Nuevo Evento: En los ojos de...

Para hablar sobre temas que no tengan que ver con la corte de invierno, pedidos y similares.
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Isawa_Hiromi
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Nuevo Evento: En los ojos de...

Mensaje por Isawa_Hiromi » Mar May 24, 2016 9:30 am

Hola a todos!!!
He decidido hacer una especie de evento, más que concurso, en donde recibáis algún beneficio al escribir una historia.

Temática:
Escribir algún relato de vuestro personaje desde el punto de vista de uno de los Pnjs de su vida. Se aceptan tanto personajes del pasado como quien se arriesgue y quiera usar un Pnj incluso de la ciudad. En ese caso se valorará también la fidelidad al Pnj. OJO, no estoy diciendo que unos relatos tenga más valor que otro, sólo que eso será un punto a tener en cuenta.


No hay extensión en cuanto al relato.
No hace falta que sea un gran suceso de su vida, sólo algo que queráis contar.


Premio
Los relatos tendrán dos formas de ser premiados.
En Xps por el esfuerzo realizado que se valorará de 1 a 10.
O en trasfondo a asumir por el personaje. Para adquirir nuevas ventajas, desventajas, objetos... la historia deberá estar suficientemente argumentada como para adquirir tal cosa. Pero como sabéis me gusta tener mano abierta en estos temas, que no implica que lo de todo, pero siempre me gusta ver si sois capaces de sorprenderme. De esta forma esta opción estará siempre abierta.


Tiempo de entrega.
Pues sin problemas pondremos un tiempo hasta Agosto. Es tiempo de sobra por si algún rezagado llega y quiere adherirse al concurso =^^=



Forma de entrega

Se hará en este mismo post. tras este blog post.
Todos los comentarios relacionados con este tema irán al general o a un post específico de comentarios, de forma que así lo tendremos mejor ordenado.
"Nací con el mar
Libertad del estío
y profundidad."


"Los caminos no están para llegar a nuestro destino sino para recorrerlos"

"NOSOTROS somos Otosan Uchi, el resto son sólo palabras."
Isawa Hiromi, Dominatrix in Wonderland

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Ikoma Goroku
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Mensaje por Ikoma Goroku » Lun Jun 13, 2016 10:43 am

Vientos de batalla
Cantos de los Kamis
Otoño en el bosque.

Se encontraba sola, en un claro del bosque. Las hojas de los árboles anunciaban un otoño temprano. Seguramente este sería un invierno duro, frío, y las cosechas no habían sido abundantes. Y la guerra aún continuaba.

El viento trajo sonidos lejanos, sonidos de batalla. Hombres y mujeres estaban dando sus vidas por sus señores a poca distancia. Pero el bosque parecía tranquilo, ajeno al torbellino de espadas que decantaría el futuro de su Clan. Impasible a los sacrificios que, en nombre del honor, se estaban realizando. Niños se quedarían huérfanos, madres perderían a sus hijos. Y muchas mujeres se quedarían viudas.

Mientras tanto, el bosque suspiraba ante el paso del tiempo. Las hojas caían suavemente, mecidas por el viento. El pequeño estanque, con su roca cubierta de musgo en el centro, parecía un ojo abierto al cielo. Un ojo que sin pestañear mira sin miedo al futuro.

Pero ella sí que lo temía. Había cabalgado toda la noche sin descanso para unirse a su regimiento, pero había llegado tarde. Cuando llegó al castillo las tropas ya habían partido y sin conocer su destino ni el plan de batalla todo lo que podía hacer era rezar.

Así que había seguido cabalgando, sin descanso, para poder estar lo más cerca posible de la batalla. Allí se decidiría el destino de aquella guerra, y también el suyo mismo.

Dejó el caballo atado en un árbol y se internó en el bosque en busca de paz para su espíritu. Notaba como dentro de su alma se libraba otra batalla, más fiera y dolorosa que la que se estaba librando en aquella llanura cercana.

Finalmente llegó a un claro, con un estanque en su centro, con una piedra en el centro. Ojo, pupila de agua negra, que mira al cielo expectante.

Allí cayó de rodillas, exhausta tras casi dos días a caballo, con el alma en un puño, sin querer enfrentarse a lo que podría perder. A ambas batallas.

Allí, sola, dejó que por fin sus lágrimas corriesen por sus mejillas. Allí, donde su honor estaba seguro, dejó que las emociones saliesen a la superficie. Allí, donde el único testigo era aquel gran ojo, dejó que, por fin, sus sentimientos fuesen libres.

Como no podía ser de otra forma, todo aquel dolor, aquella congoja sólo tenían un origen, el amor. Los bardos Ikoma dicen que todas las grandes historias son historias de amor, y que todas las historias de samuráis son historias de tragedias. Por eso, las únicas historias que merecen ser contadas son aquellas de amor aciago.

Pero, ¿acaso hay otra clase de amor? En una sociedad donde el amor es una carga, donde los sentimientos no importan, donde sólo la obediencia debe dictar nuestros actos, ¿hay cabida para el amor?

Había sido afortunada. Su matrimonio, concertado desde su niñez, había sido feliz. Pocas personas en todo el Imperio podían decir algo semejante. Su marido, honorable, fuerte, honrado, había sido bueno con ella. Pensó que podría llegar a enamorarse de un hombre así. E incluso llegó a amarlo. De cierta forma.

El amor, ese amor que los poetas Grulla escriben en kanjis delicados y a su vez recargados, lo había encontrado más tarde, en los ojos negros, ojos de hierro de un capitán Ikoma. Amor, que para mayor desgracia, había sido correspondido.

¿Cómo ser fiel a su marido, a su propio honor, cuando su cuerpo, su alma entera, deseaba a otro hombre? ¿Por qué el destino, que parecía hacerle recompensado por sus años de devoto servicio, le ponía a prueba de aquella manera?

Habían pasado sólo una noche juntos, una noche entera donde el cielo, la luna y las estrellas fueron sus únicos testigos. Una noche que ambos deseaban que el mundo entero se detuviese para ellos. Por supuesto, no lo hizo. Ni las Fortunas ni los Kamis se pliegan a la voluntad de dos simples mortales que, de forma egoísta, ansían amarse el uno al otro.

Y así se rompía por dentro. Porque ambos, su marido al que quería, y el hombre al que amaba estaban luchando su propia batalla en aquella llanura cercana. Las Fortunas dictarían si perdería a uno o a ambos. Si lo perdería todo. Si podría ser feliz y olvidar lo que nunca debió haber sido, o si podría amar libremente lo que ya amaba en la prisión de su alma.

Y así rezaba. Con miedo al destino, a lo que podría depararle. Hubiese preferido mil veces estar en aquella llanura. Luchando con ellos, ser ella la que muriese aquella mañana. Poder caer con honor.

Pero sólo le quedaba la espera.


Unos pasos le sacaron de su trance. Rápidamente se secó las lágrimas antes de girarse y ver quién era.

Se trataba de una mujer joven, muy hermosa. Y había algo en ella que le resultaba extrañamente familiar. Como verse en un espejo deformado, algunos rasgos suyos, otros… otros rasgos que también conocía muy bien.

-Todo irá bien Hachiko. Decidirás lo correcto. –Dijo la joven, con voz muy calmada, como el agua del estanque.

-¿Quién sois? – Contestó Hachiko. Estaba claro que aquella joven sabía más de ella de lo que a sí misma se atrevía a reconocer.

-Sabéis quien soy. Quién seré.

Instintivamente Hachiko se llevó la mano a su vientre. Hasta ese momento no había estado segura, pero ahora sí.

La única pregunta que podía hacer ahora, la única pregunta que realmente importaba:

-¿Serás feliz? –Preguntó Hachiko con un hilo de voz.

-Seré hija de mis padres.- Contestó con una mirada entre melancólica y compasiva.



Cuando Hachiko despertó se encontraba sola en el claro. Los sonidos de batalla habían cesado y la calma invadía el aire. Sabía lo que debía decidir, lo que ya había decidido. Sólo había un camino para el Honor y como Samurái, sólo el Honor es el camino.

Montó en su caballo y cabalgó hacia su destino. Hacia su marido. Y hacia aquella joven de ojos negros, de hierro… Tetsu.
-I'm too old for this shit.

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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Dom Ago 07, 2016 3:37 pm

BAYUSHI SAKURA DESDE LOS OJOS DE… BAYUSHI KAGEHISA

NdR: Por si las dudas, el orden cronológico real de los hechos es el siguiente:
De antiguo a más reciente: Verano; Otoño; Primavera; Invierno



Preludio: Invierno.

El sensei escorpión Bayushi Kagehisa permanecía alzado junto al cadáver, aparentemente impertérrito mientras miraba el reguero de agua que su joven esposa había dejado en el suelo de madera del baño al marcharse.
No sabía qué parte de aquello eran lágrimas en vez de agua, pero por los sollozos de la chica y la manera en la que estos le oprimían su propio corazón -o lo que quedaba de éste- habría dicho que mucha.
Se pasó la mano por la frente para secarse el sudor. Seguro que ahora le odiaba aún mucho más… pero ya estaba hecho; no se le había ocurrido mejor forma de ponerle fin a aquella traición… ¿Debería acaso haberlo pensado más?
Lo que si sabía es que todo era por culpa de la mujer que ahora yacía en el suelo. Morena de cabello y piel, rasgos exóticos y vestida a la manera vaporosa de los Reinos de Marfil, ahora empapada, y de nombre igualmente gaijin, Dybalah. Debía reconocer que era muy hermosa, incluso ahora que su cuello estaba roto y sus verdes ojos clavados inertes en el vacío.
Había obligado a su propia esposa a estrangularla. Tan sencillo como cruel. Eso o la amenaza de un destino mucho peor a manos de sus hombres; una sentencia sin atisbo de compasión, que ahora Kagehisa se preguntaba si no habría sido principalmente motivada a causa de sus celos…

Soltó una carcajada amarga. Llevaba años tratando de resolver el rompecabezas que Sakura representaba para él, sin apenas éxito; cuantas veces se había abierto camino a través de ella para terminar encontrándose una y otra vez aquellas uñas afiladas; cuánto tiempo y esfuerzo como sensei dedicado a convertirla en la esposa perfecta de alguien como él, una maestra de las sombras digna de cambiar el mundo a su lado… Con ningún otro aspirante había empleado tanto para eliminar sus debilidades, pero ¿agradecía ella algo de eso? No, sólo se ofendía cuando no le dejaba peinarle, o entrar y salir a su antojo…
Su esposa le miraba con desprecio, como si cada vez que lo hiciera esperase ver a otro hombre, y al no hacerlo le odiara por ello. Kagehisa podía ofrecerle un vaso de agua fresca, y Sakura siempre lo miraría como si fuera veneno.
¿Qué más tenía que hacer para conseguir que le aceptara como marido y que adoptara la actitud dócil y obediente que le debía como mujer? ¿Qué demonios le había enseñado esa mujer Soshi para atreverse a llamarse a si misma sensei de “buenas esposas”?

