Uchi justo a las afueras de la casa de un alto magistrado, especialmente en la noche de una fiesta donde la zona estaría llena de nerviosos yojimbo y ojos desconfiados.
No necesitaba a Inosenko para advertirla de los peligros de esta noche.
Abriéndose camino hasta el muro que marcaba el jardín este, la ronin se deslizó sobre y dentro del juego. A su derecha Mochiko podía ver y oír los inicios de la gran fiesta de Tenshu, completada con bailarines y acróbatas y la risa educada de mentirosos profesionales.
Incluso el aire parecía cargado con belleza y maravilla, como si la elegancia y la gracia pudiesen ocultar la verdadera depravación del corazón del Gozoku.
Pero mientras los jardines sur fueron preparados para el entretenimiento, era el jardín este el que contenía los mayores esplendores en la casa del Doji. De pie frente a un estanque reflectante perfectamente limpio la asesina asintió una vez más ante la sabiduría de Eirin; este sería el sitio para esperar a los incautos.
Esta noche no sería la sangre de políticos o dignatarios menores.
Esta noche, Mochiko le prometió a su katana, probarás verdadera sangre Gozoku.
* * *
“Parece que habéis prosperado mucho desde la última vez que os vi,” dijo el pequeño cortesano con serenidad, con sus ojos oscuros sin mostrar ninguna sonrisa. “Todo este tiempo gastado en las Cortes Imperiales, Eirin… es afortunado que el Clan Cangrejo os permita tanto tiempo para gastar.”
Vestido con ropas de etiqueta menos finas que el Imperial, Yasuki Eirin fingió educación mientras maldecía su suerte por segunda vez. De todos los Gozoku, solo Doji Raigu le disgustaba más que el rico Otomo; nunca había olvidado su intercambio durante la Corte de Invierno todos esos años atrás, y ahora era obvio que el otro hombre también lo recordaba.
Los ojos de Reju le decían claramente a Eirin que palabras estaban escondidas entre esas cortesías.
No confío en ti. Nunca lo haré.
“Mi clan siempre ha sido enemigo de la sociedad educada, Reju-sama,” dijo suavemente, “pero nosotros los Yasuki sabemos que no todas las batallas pueden ser ganadas solo con coraje y espadas.”
“Cierto,” el Otomo estuvo de acuerdo con una perfecta inflexión. “Uno puede necesitar subterfugio también.”
Eirin arqueó una ceja ante el comentario pero tras un momento decidió dejarlo pasar. Una lucha contra Reju no probaría nada al Gozoku esta noche.
No tenía sentido la adulación hasta que viese quién viviría y quién moriría.
Continuando su conversación con el educado y peligroso pequeño cortesano, Yasuki Eirin deseó poder ver caer al Otomo.
* * *
Hantei Kusada no había asistido, y se informó que la Consejera Imperial le asistía con “asuntos del Trono.” Pero a pesar de su ausencia, el Hantei había ordenado que se presentase su propia esposa, y entre las frescas bellezas de la Corte, la gracia de la Emperatriz brillaba aún más fuerte que antes. Flanqueada por su anfitrión y por Shiba Gaijushiko, Ayatsuro escuchaba educadamente los juegos que se celebraban ante ella, inclinándose graciosamente ante cumplidos y dejando pasar los cuchicheos.
Había muchas cosas que había aprendido a dejar pasar estos días.
Gaijushiko había enviado a su segundo hijo a la Grulla siguiendo las viejas tradiciones, y cuando Ayatsuro pensaba acerca de la más joven, su hija, la Emperatriz sabía que su futuro sería el mismo. Tras su “adopción” incluso a ella no se le había permitido hablar con su hijo mayor; en esto el Campeón Shiba se mostraba despiadado, y siempre que ella preguntaba solo esa determinación brillaba a través de sus ojos negros.
“Parecéis ansiosa, Lady Hantei,” comentó Doji Tenshu a su izquierda, llamando la atención de Gaijushiko de vuelta a su rostro. El magistrado grulla parecía realmente preocupado por ella; era sabido que la Emperatriz había sufrido por una enfermedad tras el nacimiento de su hija.
Ella sacudió su cabeza gentilmente, provocando dulces ruidos provenientes de los adornos de su largo cabello negro. “Os preocupáis demasiado en una noche tan maravillosa, Tenshu-san. Es solamente el calor lo que me molesta…”
“Puede que necesite un momento, alejada de las luces de estas linternas.”
* * *
Un famoso artesano grulla había creado el estanque reflectante, y un centenar de diminutos espejos esparcían la luz de luna a todas las esquinas del jardín despejado. A un lado, un pequeño banco de piedra ofrecía tanto sombra como comodidad a la cansada Emperatriz, quién suspiró mientras se hundía gentilmente en el asiento. Al lado de la Hantei, Doji Tenshu permanecía atendiendo a la dama, con su bella cara calentándose con los reflejos mientras sus duros ojos inspeccionaban la escena.
Sintió algo, en la oscuridad, justo más allá de su visión.
“Tenéis una bonita casa, Tenshu-san,” Ayatsuro dijo con una pequeña sonrisa, dejando que sus grandes ojos oscuros mirasen dentro de las profundidades del estanque. “Se siente tanta tranqui…”
Las palabras se congelaron en su garganta mientras ambos lo oían… el inconfundible sonido de una espada siendo desenvainada.
Había solo unos pocos segundos para reaccionar mientras el asesino se abalanzaba desde las sombras para golpearles; en ese momento Tenshu estaba gritando por sus guardias, y la Emperatriz se lanzó duramente a un lado. La espada de Mochiko golpeó al Doji lo suficientemente fuerte como para estrellarle contra uno de los árboles, con los segundos estrechándose mientras Ayatsuro miraba a la hoja ensangrentada.
“¿Quién eres?” preguntó, ignorando el creciente alboroto de la fiesta. Ayatsuro sabía lo que estaba a punto de ocurrir, y que esa ayuda no llegaría a tiempo.
Bajando su arma hasta apuntar a la Emperatriz, Mochiko no dijo nada, la luz de luna se esparcía desde el estanque y desde su katana, su fulgor enrojecido por las vísceras sobre la espada. El único sonido era el de la respiración, y el tintineo de las gotas de sangre sobre la piedra.
Ella se lanzó sobre la figura arrodillada con un gruñido, con su arma atravesando carne imperial…
* * *
Al llegar los soldados grulla a la escena, se congelaron en horror, siguiendo el camino de la espada del asesino con sus pálidos ojos. Mochiko miró despiadada a la silenciosa forma de su objetivo, observando como el caro kimono dorado se oscurecía mientras la sangre de la mujer empezaba a fluir. “Este es el precio de tu arrogancia, Gozoku.”
No estaba preparada para ver al Hantei levantar sus ojos. “Esto es tuyo.”
Mirando de nuevo a la sangrienta mancha en el kimono de la mujer la asesina trazó el camino de su espada con sus agudos ojos. Ella no se había dado cuenta del movimiento de la Emperatriz cuando la había alcanzado, pero ahora entendía lo que la Hantei había hecho.
“Usaste tu mano para desviar ligeramente mi ataque…”
Ayatsuro asintió, sonriendo ante la verdad de sus propias palabras. “Y ahora tu espada… está enterrada en mi carne.” La Hantei le dio a su atacante una mirada digna de un bushi. “Nunca la desenvainarás a tiempo… Aquí es donde mueres.”
Mochiko no sintió miedo a la muerte. “No moriré sola, Emperatriz.”
“No temo morir contigo, asesina. Estoy preparada.”
Luego llegó ese momento donde todos ellos tensaron sus cuerpos, con Mochiko observando con atónito respeto como la Emperatriz usaba toda la fuerza que le quedaba para cerrar sus pálidos dedos sobre la hoja de la espada ensangrentada. Tras ella, los grullas se movieron en un círculo para contener a la asesina... Mochiko los miró sombría, totalmente preparada para morir.
Mereció la pena, la ronin se mintió a sí misma mientras miraba al magistrado muerto y a la Emperatriz moribunda. Rodeándola estaban los guardias y sirvientes del Gozoku, con la sorpresa y el horror llenando sus ojos. Ella miró una vez más a la cara de Hantei Ayatsuro.
“Acabemos con esto.”

La hora ha llegado…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:50 pm

No Importa el Coste
Capítulo 23


“Mejor tener un cementerio lleno de enemigos muertos, que uno sólo y enfadado.” - “Mentiras” de Bayushi