-“Dybalah La Embaucadora…” Perra traicionera –gruñó pronunciando su nombre completo, mientras pateaba el cuerpo con una frustración palpable. -¿Por qué has intentado quitármela… Por qué me has obligado a hacer esto?

Nada sucedió durante unos largos segundos, pero al final los labios de la mujer yaciente se curvaron en una sonrisa desafiante.
Los ojos empezaron a moverse después, justo antes de que el cuello roto se recompusiera con un chasquido tan desagradable como el que había sonado al quebrarse.
-Tu gatita tiene brazos fuertes –se rió en un tono estridente frotándose el cuello –Debe de ser lo único que has hecho bien como su maestro, Kage-chan.
Pero ya que preguntas… deberías tener en cuenta que yo no te he obligado a hacer nada. Es la Bruja de Ojos Rosados la que te mantiene hechizado y te hace perder el poco juicio que tenías antes. Después de todo… incluso ahora podrías haber resuelto esto de un modo más… amable, para todos, y especialmente para ésa a quien tanto dices querer, ¿no te parece?

-¿Amable? ¿Dejarte que la devores sería amable, demonio? Ella tiene que saber que no puede confiar en nadie más que en mi, por las buenas o… por las malas.

-Yo no diría que ahora confíe más en ti, ji, ji… Y no pensaba comérmela. Oh, no me malinterpretes, reconozco que tu mujercita tiene aspecto de ser deliciosa… pero me gusta más como huele… Viva –la cambiaformas comenzó a mutar, su sonrisa lobuna se fue ensanchando y tras ella asomaron colmillos afilados mientras doblaba el volumen de todo su cuerpo, que terminó cubierto por un pelaje atigrado, como un felino humanoide. Kagehisa había visto a unos cuantos hengeyoukai, pero aquel ser les doblaba en tamaño, y mucho más en peligrosidad –Soy una tigresa, ¿recuerdas? Los rakshasa descendemos del Gran Jinn del Templo del Tigre Blanco, aunque los débiles Tora lo olvidaran al ser asimilados por Chikusudo.
Eso hace que aún nos “gusten” los cambiaformas de sus razas emparentadas, o descendientes según quien cuente la historia, como la neko en todo caso.

-¿Tú también…? ¿Todo esto para decirme que te has enamorado de ella?

-¿Enamorado? Ja, esa palabra no significa nada para alguien como yo, Kage-chan. Dudo mucho que la Bruja de Ojos Rosados tenga el poder suficiente como para hechizarme a mi de la misma manera que a ti, pequeño humano –replicó con un tonillo molesto, que trató de hacer pasar por burlón.
-Hum, yo diría que… a mi me gusta de otro modo… Como “mascota” más bien. Una con muchos usos divertidos, ji, ji; pero no me culpes por ello, creo que llevo demasiado tiempo entre mortales. Y todo lo malo se pega, ya lo sabes –la rakshasa volvió en un abrir y cerrar de ojos a adoptar una forma humana, aunque era notablemente diferente de la que había “muerto” antes. Para entonces era una preciosa mujer rokuganí; sólo el color intensamente esmeralda de sus ojos verdes y su condición femenina eran constantes en todas sus variaciones.

-Debería matarte ahora mismo –siseó Kagehisa, estrechando alrededor de Dybalah el hechizo que la mantenía esclavizada a su voluntad. Despacio, extrajo del obi un arma de fuego con grabados gaijines de aspecto antiguo de los que aún sólo había conseguido traducir el comienzo: “Vishnú el Protector…”
La expresión del rakshasa le diría si era lo que pensaba, o no. Y así fue, en cuanto la puso ante aquellos ojos verdes.

-P-podrías… pe pero… soy tu posesión más… ough-más valiosa… Mataste al hechicero de sangre, no sabes… reproducir este tipo de magia y… si me matas… sabes que jamás volverás a ver a alguien con mi poder ni… mi conocimiento…
Y… me lo debes… -farfulló con un aliento esforzado mientras señalaba el pecho del escorpión, donde se veía bajo el kimono asomar el comienzo de una cicatriz enorme.
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Dom Ago 07, 2016 3:38 pm

-Dos años antes-
Acto 1: Primavera.

Kagehisa notaba la fría piedra que formaba el suelo de la cueva, pero pese al silencio no podía escuchar sus propios pasos al caminar. Parecía que la oscuridad se tragaba incluso el sonido, allí dentro.

-Camina hacia mi, Kagehisa. Sigue mi voz.
Las palabras retumbaron de un modo antinatural, como si la voz surgiera tras una máscara completamente hueca. Algo dentro del escorpión le decía que huyera, pero no podía… En cierto modo el joven quería pensar que se lo impedía su determinación y ambición por ser un gran hombre, pero en el fondo de su alma sabía que, llegado a aquel punto, correr no serviría de nada. –Puede sentir tus dudas, hijo mío. Los dioses que te han hecho débil se burlan de ti, se recrean en tu dolor mientras les suplicas, sin darte nada a cambio.
Pero yo soy generoso… En la oscuridad hay lugar para todas mis criaturas, y tú eres una de ellas, Bayushi Kagehisa. Arrodíllate ante mi, y yo te haré poderoso… Un auténtico maestro de las sombras, alguien capaz de extender mis bendiciones a otros. Lo que tu Clan tanto desea…
Los daimios se maravillarán ante ti, y conseguirás de ellos cuanto deseas… Cuanto mereces.

Entonces por primera vez Kagehisa pudo ponerle rostro a la voz que le había guiado hasta aquel lugar, la que le había susurrado durante meses de fracasos y frustración, cuando una tenue luz se coló en la cueva: la cara era pálida, desprovista de expresión y sin duda de alma. Aunque sonreía, no parecía más sólida que la exhalación caprichosa del humo de una pipa. Sus ojos sin embargo eran muy diferentes; dos abismos sin fondo de oscuridad absoluta, que sin embargo parecían muy vivos, e incluso ávidos.
¿Pero ávidos de qué? Aquel muchacho no podía saberlo; de todo quizás…

-Amo, soy vuestro –dijo alguien tras Kagehisa. O quizás él mismo, era difícil saberlo. De pronto algo frío y oscuro le atravesó el alma…


En ese preciso instante el Bayushi se despertó con un sobresalto. Se llevó la mano al pecho, pero no había ninguna herida, sólo su piel fría y cubierta de sudor.
Otra pesadilla.

Retiró la humedad de su frente incorporándose, palpó con la mano el futón a su lado donde dormía su esposa… pero estaba vacío, e igualmente frío. El sensei shinobi chasqueó la lengua, y se levantó.

¿Era tanto pedir dormir a su lado? La respiración de la joven dama Bayushi le serenaba y de hecho Kagehisa había descubierto que mantener el contacto con ella mientras dormía alejaba las pesadillas recurrentes.
Quería abrazarla, eso le hacía sentir mejor. Sin embargo la joven parecía detestar aquello, y constantemente se escabullía en plena noche abandonando el lecho conyugal.

El hombre deambuló por la casa a oscuras en aquella noche sin luna, hasta que encontró cerrada por dentro la puerta de una de las estancias de sirvientas que Sakura se empeñaba en despedir a los pocos días de que él las contratara para agasajarla. Rozaba la paranoia, o tal vez fuera desdén por todo lo que proviniera de su esposo… O un poco de cada.
El maestro shinobi contuvo la respiración y dejó fluir a través de su cuerpo las sombras que inundaban el corredor, traspasando la fusama con facilidad como si apenas fuera material. Allí estaba el cuerpo que había echado en falta a su lado al despertar, enroscado sobre una manta.
-¿Por qué…? -dormía plácidamente, así que no respondió. Pero habría dado igual, supuso el hombre, ya que la única vez que le hizo aquella pregunta despierta, tampoco le contestó.

Daba igual, ahora sólo deseaba descansar sin volver a ver el rostro del amo oscuro. Se tumbó sobre el suelo cuidando de no sobresaltar a la mujer, se acercó a su espalda y deslizó suavemente su brazo alrededor de su cintura. Aquella calidez hacía que hubiera valido la pena todo el dolor, pensó antes de dormirse pasando los dedos por la cicatriz de su pecho.

La siguiente vez que Sakura se levantó no fue tan sigilosa. O tal vez Kagehisa no estaba todavía lo suficientemente dormido, así que abrió los ojos y vio a su mujer de pie, caminando hacia la puerta tras haberse deslizado fuera de su abrazo una vez más.
Él se incorporó tras ella, molesto. Por su mente pasaban opciones que decir, preguntas razonables que hacerle, pero cuando ella escuchó sus pasos y se dio la vuelta… su rostro sorprendido expresaba miedo y desdén de un modo tan nítido que la lengua del maestro enmudeció.

¿Por qué? Pensó en aquel momento como un enamorado desolado. Pero no dijo nada como aquello; la frustración se apoderó de él y la zona oscura de su mente tomó el control, desplazando una vez más al débil amante rechazado al fondo de su alma.

-Si no puedes huir en silencio… No mereces escapar –siseó tomándola por el cuello de la bata de noche y empujándola hacia la pared. La mujer neko evitó gritar, pero sacó sus uñas a relucir hiriendo a Kagehisa en el rostro, que se deshizo de su ataque con facilidad y la proyectó contra el suelo bocarriba. Ella apretó los dientes por el dolor, pero aún así no emitió sonido alguno.
-Si no puedes vencer a aquel de quien no puedes huir… no serás dueña de tu voluntad, sino que estarás a expensas de la suya. Es el credo shinobi, esposa mía –añadió con rabia contenida por haberla dañado otra vez, antes de besarla con fuerza mientras tiraba de su ropa.
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Dom Ago 07, 2016 3:39 pm

-Algunos meses antes-
Acto 2: Verano.

Bayushi Kagehisa permanecía de pie, inmóvil junto a la ventana del torreón. Abajo, en el jardín de la mansión fortificada, su joven esposa Sakura correteaba de un lado para otro persiguiendo y haciéndose perseguir por uno de los enormes mastines que protegían el recinto. Su cabello negro se mecía con un aire entre salvaje y encantador, coronado por una diadema de flores trenzadas. El maestro shinobi observó que el enorme perro también llevaba un collar del mismo tipo.
Por algún motivo, no podía dejar de mirar aquella escena. Uno de aquellos animales casi le había arrancado el brazo al encargado de las perreras que los había criado, y a Kagehisa le hacía gracia la idea de que sólo le respetaran a él. En cierto modo no sólo eran una defensa para evitar que nadie, humano o no, asaltara su mansión, sino que también había confiado en que su naturaleza canina evitara que su mujer medio neko se escapara por su cuenta…

Pero la realidad le había obligado a reír por su ironía. Después de menos de una semana viviendo allí, los fieros mastines se comportaban como cariñosos cachorros juguetones con la chica.
Era como… si por algún extraño motivo, todos aquellos que pasasen demasiado tiempo alrededor de Sakura terminaran “enamorándose” inevitablemente de ella, cada uno a su manera según su particular naturaleza. De hecho, el maestro ahora restringía muy mucho el acceso que el resto de alumnos del sexo masculino podían tener a su joven esposa.

-Si no te cuidas de ellos, tal vez tengas una camada de herederos un cuarto humanos, cuarto nekos y mitad perros sarnosos –siseó una femenina voz burlona a su espalda. El Bayushi la conocía bien, era Dybalah el demonio de los Reinos de Marfil.
-Son todo hembras. Los machos son problemáticos en una manada –murmuró el escorpión. La mujer de rasgos exóticos comenzó a reírse a carcajadas; en su voz resonaba un concepto cruel de la diversión.
Kagehisa la miró de reojo. Había revivido muchas veces el instante en que la había conocido, durante una de sus primeras misiones, y quizás la que le había granjeado mayor fama entre la corte del daimio Bayushi: la localización y asesinato de un brujo Yogo corrupto que practicaba la magia de sangre. Oficialmente, sin ninguna ayuda.
Extraoficialmente… cuando el joven e inexperto Bayushi allanó la atalaya del brujo ni siquiera sabía contra quien se enfrentaba. Era un encargo llegado por los canales oficiales del Clan, que no era raro que se dirigiese contra algún díscolo poseedor de la maldición de Isawa Yogo.
Fue la sirvienta del brujo, Dybalah, quien le puso sobre aviso de sus capacidades letales, y quien le dijo como matarlo. Entonces, claro, no sabía quien era ella… ni que pretendiera liberarse del hechizo de esclavitud con el que el Yogo la había capturado, tras morir éste.
Por supuesto, tampoco sabía nada entonces de la naturaleza caótica y sangrienta de los Rakshasa, ni siquiera había oído hablar de ellos, ni por tanto podía imaginar su segura muerte a manos del demonio liberado, junto con la gran mayoría de habitantes de la región hasta que Dybalah se saciara… lo que podía llevar siglos.
El Yogo si lo sabía, evidentemente. Con su último aliento ensangrentado vinculó la magia de posesión con su asesino, asegurándose de que el demonio no quedara libre. A menudo Kagehisa se había preguntado si el shugenja lo había hecho por lealtad hacia el Clan Escorpión, pese a todo, o como venganza final sobre su atacante…

El rakshasa siempre se reía cuando se lo preguntaba. Todo lo que sabía desde aquel momento procedía del hecho de que Dybalah no pudiera o no quisiera evitar compartir el vasto conocimiento que implicaba su naturaleza y varios miles de años deambulando por el mundo, pero en cuanto al Yogo siempre se mostraba críptica y burlona, haciendo gala del sobrenombre por el que era conocida entre los suyos, y sus enemigos, La Embaucadora.

-No voy a entregársela –dijo Kagehisa sin más, cortando la risa de la mujer gaijin de golpe. No era tan tonto como para pensar que la cambiaformas demoniaca le fuera realmente leal, pero al menos había llegado a pensar que todo aquello le divertía –sólo el gusto por la confusión y el caos atraía a un rakshasa más que la destrucción física- Después de todo, no tenía que conspirar para matar a un mortal, el universo se encargaría ya de eso muy pronto para los estándares de un ser inmortal. Aparte de eso, el hechizo del maho tsukai parecía funcionar realmente bien a todos los niveles.

-¿Vas a traicionar al Amo Oscuro…? Después de lo que nos ha costado encontrar el hechizo para romper ese sello de protección neko…

Bayushi Kagehisa sacó un pergamino lacrado de un bolsillo interno de su kimono. Lo miró un rato, y luego de nuevo dirigió la vista hacia aquel jardín desde el que podía escuchar la risa de Sakura.
Con gesto desafiante, típico de los estúpidos mortales según el rakshasa, se giró hacia una lámpara y prendió el papel.
Sólo que no olía a papel quemado, precisamente.
-¿Pero qué demonios era esto…?

-Piel de ningyo. Sólo de esa forma funcionaba esa magia en particular… Unas criaturas maravillosas, no se desaprovecha nada de ella -dijo la mujer con un gesto de relamerse, mostrando unos colmillos inhumanos –Por cierto, yo de ti no navegaría por alta mar durante un par de años, después de esto. Esos orochi tienen muy buen olfato y esa peste a pescado quemado no se te irá tan fácilmente –añadió riéndose de manera burlona, señalando al pergamino casi completamente convertido en cenizas ya. –Aunque honestamente, no creo que vivas tanto como para preocuparte de eso. El Amo te arrancará el alma por traicionarle –siseó Dybalah acercándose a la ventana para mirar ella hacia la joven mestiza. Kagehisa notó que lo hacía de un modo extraño, casi como si la curiosidad le hiciera al demonio preguntarse si realmente la medio neko valdría tanto la pena. –Y de todos modos encontrará a otro que se la entregue. Te consumirás en vano…

-La protegeré de él. Evitaré que le ponga las manos encima.

-¿Tú, mortal? Es tan viejo como el mismo universo, o puede que más. Los Dioses sólo han logrado arrinconarle, pero nunca destruirle… Los Ashalan llevan siglos estudiando a esa cosa… ¿Y tú, estúpido humano, crees que tienes alguna posibilidad contra la Oscuridad Mentirosa?

-No yo, pequeña tigresa gaijin. Nosotros…


-Algún tiempo más tarde-

Oficialmente, todo aquello había ardido pasto del fuego purificador. La realidad sin embargo era que sólo rollos de papel sin interés y libros sin valor se habían quemado en la atalaya del maho tsukai Yogo; el héroe que acabó con semejante amenaza se cuidó de llevarse a un escondite secreto todo el material valioso. Y tratándose de la Oscuridad Mentirosa, cualquier conocimiento podía tener esa consideración hasta que se demostrara otra cosa, aunque algunos estuvieran expresamente prohibidos, y otros sin duda llegarían a estarlo si el Imperio los conociera.
Guiado a través de semejante biblioteca arcana por su esclava Dybalah, Kagehisa había llegado a aprender mucho sobre la magia de sangre- tan especialmente odiada por los dioses porque sólo los mortales podían utilizarla, y resultaba especialmente lesiva contra seres inmortales- También mucho sobre otros hechizos y corrientes mágicas de poder invocadas por diferentes razas durante milenios, la mayoría ya extintas.
Algunas de esas prácticas eran especialmente salvajes, pero nada comparado con lo que acababa de escuchar. –Repítemelo… -murmuró el escorpión tamborileando nervioso con los dedos.

-Khadi –dijo el rakshasa con fastidio –Los hombres sin corazón.

-Vale. Siervos a quienes esos brujos de las Arenas Ardientes convertían en inmortales… ¿Y cómo diablos va a ayudarnos eso? Aunque pudiera contactar con alguno, tú dijiste que era un método para esclavizar a esos individuos.

-Excepto el maestro, humano. Ése no es esclavo de nadie. Pero… ningún maestro te convertiría en maestro, son muy desconfiados los unos con los otros, ji, ji. Y con razón, los Ashalan llevan siglos dándoles caza y matándolos: encuentran su corazón, lo apuñalan con sus dagas de cristalacero, y adiós khadis.

-¿Y…? –exigió el Bayushi con fastidio, notando que el demonio se estaba tomando su tiempo deliberadamente.

-Los Ashalan han estudiado mucho las técnicas de los brujos khadi. También han estudiado mucho a la Oscuridad; llevan utilizando el poder de la sombra desde que la Dama Sol exterminara a los Jinn.
De entre todos los humanos, los rokuganíes sois los más idiotas, después de los actuales habitantes de los Reinos de Marfil. Para vosotros todo esto no es más que mitología blasfema, así que hay tanto que desconocéis… que casi me dais pena -bromeó chasqueando la lengua con fastidio.

-Ahórrate la lección de historia. Continúa.

-Los Ashalan son naturalmente inmunes a la Sombra, pero sólo hasta cierto punto. Sin embargo, si algo les caracteriza es su ansia desmedida por conocimiento y poder, así que no iban a conformarse solo con llegar hasta “cierto punto”
Ellos saben bien que el cristal protege de la ser asimilado por la oscuridad, por eso son expertos cristaleros, especialmente de lo que llaman “cristalacero” una variedad rarísima de cristal tan resistente como… bueno, acero como puedes imaginar por ese nombre tan poco imaginativo. Pero el problema es que la protección del cristal también evita que puedan utilizar el poder de la sombra para sus fines personales, y para una raza alérgica al Sol eso es mucho decir…
Así que una de sus órdenes desarrolló una técnica basada en ciertos principios de la magia khadi para obtener una inmunidad total al control de la Oscuridad Mentirosa y, esto es lo más importante, mientras permitía continuar utilizando los dones de la misma.
Ella no puede avanzar más en ti, por eso no puede asimilarte, aunque el usuario tampoco puede aprender nuevas técnicas claro… Por eso sólo la utilizaban los maestros que estaban a punto de “desaparecer” pero aún eran dueños de si mismos, una situación muy rara porque la Sombra no suele permitir tanta independencia en esos estados.
Pero a ti…

-Pero a mi si. –completó Kagehisa la frase, frotándose la barbilla -El amo oscuro me necesita lo suficientemente separado de su matriz sombría como para llegar hasta Sakura y desbaratar el sello de protección neko, pero a la vez tan sobresaliente como shinobi como para que el daimio Bayushi me entregara lo que yo quisiera a cambio de fundar este dojo fuera de la influencia de los Shosuro…

-Así es. Si fueras Ashalan, serías el candidato ideal para esa técnica –dijo con una sonrisilla enigmática el demonio.

-¿Qué me estás ocultando…?

-Oh, ji, ji… Es que no eres Ashalan, claro. Según lo que he encontrado al respecto, y créeme que no es fácil obtener nada de esos arrogantes pieles azules, aunque un poco más si de sus esclavos mortales… sobre todo cuando comienzas a devorar alguno de sus miembros, ji… Bueno, como decía… no eres Ashalan. Eres un mortal débil y patético, y…

-Habla de una vez, Dybalah –rugió Kagehisa azotándola con el vínculo de esclavitud. La cambiaformas emitió un gruñido de dolor y lo miró con rabia, aunque al poco volvió a sonreir.
Rebuscó entre su ropa un paquete de tela y lo dejó en el suelo entre ambos. Afilando su mueca divertida, desenvolvió lo que al hombre le pareció una escultura extraña de cristal tallado. -¿Qué… es eso?

-Esto es… un corazón de cristalacero ashalan. No quedaba ninguno en Ningen-do, pero afortunadamente no sólo en este mundo tuvieron asentamientos esos estirados…
En fin, presta atención porque esto te interesa. El guerrero de las sombras ashalan debe someterse a un ritual inspirado en la magia khadi, mediante el cual su corazón será sustituido por uno mágico de cristalacero. Concluido el proceso… pues se supone que ya está.

-¿Se supone?

-Si, no he encontrado nada más al respecto, así que… no hay nada más. O faltaban páginas en el alijo de pergaminos, claro. No lo descartes porque tenía miles de años. –añadió encogiéndose de hombros. La rakshasa hablaba con mucha ligereza sobre sus viajes a través de los Reinos, parecía que para su raza resultara sencillo ir de un lado para otro. Y pese a la distancia, el vínculo de esclavitud seguía funcionando.