Hantei Kusada miró a la ciudad eterna, su delgado kimono permitiendo al Emperador sentir el pesado calor en al aire veraniego. Incluso en las alturas de la capital el atardecer colgaba pesado como el aliento de un moribundo; Sintió escalofríos el hombre, cuando escuchó movimiento a su lado.
Deslizándose hasta el balcón como un fantasma en su blanco y azul, Kakita Chikuma sonrió con su pequeña sonrisa triste mientras el Emperador trataba de esconder su diminuto estremecimiento. “¿Como está mi hija?” Preguntó Kusada a la Consejera Imperial, haciendo lo mejor que supo por mantener sus emociones contenidas.
“Ella está durmiendo,” le dijo pausadamente la grulla. Vaciló, algo que ella rara vez hacía.
“Ya veo.”
Durante un momento, ambos estuvieron en silencio, mirando a la oscuridad de la noche. Ninguno de ellos tenía el corazón para las palabras que normalmente se dirían. Chikuma estaba segura de que Kusada ya sabía lo que estaba a punto de suceder.
Su hija de tres años había sido ofrecida a los Matsu como parte de una alianza con el Gozoku.
En poco tiempo los León estuvieron de acuerdo.
El Hantei miró a la Consejera Imperial, estudiando su belleza mientras ella miraba a la luna. Tras un momento, ella se giro para encarar al joven. “Lo siento, Kusada.”
Él simplemente asintió, alejándose de ella para mirar en la noche. “Lo sé. Tu nunca te casaste, Chikuma… a pesar de que sé que hubo muchos pretendientes de cada clan…”
La Kakita no dijo nada durante un momento, acariciando con sus pálidas manos el grano del pasamanos de madera. Cuando respondió, la voz de la Consejera Imperial sonaba preocupada, “No lamento la decisión que tomé. Había… demasiados deberes…”
“Te equivocas con mis intenciones,” dijo él, mirando a través de la ciudad hacia el océano. “Escogiste la senda correcta. Este mundo no es lugar para madres e hijas, no más que para padres e hijos. Si hubiese sabido como sería el dolor de perder mi propia familia, no hubiera escogido a nadie con quien compartir esta vida. Sería mejor estar solo, que conocer el amor y ver como te lo arrebatan.”
Chikuma observó entristecida al joven Emperador, como si buscase algo de acero tras sus palabras. Luego sonrió con aquella pequeña sonrisa triste. “Tened esperanza, Lord Hantei Kusada.”
Él miró a la luna. “Me temo que pronto la esperanza será todo lo que tenga.”
* * *
Ayatsuro podía sentir la vida alejándose de ella; podía verse a sí misma morir en el reflejo de los ojos negros de la asesina. Tras aquel pelo rojo la otra mujer estaba silenciosa, su propio aliento disminuyendo hasta casi la nada mientras se giraba para ver por encima primero de un hombro, luego de otro, calibrando la posición y las armas de los grulla.
“En el nombre de Emperador,” ordenó una profunda voz, “parad esto ahora.”
La asesina se volvió para enfrentarse cara a cara con Doji Raigu, con su pelo blanco echado hacia atrás y su kimono hilado en azules y verdes. Estando de pié, tranquilamente, dentro del alcance de la asesina, el Campeón Esmeralda analizó la situación con un barrido de sus oscuros ojos. Cuando habló de nuevo, fue con esa misma calma mortal, llena de confianza.
“Suelta a la Emperatriz y podrás irte.”
El silencio golpeó a la audiencia de repente, y Raigu levantó algunas miradas incluso de entre los guardias grulla. Mirando más allá del cuerpo de Tenshu la Emperatriz vio a Bayushi Atsuki alejarse de la escena en silencio; no podía ver a Gaijushiko, pero Ayatsuro sabía que no estaría complacido.
“¿Por qué me dejarías ir, por la vida de una persona? Mataré a más de vosotros,” la asesina siseó, apretando su mano sobre su espada. “¿Por qué no acabar con esto ahora?”
El agarre de la mujer sobre su espada se tensó aún más, causando en Ayatsuro una mueca de dolor.
El Campeón Esmeralda fue inamovible. “Tienes mi palabra, asesina. Libérala y podrás luchar otro día. Recházala, y te mato aquí mismo.” Tocó tranquilo la espada ancestral Shujuko, tomando una postura y apuntando a la garganta de la mujer.
“Los samurai no temen a la muerte,” dijo tranquilo. “Pero temen el fracaso. Cae aquí, asesina, y fracasa.”
Todas las bocas estaban silenciosas mientras la asesina recuperaba lentamente su katana, girándose hacia la oscuridad y desapareciendo rápidamente. Doji Raigu ordenó que los shugenja fuesen traídos inmediatamente, y Hantei Ayatsuro fue atendida, mientras el Campeón Esmeralda atraía la ira de los ojos de sus aliados…
* * *
“Eso fue estúpido, Raigu,” dijo Bayushi Atsuki enfadado mientras observaba a los shugenja atender a la Emperatriz inconsciente. “Ayatsuro no era tan importante. Ha hecho todo lo que podía con concebir un hijo. Esta asesina nos ha plagado durante años, y ahora pueden pasar más años de nuevo antes de que sea capturada.”
“Estoy de acuerdo con Atsuki,” dijo fríamente el Campeón Shiba, sin que ninguna expresión se reflejase en su rostro sin edad. “Ayatsuro le dio un heredero al Hantei. Su vida hubiese merecido la pena por la muerte de la asesina.”
“Vida en la muerte, Raigu,” le recordó Atsuki. “Conoces ese juego.”
El Campeón Esmeralda observó quedamente a sus compañeros, con su cuerpo cubierto por la sombra del árbol más cercano. Su voz era tranquila cuando habló. “No espero que ninguno de vosotros comprendáis esto. Ayatsuro no es un sacrificio. El Campeón Esmeralda protege al Hantei; el bushido no permite tales arreglos en el nombre de la justicia.”
Se mostró inamovible. “No volveré a hablar de este asunto.”
Tras su mascara de jade los ojos de Atsuki se entrecerraron en pequeñas rendijas de molestia. “Así pues, ¿qué harás para detenerla?”
“Todo lo que deba,” replicó el Grulla de manera cortante, señalando con un giro que la conversación había terminado. Mientras el Grulla se alejaba de los dos campeones, el Escorpión siseó molesto, observando la espalda del hombre con una inconfundible malicia venenosa mientras se alejaba.
“Es un idiota. Cegado por su orgullo.”
“Y sin embargo,” comentó Gaijushiko neutral, “preservó la vida de la Emperatriz.”
Las arrugadas manos de Atsuki se deslizaron a lo largo del borde de su elegante máscara, irritadas. “Una victoria vacía. ¿Nos libraron sus buenas intenciones de esta asesina, Gaijushiko? Raigu no está preparado para acabar con un asesino de esta clase; le llevará meses volver a tener una oportunidad para tomar su cabeza.”
“Los Imperialistas oirán esto, sin duda,” comentó Gaijushiko. “Debemos movernos rápidamente, antes de que se vuelvan lo suficientemente atrevidos como para atacar.”
“¿Puedes acabar con esta asesina, Atsuki?”
“Sí,” replicó el Campeón Escorpión fríamente.
Gaijushiko observó entristecido como la Emperatriz fue ayudada a ponerse de pie. “Entonces hazlo, no importa el coste.”
* * *
Fue dos semanas más tarde cuando Chikuma se encontró a sí misma al control de Rokugan, manejando todos los asuntos de Estado mientras el Emperador atendía a su mujer. Mientras la Consejera Imperial reconfortaba los miedos de los cortesanos y diplomáticos escuchó muchos rumores; rumores que le vinieron a la cabeza cuando el Campeón Escorpión estuvo de acuerdo con verla en su habitación.
“Has estado muy ocupado últimamente, Atsuki…”
“Al menos podrías llamarme ‘Atsuki-sama,’” replicó fríamente, sin levantar la mirada de su último trabajo. “Que ruda consejera tiene el Emperador.”
“No le des importancia. La rudeza es algo que todos compartimos durante una crisis… particularmente cuando nos sentimos traicionados.”
El escorpión no se giró para verle la cara o reconocer su reto, pero Chikuma notó que el pincel cesó sus constantes barridos. “¿Traicionada, Chikuma-san?”
“Sí.” La Consejera Imperial se movió hacia la ventana, mirando a la cara frontal del castillo donde Doji Raigu comandaba sus magistrados. “Hay demasiados rumores como para que fuese una charla casual, y demasiada verdad como para que fuese todo mentiras y desinformación.”
“Estás cazando a la asesina por tu cuenta, Atsuki.”
El escorpión rió. “¿Cazando, Chikuma? Ese no es para nada el caso. Ya he puesto en movimiento el final de este pequeño juego de asesinatos… en otra semana se hará.”
Levantándose sin mascara, Atsuki consideró a la grulla, dejándola ver la fría determinación escondida tras las arrugas. El Maestro de los Secretos sonrió de manera desagradable mientras miraba a la Consejera Imperial observarle, dejando que su sinceridad fuese revelada por los duros ángulos de su rostro. “Por supuesto, para que mi plan funcione, alguien tiene que morir.”
“Otra vez con tus sacrificios. Lord Raigu temía algo parecido…”
Atsuki se alejó, mirando a la ciudad más allá de los muros. “Un asesino no aparece si no hay un objetivo, Chikuma… y un asesino que ha probado la carne de una Emperatriz es sin duda más difícil de agradar. Es así de simple.”
Chikuma hizo una mueca ante la explicación. “Eres un hombre malvado, Bayushi Atsuki.”
“El mal es una cuestión de opinión,” replicó, obviamente insultado. Atsuki la miró de nuevo, su arrugada carne rasgándose de nuevo con otra sonrisa amarga. “Solo hago lo que el Gozoku me ha pedido que haga, Chikuma. No importa el coste. Esto va de justicia, no de venganza.”
“Pero la sangre que se verterá en el nombre de la justicia no será la tuya,” le replicó cortante, por primera vez en años dejándose perder el control. “¿Como de bueno es el Gozoku si pasamos todo nuestro tiempo deteniendo a los enemigos de los que nosotros mismos somos responsables?”
“No ‘nuestro’ enemigo, Abanico Negro.”
“Tuyo.”
Kakita Chikuma se quedó helada mientras preparaba otro argumento, con una única gota de sudor deslizándose por su mejilla. “¿Qué quieres decir, Atsuki? ¿Sabes quién es esta asesina?”
“Sé lo suficiente como para inferir el resto,” dijo el Maestro de Secretos mientras sacaba una carta finamente doblada. “Sobre ti, la asesina, y lo que es más importante sobre el pasado que ambas compartís.”
La Consejera Imperial escuchó al Campeón Escorpión, con el temor acercándose a ella mientras las palabras revelaban la verdad.

La asesina es nombrada…
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:51 pm

Planes Dentro de Planes
Capítulo 24



“Uno debe aprender a mirar lo que es visto y ver a través de lo que otros desean que veas.” - El Tao de Shinsei