-¿Y cómo…? –el maestro shinobi se pasó la mano por la boca mientras miraba aquella monstruosidad, notando como su pulso se aceleraba al pensar en todo aquello.
El demonio gaijin esbozó una sonrisa cruel, y mostró un pequeño cuchillo de cristal en respuesta a la pregunta. –Claro, más cristal –suspiró el hombre.

-Se supone que esto ya está imbuido de la magia necesaria para funcionar –murmuró Dybalah dándole una patadita con el pie desnudo a la talla –Lo robé del sarcófago de un tipo importante, así que supongo que a él le funcionó. Aunque era la tumba de un ser supuestamente inmortal, ya me entiendes. Pero en esta clase de “arqueología” nunca hay certezas…
Aún así, creo que es nuestra mejor opción. Por lo que he podido averiguar, cualquier intento de oponerse al dominio del amo es inútil; especialmente en el caso de los mortales, y especialmente si ya están tan contaminados, así que… saca cuentas de tu situación, Kagehisa –explicó riéndose, parecía que a ella todo aquello le divertía.

-¿Cómo se que todo esto no es más que una pantomima para arrancarme el corazón, matarme y quedar libre? –dijo frunciendo el ceño.

-Oh, puedo ocultarte algo que no me preguntes… pero no puedo mentirte, ji, ji; buena jugada. Si, me gustaría que murieras, como a cualquiera… Pero lo que te he contado es cierto, no podría decirte lo contrario ya sabes.

-Aún así… crees que es probable que muera en el proceso.

-¡Al noventa y nueve por ciento! –exclamó con una carcajada. –Dicho lo cual, ese uno por ciento sigue siendo nuestra mejor opción después de que quemaras el pergamino de escamas de ningyo.

Ah si, se me olvidaba, ju… como todo esto estaba basado en magia khadi, el sujeto no podía dejar que otro sustituyera su corazón. Tenía… que hacerlo él mismo. –sonrió mostrando de nuevo la pequeña hoja de cristal –Tienes que cortar tu pecho, arrancar tu corazón y colocar éste en su lugar. Debes hacerlo tú mismo, o no funcionará.

-¿Yo…? Es… es una locura… No hay forma en que un humano pueda hacer eso… Moriré sin remedio…

-Supongo que si. Por eso dije que era importante ser un Ashalan, no un mortal debilucho y quejica. Pero, si te sirve de consuelo… según mis cálculos un humano medio tiene unos cuatro segundos de vida después de que le arranquen el corazón –Dybalah sonrió de una manera libidinosa, era obvio que había contrastado aquel dato porque los rakshasa adoraban devorar vivas a sus víctimas –Con algún hechizo de protección se podría alargar ese tiempo lo suficiente, puede que algunos segundos más. Una vez que introduzcas el corazón de cristalacero en la cavidad de tu pecho… en fin, debería de reanimarse por si mismo, creo; conectar las arterias, cerrar la herida… confiemos en que todo eso lo haga en modo “automático”, porque la magia de curación nunca se me ha dado muy bien –volvió a reírse, encogiéndose de hombros.

-¿Hechizos de protección…? –repitió Kagehisa con un tono sombrío. Evidentemente no podía exponerse a un shugenja de magia sagrada con aquella barbaridad; sobreviviese o no, los kuroiban le ejecutarían sin dudarlo.
El rakshasa le dejaría morir si dependiera de ella, estaba seguro de eso. ¿A quién le quedaba entonces por acudir…?



-Me lo debes –espetó Bayushi Kagehisa en medio del silencio –Todo esto ha sido culpa tuya… -el viento comenzó a agitarse furioso en la gran sala del Templo.
En cierto modo, todo había comenzado allí. O al menos la historia habría sido muy distinta de no mediar su intervención, pensó el escorpión, así que tenía sentido acudir a aquel lugar. El enorme templo dedicado en exclusiva a Benten, el más grande de cuantos se levantaban en Kyuden Bayushi a excepción, por centímetros, del del propio Bayushi; y contenido dentro del complejo de la escuela de esposas de Soshi Satomi.

-No opuse mucha resistencia, lo se. La deseaba para mi… siempre la deseé. No quería entregársela al amo, pero… nunca me habría atrevido a desafiarle, de no haber guiado tú mis actos, Benten. Lo sabes. –
Allanar aquel lugar había sido un juego de niños para un maestro shinobi. El aire incrementó su ira a su alrededor. A la Fortuna no le gustaba que le hablaran en aquel tono, pero al menos eso significaba que le estaba escuchando, consideró Kagehisa.

-Sigo siendo tu mejor opción. Tú también deseas protegerla y… ambos sabemos que los Dioses no os mancháis las manos directamente. Pero yo me ofrezco… Yo podría ser tu… paladín, tu elegido para mantenerla a salvo del Amo.

Si vuelves a guiar mi mano una vez más… para arrancar mi negro corazón y sustituirlo por uno nuevo.
Si… me sacas con vida de ésta. –el viento entonces se detuvo en seco, como si todos los kamis de aire del lugar hubieran callado por algún motivo. Después se reunieron vibrando con fuerza alrededor del hombre que ya acababa de sacar de su faltriquera una daga y un corazón de cristal reluciente…
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Dom Ago 07, 2016 3:39 pm

-Una temporada después-
Otoño.

Era una noche sin luna. El Amo oscuro no soportaba la mirada de Onnotangu, así que sólo en fechas como aquella se aventuraba a “campo abierto”
Claro que un denso bosque milenario donde los troncos vivos y muertos formaban un entramado laberíntico no era lo que Bayushi Kagehisa habría llamado precisamente “abierto…” De todos modos, podía ver con bastante nitidez a través de la espesa oscuridad, debido a los dones de aquel al que llamaba Amo.

Aquel no tenía forma precisa, pero el escorpión sabía que sentía predilección por adoptar aspecto humano. Iba vestido con un kimono negro con ciertos detalles e inscripciones ilegibles en gris ceniza, pero la ropa no parecía terminar nunca sino fundirse con las sombras que cubrían el suelo. Su cabello largo también era plateado pero lo más llamativo eran sus ojos; al igual que una vela extiende luz a su alrededor, los ojos del amo proyectaban oscuridad y sombras, no de un modo poético sino antinaturalmente literal.

El hombre también escuchó el sonido de sus marionetas ocupando posiciones a su alrededor. Criaturas de la noche; aleteos, leves silbidos y también alguna respiración entrecortada propia de algo más humanoide.

-¿La has traido…? –la voz del ser oscuro resultaba cavernosa y tétrica, como un escalofrío recorriendo los oídos. Kagehisa asintió y señaló hacia un claro donde el cuerpo de una mujer yacía. La sonrisa del amo resultó especialmente aterradora, aunque duró poco –Aún… noto la magia que la mantiene fuera de mi alcance.
Dime, hijo mío… ¿encontraste a quien pudiera romper ese hechizo? –susurró como un viento gélido, pero sin dejar de mirar con una avidez aún más que enamorada a la joven esposa del Bayushi.

-Si. Bueno, lo que quedaba de su raza, más bien… Se extinguieron hace mucho. Aunque sería más correcto decir que se idiotizaron, a efectos prácticos es lo mismo; ningún ogro sabe ya nada de lo que una vez supieron, ni lo que una vez fueron –explicó encogiéndose de hombros.

El Amo no parecía estar demasiado interesado en historia, sobre todo porque seguramente él ya hubiera visto suceder aquello desde algún rincón oscuro y, si entonces no le había importado, ahora menos. –Entonces, rómpelo –le ordenó sin dejar de mirar a la mujer –Hazlo, y serás el comandante de todas mis legiones oscuras que cubrirán el mundo, Kagehisa. –escuchar su nombre pronunciado le hizo tambalearse, pero sintió una palpitación particular en su pecho y el efecto pasó tan deprisa como había venido. El Amo lo notó también, porque dejó de mirar a Sakura para hacerlo sobre su enviado.

-No. –dijo sin más. Y antes de añadir nada, sacó la daga de cristalacero con la que se había arrancado el corazón frente al altar de Benten, y con la velocidad de una sombra la clavó en el cuello de su Amo…
Entonces se escuchó un gemido que podría haber helado cualquier corazón, si alguno de carne y hueso hubiera habido allí para sentirlo. Mientras el Maestro se alejaba y desplomaba agonizando un líquido viscoso por la herida que humeaba y se evaporaba al contacto con la superficie de la daga, varias docenas de ojos rabiosos se lanzaron contra Kagehisa para despedazarlo.

El primero de aquellos monstruosos retazos de oscuridad clavó una garra negra y larga en su pecho. El Bayushi se tambaleó por el dolor inesperado, casi como si algo hubiera atravesado su cuerpo, o sin mucha diferencia, pero aparte de eso ni sangró ni se debilitó por la herida. De hecho, fue la criatura la que aulló de dolor cuando su cuerpo comenzó a quemarse a causa del corazón de cristal que imbuía con su protección mágica toda la sangre de su portador.
Con cierta parsimonia divertida, ignorando el dolor Kagehisa desenfundó una katana completamente fabricada de cristalacero ashalan que refulgió aún en medio de la oscuridad.
El hombre sonrió cuando pudo percibir la expresión de miedo en sus enemigos…


Las heridas de la sombra no podían causarle la muerte, ni infectaban su cuerpo, pero dolían todo lo que pudieran doler y más aún. Y cuando una docena de enemigos son tan rápidos como para atravesar tu cuerpo una y otra vez, eso significaba mucho.
Kagehisa se sentó junto al cuerpo aún mágicamente dormido de su preciosa esposa Sakura, tomando una bocanada de aire nocturno mientras los desgarros se iban cerrando, con mucha más pausa de lo que a él le hubiera gustado. –Al menos… ya está hecho. El amo está muerto, mi amor –susurró apoyando su cabeza junto a la de ella.

-¿Muerto, dices…? –de nuevo el sonido tétrico, pero esta vez mucho más insoportable como un chirrido furibundo -¿Crees que puedo morir, patético humano? –volvió a preguntar la voz del amo.
Kagehisa se puso en guardia, pero esta vez nada corpóreo se mostró; sólo escuchaba el sonido por todas partes como si proviniera de cada rincón oscuro de aquel bosque, y eran… todos. –Yo estaba antes de que aquellos que se llaman inmortales nacieran siquiera. Pero soy mucho más que un simple inmortal.
Yo soy la nada, y la nada no puede dejar de ser… porque no “es”
¿Y tú piensas que puedes acabar conmigo, Kagehisa?

Un escalofrío de terror cruzó el alma del hombre, pero aquel corazón palpitó de nuevo evitando que colapsara por el miedo generado por la oscuridad desatada. Al menos eso seguía funcionando, pensó –Quizás no pueda, pero… ya ha quedado demostrado que ahora soy inmune a ti, “maestro”
Puedo protegerla de tu oscuridad, como hizo su madre… Puedo quedármela para mi –siseó apretando los dientes.