Fue durante uno de los últimos días de verano cuando Yasuki Eirin contactó de nuevo con Mochiko, siguiendo sus fuentes y las pistas que ella dejaba atrás. El mercader descendía por las callejuelas del Distrito del Templo en silencio, con sus estrechos ojos moviéndose adelante y atrás lentamente, más cauteloso desde el encuentro entre Raigu y la ronin.
Este juego se estaba volviendo más peligroso, y Eirin era un estúpido por pensar que él simplemente estaba fuera de toda posible culpa. El Campeón Esmeralda sabía ahora exactamente como era Mochiko, y a donde fuere que el cangrejo se dirigiese habían dibujos describiendo a la samurai, con su kimono y su estúpido y estropeado sombrero. Era solo cuestión de tiempo.
Sus pensamientos se detuvieron cuando Eirin llegó a uno de los templos a medio acabar de la ciudad, caminado tranquilamente a través de las pilas de leña y herramientas abandonadas para entrar en las sombras de una habitación a medio terminar.
“Pensé que te habías olvidado,” dijo la voz de la asesina desde su derecha. Eirin se volvió, pero solo vio una humareda de humo de un kiseru y una silueta. “Ya sé que no te gustan estos encuentros cara a cara.”
“La situación no requiere nada menos,” replicó calmadamente el mercader.
A pesar de que no los veía, el Yasuki tuvo la sensación de que Mochiko se concentraba de repente en él con sus ojos. “Dime.”
“Ya sabes que el Campeón Esmeralda ha estado rastreando la ciudad buscándote,” dijo sencillamente Eirin, dejándose caer sobre una pila de madera. “Sus magistrados han sido llamados de varias de las provincias adyacentes para acabar con esto…”
“Bien,” replicó Mochiko sin rodeos. “Menos problemas para Katai y los otros.”
El cangrejo no replicó, si no que simplemente continuó con su explicación. “Pero eso no es todo. Los rumores en la corte giran en torno a Bayushi Atsuki; algunos dicen que ha tomado control personalmente de parte de esta ‘investigación.’ Se encontrará con sus informadores de nuevo dentro de tres días.”
La respiración de Mochiko se saltó un latido. “¿Como sabes esto? Los secretos del Escorpión…”
“Pueden comprarse, como todo lo demás.” El Yasuki sonrió con una sonrisa contenida. “Se dice que Atsuki incluso ha enviado asesinos para distraer a la corte de este pequeño encuentro, eliminando algunos oponentes menores y, por supuesto, culpándote a ti de los crímenes.”
“Pero conocemos sus planes…”
“Conocemos algo de ellos, sí,” dijo Eirin mientras sacaba una carta doblada de su kimono. Buscando más información en ella, el mercader asintió de nuevo. “Pero no sabemos lo suficiente para hacerlo útil. Atsuki es conocido por su secretismo. No hará fácil de encontrar esa reunión.”
La asesina estuvo silenciosa durante un buen rato mientras consideraba las palabras, y luego llegó una sonrisa que el cangrejo pudo sentir si no ver. “Bayushi Atsuki… una de las tres cabezas de este demonio…”
“Quiero a este, Eirin.” Mochiko se giró y se alejó. “Haz que ocurra.”
* * *
No fue fácil buscar secretos a través de la Corte Imperial, y Eirin sabía que los Bayushi sobrepasaban sus esfuerzos en casi todas las maneras. Con tan poco tiempo, no había lugar en sus planes para las usuales reverencias y sinceridad; Eirin era un Yasuki, y el obtuvo su información de la manera en la que los Yasuki habían aprendido a hacer.
Cuando el Bushido te difama y el Clan Grulla te odia, solo el dinero podía hacer que la gente de la Corte Imperial siquiera te mirase.
Dos días más tarde el Yasuki se apoyaba pesadamente contra uno de los balcones de la Asamblea Imperial, frotando su rostro con una de sus manos. Eirin escuchó las pisadas acercándose, simbolizando más información que llegaba.
Sacando energías de su fuerza de voluntad interior, el Yasuki se preparó para las eventuales palabras educadas.
El cangrejo hizo una mueca cuando reconoció la voz de Otomo Reju.
“Es extraño veros aquí tan avanzado el día, Eirin-san,” dijo el cortesano imperial con leve sospecha, con su mano izquierda haciendo todo lo posible para mantener firme su alto sombrero negro contra en ligero viento. Es de desear que todo esté bien en las provincias Cangrejo…”
“Lo suficientemente bien,” Eirin replicó tajante. No tenía más fuerzas para ser educado.
Poniéndose al lado del hombre en el balcón, Reju observó la Ciudad Imperial con sus ojos oscuros. Durante un momento, ninguno dijo nada más al otro, pero cuando el Otomo habló de nuevo, trató de no encontrarse con la mirada del otro hombre.
“Estás planeando algo, Eirin.”
“Sí, lo estoy. ¿Es eso un crimen?”
Reju finalmente observó al otro hombre de manera fría, pero mantuvo su voz controlada. “No. Cada uno de nosotros tiene sus agendas, para bien o para mal. He estado trabajando para reparar los cultivos en las tierras sureñas del Fénix, y tú…”
“Y yo he estado plantando mis propias semillas. Tu inocencia es fingida, Reju-sama,” dijo el hombre gordo mientras se alejaba. “Sabes mejor que la mayoría de la gente de esta ciudad sobre lo que está pasando, y en que lado está la gente. Haz algo al respecto, o aléjate de mi camino.”
El Otomo no dijo nada durante largo rato, y Eirin sonrió mientras empezaba a caminar, alejándose.
“No puedes ganar esta guerra a través del asesinato, Eirin.”
El cangrejo simplemente sonrió. “El asesinato es una herramienta que ambos bandos han usado antes, Reju-sama. Os aseguro que los Yasuki no están interesados en ese aspecto de vuestra pequeña guerra.”
“¿Entonces por qué?”
“Porque alguna gente todavía cree en el honor, Reju-sama,” dijo el cangrejo con una sonrisa burlona, “y esa gente es demasiado útil como para no usarla.”
* * *
“No me siento bien sobre esto, Atsuki-sama.”
El escorpión asintió. “A pesar de eso, necesita hacerse.”
Otomo Reju simplemente asintió y volvió a su lugar en la balconada, mirando a la ciudad y sintiéndose seco de repente. “¿Realmente creéis que Eirin controla a la asesina?”
“Nadie controla a un verdadero asesino,” comentó seriamente el Maestro de los Secretos. “Ellos hacen lo que hacen porque les favorece, en alguna parte de su mente. Disfrutan arreglando las cosas con espadas y veneno… al igual que un samurai, pero la otra persona rara vez tiene una espada.”
“Parecéis conocer mucho sobre esta gente, Atsuki-sama.”
El Maestro de los Secretos simplemente sonrió debajo de su máscara.
* * *
La casa había existido durante más de cien años, construida por un rico dignatario Kakita en los bajos riscos que se elevaban a un lado de donde el río de la ciudad se encontraba con el mar. Era una bella estructura, bien atendida y usada para múltiples fiestas a través de los años…
Era enorme, abierta hacia afuera y ni siquiera tenía un muro. La parte de atrás tenía una balconada esculpida, cortando todo escape salvo por el rocoso mar.
Como retiro de un noble, era el paraíso.
Como punto de encuentro, era la muerte.
De pie en las sombras que cubrían el callejón que cruzaba la calle, Mochiko esperaba, con la larga línea de humo zigzagueante como la única señal de la forma de la asesina. Mientras el viento creciente revolvió el rechazado y andrajoso kimono, la ronin colocó su mano sobre su katana, permitiendo a sus nerviosos dedos jugar con la línea de cuentas que envolvían la espada.
Ella nunca había pensado en eliminar el adorno, incluso a pesar de que a veces reducía la velocidad de su desenvainado. Mirando las cuentas, Mochiko recordó por que esas pequeñas cosas eran tan importantes… De algún modo, las odiaba por causa del propósito al que servían.
Cada vez que las tocaba, Mochiko la recordaba. Más que los recuerdos comunes, o las cartas ocasionales, o las palabras de Eirin, las cuentas eran un recordatorio de Inosenko y de lo que ella había rechazado representar. Mientras la asesina permanecía allí en la oscuridad escuchaba los sonidos de la madera contra su saya…
Ella no estaba equivocada por hacer esto.
Era algo que debía hacerse.
Mirando tras su hombro la ronin frunció el ceño, casi esperando ver a Matsu Mochihime preguntándole si creía de verdad en todas esas mentiras. Desenvainando su espada, se permitió un momento para estudiarla, trazando su mortífera curva a lo largo de la superficie del afilado y opaco filo.
Ya no era más la espada de un samurai, se dio cuenta. Ya nunca centelleaba, nunca brillaba. Cualquier poder que hubiese estado allí habían desaparecido hace largo tiempo, reemplazados por una forma más silenciosa y siniestra de fuerza.
Un día te arrojaré al océano, le prometió enfadada a la espada.
Una luz se encendió en una de las ventanas del segundo piso del edificio. Mochiko trazó un camino a lo largo de las sombras hasta la puerta de servicio de la gran estructura, ya calculando la presencia de guardias o vigilantes. Salió de la oscuridad con su espada aún desenvainada…
Pero aún no, pensó mientras la hoja proyectaba su sombra a través de la carretera vacía. Aún no.

Llega la noche…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:51 pm

Asesinos
Capítulo 25



“La verdadera nobleza no viene de ser superior a otro hombre, si no de ser superior a tu pasado.” - El Tao de Shinsei

Todo iba bien hasta que Mochiko alcanzó el nivel superior; la casa estaba tranquila y sin guardia, con sólo unas pocas cerraduras y barras colocadas. Pero mientras se acercaba a la habitación central del segundo piso, las cosas se volvieron más difíciles. Una vanguardia de cuatro samurai permanecían preparados, con sus armaduras Seppun relucientes mientras tocaban nerviosos sus espadas.
Nunca tuvieron una oportunidad.
En escasos momentos la asesina continuo, llegando hasta la puerta final. Mientras se movía, Mochiko observó los cuerpos de los Seppun, curiosa; cada uno portaba el mon del Emperador, algo que los agentes de Atsuki rara vez llevaban. Por lo que ella sabía, el Maestro de los Secretos prefería acechar en la oscuridad…
No hay vuelta atrás ahora, se dijo a sí misma con gravedad mientras sus ojos se posaban sobre la puerta.