-¿Inmune dices? Ha-ha-ha… ¿inmune a qué, Kagehisa? Su Fortuna te ha controlado con su hechizo, ha anulado tu voluntad para imponer la suya, pero su ambición sin límite le hace engañarte para que creas que es tu decisión, pequeño mortal.
Mi pobre escorpión… amarla sólo te causará dolor, te lo garantizo. ¿De verdad piensas que su sirvienta te corresponderá, que se enamorará de ti… de una pobre criatura de las sombras como tú? Eres un estúpido si lo crees, sólo eso. Has traicionado a tu auténtica familia, y solamente encontrarás sufrimiento a cambio. Esa mujer nunca te amará… y tu amargura será lo único que tengas entonces.
No hay otro modo: una plañidera de Benten jamás podrá enamorarse de alguien sin corazón, Kagehisa.
Su hechizo te ciega ahora, pero acabarás por darte cuenta… Has renunciado a tu corazón mortal para protegerla de mi amor, para sustituirlo por el débil tuyo… ¿pero cómo vas a amarla, si ya no tienes con lo que hacerlo?
Necio mortal. Lo que creíste tu fuerza, será tu debilidad… Y las debilidades de los humanos son mi especialidad. Ella te odiará… y cuando huya de ti, correrá directamente a buscar refugio… en mi…

¿Crees que esto es el final, Kagehisa…? –una carcajada horrible resonó por el bosque –Esto sólo acaba de empezar, pequeño humano traicionero –añadió la Oscuridad Mentirosa con un susurro que se desvanecía poco a poco.
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Bayushi Sakura
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Mensaje por Bayushi Sakura » Dom Ago 07, 2016 3:40 pm

-Epílogo-

Bayushi Kagehisa pasó el resto de la noche recostado sobre el pecho de Sakura, escuchando su respiración tranquila. No sólo se trataba de la sensación triunfal de permanecer al fin junto a su premio, sino que apenas habría podido arrastrarla de vuelta a su Kyuden aunque hubiera querido.
Cada movimiento era una tortura por todas las heridas que atravesaban su cuerpo, la mayoría mortales de necesidad en condiciones normales, que parecían no terminar de cerrarse nunca. Sólo los primeros rayos de sol del alba aceleraron paulatinamente el proceso curativo.
La protección del corazón de cristalacero no hacía nada por mitigar el sufrimiento, pese a que evitara la desmembración y la muerte y le permitiera seguir luchando mientras hubiera enemigos sombríos cerca.

-Parece que los Ashalan no contaban con la sensibilidad humana al dolor –dijo una voz familiar tras él, con un tono burlón. –O quizás vuestros frágiles cuerpos no tienen tanta energía curativa para que ese artefacto la canalice a la suficiente velocidad… Aunque en mi opinión no tienen tan mal aspecto –murmuró inclinándose sobre el samurái, hurgando en una de las heridas para comprobar su estado, lo que provocó un ahogado quejido de Kagehisa.

Con esfuerzo y orgullo, éste se puso en pie y le indicó al rakshasa que tomara el cuerpo de Sakura en brazos para salir de aquel lugar. -¿Por qué has tardado tanto…? –siseó.

–Oh, llevo algunas horas observándoos… Parecíais dos tortolitos así que no he querido interrumpiros –replicó riéndose con divertida maldad mientras levantaba a la mujer con facilidad. Kagehisa notó que lo hizo con mucha delicadeza, para lo que él había temido. -Uauh, ese hechizo de sueño es bastante fuerte –bromeó Dybalah mirando al cuerpo aún durmiente de la mujer. –Apuesto a que ni siquiera notaría si le muerdo, ji, ji…

El hombre no las tenía todas consigo de que lo hubiera dicho en broma, aunque el demonio tampoco parecía haber utilizado el mismo tono que cuando realmente hablaba de su tendencia a devorar seres vivos por placer. –Si alguna vez le haces daño… te mataré todo lo lentamente que pueda. Te ordenaré que te despellejes a ti misma y que te comas tus extremidades una a una. Y el resto será para los perros. –murmuró encogiéndose de hombros. Hasta que encontrara por su cuenta un arma que pudiera matar a un rakshasa, ésa era su mejor opción.
Ya sabía que los kenku les habían expulsado hacía muchos milenios de aquella tierra, lo que no era de mucho valor, pero también había descubierto que los humanos que esclavizaron en los Reinos de Marfil se rebelaron y los diezmaron hasta convertirlos en los escasos vagabundos que eran ahora los supervivientes, y eso era mucho más interesante.

-Hablas como un estúpido enamorado, ji, ji… Pero qué se puede esperar de quien se saca el corazón delante de la Bruja de Ojos Rosados, ja, ja, ja…

-Qué sabrás tú de eso, demonio –chasqueó la lengua con fastidio.

-Se me conoce como “La Embaucadora”, ¿recuerdas?
Viene a ser lo mismo. El mismo gato con distinto pelaje –se rió mientras miraba a Sakura.

El hombre se quedó pensando unos instantes. No le faltaba razón, aunque no dejaba de ser el argumento de una mente retorcida y cruel por naturaleza. Al final tomó una decisión –Entonces vas a convertirte en su primera sirvienta. No le revelarás tu naturaleza no humana, nunca, ni la dañarás… Y estarás siempre vigilante por si el amo vuelve a rondarla.

-¿Ese… no debería ser tu papel, oh esposo protector? –siseó con un tono evidentemente burlón. -¿O hay algo más? –sonrío mostrando un colmillo humano.

-Eres una mujer. Bueno, eres un demonio pero… ya sabes, Benten tampoco es humana pero es femenina. Quizás… a ti te resulte más sencillo saber… qué diablos pasa por esa cabezota suya de gata.
Y me lo dirás a mi. Es… una orden, ya sabes.

La mujer de rasgos exóticos soltó una enorme carcajada que al Bayushi se le clavó en el orgullo, pero contaba con ese trago -¿Quieres que te haga de confidente para que puedas seducir a tu mujer, humano…?

Kagehisa no dijo nada. Sabía que le esperaba una larga caminata repleta de burlas hasta llegar a su mansión fortificada a las afueras de Kyuden Bayushi. A Dybalah se le daba especialmente bien ser hiriente en los puntos más débiles… Pero si se había arrancado el corazón, se había enfrentado a quien ni siquiera los dioses podían dominar y había soportado aquella tortura en el combate por Bayushi Sakura…, podía superar unas cuantas docenas de dardos envenenados de un demonio milenario.
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Mar Ago 23, 2016 3:29 pm

Escena 1

Cuando los gemelos combatían, todos en el dojo contenían la respiración. Kakita Mai y su gemelo Takeshi, menor por unos dos minutos, eran tan idénticos en su aspecto como en su técnica, velocidad y destreza. Así que sus duelos en el transcurso de las largas horas de aprendizaje y práctica convocaban el interés de todos los estudiantes, y hasta los curiosos que se daban cita alrededor del dojo atraídos por el hipnótico sonido de entrechocar los bokken de madera.
Sin embargo rara vez circulaban apuestas entre los plebeyos, tan habituales en otras ocasiones. Casi siempre salía vencedora Mai, como si esos dos minutos más de existencia le hubieran servido para aprender algún secreto al que su hermano llegó demasiado tarde. Kakita Yokatsu, el sensei de aquel dojo, solía decir que Takeshi superaba en fuerza a su hermana, pero que Mai se adaptaba a las circunstancias mucho mejor, lo que la hacía más inteligente en el combate. Por supuesto, eso la convertía también la mejor duelista de toda la promoción.

Yokatsu no estaba demasiado contento con eso, aunque se cuidaba de exteriorizarlo, como todo lo que le pasaba por la mente; su sobrino Kakita Koji parecía conformarse con la superioridad de los gemelos, como si le preocupase más la amistad de ambos que ser el mejor.
Solo que no se trataba sólo de que fuera el hijo de su fallecido hermano, sangre de su sangre; el portador de la legendaria Kashin no podía ser menos que el más letal espadachín del Clan… Y si fuera del tío de Koji, sin duda eso sería una verdad indiscutible.

Yokatsu aún recordaba como la viuda de su hermano había movido los hilos para que la katana del padre de ambos quedara fuera de su alcance. No era habitual que un samurái renunciara a su espada para heredar otra, pero existían precedentes; el problema es que el actual daisho del sensei había sido un regalo personal del anterior daimio Kakita, así que renunciar a él por otra espada habría resultado muy llamativo, en el mejor de los casos; pero es que se había dado el peor… Esa mujer se las había arreglado para hacer venir a la ceremonia al actual señor de la familia y del Clan, así que a Yokatsu no le había quedado más remedio que cumplir lo habitual y renunciar a Kashin, que pasó a manos del heredero de su hermano, para evitar ofender gravemente nada menos que al daimio.
Desde entonces, siempre se había preguntado cuanto sabía aquella mujer realmente sobre la hoja Kashin, y la autoría de su forja; si todo aquello no fue más que los típicos pasos de los cortesanos para atraer la atención de los señores más influyentes hacia su familia, y no un acto deliberado para abortar sus intenciones de apropiarse de Kashin a cualquier precio…

Aquello último siempre le había parecido muy improbable, salvo que la dama conociera su auténtica naturaleza. Pero él estaba convencido de que nadie más en su familia lo sabía desde hacía muchas generaciones; y en buena parte por su culpa.
Desde que encontró aquel registro histórico que contaba la vida de Kakita Rensei mientras ayudaba a su padre a indagar sobre el origen de la reliquia familiar, se había preocupado muy mucho de destruir todas las menciones al susodicho incluso en la mismísima bilbioteca de Kyuden Kakita, porque… en ese preciso instante supo que aquella espada sagrada debía ser suya.

Así que por supuesto que le fastidiaba que aquel muchacho no fuera capaz de honrarla como merecía. Podía permitirse la paciencia, claro; después de todo, cuando por fin estuviera en sus manos… tendría toda la eternidad por delante al lado de la Fortuna.

-Un gran combate –dijo Kakita Koji acercándose a sus dos amigos con una honesta sonrisa.
-Gracias –se apresuró a responder Mai como si se lo hubiera dicho expresamente a ella, dedicándole un gesto burlón a su hermano al acaparar todo el halago, cosa que sabía le disgustaba bastante.
De cerca, los dos hermanos eran idénticos. Tanto que podrían haber pasado el uno por el otro, si simplemente Takeshi mantuviera la boca cerrada y se cerrara el kimono hasta arriba. De hecho casi todos sospechaban que lo llevaba así para demostrar que no sólo no era Mai, sino tampoco su “gemela”, ya que sus facciones eran notoriamente femeninas.

-Ven, Koji-san, paseemos lejos de tanta arrogancia –resopló Takeshi con una sonrisilla socarrona pasándole el brazo por los hombros, después de quitarse la careta protectora.
-Vayamos al barrio de las geishas para encontrar alguna cara amable… aunque sea tras una reja –se rió. La mayoría de aquellas mujeres no perdían realmente el tiempo con samuráis tan jóvenes, pero té y buenas maneras nunca faltaban en los locales grulla de esa clase.