Con una mano sobre su katana, la asesina forzó la puerta.
* * *
Ella estaba sentada tranquilamente, vestida con ropas blancas, aparentando estar preparada para un funeral. Su largo pelo estaba lavado y peinado como un gran abanico negro. Mientras levantaba su cabeza, aquellos pálidos ojos verdes se concentraron en Mochiko, mirando hacia arriba, debajo del kasa para revelar una mirada conocida.
“Mochihime.”
“Chikuma…” Mochiko apenas respiró.
Hubo un momento, solo uno, cuando la cortesana pareció contener su respiración en anticipación, sus hermosos ojos trazando las sangrientas gotas que se deslizaban lentamente por la espada de la asesina. Mochiko bajó lentamente su espada mientras miraba la pequeña habitación, con su mirada volviendo a Chikuma solo cuando estuvo segura de lo que veía.
Sin armas. Sin guardias.
Ni siquiera uno.
“¿Que es esto?” Demandó fríamente la asesina, su instinto alertándola de una trampa aún por saltar. “¿Es esto algún tipo de brujería, o solamente un engaño pobremente planeado?”
“No es magia, y no es una finta,” respondió la Consejera Imperial con tanto coraje como pudo reunir cara a cara con la ira de la samurai-ko. “Tu eres la asesina. Yo soy… tu presa.”
Mochiko sintió sus dedos tensarse alrededor de la seda de su arma, como si su propio cuerpo recordase lo que esta persona le había echo hacía ya tantos años. “No eres Bayushi Atsuki,” dijo sencillamente. “Es una trampa, o algo peor…”
La compostura de Chikuma vaciló, y por un momento Mochiko casi esperaba que la otra mujer se echase a llorar. Luego, como si ella fuese también un autentico bushi, la Kakita endureció tanto su rostro como sus palabras, mirando a la oscura samurai con la fría compostura de un señor imperial. “Esto es un final, para ambos.”
“No somos tan diferentes, Mochihime. Asesina de la carne, y asesina del alma.”
“No lo creo,” replicó fríamente la asesina. “No somos lo mismo. Tú eres Gozoku.”
Pero la Kakita simplemente asintió, como si la antigua león no pudiese hacer nada que negase su verdad. “Eso es cierto. Sin embargo ambas hemos destruido vidas, arruinado familias… todo en el nombre de lo que creemos que es correcto.”
Sus ojos se levantaron, encontrándose con la resolución de la asesina. “Es hora de que esto llegue a su conclusión.”
Mochiko no dijo nada, observando silenciosa como Chikuma bajaba lentamente su cabeza. Con su pelo negro velando su rostro, solo su voz revelaba el miedo que llenaba a la Consejera Imperial. “Solo te pido que lo hagas rápido. P-por favor.”
El silencio colgó del aire durante un segundo, con nerviosas respiraciones como único sonido.
“¿Que es esta mierda?” Demandó Mochiko, su rudo lenguaje causando que la grulla le mirase a los ojos. “Maldita sea, ¿es esta la clase de persona que crees que soy, Gozoku? No mato porque me divierta, y no malgasto mi espada en idiotas que quieren morir. Si no puedes dormir con lo que ellos han echo, entonces córtate tu estómago y acaba con ello.” Mochiko se alejó disgustada.
Chikuma levantó su cabeza, lenta y tristemente. “No soy una idiota por hacer esto, Mochihime. Creo en algo en lo que tú no crees. Estoy gustosa de pagar por ese ideal.” Ella vaciló por un único momento, justo lo suficiente para traer de vuelta los ojos de la asesina.
“Soy un samurai, después de todo.”
Silencio.
“Ningún ideal debería haberte llevado a esto, Grulla.”
“Podría decir lo mismo de ti, León.”
Mochiko maldijo enfadada, mirando al filo de su espada. Como samurai, toda la gente a la que había asesinado debería haber estado preparada para morir en cualquier momento, pero mientras Mochiko miraba a la Consejera Imperial, vio por primera vez una convicción que desafiaba el poder de la hoja de la asesina. Kakita Chikuma sabía que su vida estaba acabando, pero ese miedo era algo que había superado.
La asesina bajó su kasa, escondiendo sus ojos. “Dime por qué.”
“Por que necesitábamos presentarte un objetivo genuino, para hacerte salir. Ninguna mentira sería tan segura como una verdadero riesgo…”
“Eso no es lo que quiero decir,” interrumpió enfadada, y luego esperó entre el sonido de la sangre goteante.
“¿Por que tú?”
Chikuma inclinó su cabeza, mostrando más emoción en su voz que en su forma congelada. “He visto demasiados sacrificios hechos a causa de esta lucha, Mochihime: tú, tu hermano Banichi, Shiba Dohrei, y ahora Doji Tenshu también. Ellos, e incontables otros asesinados, deshonrados o traicionados. Yo… yo nunca acepté la verdadera responsabilidad de mis deberes, las vidas que yo destruí, hasta ahora. Si debes cometer asesinatos, entonces me enfrentaré a tu espada.”
“No importan tus razones, esto esta mal. Ni el Gozoku… ni los Hantei son merecedores de esto. Es algo aborrecible para ambos ideales.”
La ira sobrepasó a Mochiko, su cara ardiendo ante el juicio de la otra mujer sobre su camino. La asesina se movió para permanecer detrás de la cortesana, limpiando su espada y elevándola. Su corazón le dolía, pero su voluntad era de hierro. “Cuando estés lista, Chikuma-sama.”
Esto no está mal, dijo una voz dentro de la asesina. Esto es justicia.
Una única mano se deslizó lentamente, apartando su largo pelo sobre su hombro derecho, revelando la suave línea del cuello. Durante un largo momento, no hubo sonido en la pequeña habitación, en todo el mundo, salvo la respiración de la Kakita. Sacando un abanico negro de papel de su obi, Chikuma inclinó su cabeza en silencio, como si sostuviese una espada.
“G-gracias por tu piedad, Mochihime. Yo… lamento lo que te hicimos.”
La asesina no le respondió, pero durante un instante ella bajó su espada. Chikuma lo vio y sacudió su cabeza. “Estoy lista,” dijo con determinación al cabo de un momento.
“Golpea.”
* * *
Fuera del palacio, los soldados de Bayushi Atsuki y los magistrados de Shiba Gaijushiko cercaban la enorme casa, todos sus ojos concentrados en la única luz del piso superior. Desde su pony, el Maestro de los Secretos frunció el ceño molesto.
Estaba llevando más tiempo del previsto. Había pensado que a estas alturas ya habría escuchado el grito de Chikuma.
Durante un momento, el Campeón Escorpión se preguntó si la Consejera Imperial había adivinado sus intenciones; no, eso era estúpido, considerando que ni siquiera Reju había sabido para qué fin había sido utilizado. Pero mientras vigilaba desde la oscuridad, Atsuki no pudo sino maravillarse ante la extraña calma que había visto en los ojos de Chikuma.
“Ha pasado un rato desde que la asesina entró en la casa, Atsuki-sama,” Observó el magistrado Shiba más cercano. “Deberíamos entrar ahora.”
“Continuaremos esperando,” le dijo el escorpión. “Hemos esperado años por este momento, no hace daño esperar un poco más.”
El Shiba dobló sus brazos, molesto, volviendo a su silenciosa vigilancia de la habitación iluminada. Con una sonrisa, Bayushi Atsuki esperó a la señal. No tenía prisa.
La batalla estaba ya ganada.
* * *
Y hubo silencio de nuevo.
Bajando su espada con los ojos cerrados Mochiko dejó escapar un ligero escalofrío, luchando contra lo que ella creía que era una largo tiempo muerta necesidad de parar y llorar. Mientras la asesina miraba al cuerpo de Kakita Chikuma no pudo evitar sentir un profundo vacío aferrándose a su cuerpo mientras estaba de pie y miraba el silencioso fluir de la sangre.
Algo había muerto con la Consejera Imperial en ese momento, y por su parte, Mochiko había olvidado cuanto dolor podía traer el fracaso.
No había habido propósito, ni honor, en ese golpe.
No había sido por justicia… había sido por orgullo.
Fue en ese momento, en lo profundo de la desesperación, cuando los cuatro aparecieron de las esquinas de la pequeña habitación, con sus manos aferrando largas dagas y sus caras y cuerpos bañados en negro. Los ojos de la asesina se ensancharon mientras los levantaba, llenos de lágrimas, hasta el rostro de uno de los ninja. “Estuvisteis aquí todo el tiempo,” siseó furiosa.
“Erais sus aliados… y la mirasteis morir.”
“Su muerte no era asunto nuestro,” dijo fríamente uno de los hombres. “Pero la tuya sí.”
Al instante los cuatro shinobi empezaron a girar en torno a la asesina, con sus rápido movimientos haciendo que la vela parpadease, lanzando extrañas sombras a través de toda la habitación. En medio del círculo de muerte, Mochiko se mofó de sí misma y del Gozoku. Miró al cuerpo de Kakita Chikuma, y luego, de repente echó un vistazo al muro giratorio de los ninjas.
“La dejasteis morir,” dijo la asesina a nadie en particular, golpeando con el borde de su kimono todo lo largo de su katana, limpiándola de sangre con único y violento golpe.
“¡La dejasteis morir!” gritó mientras los shinobi cargaban.
* * *
Fuera de la casa, el Campeón Escorpión sonrió, sus agudos ojos viendo claramente como el muro de espadas de los ninja estaba haciendo que la luz dentro de la habitación se agitase y bailase. Un quedo murmullo recorrió el pequeño grupo de magistrados y bushi mientras también se daban cuenta de los efectos del fuego danzante, y antes de que pudiese preguntar, el Shiba obtuvo su respuesta a través de los tranquilos ojos de Atsuki.
“Tenéis vuestras órdenes. Acabad con esto, ahora.”
Él asintió al Maestro de los Secretos, volviéndose hacia la fuente de las crecientes llamas.
Ordenando a sus hombres que le siguiesen, el samurai empezó a adelantarse, moviéndose con propósito calmado mientras se acercaban a la puerta principal. Mientras les miraba entrar, el Bayushi levantó su mirada hacia el piso superior, donde pensó que había escuchado el sonido de los gritos de alguien.
En algún lugar en las sombras, una grulla gritó al unísono mientras emergía de las cercanas aguas, su llamada precedía al miedo, como si solo ella supiese lo que estaba a punto de ocurrir. Mientras observaba a la forma desvanecerse en la noche, Bayushi Atsuki sonrió, observando la casa con una malevolente sonrisa.
Lucha todo lo que quieras, le dijo a la asesina con una sonrisa. No importa lo que consigas, no cambiará nada.