Mai realizó un gesto de desdén, tras lo que miró de manera particular al menor de los chicos.
-Divertíos… Pero recuerda que después tenemos una cita para entrenar antes del ocaso, Koji-kun, así que… no me hagas esperar. –sonrió de modo femenino, un doble juego entre su condición de bushi y mujer que realizaba a menudo, imposible saber si por naturaleza o bien entrenado.

-Entrenáis mucho últimamente, ¿no…? ¿Debería pensar que tramáis algo… contra mí? –preguntó Takeshi alborotando el cabello de Koji.

-Deberías probarlo alguna vez, Take-chan. Entrenar y ser mejor, quiero decir –dijo riéndose la chica, dándoles la espalda a los dos amigos con un gesto felino antes de alejarse con un contoneo a medio camino entre lo marcial y lo artístico.

Pero para entonces sólo Koji seguía mirándola. El hermano menor pensaba que ciertamente su amigo había mejorado bastante en técnica desde entonces. Seguía sin estar a la altura de Mai pero empezaba a acercarse a él mismo, lo que empezaba a molestarle; así que chasqueó la lengua y se dio la vuelta ignorando todo lo demás. Esa chica era capaz de fastidiarle cuando se lo proponía…



-Llegas tarde –murmuró despacio Kakita Mai cuando Koji se acercó lo suficiente hasta donde permanecía ella. El paraje en el que solían quedar parecía sacado de una serie de grabados paisajísticos, como casi todo lo que rodeaba a Kyuden Kakita; un claro cubierto de hierba y flores silvestres, cercano a la orilla de uno de los muchos lagos que salpicaban aquella zona.
Mai sostenía la espada entre las manos, dirigida contra el tronco de un enorme cerezo frente a ella. Con un grito de iai muy atractivo -eso le pareció al chico- trazó un arco perfecto que seccionó un trozo de corteza seca de unos pocos centímetros, y antes de que éste cayera al suelo lo partió en cuatro con otros dos certeros tajos. Aquel árbol estaba repleto de marcas como la que había dejado tras aquello.
Cuando la adolescente se dio la vuelta, tenía la frente perlada de sudor, algunos mechones de cabello blanco y plateado deshechos y una cierta mirada de desdén.
-¿Y Take-chan? –preguntó Mai enfundando su acero.

-Oh, pues… ha estado raro todo el tiempo, no se porqué. Sólo quería ir de un local a otro, y cuando se hizo tarde se empeñó en que empezaran a traernos sake, pese a que sabía que tenía que marcharme…

-¿Habéis bebido…? –dijo con un tono inquisitivo.

-No sabría decir si eso puede considerarse beber; estaba tan aguado que… Es evidente que guardaban su mejor licor para los clientes a los que les pueden sacar más que un par de botellas de sake. De todos modos, Takeshi se quedó allí algo molesto cuando me fui; parecía que tu hermano quisiera beb… -antes de que el joven terminara la frase, la chica le agarró por el cuello del kimono y atrayéndolo con un tirón hacia ella, le besó de un modo nada delicado.

-Vaya par de idiotas, esas mujeres os han dado agua por sake –exclamó riéndose tras separarse, como si hubiera sido capaz de percibirlo con sus propios labios.
Después se separó, suspiró mirando el paisaje y señaló con un gesto de la cabeza la orilla tranquila del lago –Quiero bañarme.

-¿Ahora, pero… y el entrenamiento? –murmuró Koji con un desconcierto que estaba seguro no se debía al licor sino a la chica. Que ésta hubiera comenzado a desvestirse sin esperar respuesta alguna tampoco ayudaba a centrarse.

-Ya he entrenado yo sola. La próxima vez que tengas que elegir entre las geishas de mi hermano y su licor aguado, o yo, no vuelvas a llegar tarde, Koji-kun –espetó riéndose con un tonillo cruel, aunque el chico no estaba seguro de si el dardo estaba dirigido a él mismo o hacia el hermano. -¿A qué esperas? ¿No pretenderás quedarte aquí y dejar que vaya sola al lago, verdad…? –añadió frunciendo el ceño, como si pretendiera descongelar a su acompañante atravesándolo con la mirada.

-¿Y si… nos quedamos aquí, sin más? –siseó Koji atrayéndola entonces él de un modo similar a como había hecho ella antes, al tirar de la poca ropa que aún le quedaba encima; un gesto atrevido para ser él que tomó desprevenida a la samuraiko.

-Hum, podríamos… pero… lo cierto es que quiero bañarme, porque yo he entrenado en vez de beber con mujerzuelas… y estoy sudando.
Así que… puedes soltarme, y “obedecer” como un perrito bueno, o… puedes arriesgarte a no quitar esa mano de mi trasero, y que yo te patee el tuyo.
¿Crees que vale la pena el riesgo? –sonrió la mujer de forma enigmática mientras dejaba caer deliberadamente el resto del kimono a su alrededor. Cabía la posibilidad de que aquel licor no hubiera estado tan aguado después de todo, consideró con cierta diversión.

-Ehm… de acuerdo. Como quieras… –chasqueó la lengua el chico, soltando su abrazo tras pensarlo un rato mientras su mirada se perdía por los hombros de su “amiga”

Era una de esas amistades “complicadas”, claro. La Kakita siempre había asegurado que hombres y mujeres nunca podían ser realmente amigos, porque los humanos no estaban diseñados por los dioses de ese modo; la mortalidad les hacía predispuestos a la reproducción así que la tensión sexual entre unos y otros sólo podía reprimirse.
A menudo se había reído a conciencia al explicar aquello, porque hablar de lo que se reprimía no era para nada la mejor forma de reprimirse, y en realidad siempre trataba con ello de fastidiar a Koji haciéndole ruborizar, y molestar a su hermano hasta hacerle refunfuñar en un papel “protector” que le quedaba muy grande.
Hasta que un día encontrándose a solas Mai y Koji, ésta comenzó a llevar el asunto un poco más allá de lo que había hecho hasta el momento y argumentar una serie de pros y contras de la “represión física” para un bushi, que a un adolescente como Koji le entraron por un oído y le salieron por el otro desde que ella dijo la palabra mágica, sexo.
Sólo como amigos, eso si lo recordaba especialmente porque la samuraiko lo repetía a menudo. Cada vez que se veían, como si no quisiera que ninguno lo olvidara.

-Lástima –creyó escuchar Koji entre una risotada después de que Mai le hubiera dado la espalda tras soltarla, y comenzado a caminar en dirección al agua.
Última edición por Kakita Koji el Mar Ago 23, 2016 3:32 pm, editado 1 vez en total.
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Mar Ago 23, 2016 3:30 pm

Escena 2
-¿Rezas a las siete todos los días?

-Claro, ¿por qué no iba a hacerlo? ¿Acaso tú no saludas a tus padres o a tus hermanas a diario? –respondió Mai encogiéndose de hombros.

-Si, pero… es diferente, creo. A mi familia les veo, saludo y… me devuelven el saludo –esgrimió Kakita Koji. –No tendría sentido saludarlos antes de verlos, ¿o si?

-Así que si fueras ciego les negarías el saludo –se rió la chica –En todo caso, las Fortunas hablan de un modo distinto a nosotros; quizás si te responden, pero no te paras a escucharles.

-Quizás. ¿Y qué les pides? –curioseó él con una fingida distracción mientras el palanquín avanzaba entre las calles.

-Pues… a Bishamon le pido fuerza, es evidente. Pero no tanto física, de eso ya me ocupo yo, sino espiritual. A Hotei serenidad y juicio, a Ebisu que me ayude a esforzarme en el desempeño de mi deber, Jurojin, Daikoku… Bueno ya sabes, no se trata tanto de pedirles algo a cada uno, sino simplemente de iniciar el día entablando cierta conversación, una conexión si prefieres llamarlo así de tal modo que ellos me miren, se fijen en mi y sus energías fluyan a través de mi ser.

-¿También hablas con Benten, entonces? –dijo afilando las preguntas.

-Claro que si. Pero antes de que lo preguntes, lo que dos chicas hablen en la intimidad de su privacidad no es asunto tuyo, samurái –bromeó esbozando media sonrisa misteriosa, antes de golpear a su acompañante en el brazo con mucho menos misterio.
-Toma –añadió quitándose algo que llevaba colgado del cuello, y entregándoselo a Koji –No es un regalo, así que no me fastidies con negaciones ni le busques más interpretaciones que el hecho de que no quiero ir acompañada de un patán que atraiga la ira de los dioses –suspiró con una sonrisilla que no dejaba demasiado claro si lo decía en serio o no.
Se trataba de un colgante, una moneda dorada donde estaba grabada la efigie habitual de Bishamon en una cara y algunos kanjis en el reverso.

-¿Lo has hecho tú…? –Koji sabía que la familia de Mai había muchos y muy buenos grabadores, y que a ella le gustaba especialmente esa disciplina. Y se le daba muy bien, como todo lo que emprendía.

-Si –siseó la mujer, frunciendo levemente el ceño para indicar que “si y punto” -¿Te quedas aquí, Koji-kun?

-Hum… si, tu hermano tenía interés en que nos viéramos aquí. Dijo que tenía algo importante que decirme.
Continuaremos luego esta discusión sobre tus regalos de “amor”, cielo –dijo con una sonrisilla traviesa justo mientras salía del transporte, de modo que la joven no tuvo oportunidad de reprenderle antes de que se alejara con una risilla. Aunque conociéndola sabía que volvería a llevarse algún buen golpe la próxima vez que se pusiera al alcance de su bokken.



-¡Takeshi-san! –hizo notar Koji sonriendo al ver a su amigo desde lejos, acercándose hasta el jardín donde le había citado. Se trataba de un lugar anejo al dojo, cuidado hasta el detalle y que protegía especialmente la privacidad de los que pasearan por él, al estilo de los jardines Doji y sus paradas de cortesanos.
El hombre que llegaba no respondió al saludo de inmediato. Cuando llegó a una cierta distancia simplemente inclinó la cabeza como si estuviera distraído. -¿Te ocurre algo…? Te veo… extraño –añadió Kakita Koji.

-Pensaba –replicó sin más. Después dejó una larga pausa, sin que pareciera muy claro si pretendía seguir hablando o no. Al final lo hizo con un gesto de fastidio, como si hacerlo le molestara.
-En la familia, en la amistad… el amor, el deseo… Sobre lo que nos hace fuertes, y lo que nos hace débiles a los bushi –suspiró cruzándose de brazos.

-Hum, ya… ¿Es por la charla del sensei de ayer? Yo tampoco terminé de comprender del todo su significado.
Quiero decir, se de lo que hablaba, pero no se porqué nos dijo todo aquello en ese momento –murmuró encogiéndose de hombros. Tampoco es que fuera la primera vez que desconectara de la filosofía.

-¿No? ¿De veras, no? Pues deberías, Koji-san… Tú precisamente, deberías haberlo entendido, ¿no crees…? –preguntó de un modo casi apesadumbrado.

-¿Precisamente yo…? ¿Por qué dices eso, Take-san? –insistió el más joven frunciendo el ceño confuso. La actitud de su amigo comenzaba a parecer preocupante; estaba claro que algo le ocupaba la mente desde hacía días, y en realidad Koji había sospechado que aquella cita tenía la finalidad de hacerle partícipe de alguna clase de preocupación, pero empezaba a parecer extraño.

-Tú tenías todo lo que debías… Tenías amor, amistad, familia… pero preferiste dejarte llevar por ese sucio deseo –explicó apretando los dientes al final como si escupiera aquello. En ese momento Koji se dio cuenta de que su amigo llevaba bajo las mangas del kimono las protecciones armadas que cubrían los antebrazos y las manos hasta los nudillos.
-Me has traicionado… Has deshonrado a mi familia –sentenció enfrentándose con un paso lateral. La katana colgaba del cinto, desanudada y lista. Debería haberse percatado antes…

-Takeshi… ¿P-por qué has venido armado…? ¿Qué es todo esto?

-¿No te das cuenta, “amigo”? Voy a mejorar como bushi, eliminando una debilidad de mi existencia… tú.
Me gustabas cuando eras manejable, Koji-chan, pero mi hermanita… tuvo que encapricharse de ti, y entrenarte. Eso funcionaba entre nosotros dos, pero no contigo… No me gusta, y ese sentimiento, ese resentimiento más bien… me hacía débil ante los ojos de los dioses. Ahora me doy cuenta por fin de eso.
Podría haberlo superado, claro, pero… no era suficiente. También tenías que… meterte entre sus piernas –escupió aquello con un asco particular –Eso no lo puedo perdonar –sentenció adoptando una postura retadora.

-¿Esto es por Mai…? ¡Te has vuelto loco! Ella es tu hermana mayor, puede tomar sus decisiones y responder por ellas… Espera, vayamos a verla y podremos…

-Eso querrías, por supuesto. Esconderte debajo de su falda.
Pues me temo que ese “privilegio” ya ha pasado para ti… Es una mujer, y has robado su virginidad; para mi familia eso es… intolerable. Y requiere una reparación.

-¡Mai-san es una bushi! Vive por la espada, lo que dices no tiene sentido para ella… Y si vuestra familia tiene algo que decir, lo entiendo pero… éste no es tu papel, Takeshi-san. Nuestras familias pueden reunirse, la mía y la vuestra y…

-¿¡Casarte tú… con ella!? –Takeshi enrojeció de ira, y tras un segundo echó mano de su katana desenvainándola en un violento golpe de iaijutsu.

Pero Kashin, la katana de Kakita Koji, no estaba allí para igualar el duelo. Sólo el wakizashi se interpuso entre el filo de Takeshi y su vida, desviando el ataque instintivamente al modo de los kendokas.
-¡Espera Takeshi! No es un combate justo… -se lamentó el joven alejándose del radio de peligro de la espada de su rival, aún tratando de comprender lo que estaba pasando allí.
Sin embargo quien había sido considerado un amigo no demostró ningún interés por detener su agresión, así que Koji tuvo que olvidar el resto. Su maestro lo había dicho muchas veces: “en el duelo, no hay nada más que vuestro rival; el mundo se detiene a vuestro alrededor, intrascendente: olvidadlo.”

No más quejas, no más súplicas de explicaciones ni intentos de entrar en razón. Ahora eran rivales y, en ésas, hablar resultaba una pérdida inútil de energía y concentración.

Aunque las cosas nunca pintaron bien. Koji se preguntaba cuantos ataques de una espada podría desviar la delgada hoja de su wakizashi antes de quebrarse, pero sus intentos de contraatacar resultaban fácilmente abortados debido a la longitud de las katanas de duelos grulla, y a las piezas de armadura que Takeshi llevaba bajo la ropa.
La única opción no suicida que encontró fue la de tratar de retrasar la acción hasta que el sonido del combate atrajera a otros samurái y Takeshi resultara despreciado precisamente por las ventajas que se había tomado, muy lejos del concepto honorable de duelo justo de Kakita-shiryo.

El dojo de su tío estaba tan cerca… Si hubiera alguien allí, podría incluso escuchar el ruido del acero. ¿Pero gritar pidiendo asistencia? Nada de eso. Si tenía que morir allí, Koji decidió que no sería reclamando auxilio, sino luchando como un bushi.

Pero nadie llegó. Parecía que toda aquella parte del complejo estuviera desierta a esas horas…

Las hojas chocaron otra vez emitiendo un chirrido agónico. Notando el cansancio propio y ajeno, Koji creyó ver una oportunidad y se decidió a contraatacar; realizó una finta “académica” para cruzar la defensa de Takeshi e intentar herirle en la pierna de apoyo que éste había adelantado demasiado…
Por un instante pensó que funcionaría. Sólo otro más tarde supo que no. La habilidad de su amigo superaba a la de Koji, y demasiado tarde comprendió que había caído finalmente en una trampa de esgrima donde una katana preparada le estaba esperando.

Apenas pudo levantar su arma para proteger su cuello antes de notar un impacto que le pareció extrañamente suave en el antebrazo… Seguido de un estallido rojo carmesí, un dolor punzante que se extendió como un rayo desde su mano derecha por todo su cuerpo, y el sonido de algo metálico caer al suelo…
Su wakizashi ensangrentado, pudo ver antes de cerrar los ojos dando un paso hacia atrás.

Su instinto de duelista esperaba el golpe definitivo, pero no llegó. Abrió los ojos y vio su brazo diestro cubierto de sangre, el extremo de sus dedos dejando caer un reguero incesante, y la zurda sujetando la herida por supervivencia innata.

Takeshi se había quedado en el mismo sitio desde donde le había alcanzado, sin avanzar para cobrarse su victoria, aún inmóvil.
Miraba al suelo. Su expresión era confusa, a medio camino entre la arrogancia de la victoria y la consciencia de la deshonra de ésta. Koji comenzó a desplazarse trazando un círculo hacia su lado siniestro.

-Creo que… debo pedirte disculpas, Koji-san. Te he sobrevalorado como oponente. Como samurái, y como hombre –comenzó a decir Takeshi, levantando los ojos.
-No se cómo me has engañado este tiempo, ni cómo se habrá dejado hacerlo la arrogante de mi hermana... pero imagino que debo darte el mérito por ello.
Sólo él se dio cuenta de quien eras realmente… Del fraude. -Kakita Koji no respondió nada, ni una palabra. Se movió un par de pasos más, aunque no mostraba albergar esperanza alguna de salir con vida de aquello.
-¿Nada que decir, neh…? Lo entiendo. En cierto modo, deberías agradecerme que te libre ahora del fracaso futuro en… -finalmente la presa herida saltó, y nada de lo que sucedió a continuación parecía haber estado escrito. Aunque según interpretaciones, tal vez todo lo estuviera.

Amagó lanzarse contra Takeshi en un movimiento sin sentido pero que hizo reaccionar instintivamente a éste levantando la guardia y clavando su mirada en los ojos de su rival, justo como Koji sabía que hacía siempre su compañero de numerosas sesiones de práctica.
El avance sólo pretendía atraer aquella atención de hecho; enseguida el bushi herido se agachó, dejando que la vista de su atacante quedara directamente dirigida hacia la intensa silueta de la Dama Amaterasu al atardecer, a quien había dejado justo a su espalda desplazándose lateralmente mientras Takeshi ladraba su ridículo epílogo.

No duraron mucho abiertos, pero la luz de la Madre de los Dioses atravesó los ojos de Takeshi con una furia tal que aún podría decirse que hubiera tomado parte en aquel asalto. Cegado y dolorido se tambaleó desconcertado.
Lo siguiente que sintió fue el impacto de algo duro como la piedra contra su nariz, que cedió con un crujido que retumbó en sus oídos mientras su consciencia se desvanecía y la Dama se apagaba.


Kakita Koji oía campanitas que sonaban acompasadas con las palpitaciones de dolor que provenían de su brazo. De su frente manaba sangre, del punto con el que había golpeado brutalmente la cara de su oponente, y por un momento había temido perder el sentido… O tal vez ya había sucedido, porque se encontraba tumbado en el suelo, y no recordaba cómo había llegado hasta allí.
Afortunadamente si se acordaba de lo que más importaba en aquel instante. Se levantó mientras al dolor del brazo se le unía el de la cabeza, y por unos instantes pensó que todo había acabado ya. Kakita Takeshi permanecía tirado en el suelo, bocarriba mientras emitía una letanía de quejido a media distancia entre el mundo consciente y el de los sueños. La nariz, claro, ofrecía mucha menos defensa que la frente de un hombre.
Pero de algún modo aquel empleó la fuerza de voluntad necesaria para incorporarse también. Aunque desorientado, tanteaba el suelo tambaleándose en busca de su espada. No iba a rendirse.

Koji suspiró y recordó otra de las lecciones de su tío Yokatsu. “El único árbitro que puede poner fin a un combate a muerte, es Enma-Oh” Localizó su wakizashi también en el suelo, se acercó pesadamente y lo agarró.
Sólo para caérsele de nuevo. Los dedos de su mano diestra no podían sujetarlo siquiera. –Adiós a los tendones… -pensó con un gruñido de rabia. Aquella lesión no pintaba bien.
Ya tendría tiempo para lamentarse después. Ahora, tendría que valerle con la izquierda.

Aún sin encontrar razón aparente para todo aquello más que pelear por su vida, se acercó a quien su mente aún confundía con su amigo y puso fin a su locura. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos casi con la misma intensidad que la sangre del cuello de Takeshi.
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Mar Ago 23, 2016 3:31 pm

Escena 3
Tras semanas de convalecencia, las heridas habían comenzado a sanar por fin. Los primeros días Kakita Koji no había podido soportar la luz de una ventana abierta ni ningún sonido mayor que un susurro por el golpe en la cabeza. Los sanadores que su familia contrató habían trabajado mientras tanto en la herida del brazo, mucho más fea incluso de lo que ya se había sentido al producirse.
La hemorragia podía detenerse, la infección remitió y la carne cicatrizaría más o menos, pero los tendones de la mano resultaron ser harina de otro costal.
Según el médico, al seccionarse solían retraerse bajo la carne así que ni siquiera la magia conseguía buenos resultados a corto plazo. Y a largo… sólo quedaba rezar. Y si algún dios estaba a buenas, quizás obrara el milagro.
Quizás, algún día.

Pero Koji había perdido las ganas de rezarle a nadie. Se pasaba los días en la oscuridad de su cuarto, así que tuvo que esforzarse un poco más de la cuenta en su aspecto cuando Kakita Mai anunció su intención de visitarle.

-Tu tío Yokatsu-sensei me ha dicho lo de tu brazo –suspiró la joven samuraiko mientras se sentaba en el escalón del corredor exterior que daba al jardín donde Koji había querido recibirla.
-Espero que mejore –añadió mirando al suelo.
No obtuvo respuesta alguna, tampoco es que la esperara. -¿Qué tal se te da manejar a Kashin con la zurda? –preguntó fijándose en que el joven kendoka ahora llevaba la katana en el lado contrario del cinto.