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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:52 pm

Venganza
Capítulo 26



“La muerte no es eterna. Tampoco lo es la vida.”
Un único golpe de su katana no rompería la giratoria defensa que los ninja habían creado, pero no estaban preparados para la fuerza de una carga Matsu. Balanceando su espada en un gran movimiento de barrido Mochiko se abalanzó sobre sus enemigos, gritando como un demonio mientras los desperdigaba hacia las esquinas de la habitación. Dos de los hombres se tambalearon hacia atrás de manera desgarbada, tirando el shoji y llevando el combate a la habitación más grande que había más allá.
Echando un ultimo vistazo a Kakita Chikuma la asesina entró en la segunda habitación, observando a los atacantes uno a uno. Los ninja eran cautos, y solo uno de ellos había sido arañado por sus golpes; Mochiko sonrió de manera venenosa a ese mientras él levantaba su kodachi…
“Eres el siguiente en morir.”
Lanzándose hacia adelante, la Matsu tomó de nuevo el control del combate, manteniendo a sus enemigos desequilibrado con una mezcla de pulido kenjutsu y pura rabia. Lanzando cortes a sus espadas, la asesina trazó una discernible serie de fintas y bloqueos, esperando el momento en que uno de los ninja mordiera el anzuelo.
No tuvo que esperar mucho.
Avanzando desde su derecha, uno de los hombres lanzó un corte a su estómago, pero Mochiko pivotó hacia atrás sobre su pie derecho y lanzó su katana sobre la mano extendida del hombre. El sonido del apéndice amputado golpeando el suelo fue ahogado por pisadas mientras otro atacante golpeaba sus defensas, pero incluso siendo superada en número, la antigua Matsu era demasiado rápida.
Otro cuerpo golpeó el suelo entre salpicaduras de sangre, chocando contra el shoji roto de vuelta en la pequeña habitación.
Con un borrón de movimiento los dos últimos atacaron a Mochiko, con sus armas moviéndose con una desesperada y concentrada velocidad. La asesina se vio obligada a bloquear, y luego empujó, solo dejando que un hombre se deslizase por su guardia. Continuando hacia delante, Mochiko se concentró en el hombre ante ella, machacando rudamente sus defensas, confiando en el momento para mantenerse apartada de la hoja del segundo ninja.
Era una peligrosa apuesta.
Enterrando su katana en el pecho del tercer hombre, Mochiko se giró en anticipación, moviendo su cuerpo medio segundo demasiado lento como para esquivar el golpe que caía. Su movimiento salvó su vida, pero la daga del ninja le propinó un duro corte a través de su espalda. Mientras el dolor la envolvía como tentáculos la ronin giró con el ataque, dejando su katana enterrada y agarrando el brazo extendido del último hombre.
Desenvainando su wakizashi, Mochiko golpeó al ninja dos veces en rápida sucesión, su propia fuerza amplificada canalizando la creciente sensación de dolor. Tras otro momento, dejo al hombre muerto estrellarse contra el suelo mientras ella se caía y trataba de tocar su herida.
“Veneno,” maldijo mientras recogía una de las armas, viendo una vacilante y medio seca marca.
En el piso inferior, el sonido de movimiento y órdenes fue de repente discernible; Mochiko dejó su wakizashi caer contra el suelo y recuperó su katana, preguntándose cuanto tiempo tenía. Tras la asesina, la vela solitaria cayó de su lugar, con su llama empezando a lamer la madera en el seco aire de verano.
Ignorando el creciente fuego, la asesina se adentró profundamente en el infierno.
* * *
Estaban de pie delante de la puerta principal cuando los alcanzó, posicionados en un semicírculo y armadas con espadas y lanzas. Veinte de ellos, estimó la asesina, y por el brillo de sus armas eran habilidosos guerreros escogidos específicamente para este duelo. Cada uno miró a la asesina con cautela, calibrando de manera obvia cuanta fuerza le quedaba tras su paso tambaleante.
Un hombre permanecía más cerca que los otros, sus ojos divertidos a pesar de que su rostro parecía duro. Haciendo girar una extraña lanza de tres filos, el hombre plantó suavemente su filo en el tatami, soltando su arma para ofrecer a Mochiko una ligera inclinación.
“He estado esperando mucho tiempo para esto, asesina. Ríndete, o muere.”
Mochiko levantó su mirada tras su pelo rojo, ignorando el dolor mientras sonreía al hombre con satisfacción y burla. No podía verlo claramente ahora, con todas esas sombras danzando desde las llamas que se aproximaban.
No lo necesitaba. La imagen sería suficiente.
“¡Retiraos!” ordenó el hombre en el mismo momento en que la asesina se abalanzaba sobre él, obviamente tratando de evitar una pelea en el medio del creciente incendio. Mochiko sonrió, pero su expresión se cortó de repente cuando el samurai aferró su yari y tiró de él hacia adelante suavemente, arrancando varios pesado tatami en el proceso y lanzándolos contra ella en una ola desperdigada.
El impacto cogió a la mujer con la guardia baja; la conmocionó, pero no le hizo ningún daño real. Maldiciendo, Mochiko levantó la mirada, esperando ver irse a sus enemigos. En vez de eso, se encontró con la fría mirada del guerrero de la lanza. A la luz, su cara era fría y no reflejaba miedo, cubierta con una ruda y corta barba. Él le sonrió, mientras bajaba su arma hasta una posición de combate.
“No hemos sido presentados, asesina. Soy Shiba Honkai, hatamoto de Shiba Gaijushiko.”
“Mochiko,” replicó dolorosamente, envainando su katana y bajando su mano para el desenvainado. Había algo poderoso en la terrible calma que poseía Honkai, y en esa mirada la asesina vio poder, y una furia que rivalizaba con la suya…
* * *
“¿Que estáis haciendo?” Preguntó Bayushi Atsuki quedamente a los soldados, sus agudos ojos advirtiendo inmediatamente que ninguno de ellos había sido herido. “¿Donde está vuestro comandante?”
“Shiba Honkai dio la orden de retirada, Atsuki-sama,” explicó uno de los hombres mientras el resto miraba a las llamas crepitando sobre el edificio. “Se enfrenta a la asesina incluso ahora.”
Escuchando atentamente el escorpión captó los sonidos de la espada y la lanza, tan diferentes del rugido de las llamas. “Honkai es un idiota por hacer esto,” replicó molesto, luego se giro hacia uno de sus propios sirvientes con mofa. “No es hora de celebrar un duelo.”
“Prended fuego a las secciones exteriores también. Aseguraos de no dañar las estructuras cercanas…”
Uno de los magistrados Fénix saltó ante las palabras del hombre. “¡Atsuki-sama!”
“¿He dicho algo deshonroso, Shiba? ¿O colocas la vida de tu compañero por encima de nuestra necesidad de ver al asesino muerto?” La voz de Atsuki no dejaba espacio para preguntas, al igual que la mofa tras su máscara negra, y aquellos pocos que podían verla huían de la ira en sus ojos. “Si Shiba Honkai desea pelear con esta asesina entonces dejadle.”
“No es tiempo de ociosas formalidades. La eficiencia es el camino del Escorpión.”
* * *
Los primeros pocos ataques eran fintas y bloqueos, designados como pruebas y ataques de tanteo. La asesina cortaba y se lanzaba hacia a su enemigo, luchando lo mejor que podía contra el dolor palpitante de su herida. Con cada giro el Shiba interponía su lanza con fuertes movimientos de barrido, sus pivotes y esquivas mantenían a raya fácilmente la hoja de la samurai-ko.
“Tienes habilidad con esa espada,” dijo Honkai mientras los dos guerreros se separaban, su rostro apenas jadeante tras la ráfaga de golpes. “Ahora entiendo porque has sido tan difícil de apresar.”
Ahorrando su fuerza, Mochiko hizo volver su espada a su saya, asegurándose de evitar la línea de cuentas. La asesina de nuevo agachó su cuerpo hasta casi una posición en cuclillas, extendiendo su moreno cuerpo hacia el Shiba mientras Honkai tranquilamente sostenía su lanza.
“Battojutsu,” observó tranquilamente, su voz el tipo de calma que se esculpía sobre piedra. “Una sabia elección, dada la naturaleza de mi arma… pero no te engañes a ti misma pensando que eso te salvará. Tus asesinatos acaban aquí.”
“Cállate y pelea,” fue su replica, con un gruñido.
Estaba tranquilo como el cielo tras la tormenta. “Como desees.”
Apretando sus dientes la asesina cargó contra él, pivotando y desenvainando mientras se movía. Mientras la hoja era desnudada hubo un destello de luz y fuego, cortando el aire entre los dos combatientes, cortando a través del vacío para sajar la forma de Honkai. El Shiba no esquivo el golpe ni hurtó a su atacante, si no que colocó sus manos firmemente sobre cada lado de su arma, sosteniéndola definitivamente justo antes del golpe.
Lo que ocurrió después fue el sonido impactante de la madera deteniendo al metal, y Mochiko miró en silencio como la espada se quedó congelada en medio ataque.
Aplicó más fuerza, pero la lanza no hizo más que tambalearse.
La cara de Shiba Honkai estaba llena de concentración, y todavía sostenía su yari perpendicular al suelo con ambas manos. Los pies del samurai estaban sólida y parejamente asentados, pero incluso así parecía imposible que el hombre más pequeño hubiese bloqueado tan fácilmente la inmensa fuerza de un golpe de iaijutsu en carga.
Él la miró a través de sus armas trabadas, con una pequeña sonrisa cruzando su rostro. “Bloqueo Escalera del Estilo Honkai.”
Con un sencillo empujón el Fénix separó a su oponente, su fuerza haciendo deslizarse a Mochiko varios pies a través del suelo mientras ella observaba atónita el pequeño arañazo que había dejado en la lanza de su oponente. “No es posible…” escupió enfadada, por primera vez desde su estancia en la Corte Imperial sintiendo una punzada de miedo. “Ese ataque podía haber atravesado huesos.”
“No contra mi.” Honkai dijo seriamente, bajando su yari para apuntar con su centro a la asesina. “El Bloqueo Escalera distribuye la fuerza perfectamente entre mi cuerpo; requiere la concentración de mis brazos, hombros y piernas. El suelo absorbió tu poder, Mochiko,” dijo, bajando la mirada a la rajada estera donde él estuvo.
“Tus ataques no significan nada contra mi. Ríndete ahora.”
Una perla de sudor cruzó la cara de Mochiko mientras retrocedía, aunque se dijo a si misma que se debía al calor de las llamas. Echando un vistazo al fuego, cerró los ojos enojada, pensando con fuerza mientras miraba al maestro de la lanza. La asesina se sacó su funda de su obi, silenciosamente, devolviendo lentamente la espada a su lugar.
“Vete al Jigoku,” juró Mochiko mientras le miraba a través de ojos rojos por el veneno y la llama. Luego, en un estallido, la samurai-ko tomó su decisión, lanzándose a la carrera escaleras arriba hacia el segundo piso y de vuelta a las llamas…
* * *
“¡No!” Gritó Honkai mientras miraba como Mochiko corría hacia arriba. “¡Esta vez no te escaparás!”
Apresurándose tras ella, el fénix cruzó la enorme habitación en cuestión de segundos, sus piernas galvanizándose mientras se acercaba al fuego, el calor y la luz deslumbrando sus ojos. Mientras Honkai alcanzaba la base de las escaleras escuchó un sonido que llamó su atención…
Un par de pies golpearon fuertemente sobre el pasamanos superior, empujándolos lo suficientemente fuerte para hacer que la madera se partiese como el mástil de un barco en medio de una tormenta de verano.
Desde lo alto de las escaleras llegó cayendo la forma de la asesina vestida de negro, su grito sobreponiéndose al fuego mientras caía sobre él con la hoja presta. La mente de Honkai corrió mientras se daba cuenta de lo que había pasado, como Mochiko se había forzado a sí misma hasta el piso superior para aumentar el ímpetu, retorciéndose con su espada envainada en un movimiento mucho más poderoso que antes.
Con sus ojos abiertos de par en par con velocidad y concentración, el Shiba se encontró con la carga descendiente…

La batalla continúa…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:52 pm

Sangre y Dolor
Capítulo 27


“Cuando una samurai dice que realizará una acción, considérala echa.” - “Bushido” de Akodo

Descendiendo como un pájaro, Mochiko se zambulló contra Honkai, el mismo movimiento de su salto añadiendo más poder al desenvainado de su espada. Mientras golpeaba, la cara de la asesina estaba llena de determinación. Concentrándose solo en el ataque mientras el Fénix se apresuraba desesperadamente a elevar su guardia.
Ahora, con tus pies desequilibrados y tú oponente atacándote desde arriba, pensó Mochiko mientras se encontraba con la determinación en los ojos del Shiba. ¡Trata de bloquear este ahora!
Katana y yari chocaron con la fuerza suficiente para hacer tambalear al defensor, y puso sus ojos en blanco en el momento en el que el mundo se congeló. Los brazos de Honkai temblaron ante el inmenso poder que su lanza estaba absorbiendo, enfrentándose al ataque de Mochiko con toda su precisión y fortaleza, mientras la fuerza de la asesina era fieramente canalizada a través de su brazo derecho.
Durante ese momento, los dos guerreros permanecían como perfectos iguales, uno tan equilibrado como el otro mientras peleaban con toda su fuerza.
Luego, como todas las cosas, el momento acabó, con el tatami de debajo de los pies de Honkai quebrándose en una ducha de pedazos mientras el Shiba elevó su yari forzosamente. Increíblemente, la fuerza de su defensa lanzó a Mochiko lejos del samurai, y aterrizó rudamente sobre su rodilla, dándole la espalda.
El dolor recorrió su brazo de la espada en ese momento, el sentimiento súbito como si fuese una aguja entre su piel.
Fue menos de un segundo más tarde cuando el yari en forma de cruz giro y se estrelló contra ella como un martillo, su filo cortando a través de su lado derecho. Balanceando el arma tan fuertemente como pudo Honkai arrojó a Mochiko de vuelta al fuego, aplastando a la asesina contra el muro trasero del edificio en llamas, escupiéndola hacia la balconada trasera mientras el trueno restallaba sobre un mar turbulento.
Sangre y saliva manchaban el suelo delante de su cara, y Mochiko sintió una profunda herida mientras sus ojos enfocaban el muro roto.
Cuando Honkai se adentró en la balconada Mochiko seguía yaciendo todavía donde el ataque la había arrojado, el cuerpo de la mujer machacado por el golpe. Mientras lentamente levantaba su cabeza, el samurai se detuvo a unos pocos pasos delante de la asesina, pareciendo esperar pacientemente mientras ella cerraba dolorosamente sus ojos y se arrastraba a sí misma a levantarse sobre sus inestables pies.
La samurai-ko podía sentir la profunda herida del yari del Shiba en su lado izquierdo, y lo que es peor, su brazo derecho seguía palpitando horriblemente, y ella sabía que debió de habérsele roto en medio de su último golpe desesperado. Tambaleándose hacia atrás, Mochiko cambió el arma de mano tan bien como pudo, apoyándose contra el pasamanos de piedra mientras levantaba su mirada a la casa incendiada.
“Te di una oportunidad de rendirte,” dijo Honkai sin la menor pizca de remordimiento.
Escupiendo algo más de sangre de su boca, Mochiko asintió, preguntándose si fue así como se sintió su hermano cuando estuvo a punto de morir. “Lo sé.”
Los últimos pocos ataques fueron rápidos e inmisericordes, haciendo retroceder a la ronin, machacando constantemente su guardia. Honkai era implacable en sus movimientos mientras pasaba a la ofensiva, con su arma de tres dientes bloqueando sin piedad los pocos y tambaleantes ataques de Mochiko.
Y sin embargo, incluso en medio de aquel torbellino, la asesina no podía penetrar esa defensa giratoria.
Dame una abertura, suplicaba la samurai-ko a su oponente, con su mano aferrada fuertemente sobre su espada. Solo una es todo lo que necesito.
Entonces llegó, el ataque que ella sabía que llegaría, un apuñalamiento al cuello de la ronin, la velocidad del golpe reduciendo todas sus opciones a una. Mochiko dobló sus rodillas y el diente izquierdo de la lanza cortó su hombro derecho mientras la sobrepasaba, el cuerpo de madera deslizándose lo suficientemente cerca para cortar la piel de su cuello mientras se movía.
En ese momento, con su lanza extendida, hubo una abertura en la guardia irrompible del Shiba. Mochiko le miró a los ojos con una sonrisa salvaje, llevando hacia atrás su espada para una única acometida.
El ataque vino desde su corazón.
Pero mientras Mochiko atacaba, Honkai se inclinó y empujó sobre su yari, arrastrándolo hacia su cuerpo, cortando a través de su cuello con un movimiento de la hoja. La asesina gorjeó con horror y sorpresa mientras el movimiento cortaba su cuello y lanzaba una ducha de sangre sobre su oponente mientras su propio golpe se hizo alto y ancho.
El aturdimiento tomó su cuerpo casi instantáneamente, la sorpresa del ataque asombrando a la ronin, abriendo su guardia y dejando a su espada caer sobre el suelo.
Tirando del yari hacia arriba, Honkai cortó a través del pecho de Mochiko, lanzándola hacia atrás, la fuerza más que suficiente para lanzar a la asesina sobre el borde de la balconada. Golpeándose con las duras piedras, la samurai-ko sintió su conciencia desvanecerse, su dolor volviéndose confortablemente distante mientras su cuerpo golpeaba las olas…
* * *
“Era una magnífica guerrera,” dijo Shiba Honkai tristemente, bajando su mirada hacia las olas. Echando un vistazo, el fénix se arrodilló ante la balconada, ignorando los movimientos cercanos de las brigadas de bomberos. De en medio de un charco de sangre y tela el bushi levantó una hilera de cuentas, cada una marcada con los símbolos del Tao de Shinsei.
“Una asesina con religión,” comentó Bayushi Atsuki al magistrado, mirando al mar en vez de al agonizante incendio. Sobre sus cabezas, el cielo había soltado un diluvio pesaroso, apagando las llamas mientras el Campeón Esmeralda llegaba con sus hombres. “Cosa extraña.”
“Quizás os de alguna pista sobre el maestro tras el asesino,” dijo Honkai desapasionadamente, inclinándose ante el Maestro de los Secretos mientras le entregaba las sangrientas cuentas.
Atsuki sonrió en reconocimiento ante el pequeño objeto, preguntándose ociosamente si la asesina estaba realmente muerta. “Lo has hecho bien hoy, Shiba Honkai. Estamos complacidos con los resultados.”
“Hice lo que era necesario,”respondió el maestro del yari, sus ojos posados sobre la mezcla de sangre y lluvia.
Con eso el Fénix se alejó del Campeón Escorpión, echándose al hombro su lanza en forma de cruz y caminando libre entre la moribunda tormenta. Bayushi Atsuki le miró irse con una sonrisa, con su mano arrugada cerrándose lentamente sobre los bordes de las cuentas.
“Coraje y sabiduría,” dijo el hombre mientras miraba dos de las cuentas, sus superficies de madera acariciadas suavemente y sus bordes manchados de sangre. “Extraño, sin duda.”
* * *
El funeral de Kakita Chikuma fue un triste asunto para los habitantes de la Ciudad Imperial; a pesar de que pocos comprendían la verdad de lo que había pasado, el Gozoku se aseguró de que la Grulla había dado su vida para llevar la vida de la asesina a su final. Hantei Kusada declaró que un monumento se elevaría en los cementerios de la Ciudad Prohibida, en honor de la mujer que había sacrificado su vida por su Imperio y su Clan.
Esa noche, una vez que los fuegos ardían bajos, Doji Raigu en solitario se demoraba cerca del pequeño y elegante monumento, sus ojos negros ilegibles mientras la lluvia caía desde el cielo, enmudeciendo los colores de su armadura esmeralda mientras la noche reptaba sobre el cielo ya ennegrecido.
“Fue necesario,” Shiba Gaijushiko dijo desde detrás del Campeón de la Grulla.
El Campeón Fénix buscó en su kimono, sacando algo de sus mangas. “Mis hombres recuperaron esto de entre el fuego,” le dijo a Raigu, colocando en la mano del Campeón Esmeralda un pequeño y sencillo abanico negro. “Era de ella.”
Doji Raigu contempló el abanico un momento, mirando como unas pocas gotas de lluvia se estrellaban contra su borde. Sus ojos negros estaban silenciosos e inescrutables, y luego se giró, cruzando el monumento de Chikuma hacia la luz ardiente más cercana.
Lanzándolo el objeto al fuego el grulla lo destruyó, observándolo arder y derrumbarse antes de alejarse. Caminando de vuelta, Doji Raigu ignoró la sorprendida mirada del samurai Shiba. “¿Que noticias tenemos sobre el maestro de esta asesina?”
“Atsuki tiene unas pocas pistas,” dijo el Shiba tras un momento, su cara sin edad recuperando su compostura. “Nos hará saber lo que averigüe.”
“¿Por que no discutisteis este plan conmigo, Gaijushiko-san?”
El Shiba se inclinó respetuosamente ante el monumento, observando a Raigu desde el rabillo del ojo. “¿Estarías de acuerdo con lo que Atsuki sugirió?”
“No,” admitió el grulla mientras se alejaba. “Hubo un tiempo en que diría lo mismo de ti.”
* * *
“Me preguntaba cuanto tardarías en acercarte a mi,” dijo Bayushi Atsuki con una risa inquietante. Manteniendo su espalda ante el visitante el Campeón Escorpión permitió a su mano continuar con los lentos barridos del pincel. “¿De que deberíamos hablar para pasar el tiempo?”
Yasuki Eirin se quitó su sombrero empapado de lluvia lentamente, echando una tranquila y lenta mirada a la habitación. Cuando estuvo satisfecho el mercader cangrejo mantuvo su voz muy en tono de negocios, como si estuviese tratando una venta. “Me preguntaba si teníais alguna información sobre esta asesina…”
“La asesina está muerta,” interrumpió Atsuki sin rodeos. “O, si no muerta, al menos fuera del camino.”
“Lo entiendo, pero ¿que hay acerca de su patrón? Seguramente un mero samurai León no podría haber…”
“¿Como sabes que la asesina fue entrenada por el León?” le preguntó el Escorpión a su visitante. Eirin se detuvo por un segundo, preguntándose si el anciano tenía ojos en la nuca. “No es una información que haya ofrecido, y la corte aún tiene que oírla.”
Eirin continuó, luchando para permanecer en calma. “Tengo mis recursos, Atsuki-sama; aunque no tan grandes como los vuestros o como los del Escriba Imperial, llegan a lugares donde vos no podéis ir.”
“No existe tal lugar,” comentó el Gozoku.
Eirin sonrió. “Ese no parece ser el caso.” Esperó un momento, deseando no haber ido demasiado lejos. “De todas formas, puedo proporcionaros el nombre del patrón de la asesina, así como los lugares por donde puede ser encontrada…”
“Ya sé sobre Doji Inosenko, Yasuki,” la voz del Escorpión ganó el temperamento de un demonio, “y, por supuesto, también sé sobre ti.”
Al Yasuki le faltó el aliento. “¿Cómo?”
“El dinero corrompe,” dijo Atsuki con alguna perversa forma de placer. El escorpión colocó su pincel en el suelo, y se movió lentamente hasta tocar la espada ancestral de su clan. “Y parece que tus fieles compañeros son más fácilmente sobornables que sus ancestros grulla.”
Eirin permaneció en calma, sabiendo que era lo mejor en vez de negar sus actos, o peor, huir. Había aún una posibilidad de sobrevivir a esto…
“¿Si lo sabéis, por qué sigo con vida? Conozco vuestra reputación,” dijo el cangrejo tan suavemente como pudo. “Si me quisieseis muerto, Atsuki-sama, no os molestaríais personalmente.”
El escorpión observó a Yasuki Eirin con una sonrisa, su giro revelando justamente la esquina de su cara desenmascarada. “Piensas que me conoces bien, ¿verdad? Piensas usar mi amor por los juegos, y ganar algún tipo de control…”
El cangrejo tragó saliva ruidosamente, pero se las arregló para mantener su cara severa. Esperó, silencioso, sudando mientras esos terribles ojos se detenían sobre él, sabiendo que permanecía a medio paso del seppuku o de algo peor.
“¿Puedes vivir con la muerte de Doji Inosenko, incluso si beneficia tus objetivos?”
“Por supuesto,” Yasuki Eirin respondió sin vacilación, sabiendo que era eso lo que el Bayushi quería oír.
Atsuki rió sombríamente ante la frase, apartando su mano del tsuba de su espada. “Juegas bien, Yasuki Eirin. Bienvenido al Gozoku.”

La guerra continúa…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:53 pm

Hilos Rotos
Capítulo 28


“Al final, alguien debe pagar por un ideal. Asegúrate de no ser tu” - Bayushi Atsuki