- Si practico un poco más, creo que pronto llegaré al nivel de mis hermanas cortesanas… así que volveré a ser el bushi de la familia –replicó con un tono amargo y sarcástico que sorprendió a Mai, porque el chico que recordaba no lo utilizaba realmente.
-Y… bueno, ya sabes… ¿qué tal… tú? –murmuró después.

-¿Yo? No, esto no va de mi… No me puedo permitir pensar en primera persona, Koji-san. Y si lo hiciera… daría igual.

-¿Qué… quieres decir? ¿Para qué has venido entonces?

La samuraiko volvió a suspirar, miró a su amante a los ojos, después sacó un papel doblado de su obi y se lo entregó. Tras aquello, volvió la vista al cielo.

Koji lo leyó, y un escalofrío recorrió su brazo herido desde la mano hasta el cuello –Ésta… no es tu caligrafía. No lo has escrito tú, Mai-chan…

-No. Pero es mi firma. Es lo que importa.

-Un duelo. ¿Eso es… lo que deseas?

-Lo que yo desee no importa. Soy un samurái, me debo a mi familia. Es lo que desea mi familia.

-¿Para vengar a Takeshi…? ¿Crees que así se lavará la deshonra de sus actos?

-Yo… no; pero como te digo, lo que yo crea no tiene nada que ver. Mi familia quiere que desaparezca todo lo que tenga que ver con este asunto; piensan que así al menos caerá en el olvido, y… ya está.

-Muy noble. Casi tanto como retar a un bushi convaleciente de un ataque a traición –escupió Koji arrugando el papel y tirándolo a un lado.

-Como te he dicho, he hablado con tu tío… Por supuesto estamos de acuerdo en que no puedes combatir en las circunstancias actuales. Y aunque él piensa en que quizás en un año podrías manejarte con esa mano izquierda… yo he tomado la decisión de esperar a que recuperes la movilidad en tu diestra.
Es decisión mía, por si te lo preguntas. La familia de un bushi no puede tomar todas las decisiones llegados a cierto punto… -de nuevo, no obtuvo respuesta de ningún tipo.
-Antes de eso había visitado al shugenja que te trató. Según él, no recuperarás nunca la funcionalidad en el brazo derecho, así que… -la Kakita no lo dijo, pero en su suspiro podía intuirse algo parecido a “así que no tendré que matarte nunca”

-Entonces… si importa lo que tú pienses, después de todo, ¿no? –el chico soltó una carcajada oscura inesperada.

-Depende; ¿a quién le importa? ¿A Takeshi y a ti os importó lo que yo pensara cuando empezasteis a pelear a muerte? ¿De verdad?
Dos minutos, Koji-kun. Ése fue todo el tiempo que estuve sola en este mundo sin mi hermano… hasta que tú lo mataste.

-Supongo que habrías preferido que él me matara a mi… Enterrar a un conocido siempre es más fácil que a un familiar.

-¿Eso crees? Yo no lo se… Para empezar, ¿qué es eso de “conocido”, pedazo de bruto? Tú eras más que eso.
Eres, ya sabes…
No puedo pensar en todo esto con claridad. Habría preferido que todo fuera diferente. Ni siquiera… ni siquiera se por qué lo hizo –se lamentó mirando de nuevo al suelo apesadumbrada.

-No hubo ningún conflicto previo; de pronto… se presentó allí, y me atacó. Bueno él dijo algo… sobre tu “virtud femenina”, y la deshonra que le causaba a tu familia nuestra “relación” y… entonces no parecía tener sentido dicho por alguien a quien conocía como él, pero quizás tu familia ya hubiera decidido sobre mi debida muerte antes de escribir esa carta para que la firmaras.

-¿Mi virg…? ¿Crees que ellos le enviaron por mi causa? No, ni hablar –respondió la chica sacudiendo la cabeza con seguridad -No soy tan indiscreta, mi familia no sabía nada de con quién me acuesto o dejo de hacerlo. Además no soy una damisela Doji, no lo habrían resuelto así.
Y en cuanto a Takeshi… no tiene sentido tampoco. Él sabía de sobra que yo no… Que no podía ser mi “primera vez” -Mai se levantó caminó unos pasos titubeantes y volvió a sentarse justo junto a Koji. –Él me… Bueno, da igual. –murmuró mirando al chico con una particular supresión emocional que a Koji le pareció que le evitaba sentir nada en absoluto. ¿Pero sólo respecto a los hechos recientes, o acaso había algo más?
-Olvídalo. Son cosas de familia, no es asunto tuyo –siseó afilando la mirada la samuraiko cuando vio al chico analizarla de aquel modo, antes de levantarse como un resorte y alejarse un poco.

-Supongo que no… si tú no quieres.

-La sangre es la sangre, Koji-kun. Y tú tienes ese lado tuyo… idealista. Siempre me ha gustado, pero también me ha asustado un poco, ¿sabes?
Podrías haber intentado… inmiscuirte, donde no debías… y habrías acabado muerto, o creando un escándalo para mi familia... Ju, es “gracioso” porque… estaríamos en el mismo punto que ahora. Supongo que era el destino.
Pero como he dicho, no creo que ya importe demasiado. Hemos… compartido muchas cosas íntimas a estas alturas, ¿no te parece? Quiero recordarte así –de nuevo la chica parecía desprovista de emotividad.
-Así que no fue por mi, te lo aseguro. No en ese sentido que pensabas… Aunque puede que se tratara de envidia, claro… A Takeshi le gustaba tenerlo todo en exclusiva; a ti, a mi… Aún así, su carácter se volvió extraño los últimos meses.

Koji pensó que en el fondo eso era lo que ya no importaba. Que Takeshi se fuera al infierno, ¿por qué demonios Mai no se preocupaba de ella, de ambos? –Creo que se veía con alguien… un samurái mayor que él, o eso me pareció entender no hace mucho –continuó la chica.

-Olvídalo, tienes razón no creo que tenga demasiada importancia ya… –el joven trató de pasarle el brazo sobre los hombros, pero la chica se apartó fingiendo no haberse dado cuenta del gesto.
-Al Jigoku con todo, Mai-chan. Con la familia, con el destino… Con todo lo que no se merece a alguien como tú.

-Estás loco –sacudió la cabeza la chica con una expresión avergonzada –Un samurái no es nada sin la familia. Nos debemos a ella, para lo bueno y… para todo lo demás.

-Mi sangre pertenece a mi familia… Pero mi alma ya era mía antes; no se la debo a nadie.

-A los dioses, Koji-kun. Y ellos… instauraron el mundo que nos hace ser lo que somos. Ellos decidieron en qué familia debía nacer cada uno de nosotros y nuestro destino. No, nada nos pertenece a los samurái.

En fin… Debo irme, no estaría bien que me quedara aquí más tiempo. Creo que… te echaré de menos.
Oh, he hecho esto para ti… Espero que te guíe. –le sonrió levemente acercándose y entregándole un medallón plateado de los que ella misma tallaba en relieve, éste con el símbolo de Enma-Oh.

-Tal vez debería hacerle caso a madre y aprender yo también alguna clase de actividad artística –suspiró Koji mirando el colgante, sin rechazarlo ni una vez, como ella siempre le había pedido; aunque después del último argumento de Mai una frase le rondaba la cabeza: “Entonces también al infierno con los dioses que deciden un destino cruel para los mortales…”
-Yo también te echaré de menos a ti… Después de todo es el brazo derecho el inútil, ya sabes –bromeó Koji con un gesto irreverente de humor socarrón, que le servía para enmascarar la tristeza de todo aquel repentino caos que no podía comprender.
Kakita Mai se rió. Emitió una carcajada pura y honesta; pese al carácter notoriamente obsceno de la inesperada muestra de sentido del humor negro, o precisamente por su cínica sinceridad, la chica mostró una emoción espontánea y positiva.
Mientras se marchaba, Koji se dio cuenta de que nunca antes la había visto reírse realmente…
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Kakita Koji
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Mensaje por Kakita Koji » Mar Ago 23, 2016 3:31 pm

Escena tras los créditos

Kakita Yokatsu aspiraba tranquilamente el aroma de una taza de té particularmente exquisito mientras por la ventana abierta entraba el aire frío del atardecer.
Eso no mejoraba el paladeo de la infusión, pensó con un chasquido de la lengua, pero le resultaba necesario para escuchar el discurrir de aquel duelo improvisado cuyos sonidos le llegaban desde uno de los patios adyacentes a su dojo.

Al otro lado de la mesita de té, una espada desnuda reposaba sobre un atril, como si fuera su invitada. La faz de un demonio burlón grabada en la hoja parecía mirarle fijamente, aunque el maestro podía notar que había comenzado a vibrar, si no físicamente si de un modo espiritual único, desde que el primer cruce de aceros resonó a través del aire.
Aunque estaba amortiguado por la distancia, el oído entrenado del kenshinzen podía seguir con detalle el transcurso del combate, y era evidente que Kashin era igualmente capaz. Eso hacía que la admirase aún más...
Que considerara aún más inmerecida la posesión de aquella maravilla sagrada por parte del hijo de su hermano difunto.
Que la deseara aún más…

Ya estaba muy cerca. En cuanto aquel idiota de Takeshi terminara con su insignificante papel en el juego, Kashin sería suya.

Todo el poder de la Muerte en sus manos… La inmortalidad junto a Enma-Oh, como la reencarnación de su primer propietario Kakita Rensei, el único digno de semejante acero, hasta él mismo. Ése era su auténtico destino, la voluntad de un dios le convertía en su instrumento.
Sólo él quedaría vivo en la familia, tras haberse deshecho de su hermano años atrás. Ya nadie podría evitar que heredara la obra de la Fortuna.

Ahora aquella sonrisa burlona parecía mirarle fijamente a él… De pronto, sin saber muy bien en qué momento exacto se había incorporado de su asiento, se vio a si mismo inclinado sobre la hoja, a punto de tocar el acero desnudo con la mano.
Trató de gritar para detenerse a si mismo, sabedor de que la espada del Reino de Meido no consentiría ningún intento de apropiación mientras su actual portador siguiera vivo… Pero era como si parte de su consciencia estuviera viendo aquella escena desde un punto de vista externo, desligada de su carne…

Una descarga de dolor sacudió su cuerpo violentamente desde la mano derecha hasta la espina dorsal; entonces volvió a estar dentro de si mismo de golpe, y pudo apartarse de la hoja.
A tiempo o muy tarde, no estaba seguro… La cabeza le daba vueltas y una sensación punzante le atenazaba todo el brazo. Cuando se miró la palma de una mano que le dolía horrores, pudo ver con claridad el rostro del demonio burlándose de él desde una cicatriz de quemadura perfectamente definida sobre su piel. Desde allí, incluso parecía reírse aún más…

Apretándose la muñeca para mitigar el dolor, Yokatsu se percató de que ya no escuchaba nada procedente del patio donde se combatía…
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