El daño era más de lo que la mayoría de los cuerpos podría soportar; había heridas profundas y laceraciones menores sobre todo el cuerpo de la ronin, y sus pulmones estaban medio llenos con la amarga agua de la Bahía del Sol Dorado. A pesar de todo, cada momento de vida era un testimonio de la resolución y la fortaleza de Mochiko… pero esos momentos se estaban volviendo cortos, y no había nada que ella pudiese hacer.
Katai no había estado segura de haber ido a Otosan Uchi, especialmente teniendo en cuenta todos los deberes que tenía en la banda. Si no hubiese sido por el tono de la carta de Inosenko ella no hubiese venido.
Ahora, mientras arrastraba a la ronin moribunda al interior de la choza abandonada de algún pescador al lado de la orilla, Katai casi deseaba no haber venido. Desenvainando su tanto, la mujer hizo varias tiras largas de vendajes a partir de su kimono, reduciéndolo a nada, y cortando las empapadas ropas de Mochiko.
¿Quién pudo haberlo echo esto? Se preguntaba mientras hacía lo que podía por su líder, sellando la herida punzante de su costado y vendando los enormes cortes en su pecho y cuello. Esto era todo lo que los rudos primeros auxilios de la ronin podían hacer; mientras miraba como la sangre oscura empapaba los vendajes, Katai se dio cuenta de que eso no sería suficiente.
Mirando a la mujer inconsciente durante un momento, Katai sintió sus manos temblar de rabia.
“No mueras,” dijo, arropándola con su capa, “Traeré ayuda pronto.”
Yéndose solo con su ropa interior y sus sandalias, la ronin se apresuró en la noche.
* * *
“Se está muriendo,” dijo una pesada voz, llena de preocupación. “No podemos dejar que muera.”
“¿Desde cuando su muerte te preocupa?” La segunda voz era extraña, como si las palabras fuesen memorias del momento del que nacieron.
Mochiko luchó, pero no había fuerza en ella. Un par de manos tocaron gentilmente sus heridas, y la primera voz, más calmada que antes, habló de nuevo. “Ella no merece sufrir y morir por nada…”
“No la conoces,” dijo la voz de sueño. “Ha tomado muchas vidas.”
Ella trató de moverse, trató de abrir sus ojos. El movimiento vino en forma de violentos espasmos, catalizados y puntualizados por el dolor. La samurai-ko no podía si no preguntarse si realmente dolía mucho más de lo que ella sentía; si esto era solo un pensamiento, un recordatorio de que ella estaba a punto de morir.
“¿Quieres vivir, niña?”
Si, susurró a la oscuridad más allá de ella. No quiero morir ahora.
“¿Por qué? ¿Por qué mereces salvarte del Toshigoku… de tu propio destino?”
Hubo silencio en el negro vacío mientras Mochiko observaba sus pasadas acciones, cada una de ellas un crimen inexcusable. Por primera vez, en medio de solo ella misma, la ronin lo vio con claridad; Había matado gente en nombre de la venganza, y por nada, ella había tomado tantas vidas.
“¿Todo en nombre de lo que te habían arrebatado? ¿Puedes decir que mereces vivir?”
El momento era terrible, como el clímax de una pesadilla.
“No.”
* * *
“¡Se está despertando!”
La conciencia apareció por si misma lenta y dolorosamente, tomando placer en la palpitación tras los ojos de la ronin. Mientras los dolores retrocedían hasta una esquina de su cuerpo, Mochiko se encontró con que podía girar lentamente su cabeza, siguiendo la voz para mirar a Katai.
Katai, temblando en la penumbra de una cabaña, su cuerpo cubierto solo con una delgada burla de una túnica y su joven y suave rostro lleno con una cálida sonrisa. “¿Estás bien, Mochiko? ¿Cómo te encuentras?”
“Me duele la garganta,” se las arregló para sisear, sorprendida de lo difícil que era hablar. Al lado de la joven ronin permanecía de pie una joven mujer vestida con un kimono rojo, su largo pelo recogido en tres grandes trenzas. Sonrió satisfecha a Katai y luego se inclinó ante la mujer en el suelo.
“Eres afortunada por haber sobrevivido, Mochiko-san. Soy Shiba Uiko,” dijo sencillamente la pequeña mujer, luego se levantó para irse.
Katai captó la mirada de la samurai-ko. “No te preocupes, Mochiko; Uiko-san es quien curó tus heridas. Ella es una de las amigas de Inosenko aquí en la Ciudad Imperial,” ella miró a la chica y sonrió. “Le debes tu vida.”
Mochiko no dijo nada, observando un lado de la pequeña cabaña. Shiba Uiko se quedó allí de pie durante un momento, como si esperase permiso para irse. Katai simplemente asintió, dejando a la joven marcharse. Luego sonrió de nuevo. “Al menos tu actitud se está recuperando.”
“Fue patético,” dijo Mochiko al cabo de un rato. “Ese hombre… me golpeó como si no fuese nada en absoluto.”
“Shiba Honkai…” murmuró su compañera mientras se reclinaba en su asiento y cerraba los ojos. “Ellos ya dicen que es un héroe por acabar con la asesina de Otosan Uchi en un duelo uno contra uno.”
Ella no replicó durante un momento, echando un vistazo a una pila de ensangrentados harapos. Sonriendo débilmente, Mochiko rió ante su casi desnuda compañera. “Me imagino que te debo un nuevo kimono por todos los problemas… Te compraré uno, cuando vayamos a casa.”
Katai la miró, acariciando con su mano su pelo pobremente cortado. “¿Casa?”
Mochiko asintió, sentándose con movimientos forzados. “Honkai mató a la asesina,” dijo, respirando pesadamente. “No hay… manera de que pueda continuar con las cosas como están ahora. Nosotros… yo he perdido esto ante ellos. Suficiente gente ha muerto por ahora.”
“¿Que pasa con Eirin? ¿Le dejamos saberlo?”
“Primero salgamos de la ciudad,” respondió, observando la rota entrada y más allá del mar. “No será fácil, con todo el mundo buscándome.”
Katai permaneció allí con una sonrisa, acariciando una pequeña bolsa. “Uiko fue lo suficientemente amable para prestarnos un par de sus kimonos,” dijo la joven mujer alegremente. “Llamaremos menos la atención completamente vestidas.”
Tomando el kimono rojo que le estaba ofreciendo, Mochiko asintió dejando que la suave ropa se deslizase con cautela sobre sus heridas aún sensibles. “Supongo que Uiko fue herida, al igual que Inosenko… se arriesgó bastante viniendo a ayudarte, Katai.”
“Lo sé,” respondió culpable. “No es que tuviese muchas más opciones.”
Mochiko asintió. “Está bien, Katai. Esta batalla ha acabado.”
“Vámonos.”
* * *
El templo estaba vivo con los sonidos y la vista de la naturaleza, como si los pájaros y criaturas disfrutasen del sofocante calor. Inosenko permanecía a la sombra de uno de los árboles más cercanos, tratando de no pensar en nada que no fuesen las sencillas canciones de los pájaros. No era fácil alcanzar el vacío…
Especialmente cuando tu vida está a punto de terminar.
Echando un vistazo a un lado la monja recibió una severa mirada de su nuevo guarda; uno de los cuatro hombres que habían venido para detenerla hasta que llegara el Campeón Esmeralda. Bajo circunstancias normales, Inosenko se habría regodeado con la habilidad de su amiga para encender la ira del propio Doji Raigu…
Ahora las cosas no parecían tan divertidas, mientras miraba las prestas espadas de los Magistrados Esmeralda.
“Y pensar que podía llegar así al final de mi vida,” dijo a nadie en particular, sentándose gentilmente en la fría hierba. Dejó que sus dedos jugasen sobre las suaves verdes hojas lentamente, arrancando algunas piezas muertas del suelo.
El sonido de lejanos cascos fue una señal, y todos los magistrados levantaron su mirada. Inosenko miró al este, más allá de las puertas abiertas del monasterio hacia la fuente del sonido que se acercaba.
“Doji Raigu,” dijo quedamente.
* * *
Ella estaba esperando en el templo cuando llegó el Campeón Esmeralda, abriendo las puertas y entrando tranquilamente para no perturbar el silencio del lugar sagrado. Cuando sus pisadas se acercaron, Inosenko cerró sus ojos y se endureció, moviendo ociosamente sus brazos contra sus ataduras. Mostraban lo poco que los magistrados confiaban en la pequeña monje, que habían decidido que sería más seguro atarla antes de dejarla sola.
“Ha pasado mucho tiempo, Raigu-sama.”
Tras ella solo había el sonido de una armadura, y el encantado silencio que Inosenko podía sentir casi tanto como oír. Escuchó los sonidos de él aflojando los lazos de su casco, y casi se estremeció cuando el bajó su mano para tocar la espada ancestral de su antigua familia.
“Ha pasado mucho tiempo, Inosenko-san. Explícate.”
Ella no vaciló. “No hay nada que explicar. El Gozoku ha usurpado el Mandato del Cielo; no importa lo que tú creas, sabemos lo que eso traerá. Has dañado a gente y destruido vidas… Tomo toda la responsabilidad de lo que ha echo esta asesina en el nombre de la justicia… o de la venganza.”
Raigu permaneció en calma, aunque ella casi le pareció que su mano se tensaba sobre la vaina de su espada. La monja sonrió ligeramente, deseando que sus próximas palabras no fueran verdad. “Así que ahora puedes tomar tu venganza, Lord Raigu. Mi vida por Chikuma-sama, y por la vida de la asesina también.”
El Gozoku desenvainó su espada.
“No estoy interesado en la venganza,” dijo llanamente, cortando diestramente las ataduras de la monja. “Estoy interesado en la justicia.”
Sus ojos se elevaron para encontrarse inmediatamente con la mirada del Campeón Esmeralda, pero tras esos ojos fríos ella no vio nada más que frío desdén. “Si protegiste a esta asesina entonces debes compartir la culpa de sus asesinatos. Monja o no, has tomado la sangre de muchos samurai…”
“Has matado a otros como un bushi, y ahora veremos como morirás.” Raigu enfundó su espada lentamente, esperando a que Inosenko se levantase. “Morirás por los crímenes que has cometido, Doji Inosenko. No puedes hacer nada para cambiar ese destino. Pero como elijas encontrarlo…”
“Ese poder todavía te pertenece.”
La monja le miró profundamente y luego se inclinó levemente ante su enemigo. Apartándose las últimas ataduras cortadas, la monja caminó tranquilamente hacia el sol.
* * *
Doji Inosenko fue ejecutada el primer día de primavera, en el décimo tercer año del reinado de Hantei Kusada, honrando su petición de vivir lo que quedaba del año. Con la muerte de la monja y la desaparición de la asesina el asunto se consideró zanjado, y el Gozoku volvió sus ojos a otros asuntos. Las muertes de los involucrados fueron ignoradas, o descartadas silenciosamente…
El Orden se preservó, y Rokugan continuó avanzando.

Un final ha llegado…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:53 pm

Lecciones
Capítulo 29


“Aprende de tu pasado, o se convertirá en tu futuro.”

Hantei Haekaru era el tipo de estudiante que la mayoría de los sensei sueña con encontrar una vez en su vida; era un prodigio en el verdadero sentido de la palabra. Con siete años de edad, el niño estaba aprendiendo rápido y madurando gracias a las lecciones y experiencias de su profesor, sobrepasando incluso las expectativas de Gaijushiko mientras era enseñado en filosofía, política y el Tao.
Un día, sabía el Shiba, no sería capaz de guiar el destino del Imperio.
Mirando a los brillantes ojos del niño, el viejo sabía que no necesitaba temer ese día.
“¿Sobre que discutiremos hoy, Haekaru-san?” preguntó el Campeón Shiba a su estudiante, mientras los dos caminaban a través de los retorcidos jardines que se formaban dentro de Shiro Shiba. Vestido contra el aire frío el hombre bajó su mirada hacia el niño pequeño con una sonrisa, siempre complacido de observar el trabajo de su ágil mente.
“¿Por que dejamos Otosan Uchi, Gaijushiko-sensei?” La pequeña cara del chico estaba llena de duda. “Pensaba que era allí donde un Hantei se supone que debe estar.”
Gaijushiko sonrió, su cara sin edad produjo unas pocas arrugas profundas. “El lugar de un Emperador está donde puede servir mejor a su gente, Haekaru. Muchos de entre los que te sirven son Fénix; ¿no te es más fácil entender como apoyarlos mejor desde aquí?”
“‘El lugar de un Emperador es donde pueda servir mejor a su gente,’” repitió Haekaru lentamente, observando los tranquilos jardines con una profunda concentración que su profesor conocía bien. “¿Pero por qué dices que un Emperador no debería liderar una guerra?”
“Tu eres un samurai entre samuráis, Haekaru-san,” respondió el Fénix. “¿Crees honestamente que tu puedes servir solo con una espada?”
“¿Que es más poderoso?,” continuo Gaijushiko. “¿Una voz que inspira a miles, o una única espada que acaba con todo lo que se enfrenta a su filo?”
Haekaru permaneció en silencio durante un momento, dándole vueltas a la respuesta en su mente. Gaijushiko sabía que el niño estaba seguro de cual era la respuesta correcta, pero había entrenado al Hantei para preguntar “por qué.” Conocer simplemente la respuesta no era suficiente para el joven Hantei…
“La voz,” replicó Haekaru.
“¿Y por qué es eso?”
El joven Hantei sonrió luminosamente. “Porque todas las espadas se rompen si se embotan con el tiempo. Una voz puede perdurar a través de las vidas a las que influencia, siempre presente para dar fuerza al futuro.”
“Una palabra puede hacer más bien, o más mal, que cualquier espada,” dijo solemnemente Gaijushiko. “Me alegra ver que estás empezando a entenderlo ahora. El poder de Rokugan no debería ser mandado por un sangriento golpe o asesinato, Haekaru-san… este mundo merece honor y sabiduría para enseñarle el camino.”
El Hantei asintió. “Pero Gaijushiko-sensei, ¿pueden las palabras proteger al Imperio?”
“Los ideales protegen al Imperio,” respondió seriamente al chico. “Akodo lo sabía, como lo sabía Kakita, y Mirumoto también. Cualquiera puede luchar, Haekaru…”
“Se necesita un hombre valiente para creer. Tu puedes darles eso, Haekaru, si eres noble y fuerte.”
“No les fallaré,” fue la sencilla y seria réplica.
* * *
“Levanta la espada.”
El chico respiraba dolorosamente, entrecortadamente, su pequeña forma temblando por el esfuerzo que le requería permanecer en pie.
“Levanta la espada.”
Tras un cabello castaño oscuro, un par de brillantes ojos verdes se concentraron en la hoja que descansaba contra el suelo.
“Si eres lo suficientemente fuerte,” la voz urgió a través de frío fuego, “entones levantarás tu espada.”
Solo tenía nueve años, un delgado y flacucho niño con una larga y saltarina trenza. Durante la pasada hora, sus reservas habían sido probadas y probadas, y ahora estaban en su final. El hombre ante él levantó su propia katana fácilmente, el viento agitando los bordes de su corto cabello blanco.
El niño levantó de nuevo su espada.
“Bien,” dijo seriamente el padre del niño, bajando su hoja hasta una posición de práctica. “Los Shugenja me han dicho que tu puedes no ser nunca un hombre fuerte, pero sé que es mejor no confiar ciegamente en el destino. Serás un hombre fuerte…”
“Porque ese es el deber de un estudiante de La Lluvia Que Cae.”
El niño simplemente asintió, sus pequeñas manos luchando por mantener el agarre sobre su espada. Sus ojos echaron un vistazo a un lateral del pequeño dojo donde su madre le observaba, con su pálida cara llena de preocupación mientras miraba a su marido probar al pequeño niño. A su lado se sentaba la silenciosa y fría figura de un hombre, su armadura verde y cabello blanco limpios y perfectos, sin dejar lugar a dudas sobre quien era.
Incluso el niño conocía a Doji Raigu: el hermano mayor de su madre, y el Campeón de la Grulla.
“¡Defiéndete!” Llegó el grito mientras el samurai se abalanzaba sobre el chico, su espada cortando el aire. El niño reaccionó, su cuerpo saltando a un lado a pesar de sus músculos cansados, esquivando en el último momento y haciendo girar su pesada espada. El acero mordió sonoramente al acero al momento siguiente, y la madre del niño dejó escapar una risa feliz.
Siguiendo el trazado de la espada hasta su propio lado el hombre sonrió. “Apenas me las he apañado para bloquearte esta vez, lo sabes.” Bajó su espada, y los dos se inclinaron mutuamente. “Estás mejorando. Ve y lávate. Hemos terminado.”
Asintiendo, el niño se marchó, inclinándose profundamente ante el señor Doji antes de irse.
“Puede ser débil como una niña, pero tiene espíritu,” dijo Doji Tashimi con una sonrisa, envainando su hoja Kakita. Como uno de los más antiguos instructores del Dojo de La Lluvia Que Cae, el bushi era considerado como un buen juez del carácter, incluso a pesar de que muchos pensaban que favorecía a su propio hijo. “¿Que pensáis de él, Raigu-sama?”
“Es débil,” se mostró de acuerdo el Campeón Grulla. “Pero su dedicación supera eso.”
La hermana del hombre sonrió ligeramente. “Estoy contenta porque tuvieses el tiempo para visitarnos. Se que estás ocupado…”
“Hice tiempo,” replicó.
Tashimi asintió ante la irreprochable dedicación del hombre; era por lo que era conocido Doji Raigu. Incluso con sus deberes, el tranquilo hombre hacía lo que podía por el bienestar de su familia y clan.
Eso incluía visitar a su hermana menor, casada con el hijo de un dojo menor a unas pocas millas de la Academia Kakita.
“Un día, sobrepasará esa debilidad,” la hermana de Raigu, Shinoko, remarcó cándidamente. “Será fuerte, hermano… como tú.”
“Nadie debería tener este tipo de fuerza, Shinoko,” dijo suavemente en Campeón Grulla, sus palabras sonando extrañamente sombrías mientras se sentaba ante ellos tomando su té. “Rezaré por que lo hagáis más fuerte, solo para estar seguro.”
Tashimi asintió, su pelo corto danzando mientras lo hacía. “Lo haré, Raigu-sama. Tenéis mi palabra.”
* * *
“¿Cuantos años has estado colgando de los tejados, Norihisa? ¿Observando como el Emperador hace el amor a su mujer, siguiéndole y rebuscando entre sus pertenencias mientras duerme?”
“Tanto tiempo como ha sido Emperador,” respondió el Shosuro desde las sombras.
Atsuki asintió, como siempre sin molestarse en girarse ni en echar un vistazo a la cara del ninja. “Mucho tiempo, y nosotros no nos habíamos enfrentado nunca a un oponente más difícil que esta asesina. Habilidosa, bien equipada y muy confiada…”
“Os estáis regodeando, Atsuki-sama.”
El Maestro de los Secretos sonrió. “Por supuesto que lo hago. Ha pasado casi un año, Norihisa, desde el ultimo asesinato; la gente está olvidando, y pronto nadie recordará nada. Parece tan… triste, que esa gente que murió lo hiciese solo por un año de infamia…”
“Mi nombre será más infame, Norihisa,” bromeó el escorpión. “Te lo prometo.”
“Os creo,” respondió el Shosuro, lo suficientemente rápido como para que el Bayushi echase un vistazo a las sombras.
Atsuki sonrió, su cara sin mascara arrugándose horriblemente mientras lo hacía. “¿Estás tan seguro?”
“La verdad es difícil de destruir, Atsuki-sama,” respondió seriamente Norihisa. “No importa como luchéis contra ella, nosotros sobre todos los demás somos prueba de que alguien lo sabrá.”
“Eso es cierto,” admitió el Campeón Escorpión, volviendo a su pintura con una sonrisa. “¿Supongo que un día, la verdad sobre el Gozoku será también conocida?”
Norihisa rió, aunque el sonido se perdió en la oscuridad de la habitación. “¿Cual “verdad” es esa, Atsuki-sama? ¿Aquella en la que nosotros creemos, o aquella que nuestros enemigos parecen tratar de ver de manera tan esforzada?”
“¿Acaso importa, como te recordará el mundo, Norihisa?”
“Soy un ninja,” replicó honestamente el Shosuro. “El mundo no me recordará en absoluto.”
Bayushi Atsuki asintió, despidiendo silenciosamente a su sirviente. Levantándose de su asiento, el viejo caminó hasta el borde de la pequeña habitación hasta su ventana mirando a través de los jardines a la ciudad de más allá de los muros.
No podía dejar de preguntarse sobre el futuro, y sobre el mundo que él mismo podría no vivir para ver.
“Eso no pasará,” prometió Atsuki, luchando contra su propia mortalidad. “No permitiré algo así.”

Otro día acaba…
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Mensaje por Kakita Koji » Dom Jun 20, 2010 3:54 pm

El Futuro
Capítulo 30


“El Destino no cree en secretos.” - El Tao de Shinsei

Hantei Kusada nunca había sido capaz de observar crecer a sus otros hijos; ellos, como su poder y dignidad, le habían sido arrebatados tranquila y fácilmente. Con el tiempo, una parte de él supo que sería lo mismo con su hija; el Gozoku la había prometido a los Matsu, y por ello sería enviada allí para entrenar en menos de un año.
Su mente le decía que no se sintiera atado a la pequeña niña… pero su corazón no escucharía nada así.
Desde sus primeros días Kusada sabía que había algo especial en su hija; ella aprendía pronto, y amaba escuchar y hablar. Incluso ahora, mientras se sentaba a observar la construcción de uno de los nuevos templos, la pequeña parecía estar en todas partes, lo suficientemente alejada de sus padres como para preocupar a los guardias miharu.
Sonriendo, Kusada los alejó de ella, dejando a la pequeña vagar sobre los jardines de arena donde los monjes atendían a sus cánticos.
“Ella pronto averiguará que su mundo es mucho más difícil de lo que cree.” Dijo entristecido, volviendo a su asiento al lado de su esposa. Ayatsuro le dio a su marido una pequeña sonrisa; él sabía que ella compartía su tristeza, pero ella era más fuerte, y nunca la mostraba.
“El mundo es lo que tu haces de él, esposo. Creo que nuestra hija hallará un gran destino.”
El Emperador sonrió a su mujer, cerrando su mente a la posibilidad de que Keizo, su padre e Inosenko muriesen por algo tan inmutable como el “destino”. Volviéndose hacia la creciente estructura, Hantei Kusada simplemente asintió hacia los cielos.
“Si el Gozoku me ha enseñado algo, Ayatsuro, es que los hombres valientes no dependen del destino.”
* * *
El monje era mucho mayor que cualquier hombre que la pequeña niña hubiese visto, y aunque estaba sentado a la sombra de un melocotonero, ella estaba asombrada por lo alto que todavía parecía ser. Levantando su cabeza, el hombre sonrió, su ancho rostro calmado y sereno. Ella se sintió… segura, cuando él le habló.
“Hola, pequeña Yugozohime.”
Nadie la había llamado nunca por ese hombre. Ella tendría un nombre propio algún día, por supuesto, pero por ahora su nombre era “Ojousama” o “Choujo” si era su padre quien le llamaba. Pero de alguna manera el nombre le parecía “adecuado” para ella.
En ese instante, la pequeña princesa estuvo segura de que había encontrado su nombre.
“Hola” dijo Yugozohime, sentándose ante el monje bajo el árbol. “¿Que estas haciendo?”
“Solo pensando y soñando,” dijo el gran monje con una sonrisa. Sus ojos eran como pequeños fuegos, “Estoy seguro de que sabes los maravilloso que es soñar.”
La pequeña asintió, tumbándose para jugar con la hierba bajo el árbol. El monje sonreía mientras la miraba, y esperó hasta que levantó sus ojos grises acerados para verle de nuevo. “¿Te gustaría hablar conmigo durante un rato, Yugozohime?”
“Sí,” dijo con una sonrisa, feliz con que su amigo hubiese acabado de estar sentado y callado. “¿De que hablaremos?”
El monje miró a los melocotones un rato, luego sonrió. “Hablaremos sobre sueños.”
Para su sorpresa, la pequeña se sentó presa de la atención, obviamente ansiosa por escuchar los que el hombre estaba a punto de decir.
“Los sueños son cosas maravillosas, Yugozohime,” continuó, “Estoy seguro de que tienes maravillosos sueños. Pero en este mundo, hay mucha gente… y cada una tiene sus propios sueños. Algunos sueños son los mismos, y la gente cree en ellos unidos, pero otros sueños son diferentes, y esos dos sueños no pueden coexistir.”
“No lo entiendo,” admitió libremente Yugozohime.
Él sonrió tristemente, observando como la niña jugueteaba con su largo pelo negro. “Lo harás, Yugozohime, estoy seguro de ello. Simplemente recuerda que todo el mundo tiene un sueño en el que cree, no importa lo pequeña que sea la persona, y que los valientes tienen el coraje de ir y buscar ese sueño.”
“¿Cual es tu sueño, Yugozohime?”
La princesa sacudió su cabeza. “No lo se.”
“Eso está bien, Yugozohime,” dijo amablemente el monje grande. “Con el tiempo, estoy seguro de que encontrarás tu sueño.” Se levantó de su asiento, luego cogió un melocotón del árbol y se lo dio a ella. “Prométeme que continuarás buscando tu sueño.”
Yugozohime asintió. “Te prometo que no abandonaré.”
Él sonrió. “Yo tampoco lo haré.”
* * *
Era ya tarde cuando la Emperatriz fue a buscar a su hija, excusándose ante su marido mientras él bromeaba con el Maestro Gaman sobre go y otros juegos. Ayatsuro caminó hasta la parte trasera del templo seguida por sus guardaespaldas, siguiendo el rastro a la niña por las huellas en los jardines de arena hasta que la encontraron durmiendo bajo un árbol.
“Has estado fuera mucho tiempo,” dijo la Emperatriz mientras despertaba a su hija pequeña. “Estaba preocupada por ti, durante un rato.”
“Lo siento,” dijo frotándose los ojos. “No quería ponerte triste, Okasama.”
Ayatsuro sonrió a su hija. “Vámonos a casa, Choujo.”
“Yugozohime,” le dijo la niña a su madre. “Ese es mi nombre.”
“Oh, Ahora es Yugozohime, ¿verdad? ¿Has recibido tu gempukku mientras estaba ausente?”
“No,” admitió la pequeña a su madre, cayendo hasta su lado mientras volvían a donde el Emperador les aguardaba, “pero Yugozohime es mi nombre. Un monje de lo dijo.”
Ayatsuro sonrió a su hija, viendo que en esos grandes ojos grises no había ninguna intención de abandonar el nombre. “Muy bien, Hantei Yugozohime, entonces creo que tendrás el honor de decirle al Emperador tu nuevo nombre. Puede que se burle de ti, ya que… parece que piensas que eres un pequeño niño en vez de una pequeña niña.”
La princesa hizo una mueca ante la mención de la burla de su padre, pero cuando llegaron junto a Kusada, ella se adelantó valientemente, encarándose al Emperador con una determinación merecedora de la línea de su familia.
“Mi nombre es Yugozohime. Un monje me lo dijo, y voy a conservarlo.”
Hantei Kusada puso una cara extraña como ninguna que su hija hubiese visto nunca, y luego miró a su esposa, e incluso a los monjes y Seppun para que alguien le explicase. La madre de Yugozohime simplemente cayó en una risa tintineante, pero al final le permitieron conservar el nombre.

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"La genialidad no es más que la locura revestida de triunfo"

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